Desde hace tres años, los 25 empresarios más poderosos de China en Argentina se reúnen en secreto. Hablan de inversiones, impuestos y salarios. También comparten datos para alquilar departamentos en Puerto Madero y Palermo. Son el grupo más selecto de los 5.000 ejecutivos de empresas chinas. Radicados en Argentina hacen negocios muchos más ambiciosos que los supermercados de barrio. Cómo gerencian y viven los empresarios que dejaron Pekín y Shangai para instalarse en Buenos Aires.



Arte Portada: Marcela Dato

Fotos Puerto Madero: Eduardo Carrera

 

Tres ejecutivos de Pekín, con posgrados en EE.UU., Europa o Australia, amanecen en un departamento que comparten en Puerto Madero. Se los alquila la empresa en la que trabajan, Sinopec, una petrolera estatal china, cuarta mayor productora de crudo en Argentina después de que en 2010 comprara los activos locales de la norteamericana Occidental Petroleum por 2.450 millones de dólares. Los tres empresarios se apuran para desayunar en el comedor con chef chino que Sinopec instaló en su sede de la calle Manuela Sáenz. A las 7.30 les sirven allí arroz, que en China no es acompañamiento sino plato central, o un caldo. Para acompañar tienen verduras salteadas, huevo frito o hervido, algunas masitas y panes al vapor o rellenos. Ahí mismo almuerzan al mediodía y cenan a eso de las 18.30.

 

—Me apuraban para que terminara rápido la clase de español porque si llegaban tarde al comedor se quedaban sin comida  —dice Tai An Chen, un chino que emigró de chico a Argentina y que hasta 2014 daba lecciones de castellano en la filial de Sinopec por un acuerdo con el Centro de Idiomas de la Universidad de Buenos Aires.

 

Tai An ahora vive en Corrientes, desde donde habla por Skype con tono pausado, precisión en el uso del castellano y acento chino. Se dedica a las traducciones. Trabajo no le faltará mientras continúen llegando las inversiones de las grandes empresas chinas para hacer negocios.

 

“Hay un programa ambicioso de inversiones chinas”, dijo a fines de marzo el embajador argentino en Pekín, Diego Guelar. Macri eligió para las relaciones públicas con China a un hombre experimentado: Guelar fue embajador en Washington en los gobiernos de Carlos Menem y Eduardo Duhalde. Alguna vez le regaló una vaca de peluche a George W. Bush para reclamarle el ingreso de carne vacuna al mercado norteamericano. Guelar habló antes de que el presidente argentino se encuentre en Estados Unidos con el presidente de China, Xi Jinping, aprovechando una cumbre nuclear de la ONU.

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Después de las estrechas relaciones que tejieron los Kirchner con el gigante asiático, el hijo de Franco Macri, socio de empresas chinas en varios negocios, inició su gobierno pidiéndole ayuda al banco central chino para reforzar las reservas. Después enfrió la relación revisando contratos de construcción de centrales eléctricas con empresas chinas. Y algunos funcionarios temieron que todos los acuerdos con China se congelaran cuando el buque guardacostas Derbes de la Prefectura Naval Argentina hundió al buque Lu Yan Yuan Yu 010, de bandera china, que fue detectado cuando pescaba ilegalmente cerca de Puerto Madryn, dentro de la Zona Económica Exclusiva Argentina

 

Para los ejecutivos y gerentes chinos que día a día caminan por Puerto Madero, el tema del pesquero es menor. También lo es la situación de sus compatriotas supermercadistas que en las últimas tres décadas instalaron 10.000 locales en Argentina. Seguirán con más atención las noticias sobre los contratos para la construcción de las centrales nucleares e hidroeléctricas o la base espacial en Neuquén y habrá en los próximos meses nuevas inversiones en el sector petrolero, alimenticio o de infraestructura de transporte.

