Luego de la muerte de cinco chicos en la fiesta electrónica Time Warp, el escritor Enzo Maqueira fue invitado a distintos programas de televisión para hablar de las drogas. Quería intervenir sobre la realidad construida por los medios masivos. Quería denunciar el adoctrinamiento pero se encontró con conductores y panelistas preocupados por vender medicamentos.



Sábado. Son las once y media de la mañana y sigo acostado. No tengo intenciones de levantarme. Sin embargo el celular empieza a sonar. Llaman de la producción de un programa de A24. Estoy invitado a opinar sobre la tragedia: cinco chicos murieron en la Time Warp. Tengo miedo de que me tilden de oportunista; la tercera edición de mi novela Electrónica lleva algunos días en la calle. Lo soy. Es una oportunidad para aportar una mirada distinta sobre lo que pasó en esa fiesta, pero también para conocer cómo funciona por dentro la televisión: el monstruo que me educó. Fue en los ’90. El país se rendía ante los espejitos de colores del neoliberalismo. Los adultos comían pizza con champán. Los chicos mirábamos la televisión. 

***

El pincel del maquillaje en la cara. Un productor se acerca para felicitarme por mi libro. Le doy la mano. Entro al estudio tratando de no hacer ruido. No reconozco al conductor, sí a la conductora: Paula Trapani. En una silla espera un chico de veinte años, con traje azul y corbata, que estuvo en “la fiesta de la muerte”, como dice el graph que anuncia el próximo bloque. El chico se llama Ignacio. Está en contra del consumo de drogas. En voz baja le explico que yo tengo otra visión: no se puede estar en contra de la realidad, se puede aceptar o no.

 

—Claro —dice.

 

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Cuando nos piden que pasemos a nuestro lugar frente a las cámaras será más locuaz. Dirá que el olor a porro que había en la fiesta era insoportable, que eran todos drogadictos, que no hace falta drogarse para divertirse.

Los conductores parecen preocupados: ¿Qué pasa con nuestros chicos?, ¿Dónde están los padres?, ¿En qué nos convertimos? Por fin me dan la palabra. “Sos periodista”, dice el conductor.  Explico que mi libro es de ficción, que soy escritor y mi función es distinta a la del periodismo. “Sos artista”, dice Paula Trapani. Digo que sí: soy artista. Siento que quedé como un boludo. Igual sigo adelante. Tres responsables, explico: el Estado, los empresarios, los medios de comunicación. Me interrumpen, señalan a Ignacio. Repite que la droga es mala, que esos chicos son unos enfermos. Tengo casi veinte años más que él y es fácil tocarle el brazo, hablar más fuerte, hacerlo callar.

 

—Me parece que llegó el momento de debatir seriamente la legalización de las drogas, la implementación de programas de reducción de daños, entender que no es lo mismo un adicto que un consumidor social.

 

No lo dije así, es cierto, pero intenté: lo dije como pude, mientras los conductores me miraban y mis dedos tocaban la transpiración en la manga del saco de Ignacio. Pero juro que fue algo parecido. Ignacio lo dijo mejor que yo, porque otra vez le dan la palabra: “Estaba lleno de charuteros”. Primera participación en un programa de tv y ya estoy a los gritos. Hablo de la libertad, digo que mucha gente toma vino y muchos pibes fuman porro, que todos tenemos derecho a divertirnos como queremos. Pavadas. Cuando el programa termina nos damos la mano con los conductores, con alguno de la producción, con Ignacio, que posa para que sus padres le saquen una foto en la puerta del canal. “Mediste bien”, dice un productor. A mí la cara me explota de la vergüenza.

