Crónica

Contramarcha


Leer salteado

¿Cuáles fueron las primeras lecturas de tu vida, esas que te marcaron para siempre? En Contramarcha (Ed.Ampersand), María Moreno recrea las suyas, que vinieron de la mano de su abuela y no precisamente porque le leyera cuentitos a la noche. Un amor por las palabras tan holístico que las guarda en su memoria incluyendo las formas de las letras y la caricia de papel. Fragmento.

Mi abuela era la encargada del conventillo. Yo la ayudaba a repartir la correspondencia. Leer era hacerlo en los sobres que solía repartir todas las noches, piso por piso, hasta el último en que vivía la señora Mandelbaum, la única que ocupaba un departamento de una sola habitación –tal vez originariamente correspondiera a la portería– y la única también en abrirme una puerta fastidiada y estrecha, como si las noticias fueran siempre dolorosas o trajeran una memoria que lo fuera. Sobres en papel de avión, finos y por tanto livianos, como si contuvieran apenas una página lacónica, con los datos del destinatario y del remitente escritos con pluma, de líneas que variaban su grosor y que iban de la elegancia pareja a un temblequeo de electrocardiograma, para seguir el invisible renglón –un horizonte que mimaba la distancia real– o disparándose hacia las esquinas, cada uno de estilo reconocible ya que provenían de los mismos parientes y amigos, muy prolijos o, al menos con la intención de prolijidad en el evidente raspado de los errores con la parte gris de la goma, como si escribir fuera un acto solemne y aplicado o como si escribir fuera dibujar. En el primer piso, departamento tres estaban la señora Rina González y su marido, Juan, la señora Aida Wundailler y su marido Isak, Las Dimant (Ester y Anita), en el dos –ignoro las razones de ese orden arbitrario–Ruth y Kurt Zeiden  y el evangelista, cuyo apellido se me escapa o había ya entonces en él, algo impronunciable, algo que, luego sabría, se iría volviendo destino delictivo, su mujer Amanda y sus cuatro hijos, en el cuatro, los Rodríguez, buenazos y poco propicios para las mitologías, el sargento Vera y Alcides Zubarán –el porte de ese nombre poco común y la presencia de la última letra del alfabeto como la primera del apellido, subyugaban como su dueño–.  No sé dónde ubicar al señor Fleisher que gritaba por cualquier cosa y cuyo vozarrón  solía oírse desde la planta baja, en una lengua para mí desconocida, como la mayoría de las que solían elevarse por los vidrios rotos de las barandas de los pasillos y bajaban de un cielo encerrado para caer en nuestro patio; sólo recuerdo su gran escena de duelo criollo un poco buffo en que, mientras bajaba las escaleras vociferando y separado del cerrajero del barrio, Natalio Kleiman, por un colchón, lo acuchillaba una y otra vez.

Mi gusto por el barroco empezó por esas formas caligráficas, esas rúbricas complicadas y esas destrezas de la pluma que parecían tener mucho de impuestas durante la escuela primaria. Y, entre los destinatarios, el exotismo se me representaba, antes de los relatos, en algunas telas gastadas, en las que sobrevivían unos estampados de colores audaces que yo solo había visto en las polleras de las gitanas, de vuelo generoso, y que a menudo combinaban telas superpuestas . Las hijas del evangelistas usaban vestidos hechos con esa clase de tela que yo imaginaba, había viajado desde muy lejos bajo otras formas –soleros y blusas de personas mayores–  y que les daban un aspecto semejante a mis muñecas importadas que siempre parecían llevar el traje típico de una país inexistente. Los hijos del evangelista eran Freddy, Anita, Gigí y Nely, claro que siempre se los nombraba anteponiendo el artículo. Recuerdo un día en que comencé a decir “La Nely …” y que la madre de mi amiga Ana María me paró en seco: “No se dice La Nely”, se dice “Nely” y yo me callé porque ella era maestra. Si embargo, mi frase no estaba mal porque lo que yo planeaba decir implicaba una comparación entre la Nely del departamento dos y la Nely de la vuelta . 

El evangelista ensayaba sus sermones en el pasillo de su departamento. Desde un vidrio roto de la baranda del primer piso me tentaba su perfil colorado. La mano teatral cubría la frente y, aunque mi madre me prohibía mirar para arriba por si caía algo desde los pisos altos a nuestro patio, esa voz que metía miedo me hacía levantar la cabeza. El no miraba para abajo pero yo soñaba y temía el momento en que una ceja roja y un ojo azul –sólo podía ver su perfil– me fulminara, que su cólera dirigida al universo entero se detuviera en un único ser, yo. Su voz aterraba y, en lugar de amenazar con el infierno, parecía venir directamente de él. Era tal su violencia , llena de erres tronantes y de pausas dramática durante las que se oían pasos sobre nuestra cabeza, yendo y viniendo, mientras mi madre rumiaba insultos y resoplaba pero en voz baja –Amanda, la mujer del evangelista pertenecía a la Rama Femenina y había anunciado que iba a denunciar a mi madre por contrera– y cada vez que se hacía silencio, quizás porque él se había detenido para repasar su sermón, sólo podía ser para recobrar un aliento luciferino y mi madre se preguntaba cómo podía ganar adeptos si jamás la dulzura desviaba esa voz a la persuasión y el cielo prometido brillaba por sus ausencia, como si ninguna acción que propusiera fuera capaz de contener al maligno e imponer alguna pedagogía del bien. 