 

Así como los chinos de los “súper” que llegan al país vienen, en general, de una provincia pobre llamada Fujian, los ejecutivos de las grandes empresas suelen provenir de Pekín o Shangai. Con estudios de grado o posgrado cursados a veces en el extranjero, vienen a Buenos Aires para instalarse entre dos y seis años. Ya son más de cinco mil los ejecutivos chinos radicados en Argentina, sobre una población total de 120 mil chinos.

 

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Las empresas del gigante asiático comenzaron a hacer negocios en Argentina en los 90. El régimen de Pekín, que en 1978 inició una reforma del comunismo para crear una “economía socialista de mercado o economía de mercado con peculiaridades chinas”, empezó por incentivar a sus compañías a exportar.

 

—No había canales para vender en Argentina. Había problemas de crédito y además mandaban rezagos —dice Mariano Ma, un economista chino que también migró de pequeño a Buenos Aires. Su abuelo había sido uno de los pioneros de la colectividad china en Argentina, Ma Tsun Kuen, maestro de tai chi chuan. Mariano está tan argentinizado que llega tarde a la cita en la confitería Pétalo, en el microcentro porteño. Pide un tostado. A los ejecutivos chinos les irrita la impuntualidad de los argentinos, o que lleguen a la oficina y se tomen un café, se fumen un cigarrillo o comenten el programa de televisión de anoche para recién después empezar a trabajar.

 

Los primeros empresarios chinos que llegaron no estaban tan formados en los negocios como los que arriban ahora. Muchos conseguían que los enviaran fuera por sus relaciones políticas, se reconvertían de funcionarios comunistas a ejecutivos capitalistas. Los empleados de estas grandes empresas consideran que trabajar en el extranjero tiene sus ventajas: les cubren todos los gastos, desde el alquiler de la vivienda hasta la comida, y les pagan una parte del salario en Argentina y otra en China, donde ahorran o sostienen a sus familias. Todos cobran un plus por desarraigo y los altos ejecutivos, además, manejan gastos reservados.

 

Aquellos primeros empresarios desconocían desde el idioma hasta las leyes y el sistema tributario. Mariano Ma recuerda que más de uno fue frenado en la Aduana porque traía en efectivo más de 100.000 dólares para inversiones de sus compañías. Desconocían la prohibición de ingresar con más de 10.000 en billetes. Enseguida se rodearon de abogados, contadores y, sobre todo, de los primeros inmigrantes chinos que habían llegado en los 80. Fernando Yuan, actual legislador porteño elegido en 2015 por el PRO, integró esa camada.

 

Los ejecutivos que llegaron en los últimos años hablan inglés y en ese idioma se comunican con sus empleados argentinos. Igual hacen cursos de español: quieren entender de qué se habla en los pasillos y oficinas y leer las noticias de los diarios y portales argentinos. Para mejorar más la comunicación, algunas empresas pagan clases de chino a su personal local.

 

A algunas empresas que llegaron en los ’90 les fue bien: la naviera Cosco, la cerealera Cofco, la minera Minmetals y algunas pesqueras, todas compradoras de materias primas argentinas. El principal interés de Pekín por Latinoamérica es asegurarse la provisión de insumos para su industria y la alimentación de su gente y el ganado.

 

—Ven a la región como un territorio virgen, con muchas cosas por hacer — dice el director ejecutivo de la Cámara de Comercio Argentino-China, Ernesto Fernández Taboada. Trabaja allí desde 1994. Hoy la cámara tiene su sede con vista al Teatro Colón. Las oficinas combinan una decoración barroca con muebles de los ochenta. De los 30 miembros de la comisión directiva de la cámara, sólo uno es chino. El presidente de la cámara es Carlos Pedro Spadone, el mismo que en 1991 debió renunciar como asesor de Menem después de protagonizar un escándalo de compra de leche adulterada.

 

¿Es llamativo que los chinos vean como virgen una tierra explotada durante siglos por propios y extraños? No tanto. Fernández Taboada recuerda un dato: Chile ya explotó el 60% de los minerales de su lado de los Andes y Argentina solo el 3%.