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Entrevistas en diarios, radios y revistas. Los medios parecen haber descubierto -veinte años más tarde- que la electrónica es una cultura instalada en la sociedad. No faltan los comentaristas que dicen que me debo estar llenando de plata; tampoco los que preguntan por qué no agarro una pala y me pongo a laburar. Mientras tanto me vuelven a llamar, esta vez de América. Televisión abierta. Cinco y media de la tarde. El programa se llama “Los unos y los otros”. Conduce Andrea Politti. Reconozco a otras caras en el panel: Carla Conte, Catalina Dlugi. Las dos me caen bien desde el principio. No sé quiénes son los demás. Después me fijaré en Internet: Soledad Larghi (que nunca estará de acuerdo conmigo), Jimena Grandinetti, Carlos Ares. A pesar de que fuera del aire se muestran preocupados y receptivos, la discusión viaja por los mismos carriles. Qué pasa con los chicos, dónde están esos padres. Repito lo mismo que la última vez: las drogas están en la sociedad, las legales y las ilegales; hablemos de programas de reducción de daños como los que existen en Europa; dejemos de desinformar a la gente y de escaparle a un debate serio sobre un tema que atraviesa a toda la sociedad. ¿Lo digo así? Quizás. Algo se entiende. Igual los productores prefieren poner el foco en otro lado. Un chico “que tomó éxtasis porque se lo pusieron en el agua” da su testimonio. Trabaja para los organizadores. No lo dicen pero se le nota. También se le nota que tomó éxtasis por propia voluntad, porque quiso, porque le gusta; porque es hijo de una sociedad de consumo que ya había profetizado Aldous Huxley hace casi un siglo, que Marx conocía muy bien, que vimos crecer en los ’90 con la explosión de los medios de comunicación masiva. Ese chico desmiente cada una de las denuncias que hicieron otros chicos que también estuvieron en ésa y en otras fiestas donde pasa siempre lo mismo: cortan el agua, hay más gente que la permitida, nadie controla a los dealers. No me animo a contradecirlo al aire. Está cuidando su fuente de trabajo. Consumir y ser consumido. Eso es lo que nos enseñaron. A mí también, pero mi trabajo es otro. Repito la lista de los responsables de esas cinco muertes: el Estado, los empresarios, los medios. No seré el único. Un médico dirá que las drogas legales como el alcohol y el tabaco encabezan todas las estadísticas de muertes en los hospitales, muy por encima del éxtasis, la marihuana o la cocaína. Una toxicóloga explicará la importancia de programas de reducción de riesgos para saber qué tienen las pastillas que se consumen. ¿Por fin la sociedad debate la legalización? Termina el programa. “Vos estuviste en la tele recién”, me dice un pibe que frena su Toyota azul. Debe tener mi edad. Respondo que sí. Me gustaría compartir con él lo que pienso: que somos la primera generación que aprendió más por lo que vio en la tele que por lo que nos enseñaron en la escuela, que cuando éramos chicos ni siquiera teníamos Internet, que estuvimos solos frente a un monstruo que nos adoctrinó para ser consumidores. Pero dudo que le importe. Volvió a arrancar hace rato.

 

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Tercera participación en el programa de América. Parece que de verdad a la gente le gusta lo que digo. El otro invitado es el creador de la actual ley de estupefacientes. Charlamos antes de salir al aire y acuerda conmigo. Lo repite frente a las cámaras, para sorpresa de los productores. Su voz se suma a un coro de voces que van en el mismo sentido. ¿La revolución será televisada? De ningún modo. Los productores hacen su trabajo: las cámaras toman a un pibe de veintipico que fuma porro pero no consume pastillas, su mamá ejemplar “que dialoga mucho en familia” lo acompaña; al lado de ellos sentaron a la madre de uno de los chicos internados, que lucha por su vida; “Tu hijo fue a la fiesta y no tomó pastillas, el tuyo (dice Politti y señala a la otra madre) fue y está internado. Hablen entre ustedes”; las señala; las cámaras apuntan: madre buena y madre mala. Los panelistas –sobre todo Larghi y Grandinetti- caen con saña sobre la madre mala. Voy en su auxilio. Tengo las venas del cuello hinchadas, como veré luego por YouTube, levanto la voz para decir que los padres no tienen la culpa de nada, tampoco los chicos, que padres e hijos son víctimas del mismo sistema que fomenta el consumo y después mira para otro lado.

