Ensayo

Net-Zero: entre gestos y charlatanerías


Una nueva geopolítica del clima

En un momento bisagra para la transición energética global, acaban de suceder tres hechos en la agenda climática hasta ayer impensados: el fallo contra Shell, el informe de la Agencia Internacional de Energía y el compromiso del G7. Mientras, el hashtag Net-zero se convierte en slogan que pronto llegará, quién sabe, hasta a las botellas de gaseosas. Viento y sol tenemos de sobra: por qué si la Argentina juega bien sus cartas puede salir ganando.

Desde el Acuerdo de París, que se pactó en 2015 para detener el cambio climático, se invirtieron 3,2 billones de dólares en la industria hidrocarburífera, y la temperatura subió más o menos medio grado. Tan rápido es el proceso de calentamiento con esta atmósfera hinchada de CO2 (el subproducto de la quema de combustibles fósiles), que los gobiernos de todo el mundo, las empresas de consumo masivo y hasta el gran dinero de repente se ven obligados a poner el freno de mano para que no colapsen los sistemas terrestres y nos quedemos con un mundo capitalista pero absolutamente destruido.

 

¿Parece una utopía, no? Los combustibles fósiles han sido sinónimo de energía y de crecimiento económico durante más de un siglo. La verdad que parecía eterna, ya no es más. De repente, ese sistema se empieza a desmoronar, y también comienzan a cambiar los esquemas de poder. Por algo la industria estuvo por décadas financiando a los políticos negadores del cambio climático, inventando lobistas de mentira para seguir financiando ese modelo. Pero los impactos del calentamiento del clima ya pueden ocultarse. La acumulación de gases de efecto invernadero, que son los que retienen el calor del sol en la atmósfera, están en nieveles récord. Y quedarán ahí por siglos.

 

Este es un momento bisagra en la transición energética, lo que de ninguna manera significa que ya estemos salvados. “Descarbonizar” es el verbo que se está poniendo de moda. Por eso nuestros ojos deben estar más afilados que nunca, porque el futuro próximo está en juego.

 

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Están pasando cosas que hasta ayer eran impensables. Tres de esas acciones sucedieron en mayo. Primero, llegó la sentencia histórica contra la compañía anglo-holandesa Shell. Un tribunal de La Haya la condenó a reducir para 2030 el 45% sus emisiones a lo largo de su cadena industrial, lo que empieza con sus proveedores y termina en los consumidores. Intriga saber cuáles serán las repercusiones en la Argentina. El fallo es una advertencia para toda la industria, en cuyas salas corporativas hubo también mucho movimiento en estas semanas, creando la sensación de que un sismo -como los que provocan cuando hacen fracking- está ocurriendo debajo de sus pies. Hubo rebeliones de accionistas en Exxon y Chevron. No puede haber negocio para las petroleras si quieren sobrevivir y ganar dinero en el mundo que viene. Al menos no con su viejo modelo.

 

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La Agencia Internacional de Energía (IEA), un organismo creado durante el boicot de los países productores árabes en los 70 para garantizar la disponibilidad eterna del producto, debió reconocer que en un escenario de aumento de la temperatura de 1,5C -el umbral de acción del Acuerdo de París- no se podrán hacer nuevos emprendimientos fósiles. 

 

La consecuencia de ambos gestos es que hay dejar los hidrocarburos que quedan por explotar enterrados y contentos donde están. Esta fue una clara señal hacia los tomadores de decisión política pero, sobre todo, hacia los mercados financieros. El riesgo de invertir en emprendimientos como Vaca Muerta o la plataforma marítima continental argentina es total. Hoy reconocen que generan demasiada contaminación y que, en poco tiempo, el dinero invertido puede terminar transformándose en caños viejos sin valor.

 

Algo que reconoció el informe de la IEA, hasta ahora negacionista del cambio climático, es que el gas no es un combustible de transición, como sostienen narrativas que impulsan quienes cobran desde hace una década subsidios del Estado, aún en pandemia y con poco efecto derrame sobre la economía argentina. Los únicos derrames fueron de contaminación. Y de enfermedad. Pero de eso, casi ni se habla.

