Córdoba volvió a darle una alegría a Macri: su candidato, el ex árbitro de fútbol Baldassi, se impuso en las PASO. Hace dos años, una mayoría abrumadora se pronunció en las urnas contra el centralismo de Buenos Aires y, sobre todo, contra el kirchnerismo. Con datos comparativos, escenas de luchas obreras fallidas y sus encuentros con Baldassi, Dante Leguizamón reactualiza el concepto “cordobesismo”.



Aeropuerto Córdoba. Dos semanas antes de las P.A.S.O.

 

Junto a un referente kirchnerista cordobés, esperábamos a unos amigos que regresaban en el último avión que arriba desde Buenos Aires. Una voz nos interrumpió:

 

—¡Eeeh muchachos! ¿Cómo andan?

 

Al darnos vuelta vimos que Héctor “la Coneja” Baldassi se acercaba con los brazos abiertos. Ellos se conocen de la política y yo lo conozco de mi pueblo: ambos somos de Río Ceballos y fue alumno de mi mamá. En medio de la charla apareció un señor, con la remera de Belgrano, emocionado.

 

—Che, pibe. Sacame la foto —le dijo al legislador kirchnerista mientras se abrazaba al árbitro, feliz. Intervine y pedí ser el fotógrafo. Tras la foto, Baldassi hizo tres chistes seguidos y se negó a dar números de las encuestas con un simple: “estamos tranquilos”. Después tiró otros tres chistes más y nos abrazó de nuevo. Mientras lo miramos irse, me di cuenta de que éramos un público sonriente. El legislador dijo:

 

—Es imposible no quererlo a este culiado.

 

Veinte meses después del “Cordobesismo”

 

En 2015 Anfibia publicó la nota “Cordobesismo”. El texto, comenzaba así: “El día del balotaje, un vecino de Buenos Aires pagaba 3 pesos el boleto de colectivo gracias a los subsidios del gobierno nacional; el de Córdoba costaba 7,10. Un amigo que vive en Palermo, pagaba 80 pesos de luz subsidiada en un 3 ambientes. El autor de esta nota paga 380 a la Empresa Provincial de Energía (EPEC) en los meses más baratos. Un tubo de gas –donde vivo no hay gas natural aunque estoy a unos 45 minutos del microcentro de Córdoba– cuesta 600 pesos y dura, en invierno, entre 3 y 4 semanas. No quiero ni saber cuánto pagan de gas por mes en la Capital Federal”.

 

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Dos años después, esta otra nota sobre cordobesismo debe revisar aquellos datos: en 2017 el colectivo en Ciudad de Buenos Aires cuesta entre 6 pesos y 6,50; en Córdoba, 12,55 pesos. Una familia tipo de 4 personas en la Ciudad Autónoma paga, en un tres o cuatro ambientes, 600 a 800 pesos de gas, 750 pesos de luz y 800 de agua (hay casos de boletas de dos mil y tres mil pesos, pero no son mayoritarios). La misma familia en Córdoba pagaría entre 2000 y 2700 de gas, 1600 de luz y 800 de agua.

 

La ola amarilla cordobesa que le dio la presidencia a Cambiemos trajo espuma. El gobierno de Macri le otorgó al de su amigo Juan Schiaretti la coparticipación que le  había sido negaba durante la administración Kirchner así como la posibilidad después de pagarle a los fondos buitre de sacar créditos internaciones en dólares —Dios sabe cómo se pagarán— pero en la vida cotidiana de los cordobeses, sus gastos siguen empeorando. El problema es que ahora no hay a quién echarle la culpa.

 

El Cordobazo cordobesista

 

En junio pasado la ciudad capital fue testigo de un Cordobazo. Esta vez la palabra mítica de la historia gremial argentina no estuvo vinculada al peso simbólico de la gesta obrera de 1969, sino al peso concreto de la frase acuñada en diciembre de 2015 por el presidente Mauricio Macri tras ganar el balotaje: “Esto es un nuevo Cordobazo”. Lo dijimos en aquella nota: la idea de Macri está directamente relacionada con el concepto “cordobesismo”, creado en su momento por José Manuel De la Sota, el hombre que hace 19 años fundó la alianza Unión por Córdoba (UpC) que desde entonces gobierna la provincia. Según el investigador del Conicet, Juan Manuel Reynares, estudioso de la historia del peronismo cordobés, la alianza UpC es “una etiqueta electoral que cobija dirigentes partidarios, empresarios y técnicos de un amplio abanico de la derecha local”.

