Ensayo

Ricardo Fort cumple


Larga vida al rey

Ricardo Fort cumpliría hoy 53 años y aunque ya no esté entre nosotrxs su figura sigue causando fascinación. En este ensayo y partir del podcast Basta Chicos Mora Matassi reflexiona sobre la vida de nuestro Paris Hilton nacional y como él, sin saberlo, nos hizo hablar sin tapujos sobre los privilegios de clase, la heteronorma como imposición y el padecimiento de enfermedades crónicas. ¿Será que el excéntrico chocolatero mostró los costos de jugarse por el deseo más allá de las frivolidades?

Ricardo Fort fue, es, y será un personaje rico de la cultura mediática argentina. No por la fortuna material de su empresa familiar sino, más que nada, por la multiplicidad de lecturas e interpretaciones que han emergido alrededor de su historia. ¿Qué hay en la figura de Ricardo que excede lo que pareciera ser banal o frívolo a primera vista y que nos reenvía en cambio a preguntas difíciles sobre las implicancias de mostrar y jugarse por el deseo propio, sobre la relación entre fama y arte, sobre el trabajo que cuestan las imposiciones heteronormativas, sobre el padecimiento de las enfermedades crónicas, o sobre hablar sin tapujos de los privilegios de clase? Estas, y otras, son preguntas que examina sutil y magistralmente el podcast “Basta chicos: La vida de Ricardo Fort”, producido por Spotify y Revista Anfibia. Se trata de una producción documental que indaga sobre las distintas maneras de comprender a Ricardo Fort como persona y como fenómeno y que logra hacerlo sin reducir el análisis a una sola dimensión y sin caer en lugares comunes. Sin devoción, y sin cinismo.

De las lecturas posibles sobre la biografía de Ricky, hay una que resulta particularmente interesante para reflexionar sobre la historia reciente de la mediatización en Argentina y el mundo. Tiene que ver con pensar en la figura de Fort como condensando la compleja relación entre los medios tradicionales, especialmente la televisión, y las redes sociales. Este es un tema que excede los confines de la academia. Las definiciones, los límites, y las competencias de cada medio o plataforma son temas que preocupan y ocupan todos los días a quienes producen contenido y que provocan conversaciones y reacciones en las audiencias—quienes, a su vez, terminan por marcar para qué y cómo se usa cada cosa. Pensemos, por ejemplo, en dos episodios conversados—en los medios—recientemente: el desencuentro entre Gustavo López e Ibai Llanos y el stream inaugural en Twitch de Marcelo Tinelli. En el primer caso, un periodista deportivo televisivo cuestiona la legitimidad y fama de un streamer y relator de esports; en el segundo, uno de los conductores televisivos más exitosos de Argentina intenta acercarse a Twitch de la mano de una figura pionera en las redes en Argentina (Cumbio). En ambos episodios, corre de fondo el debate por el lugar que debiera corresponderle a la televisión, por el territorio que sería exclusivo de las redes, por la posibilidad de ambos medios de compartir dinámicas y públicos, por las condiciones de una coexistencia o un desplazamiento y, sobre todo, por la definición de si una cosa es del pasado y la otra es del futuro.

Ricardo Fort fue, es, y será un personaje rico de la cultura mediática argentina. No por su fortuna material sino por la multiplicidad de lecturas e interpretaciones que han emergido alrededor de su historia.

El documental “Basta chicos” es consciente de esta lectura de Ricardo Fort. Para empezar, quien lo narra es Damián Kuc, exponente de la cultura de las redes sociales, mientras que las fuentes consultadas son, casi todas, figuras nacidas y moldeadas al calor de la televisión. Además, en distintos momentos el guión describe y analiza escenas de coexistencia, transición, y colisión entre la televisión y las redes—todas motivadas por el deseo y las excentricidades de Fort. Porque desde sus primeros intentos de ingresar en la industria massmediática argentina, Ricky se imaginó a sí mismo presentado a partir de una lógica de producción de contenidos que mucho tenía que ver con lo que luego sería la de plataformas como YouTube, Snapchat, Instagram, Twitch, o TikTok. La lógica era la de hacer ingresar las cámaras, en un 24/7, al universo de su vida privada. Era mostrar lo extraordinario de una vida—con joyas, amantes y dinero—pero también mostrar, con poca producción, lo ordinario, en el sentido de lo cotidiano: cómo se cambiaba, por ejemplo, apurado, para salir a un evento, cómo bailaba sin remera en el living de su casa, o cómo manejaba un auto con un cigarillo en la boca mientras conversaba por teléfono con su madre. Lo que en su momento se leía quizás en clave de exhibicionismo casi obsceno se condecora hoy como lo estrictamente mundano en el universo actual de las redes sociales: una persona que registra sus rutinas diarias, que baila frente a cámara, que publica un vlog de un viaje. Lo común, lo casual. 