 

Una de las chicas pregunta si a mí me parece bien que los chicos se droguen. Antes de que pueda responder tenemos que ir al corte. Cuando las cámaras se apagan cada uno hace la suya. Los panelistas conversan o miran el celular. Los productores hacen chistes entre ellos. Aprovecho que la madre buena está distraída para decirle a su hijo que no le creo que nunca tomó éxtasis. Se ríe, pícaro, mientras la madre mala vuelve del baño con la cara desencajada. Acaba de hablar con su marido en el hospital, el chico está mejor, pero le pueden quedar secuelas. En el siguiente bloque nadie se acuerda de que tengo una pregunta que responder. Politti muestra una cajita verde: “¿Te duele la cabeza? ¿Estás con pocas pilas? Que tu día no se corte: tomá este medicamento y seguí adelante”.

 

 

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Me bancan en Twitter, me escriben por Facebook. A todos les explico lo mismo que tengo que explicarme a mí para convencerme de aceptar una nueva invitación. Creo que la función de un escritor es molestar. No alcanza con contar historias. O sí. Pero no en estos tiempos. Hay que intervenir sobre la realidad construida por los medios masivos. Hacer literatura con esa realidad. No hay otro modo de defendernos del adoctrinamiento. Yo vi cómo nacían esos programas con peleas, mediáticos y panelistas mientras afuera levantaban la carpa blanca, el desgüace del Estado, el cincuenta por ciento del país por debajo de la línea de la pobreza. Pasaron más de dos décadas, la televisión se sigue ocupando de mantenernos adormecidos. Sin embargo cuando entro al estudio del canal todos me saludan, parece que se encariñaron conmigo. Fuera del aire hablamos de drogas, algunos de los panelistas ¿confiesan?, ¿admiten?, ¿me cuentan?, que fuman porro. Uno de los técnicos me felicita porque digo lo que ellos no pueden decir. Micrófono. Maquillaje. Vamos al aire. Retomo desde ahí: “La droga es parte de esta sociedad de consumo porque no hay otro modo de soportarla si no es, precisamente, a través de más consumo”. Uso otras palabras, por supuesto. Las que puedo decir ahí, con esas luces que me iluminan, frente a cientos de miles de televidentes. Pero avisan que hay un móvil con el titular del SAME: al doctor Alberto Crescenti se le quiebra la voz, les ruega a los padres que cuiden mejor a sus hijos, casi está llorando. Todos concuerdan: un testimonio desgarrador. Pediré la palabra pero tampoco. Un nuevo móvil, un abogado mediático, los panelistas se divertirán durante el siguiente bloque jugando a que se pelean con él.

 

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Por un lado estoy seguro de que una parte de la sociedad ya se plantea la legalización como una forma de empezar a resolver, de una vez por todas, el problema de las drogas. Por otro lado siento que el tema está agotado y que es el turno de los legisladores. Igual acepto ir por cuarta vez a “Los unos y los otros”. ¿Estaré convirtiéndome en uno de ellos? La respuesta no tarda en llegar. Entre los invitados está Roberto Piazza. ¿Qué puede decir un diseñador de modas sobre el tema? Que en su juventud hizo de todo pero que no entiende eso de tomar pastillas, que la electrónica ni siquiera es música, que la juventud está perdida; una cantidad de pavadas que creí que ya no iban a volver a decirse en la televisión. Los productores me hacen señas con las manos: que lo hache, que le salga al cruce, que me indigne. No puedo. Pasaron cuatro programas y parecemos estar exactamente en el mismo punto donde empezamos. Ahí está, por fin, el verdadero rol de los medios masivos de comunicación: hacernos dar vueltas mil veces sobre la misma nada. Debo haber medido mal en el rating esta vez, porque cuando vamos al corte me avisan que está mi taxi esperando. Le pido disculpas a uno de los productores por no haber cumplido con lo que ellos querían. “Todo bien”, me dice. Realmente me apena por él, que todos estos días fue muy amable conmigo. 

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Doce días después de la tragedia el tema sigue en agenda. Ocupa el espacio que podrían ocupar otras noticias igual de importantes, ya mucho más urgentes, necesarias para entender lo que estamos viviendo. Me suena el celular. La producción del programa “Nosotros a la mañana” me invita al piso. Canal 13. Conduce Fabián Doman. Lo conozco porque lo vi alguna vez en el VIP de una Creamfields. También porque es tapa de las revistas a causa de sus romances. En su Twitter se presenta como “padre y periodista”.