 

El 4 de junio de 2017 los delegados de los choferes de la ciudad de Córdoba, agremiados en la Unión Tranviarios Automotor (UTA) local -intervenida desde Buenos Aires hace más de un año decretaron un paro de transporte que duró algo más de diez días y terminó con 206 choferes despedidos –158 mediante telegrama, el resto en una especie de limbo-. A ello se agregó, unos días más tarde, una asamblea (organizada por la intervención de la UTA) en la que algunos compañeros de los delegados votaron por la destitución de sus representantes tal cual lo deseaba el empresariado, el gobierno provincial, el gobierno municipal y los analistas políticos de los grandes medios.

 

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El argumento para culpar a los choferes de “mantener de rehén a la sociedad cordobesa” tenía asidero. Por una razón legal muy debatible (los choferes querían que, además del acuerdo logrado en la paritaria de UTA nacional, se les reconociera un porcentaje que llevaba la paritaria local del 21 al 32 por ciento) gran parte de la población sufrió de manera injusta las consecuencias de la protesta. Un millón de cordobeses quedó a merced del paro. Sin embargo, la idea de criminalizar a los choferes y sus delegados tenía un objetivo mucho mayor: comunicar al pueblo de Córdoba las consecuencias de enfrentar al establishment local.

 

Los delegados -en su gran mayoría de izquierda- no midieron el tiempo político, endurecieron demasiado su postura y fueron abandonados por sus referentes a nivel nacional. De esa manera, abusaron de la paciencia de los usuarios y terminaron poniendo en riesgo la fuente laboral.

 

Cuando las autoridades municipales parecían vencidas, gran parte de lo que podríamos llamar “el arco político-económico” se aglutinó y decidió que no había más tiempo de negociación. Una foto resume esta posición: reunidos en el municipio los representantes de la “multisectorial” con Schiaretti, su vicegobernador Martín Llaryora –el derrotado primer candidato a diputado de UpC en las PASO del domingo-, el intendente radical de Cambiemos Ramón Mestre a la cabeza rescataron junto a las cámaras empresarias una vieja Ley redactada en tiempos de De la Sota en el poder y terminaron sancionando una norma que declara al Servicio de Transporte Público como servicio esencial. Aunque la norma va en contra de las pautas que sostiene la Organización Internacional del Trabajo (OIT), al cordobesismo eso no le importa.

 

Hubo una manifestación masiva de la que se ausentaron los gremios grandes de Córdoba. Quien sí acompañó a los delegados hasta el final fue Lucio Garzón Maceda, el emblemático abogado laboralista que en 1969 asesoró y participó junto a Atilio López (UTA), Elpidio Torres (SMATA) y Agustín Tosco (Luz y Fuerza) en la organización del Cordobazo en 1969.

 

Cuando le pregunté sobre estas dos etapas del gremialismo y la protesta de los delegados a Lucio Garzón Maceda, dijo:

 

—Marché ese día pero les dije que estaban equivocados y habían hecho un desastre. Sin embargo, por más errores que cometieron los trabajadores de la UTA nunca había pensado que la sociedad cordobesa se sentaría, como aquellas mujeres que tejían mientras se decapitaba a los rebeldes en la Francia de Robespierre, a pedir la cabeza de los trabajadores.

 

2014. Aeroparque, Buenos Aires.

 

Estábamos sentados con un consultor cordobés en un bar de Aeroparque. Se acercó Héctor Baldassi. Saludó y se sentó. Tomamos un café. El consultor le preguntó:

 

—Te das cuenta de que vas a ser el futuro gobernador de Córdoba, ¿no?

Baldassi se rió.

—Me falta mucho, recién estoy empezando. Tengo que aprender más.

 

Por entonces con él sólo se podía hablar de fútbol. Después de un rato se levantó, pagó su café y se fue a tomar el avión. Le pregunté al consultor:

 

—¿Le da para ser gobernador?

—¿Y a vos te parecía que a Scioli le daba para gobernar Buenos Aires?  

 

Córdoba y sus metáforas

 

El historiador César Tcach tiene una mirada sobre la historia de Córdoba que resulta interesante para entender aquella dualidad entre la provincia rebelde de la reforma del ‘18 y el Cordobazo y la provincia conservadora que aterroriza a los porteños progres (que por otro lado, no se hagan los tontos, también votan abrumadoramente a Macri, Vidal y Carrió).  Según afirma, la cultura política de Córdoba es fuerte hasta el punto de ser autónoma, distinta y con una proyección nacional que no todas las provincias del país poseen. En ese contexto plantea tres metáforas centrales para entender nuestra historia.

 

Según su mirada Córdoba es una ciudad “de frontera” en lo político cultural donde conviven polos opuestos y contradictorios que por momentos le han dado a la provincia una dinámica explosiva que va de lo revolucionario a lo moderado, en algún caso conservador. Esta realidad se conjuga con una curiosidad: tanto el radicalismo como el peronismo local contienen en sí mismos ambos elementos.