En este sentido, la historia de Ricardo no es aislada. Podemos pensar, para el caso de Estados Unidos, en Paris Hilton, una de las pioneras de la industria de los reality shows que triunfa actualmente como influencer de Instagram. Pero lo que es muy particular de la figura de Fort es cómo él puso al borde y hasta lastimó a su propia relación con los medios tradicionales. Como sugiere el documental “Basta chicos”, desde el interior de la televisión temían que Ricardo la terminara rompiendo. Al menos por tres motivos: con su temple, Fort tensionaba la línea entre lo producido y lo espontáneo, entre lo real y lo ficcional; con su dinero y su emprendedorismo, parecía poner en riesgo la mano invisible que ordenaba el resto de las producciones mediáticas; con su ego, quería sobre todo que el show girara alrededor del yo, es decir, alrededor de él. Nuevamente: se trata de elementos que hoy podemos ver normalizados en las redes. La producción y curaduría puestas al servicio de la autenticidad, la ventaja que da el dinero a la hora de ganar audiencias y atención en las plataformas, la importancia de poner al yo como punto de vista de todo lo que se experimenta en el mundo. En 2021, el documental-reality de HBO “Fake famous” se alarma por el hecho de que un gran porcentaje de centennials sueña con tener fama como horizonte de trabajo. Ser famoso, e influir, se ha constituido en una profesión en sí misma. Pero más allá de traer consigo el espíritu que luego reinaría en las redes, Ricardo luchó incansablemente por ganar su lugar en los medios tradicionales. Sus sueños lo ubicaban en el piso de los estudios, en los teatros de la Avenida Corrientes y de Mar del Plata, o bajo la luz de los flashes fotográficos de las alfombras rojas. 

Ricky se imaginó a sí mismo presentado a partir de una lógica de producción de contenidos que mucho tenía que ver con lo que luego sería la de plataformas como YouTube, Snapchat, Instagram, Twitch, o TikTok. La lógica era la de hacer ingresar las cámaras, en un 24/7, al universo de su vida privada.

Pensar en la figura de Fort como condensando la compleja relación entre medios tradicionales y redes sociales no termina en sus años de vida. Por el contrario, el recorrido se completa a partir de la muerte y la sobrevida de Ricardo. Porque tal como rastrea “Basta chicos” quizás una de las dimensiones más fascinantes de la figura de Fort sea su afterlife digital. Este es un fenómeno estudiado por Davide Sisto y por el cual los objetos digitales de quien ya no está cobran vida propia en un entorno online. Producto de una serie de eventos inesperados Ricky emergió como el “Comandante” a partir de foros, quizás irónicos, de Taringa, en el medio de la cultura de internet. Su presencia virtual se expande diariamente, casi 10 años luego de su muerte en 2013, en las nuevas visualizaciones de sus videos de YouTube, en las palabras de cariño y admiración que dejan sus fans en el espacio de comentarios, en los retuits y favs de su cuenta de Twitter, en los memes que circulan en las plataformas, en los stickers con su rostro que se pegan en WhatsApp. Decimos, en la tele y en las redes, “MIAAMEEE” y nos reímos y nos acordamos de Ricardo diciéndolo aunque no dónde porque la fuente ya es parte del registro memético de un país en que figuras otrora televisivas viven múltiples vidas en su digitalización. 

Con su temple, Fort tensionaba la línea entre lo producido y lo espontáneo, entre lo real y lo ficcional; con su dinero y su emprendedorismo, parecía poner en riesgo la mano invisible que ordenaba el resto de las producciones mediáticas; con su ego, quería sobre todo que el show girara alrededor del yo, es decir, alrededor de él.

Que la historia de Ricardo Fort continúe, con intensidad, luego de su muerte nos reenvía, una vez más, a los medios tradicionales. Porque la muerte de la televisión ha sido y continúa siendo anunciada desde por lo menos el surgimiento de los llamados “nuevos medios”. Sin embargo, algo de ella parece perdurar: su efecto de ruido y compañía, su formato en vivo y en directo, su capacidad de generar agendas, su posibilidad de introducir nuevos personajes a la vida mediática y pública del país. A veces, incluso, nos olvidamos que las primeras cámaras 24/7 que registraban lo cotidiano y hacían un show del día a día surgieron del corazón de la televisión, con los reality shows. El rey está muerto, larga vida al rey.