¿Todavía tiene sentido? Claro que no, pero si no me siento yo en esa silla pueden sentar a otro Ignacio, a otro diseñador de modas, a alguien que diga lo que ellos quieren escuchar. El programa es a la mañana. Doña Rosa va a estar mirando. Me envalentono. Maquillaje, luz, cámara. La silla alta donde no sé cómo sentarme. Repito mis argumentos, me interrumpen. Tomás Dente –es la primera vez que escucho su nombre, después leeré en su Twitter que es “periodista, católico y devoto de Roxette”-, me pregunta si soy médico o toxicólogo para afirmar tan livianamente que hay que legalizar las drogas. Es temprano. Mi reacción tarda en llegar. La doble moral de los medios, digo. Y cuento que la primera vez que vi gente fumando marihuana fue en el cumpleaños de un periodista, muchos años atrás, en pleno menemismo, cuando nuestra obsesión por consumir experiencias, drogas, personas, objetos, aplicaciones para el celular, recién empezaba a nacer de la mano de la televisión por cable, el acceso a la cultura global del consumo, la promesa de un Primer Mundo como el de las películas con las que nos criaron. Sandra Borghi me sale al cruce, tal cual me habían anticipado mis amigos, que siguen con entusiasmo mis apariciones en televisión: dice que ella no tiene por qué decir en público que fuma porro, en el caso de que fumara (por supuesto que no lo hace), que es algo privado. Intento explicar que ya nadie les cree a los medios, que dicen que la droga mata y después van al corte y pasan publicidades donde tomar cerveza te asegura las chicas más lindas. Otra vez estoy levantando la voz. Otra vez las venas del cuello hinchadas. El programa termina. Los productores me felicitan. ¿Habré medido bien? Ninguno dice nada sobre la discusión que acabamos de tener. Al contrario: saludos, risas, consejos para estar en televisión. Un amigo me manda una captura de pantalla de lo que pasó hace apenas un rato, cuando estaba bajo esas luces, sentado en esa silla sin saber cómo: primer plano de mi cara: “Enzo Maqueira. Periodista a favor de las drogas”. 

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Dos semanas después los empresarios organizadores de la fiesta declaran ante el juez. Con eso se entretendrán buena parte de los programas de televisión. Mientras tanto la realidad sigue adelante. No la que construyeron los medios, que está estancada en el mismo lugar. Atrás quedó el escándalo por las empresas offshore del presidente Macri, no hay lugar para las denuncias de abusos que hace la ex novia de un cantante de rock, tampoco para exigir explicaciones por los aumentos de tarifas ni por el recorte presupuestario a las universidades públicas. La agenda está instalada. Hay otro tema que compite en interés ¿del público?, ¿de los medios?: la ruta del dinero K. Empiezo a compartir el detrás de escena con diputados y abogados. Pocos se escandalizan cuando hablo de legalización. Excepto Toti Pasman, que todavía pregunta, poniendo cara de serio, si me parece bien que los chicos se droguen. El programa se llama “Periodistas”, también es de A24. Conduce Mariano Yezze. Mientras tanto, legisladores rosarinos bocetan una ley de reducción de daños. ¿Será que la sociedad empieza a rendirse ante la opinión de toxicólogos, sociólogos, médicos, algún que otro periodista progresista y “un escritor que aparece en todos lados”? Quiero creer que sí. La batalla, sin embargo, no está ganada. Infobae antepone el “polémico” cuando informa sobre el proyecto de ley rosarino de reducción de daños. Un famoso conductor televisivo declara en una revista que jamás consumió drogas; hace lo mismo ante el juez que lo cita como testigo. Algunas horas después circulará por los grupos de whatsapp un video de él con la mandíbula dura, la mirada perdida, tratando de sostenerse entre los fans. 