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La baranda en realidad era una hilera de ventanas, la mayoría con los vidrios rotos y la siguiente a esa, por la que yo veía pasar al evangelista, estaba cubierta por un trapo rojo que se movía de vez en cuando, como si las hijas del evangelista me estuvieran espiando como yo espiaba a su padre. 

Un día creí entender que hablaba de mí y durante unos días no salí a intentar verlo y a escuchar sus sermones.

–Vean ustedes a esta niña. Ya observarán que es muy joven y que Dios le ha dado la forma exterior que poseemos todos nosotros, sin que exista en su cuerpo ninguna deformidad aparente. ¿Quién pensaría , pues, que el mal ha encontrado en ella su servidor y un agente?  

Se oyeron unos gemidos ahogados que me parecieron risueños. Vi moverse el trapo colorado. 

El evangelista dijo: queridas mías, este es un caso tristísimo, porque tengo el deber de deciros que esta niña, que pudiera ser una de las ovejas de Dios, no pertenece a su rebaño sino que es una intrusa y es preciso que evitéis su compañía. Luego habló de los idólatras que dirigen sus oraciones a Brahma. Le conté a mi madre que el evangelista me amenazaba pero ella me dijo que eso que yo había oído lo habría sacado de algún libro ya que era un hombre inculto que hablaba mal castellano, tal vez una página del libro de lectura del nocturno al que concurría.

De su hijo Freddy se decía que era puto (mi madre usaba el eufemismo de rarito): el chisme es más afín a la divulgación que al argumento: un arito en la oreja, un apego exclusivo al cadete del almacén, el desprecio por el futbol y un desinterés por la barra de la esquina, bastaban.

 

El chisme tampoco suele establecer jerarquías de gravedad; no hace justicia, se expande y había uno que crecía sin parecer jamás despertar una conciencia que desatara la indignación barrial: el evangelista violaba a sus hijas. A Anita, a Gigí, a Nely. Anita ya tenía tetas y, aunque no había pegado el estirón, se comportaba como una mujer: no jugaba en la vereda y usaba medias de nylon bajo sus vestidos aldeanos y se decía que chapaba en el zaguán, que se dejaba tocar de la cintura para abajo sin acordarse de la voz encolerizada del padre cuando enumeraba los pecados mortales.  Por eso, al oír hablar de violación yo no pensaba en ella sino en Gigí y, sobre todo en Nely: me imaginaba a su padre saltando sobre ella, haciéndole algo parecido a lo que hacían esos muñequitos que se vendían en la cancha y en los que  un palito con la punta pintada de rojo de uno, se metía en el otro, al manipularlo con una tosca manijita, y estaban vestidos con camisetas de Boca o de River. Sí solía oír los llantos de Gigí y de Nelly, quedaba claro que era por las palizas, ya que venían acompañados por los gritos de su padre y no por sonidos más ambiguos. Faltaba la voz de Amanda que yo solía esperar como esperaba la aparición del príncipe en los cuentos de hadas o había esperado la de mi madre, las pocas veces que me había perdido en la plaza o en la playa y me asustaban más los aplausos que el hecho de haberme perdido. Amanda yiraba en la Plaza Once, e iba con tipos a los hoteles de la Recova como si estuviera eximida del infierno que prometía su marido. Ninguna piedad para sus hijas, la xenofobia las leía como inhumanas, y mi propia madre, de vehemente filiación positivista, debía darlas por perdidas por las leyes de una herencia degenerada que ella solía sintetizar en la figura de la mala entraña, las violara o no su propio padre. 

Un día se oyeron vibrar las ventanas del departamento dos. El Freddy y su padre rodaban en lucha y hacían temblar los vidrios. Nadie se metió ni imaginó una víctima por la que poner las manos en el fuego, metáfora que en este caso era de evidente literalidad, dados los sermones del evangelista. Luego el hiato de la noche; la decepción de las orejas paradas en medio de las toses, los bostezos en voz alta y los pedos. El Freddy echó al padre de la casa. Amanda se hizo silenciosa. No sé qué habrá tenido que ver ese orden que impuso un hermano mayor, rescate de puertas cerradas en salvaguarda de unas niñas, pero las ropas se volvieron menos exóticas y a Anita, a Gigí y a Nely las cubrió más a menudo el guardapolvo blanco. 

Las voces de las barandas se acallaron como si en las nuevas reglas impuestas por Fredy se hubiera expandido a todos los departamentos y la restitución de la ley que prohíbe el incesto trajera la paz y la paz fuera alguna forma de silencio pero, aunque todavía ellas tuvieran una madre, yo mezclaba la vida de Anita, de Gigí y de Nely a la de Cosette junto con la de todos los huérfanos que constituían el stock de los comprachico y me las imaginaba bailando con grilletes en los tobillos mientras cantaban y tocaban la pandereta o dando tumbas carnero en las arenas de un circo. 

En el fondo envidiaba esas vidas ya proscriptas para cualquier destino “decente”, al menos en ese barrio que nunca dejó de murmurar a sus espaldas y en el que ninguna familia las hubiera recibido, de haber decidido algunos de sus varones jóvenes casarse con ellas. Y eso que todas tenían sus secretos a los que el chisme detallaba en invenciones fabulosas, en variables que iban creciendo cuando al narrarlas se agregaban detalles de la propia vida, entonces se generaba el efecto de teléfono roto o había algún sordo en el medio que transmitía lo que creía haber oído y daba por cierto.

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