 

Después de la IEA, todos los países del G7 -menos China y Rusia-, se comprometieron a dejar de financiar proyectos nuevos de carbón, el combustible más utilizado para producir energía eléctrica hasta hace pocos años. Ahora falta que estos países se comprometan a decir no a los subsidios a los combustibles fósiles, para lo cual hay una gran presión de la sociedad civil. 

 

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La crisis del covid19 demostró cómo un solo factor puede causar una crisis sistémica de carácter global. Nos hizo sentir sobre la piel despellejada qué significa habitar un mundo en el que los polos se derriten y el clima se transforma en una quimera. La elección de Joe Biden a la Casa Blanca ayudó a recuperar la diplomacia. Existe una nueva geopolítica del clima. Por eso muchos gobiernos, incluyendo el argentino, prometen conducir a economías de cero emisiones en 2050.

 

Pero este es un camino lleno de piedras y de intereses espurios, porque quienes se han encargado de convertir el calentamiento terrestre en el peor enemigo de la historia de la humanidad allí siguen, por más de que se vistan con cuero de oveja verde. Por ejemplo, grandes petroleras dicen que van a ser “net zero” en 2050 mientras siguen expandiendo su negocio y hablan de eufemismos como “reducir la intensidad energética de emisiones”. 

 

“Net-zero” puede quedarse en una especie de trampa de léxico si implica seguir emitiendo tanto como los ecosistemas puedan absorber. Pero todos esos son cálculos dudosos. Importa lo que suceda en la composición física y química de la atmósfera, no en los trucos de la contabilidad o del marketing. Si una línea aérea vende “compensaciones” por la huella de carbono que se emitirá durante un viaje, no hay que dejarse engañar. Es casi imposible certificar que ese daño pueda ser reparado, por más que surjan empresas aquí y allá que dicen que plantan árboles en algún lugar remoto. Emitir o no emitir, esa es la cuestión.

 

Cada vez más, empresas de consumo masivo proponen escenarios de descarbonización a 2050. Net-zero será la “nueva sustentabilidad”. Pero ya sabemos qué pasó con el noble concepto de “sustentable”: se convirtió en slogan vacío.

 

En 2019, por encargo de los mismos diplomáticos que pactaron el Acuerdo de París, el IPCC (el organismo de la ONU que estudia la ciencia del clima), determinó qué diferencia había entre un mundo que se calentaba 2C -el objetivo hatsa entonces de las negociaciones- y otro en el que la suba se detenía en 1,5C. Una distancia de sólo medio grado resultó abismal, con un impacto expresado en cientos de millones de vidas afectadas de diferencia. Para conseguir el objetivo más benigno, advirtieron, había que reducir las emisiones a la mitad para 2030. Y a cero para 2050. Es el origen de todos los movimientos que vemos ahora.

 

Esta es una batalla de planificación estratégica en serio, no un asunto de influencers que juntan tapitas de plástico y hablan del “planeta” bobamente. Los impactos del aumento global de la temperatura sobre nuestro territorio son más serios cada año. Tuvimos terribles temporadas de incendios, una bajante extrema en el Río Paraná, territorios diezmados también por tormentas inusuales, como Comodoro Rivadavia. Nuestro glaciares disminuyen, las sequías representan miles de millones menos de dólares en exportaciones.

 

Para dejar de emitir gases de efecto invernadero totalmente en 2050, hay que empezar hoy. La tecnología existe. Es barata y nos conviene. Si la Argentina juega sus cartas bien puede salir ganando, porque el viento y el sol que tenemos son de envidiar. El FMI, Estados Unidos, incluso China u otras instituciones financieras podrían jugar a nuestro favor. El papa Francisco está moviendo algunos hilos para una suerte de cambio de deuda por acción climática. Para eso hay que mostrar liderazgo. En cada viaje por el mundo que realiza Alberto Fernández le preguntan lo mismo

 

¿Presidente, qué va hacer con el cambio climático?