 

—Hay sectores chinos que requieren energía, alimentos y minerales, y también infraestructura y puertos para enviarlos a China  —explica Fernández Taboada.

 

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En los años 2000, como parte de una planificada aspiración a convertirse en una “sociedad medianamente desarrollada”, China inició el programa conocido en inglés como Go Out (Salir Fuera) por el que impulsó a las grandes empresas de su país a invertir en el extranjero. La mayoría de ellas son mixtas, con participación estatal y acciones que cotizan en bolsa. Las hay privadas, pero también siguieron la orden estatal de internacionalizarse. Todas recibieron financiamiento público para ello. En el caso de Latinoamérica, ya no les bastó con comprar las materias primas sino que quisieron hacerse con la propiedad de las empresas y tierras que las produjeran, e incluso con fábricas que les agregaran valor a esos productos básicos para abastecer a China y a los propios mercados de la región.

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Con esos lineamientos, en 2004 el entonces presidente chino, Hu Jintao, visitó varios países latinoamericanos, incluida Argentina. El entonces gobierno de Néstor Kirchner, con su jefe de Gabinete, Alberto Fernández a la cabeza, divulgó la versión de que las empresas chinas invertirían 20.000 millones de dólares. Nunca llegó semejante cantidad, pero desde entonces el gigante asiático se ha transformado en un socio estratégico de Argentina.

 

A China no solo le interesa la asociación en los negocios: en aquellos años firmó los primeros protocolos de cooperación en materia militar, cultural, deportiva, educativa, sanitaria y tecnológica. Con el nuevo gobierno argentino, la Unión Europea y Estados Unidos buscarán recuperar el terreno que perdieron durante doce años a manos de los chinos.

 

—Quedaba mal si venía Hu y se veía solo con supermercadistas  —dice Mariano Ma, recordando aquella visita del expresidente chino en 2004 —. Por eso las corporaciones grandes, como las fabricantes de teléfonos Huawei y ZTE debían abrir oficinas en Buenos Aires aunque no fueran rentables.

 

Según Ma, las empresas privadas chinas se terminan yendo si pierden plata, pero las mixtas y estatales pueden perder 2 a 4 millones de dólares por año y no pasa nada. Hay petroleras, mineras o compañías de alimentos que van a pérdida, pero siguen operando en Argentina porque China necesita esos productos.  

 

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Los chinos jamás hubieran soltado 20.000 millones de dólares de un día para el otro. Lo sabe bien Fernández Taboada:

 

—Los negocios con los chinos se construyen a largo plazo. Con un europeo primero se hacen los negocios y después se hace la amistad. Con los chinos es al revés.

 

El primer paso es que el comprador y el vendedor hagan amistad. A los chinos les gusta invitar a comer, tomar vino, cerveza, generar el clima de confianza. Por eso, dice Fernández Taboada, nunca hay que cambiar el interlocutor en la negociación.

 

—El chino es negociador por naturaleza, nunca dice sí o no hasta que toma la decisión final. Son ambiguos, saben lo que quieren pero no lo manifiestan —dice Miguel Calvete, director ejecutivo de la Federación de Supermercados y Asociaciones Chinas. Las claves para cerrar un negocio con un chino, dice Calvete, son la paciencia y los mimos: regar las cenas con Rutini, ir a Pekín al menos una vez, ser buenos anfitriones en Buenos Aires.

 

Cuando hablan en su idioma, los chinos parecen enojados. En realidad, sus diálogos suenan altisonantes por la pronunciación de las cuatro entonaciones diferentes que tiene cada vocal. A ellos les sorprende, en cambio, la agresividad de algunos argentinos. Fernández Taboada recuerda que una vez acompañó a un empresario chino a visitar a un cliente. El industrial argentino los recibió a los gritos: ¡La última vez que le compré a un chino me vendió una máquina de muy mala calidad! El argentino apuntaba al chino con el dedo índice. El chino se quedó callado. Una vez en la vereda le dijo a Fernández Taboada: Me voy de Argentina. Tratan mal a la gente. Me hizo “perder la cara”, que es la forma que usan los chinos para decir “me hizo pasar el ridículo en público”. En China se señala con la mano abierta y es de pésima educación hacer “perder la cara” a otro.