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Mi casilla de mensajes acumula cientos de apoyos y unos pocos detractores. “Das asco”, dice uno. “Vaya a vender su libro a otra parte”, dice otro. Por supuesto, mi novela se debe estar vendiendo bien. Siento un poco de culpa por eso. Después me acuerdo que a los autores nos toca recibir las migajas de nuestro trabajo. ¿Acaso no me pone contento que el libro se venda? Igual mi objetivo es otro. Soy ingenuo, es cierto, pero estudié Comunicación Social. No puedo dejar de intentarlo. La mayoría de los mensajes dicen exactamente lo que será cada vez más, para mí, el objetivo de todo esto: “Gracias por plantarte ante esos hipócritas”.

 

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Hace diecisiete días que ocurrió la tragedia. El Cromagnón de la cultura electrónica. ¿Me invitan otra vez a canal 13 para que diga eso, como sugiere el productor? Claro que no. El otro invitado es un abogado que, antes de empezar, me adelanta que él tira con munición gruesa, que empezó en el programa de Mauro Viale, en los ’90, claro, y que le metió una denuncia por apología a Úrsula Vargues, panelista del programa, que hace unos días, en una entrevista, dijo que “probó éxtasis y la pasó muy bien”. Yo hablo con una productora y le pido que por favor no me presenten como periodista ni como que estoy a favor de las drogas. Que ni soy periodista ni estoy a favor de las drogas. Es mucho más complejo, le digo en voz baja. Cuando por fin llega nuestro bloque y nos sientan uno al lado del otro, el abogado tira con munición gruesa pero incomprensible. Habla de empresarios, de impuestos, de Susana Giménez. Úrsula parece indignada. Es posible que lo esté, pero igual no entiendo por qué se presta al juego. ¿La producción le llevó a ese abogado que le metió una denuncia? ¿Existe esa denuncia? Cuando logro hacerme un lugar entre el parloteo lo hago a los gritos y moviendo los brazos de un lado al otro. Les digo que tengan respeto por los muertos, que lo que están haciendo es una estupidez, que los primeros días se estaba dando un debate serio pero ahora sólo están buscando rating. En “Nosotros a la mañana” sí ponen el sonido de timbres, trompadas y el “cuack”. Lo sé porque lo acabo de ver en YouTube (“escritor”, dice, “probó éxtasis”). Grito que dejen de mentirle a la gente, que demuestren que son periodistas, que no le den la espalda a la sociedad. “No estamos para ayudar”, dice Fernanda Iglesias, también periodista, según se presenta ella misma. Levanto la voz un poco más: hablen del recorte presupuestario a la UBA, de los doscientos centros culturales que cerró la misma agencia gubernamental de control que habilitó una fiesta donde había el doble de gente permitida, de los inundados, del ajuste, las protestas, los despidos… Abren el plano. Me tapan con música. Doman hace un gesto de desdén con la mano, mira a cámara y con absoluta calma dice que vamos al corte. “Basta de caretearla, muchachos”, me escucho gritar.  

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Habrá tiempo para dos participaciones más: una en C5N que incluirá debate entre dos jóvenes “por la vida” frente a dos chicos (ambos DJ’s) y yo que seríamos, siguiendo esa lógica, jóvenes a favor de la muerte. Otra en “Desgeneradas”, de Canal 9; Georgina Barbarossa, Victoria Onetto y Lola Morán, junto a un grupo de productoras atentas y progresistas, me devolverán algo de esperanza. Es posible hacer un programa serio sobre las drogas. El rating, claro, tendrá la última palabra. Mientras tanto será cuestión de sumar esfuerzos. Hace casi cincuenta años Marshall McLuhan nos explicó que el medio es el mensaje; por entonces el poder de la televisión recién empezaba a asomar. Aunque sus textos fueron proféticos, es difícil que fuera capaz de imaginar la dimensión de lo que vendría. Tampoco yo. Tampoco ustedes. Ni siquiera ellos, que seguirán dentro de nuestras pantallas ajustándose a un formato diseñado para distraernos con titulares, slogans, etiquetas que ocultan las pequeñas desgracias de cada día, los pequeños avances, las voces que los contradicen. La frase es conocida: Nos mean y dicen que llueve. Ya sabemos cómo sigue la historia. Quizás llegó el momento de hacer algo al respecto.


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