 

El idioma y el lenguaje gestual no son las únicas barreras para hacer negocios. También está la “cuestión sindical” o los derechos laborales.

 

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En 1989, en Sierra Grande, en el este de la provincia de Río Negro, cerró el único yacimiento de mineral de hierro de Argentina. Quince años después y tras el encuentro de Hu y Kirchner en Buenos Aires, la empresa MCC consiguió una concesión de 30 años para explotar el yacimiento. Los chinos invirtieron 100 millones de dólares en equipos, en la adecuación del puerto y en una cinta transportadora que uniera ambos puntos distantes a 1,5 kilómetros. El conflicto se inició cuando MCC quiso traer 200 mineros chinos para operar el yacimiento.

 

Pretendía instaurar el mismo modelo de explotación que las empresas del gigante asiático aplicaron en los años 2000 en África y que tantas críticas cosechó porque no creaba empleos locales. Kirchner frenó la pretensión china. Se acordó que la empresa enviara sólo a la plana mayor para gerenciar: hoy, cinco directores y diez de los once gerentes son chinos. Por la caída de la cotización de los minerales, MCC bajó su producción. En febrero de 2016 despidió a más de 100 operarios.

 

En 2008 se produjo otro choque de civilizaciones en la mina de Sierra Grande. “Nos van a hacer un paro”, informó un gerente argentino a sus superiores chinos. “¿Cómo que hay huelga? ¡Que trabajen!”, le respondió su jefe oriental.

 

No fue fácil que la minera MCC y los delegados sindicales de Sierra Grande se pusieran de acuerdo. La empresa china contrató una consultora norteamericana de relaciones públicas para que la asesorara. Hasta que terminó incorporando a un experto en relaciones laborales.

 

—No tienen otra que adaptarse a las relaciones sindicales de Argentina —dice Calvete.

 

Sindicatos importantes de Argentina, como el bancario, el de la construcción y el de comercio, reclaman que los ejecutivos chinos de rango medio se encuadren dentro del convenio colectivo de trabajo. “¡Pero ustedes son más socialistas que nosotros!”, le dijo una vez a Calvete la hija de un diplomático chino formada en Estados Unidos y casada con un supermercadista oriental radicado en Argentina. Ella no entendía por qué había que pagar el aguinaldo o por qué las madres no volvían al trabajo una semana después de parir.

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En China, recién en los últimos años, se volvieron visibles los paros por demandas salariales. La China de Mao combinó Lenin con Confucio y el respeto extremo a la organización jerárquica y la contracción al trabajo se volvieron valores supremos.

 

Las filiales argentinas ya aprendieron a lidiar con los piquetes. Cuando formulan los presupuestos anuales, hacen previsiones de 20 días de pérdidas anuales por eventuales cortes de ruta.

 

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Todas las empresas de la segunda potencia económica mundial suelen llenar la cúpula de sus filiales con ejecutivos propios, en una proporción mayor que la que suele registrarse en las multinacionales de Estados Unidos o Europa.

 

—Desconfían de los empleados locales en la gran mayoría de los países. No es algo particular con los argentinos —dice el economista Ma—. Las empresas mandan a tres o cuatro directivos al pedo, pero otros son clave, como el presidente, el vicepresidente y el gerente financiero.

 

Calvete, el lobbysta de los supermercados, hace un cálculo: en las filiales chinas, el 70% de los ejecutivos son chinos. Y aporta una explicación:

 

—Al chino le cuesta delegar. Hay un problema de confianza, de integración. Buscan un perfil de ejecutivo que en Latinoamérica no encuentran. Quieren que se ponga la camiseta de la empresa. Se fijan objetivos secretos y lograrlos es para ellos un desafío de vida o muerte, independientemente de que tengan que laburar 24 horas al día para alcanzarlos.

 

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El Industrial and Commercial Bank of China (ICBC) ha construido una verdadera muralla en uno de los pisos de su edificio en Puerto Madero, aquel que ocupa su cúpula de expatriados. Después de un año y medio de lobby para que el Banco Central lo autorizara a comprar la filial del sudafricano Standard Bank, ICBC debió nombrar como presidente a un argentino, porque así lo establece la legislación local. Sin embargo, los que mandan son los directivos chinos. Se presume, además, que elaboran una contabilidad paralela, según el método chino, distinto del occidental.

 

El vicepresidente de ICBC Argentina, Tian Feng Lin, es el mandamás no solo en ese banco sino entre los hombres de negocios chinos en el país. No es casual. En China, el gerente de una sucursal bancaria ya es considerado importante porque, aunque su rango sea bajo, tiene el poder de dar favores. Así también los recibe. Y tiene trabajo casi garantizado de por vida. ICBC ha constituido un caso testigo de cómo las empresas chinas pueden triunfar en el mundo.

 

Otros empresarios poderosos de la colectividad local son el vicepresidente de la petrolera Sinopec, Zhang Quan, y el presidente asistente de la naviera Cosco, Zhang Yue Zhong.

 

Desde hace tres años, los 25 empresarios más poderosos de China en Argentina se juntan por su cuenta, en paralelo a la cámara de comercio, dentro de un grupo informal en el que están vedados los argentinos. Se reúnen cada 15 días en la sede de ICBC para hablar sobre la actualidad argentina, los salarios, los impuestos y las inversiones. A las reuniones también asiste algún representante de la embajada de Pekín en Buenos Aires, que opina, escucha y envía sus reportes al Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Costumbres que quedaron del comunismo.

 

A diferencia de los empresarios norteamericanos y europeos, que plantean sus quejas directamente ante los funcionarios argentinos, los chinos nunca optan por esa vía sino que las envían por medio de sus diplomáticos. Algunos empresarios portan pasaporte oficial porque son funcionarios y por eso reciben mejor atención de su embajada.

 

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Después del viaje de Hu en 2004, las empresas chinas buscaron comprar campos de las zonas más fértiles de Argentina, como los alrededores de Pergamino, Venado Tuerto y Rosario. Querían cultivar ellas mismas la soja, pero se sorprendieron al encontrarse con que las tierras eran muy caras y desistieron de adquirirlas. Entonces apostaron por hacerse con algunas de las pocas compañías que controlan el acopio y la exportación de granos en el país. Así fue como Cofco se quedó en 2014 con el 51% de la mutinacional holandoargentina Nidera y la china Noble se radicó en Argentina en 2005. Ambas controlan el 12% de la exportación argentina de granos.

 

En el mundo petrolero no solo Sinopec puso el pie. También lo hizo China National Offshore Oil Corporation (CNOOC), que compró el 20% de Pan American Energy (PAE), segunda productora de hidrocaburos del país, y el 50% de Esso Argentina, la filial de Exxon Mobil que ahora se llama Axion Energy y que controla la tercera red de estaciones de servicio locales.

 

En los primeros meses de 2016 era normal encontrarse con chinos cenando en uno de los pocos restaurantes de Añelo, el pueblo neuquino de 6.000 habitantes que se ha convertido en la capital del yacimiento Vaca Muerta. Son empleados de Sinopec, que además de perder dinero con la exploración gana ofreciendo sus servicios de perforación de pozos a otras petroleras.

 

En las clases de castellano a los ejecutivos de Sinopec, Tai An solía recibir consultas de todo tipo. Más que aprender el idioma, a los empresarios les interesaba saber cómo pagar menos impuestos a las ganancias, cómo girar dinero a sus familiares en China o cómo evitar el pago del 35% de recargo cuando compraban con tarjeta de crédito en el extranjero. En 2013 preguntaban mucho por las noticias de la nacionalización del 51% de YPF. Temían que les ocurriera lo mismo que a Repsol.

 

La vía de ingresos de las inversiones chinas a Latinoamérica tiene sus particularidades. En lugar de enviarlas directamente desde su origen, muchas empresas triangulan a través de paraísos fiscales.

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A los empresarios chinos no les sorprende que les pidan coimas en Argentina. En su país están habituados a hacerlo, más allá de que Xi ha separado a unos 68.000 funcionarios corruptos desde que asumió el poder en 2013. En China no está mal visto que un funcionario ofrezca a sus interlocutores hacer negocios con alguna empresa de su propiedad, algo que en Argentina también sucede pero que se mantiene en reserva para evitar polémicas públicas. El tráfico de influencias es moneda corriente. Lo que sí llama la atención de los chinos es el alto porcentaje del soborno en Argentina. No tienen problema en pasar las coimas como “gastos de representación”, pero que sean del 15% les parece un “arrebato”. También les sorprende la “popularización” del soborno: que no solo la pidan funcionarios de mayor rango, sino toda la cadena de mando. En China, explican, lo cobra un comisario pero no el policía que controla el tránsito.

 

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A fines de 2015 unos 25 ingenieros de Sinohydro que construyeron la represa Tres Gargantas estaban estudiando los suelos de la provincia de Santa Cruz para construir allí las hidroeléctricas Néstor Kirchner y Jorge Cepernic. Estas obras son un ejemplo de que China no solo invierte en materias primas sino que busca conseguir contratos públicos para levantar las infraestructuras que precisen los países latinoamericanos. A cambio, ofrecen financiamiento sin condicionamientos a la política económica del país, a diferencia de Estados Unidos y la Unión Europea. Así es que los bancos públicos chinos ya superan al Banco Mundial y al Interamericano de Desarrollo (BID) en préstamos a Latinoamérica.

 

En Argentina también hicieron contratos con el Estado por los ferrocarriles, para proveer locomotoras y vagones nuevos. Las firmas CSR y CNR enviaron técnicos a entrenar a los maquinistas argentinos. CNR alquiló un departamento en Belgrano: en la planta baja puso la oficina y en los pisos de arriba vivían sus empleados. Ahí cerca está el Barrio Chino, adonde los ejecutivos consiguen algunos de sus alimentos preferidos: anguilas, ranas, langostas, cangrejos, camarones, mariscos y tortugas, el licor de arroz, la cerveza Tsing Tao o los cigarrillos Baisha, que son uno de los principales productos importados desde China.

 

Los fines de semana suelen ir al Barrio Chino aquellos orientales radicados con sus familias para que sus hijos aprendan cultura china en un antiguo centro que tiene la colectividad taiwanesa. Solo los más altos ejecutivos se instalan en el país con sus esposas e hijos. También hay algunas empresarias chinas en Argentina, pero muy pocas. Las mujeres de los hombres de negocios suelen cumplir el rol de amas de casa. Los niños en general van a colegios caros bilingües, como el Lincoln y el Northlands. El gobierno chino tiene intensiones de crear un colegio propio en Buenos Aires. Los niños orientales suelen estar muy presionados para obtener las mejores notas. Sus padres sueñan con que estudien en las universidades del primer mundo.

 

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En los últimos ocho años y de modo silencioso ha ido surgiendo un nuevo barrio chino en Puerto Madero. Hasta un vecino del fallecido fiscal Alberto Nisman era oriental. En Madero no solo están las sedes de ICBC y Sinopec sino también las de Cofco y Huawei. Los ejecutivos chinos comparten los datos de los departamentos en alquiler. Hay muchos vacíos y eso los abarata. A los chinos les gustan porque quedan cerca de sus trabajos y de los respectivos comedores en algunos casos. Puerto Madero les parece lindo y seguro. Los propietarios del barrio dicen que los chinos son buenos inquilinos: como pagan sus empresas, nunca se atrasan en el alquiler.

 

El barrio construido en el viejo puerto también cobija dos de las salidas favoritas de algunos ejecutivos chinos. Uno es el casino flotante. El otro, el Royal China. Allí suena la música pop china, solo aceptan efectivo y en el menú no figuran ni los arrolladitos primavera ni los chau mien, chau fan, chop suey y otros platos que los chinos casi nunca comen. Se ofrece carne salteada con salsa de ostras, langosta salteada en caldo de cerdo y pollo, langostinos, almejas navajas o vieyras al vapor con vermicelli y ajo o pedazos de cangrejo salteado picante. Los chinos se sientan en mesas redondas con un círculo giratorio en el que se colocan diversos platos para ir picando. Cada uno se sirve lo que desee en su cuenco de arroz y lo mezcla.

 

También hay ejecutivos chinos que alquilan en el barrio de Palermo. Ahí cenan en el antiguo restaurante Shi Yuan, cerca del Automóvil Club Argentino, o en el nuevo Beijing, en Palermo Hollywood. Los empresarios dejan el uniforme de traje oscuro, corbata y camisa blanca y visten a la moda norteamericana. Las mujeres visten con el estilo de las surcoreanas: tapados, minifaldas y botas largas.

 

—Las esposas chinas ya no son obedientes como hace 50 años, tienen mayor autonomía, son de carácter bastante fuerte y no quieren sentirse atadas —dice Tai An.

 

El traductor intentó llevar a los chinos a otros barrios fuera de Puerto Madero y Palermo. Probó con el shopping del Abasto y Once. Los chinos fueron una vez y no quisieron repetir por el temor a sufrir robos.

 

Algunos ejecutivos chinos van a los karaokes privados que otros compatriotas de residencia permanente han armado en departamentos de la ciudad. Otros se animan a ir a un karaoke público que tienen los inmigrantes surcoreanos en el barrio de Flores, pero en el que hay salones para chinos.

 

En un intento por integrarse con sus empleados argentinos, algunos pasan alguna vez por la experiencia de ir a ver a Boca o River o a un show de tango. Pero prefieren recrearse jugando al golf o caminar por Puerto Madero. Otros aprovechan los fines de semana para hacer turismo en Ushuaia, El Calafate o las cataratas del Iguazú. El chino suele tomarse apenas diez días de vacaciones por el Año Nuevo chino, en febrero, y una semana cuando por negocios visita su país cada uno o dos años.

 

—No se dispersan, están focalizados en el trabajo y trasladan ese espíritu a los empleados locales. Si sos el peor inútil, no te lo dicen, te rajan —dice Calvete.

 

A los chinos les gustan algunos atributos de los argentinos. El traductor Tian An enumera: que sean divertidos, creativos y estrategas.

 

Los máximos ejecutivos de las empresas chinas en Argentina no suelen ser autónomos: reciben órdenes de su casa matriz y les reportan en forma permanente los pormenores. Es muy raro que un chino cuestione una orden aunque la considere equivocada. Cuando hay que tomar decisiones importantes, el jefe local consulta con sus compatriotas que integran la cúpula de la subsidiaria.

 

—Todo es colectivo, no hay iluminados  —explica Fernández Taboada. Muchos empresarios privados todavía se comportan como burócratas de empresas estatales.

 

Argentina no es el destino soñado por los empresarios chinos, pero tampoco el peor. Acá no suelen ser frecuentes los secuestros, como en África, donde intervienen las embajadas y las empresas acaban pagando los rescates.

 

—El punto a favor más importante de Argentina es que es uno de los pocos países del mundo en el que no hay racismo contra los chinos —dice Ma—. Acá no nos dicen el despectivo ‘chink’, nos dicen ‘ponjas’ pero con cariño.


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