 

En el radicalismo conviven laicos y progresistas con conservadores y clericales. De la misma forma el peronismo provincial, que tuvo una matriz conservadora en sus inicios integrado por representantes del patriciado cordobés y la Acción Católica, llegó a integrar también a sectores progresistas como el Atilio López o el Obregón Cano de los años 70. Clericalismo y el anticlericarismo están en el interior de las fuerzas políticas provinciales.

 

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Una segunda metáfora indica que Córdoba se ha mostrado en diferentes oportunidades como el rostro anticipado del país. Esto ha ocurrido tanto por izquierda como por derecha. La Reforma Universitaria de 1918, el Cordobazo son ejemplos y también lo es el levantamiento de setiembre de 1955 que tuvo a Córdoba como eje y que llevaría al general Lonardi a declarar por cuatro días durante aquel mes a esta provincia como la capital del país, llegando incluso a imprimir una estampilla con ese sello.

 

La tercera metáfora es la de la Isla. Aunque no lo crean esta provincia sin salida al mar tiene -construido por Unión por Córdoba- un faro que vigila. Lo curioso es que algunos creen que ese faro no guía a nadie, pero resulta que eso es falso. En ese faro funciona el panóptico más grande de la provincia. Allí se dirigen las señales de las cámaras de seguridad que, distribuidas en todo el territorio de la ciudad, le permiten a la Policía controlar a los ciudadanos.

 

La isla que supo acuñar Eduardo César Angeloz en lo ‘80, en realidad se remonta a muchos años antes. En 1930 mientras en el país se gobernaba con el fraude electoral relegando las libertades públicas, en Córdoba las gobernaciones de Amadeo Sabattini y Horacio Del Castillo se sostenían sin fraude, sin presos políticos y llegaron incluso a reconocer a nuevos sindicatos. Tcach lo resume así: “Para Sabattini el Estado no es sólo guardián de las leyes, es también un creador de derechos y esos derechos son derechos sociales”.

 

En 1959 Arturo Zanichelli (padre de la primera esposa de José Manuel de la Sota) llegó al poder acompañando el proyecto conciliador de los primeros tiempos de Arturo Frondizi. Sin embargo, cuando el presidente se aleja de aquellos conceptos, y nombra a Álvaro Alzogaray como su ministro de economía, Zanichelli se rebela y, por seguir con sus conceptos conciliadores, termina sufriendo la intervención de la provincia. Algo similar ocurre en 1974 cuando Perón gira a la derecha y Obregón Cano junto a Atilio López mantienen su mirada progresista de izquierda que los condena a un golpe de Estado provincial que deriva en otra nueva intervención y la implementación del terror en Córdoba, dos años antes del Golpe.

 

Para Tcach en los últimos tiempos aquella metáfora inicial de las tensiones que hacían a Córdoba diferente “se ha normalizado”. Ante la consulta sobre si se corrió a la derecha, contestó: “Córdoba no es lo que fue. Es una provincia más. Y estas metáforas son objeto de usos. De los usos de la historia que hacen los políticos. Córdoba hoy carece de la estructura social que dio sustento a esas visiones contrapuestas”.

 

En este sentido Tcach ofrece un ejemplo que quizá sirva para entender por qué se produjo el Cordobazo Cordobesista en relación al paro de transporte. En sus palabras el vector del movimiento obrero cordobés en la década del 60 y del 70 era el sector metalmecánico y sus referentes (impulsores del Cordobazo) estaban vinculados a los sectores más dinámicos de la economía. Hoy las bases del movimiento obrero están vinculadas al sector terciario de la economía: el de los servicios públicos. Los trabajadores del transporte.

 

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Las tensiones que según aquella metáfora inicial impulsaron a Córdoba a ser la rebelde, han desaparecido. El conservadurismo de los partidos hegemónicos se fagocitó las rebeldías.

 

Bar. Córdoba, 2017

 

Empecé a bocetar esta nota una semana antes de las elecciones en otro bar. Escribía mientras en otra mesa vi dialogar a un consultor (otro, no el de Buenos Aires) y un concejal filo K. De repente me golpearon la mesa como un tambor tatatata. Era Baldassi.

 

—¡¿Cómo andás Papá?!

—Qué hacés culiado. Escribiendo sobre vos. Las encuestas dicen que arrasás ¿Vas a ser gobernador?

—Siempre con lo mismo. Quedate tranquilo que yo estoy tranquilo.

 

En diez minutos entraron siete personas a saludarlo. Hizo chistes, las mozas dijeron que iban a votarlo, los de las otras mesas también. Al rato se fue y pagó mi merienda, la del consultor, la del concejal y no sé si alguna más. Abrazó a todo el mundo.

 

—Está aprendiendo —me dijo el consultor—. Es un huracán.

 

Cinco elecciones, los mismos números

 

En diciembre de 2015 decíamos que el apoyo abrumador del electorado cordobés a Macri tenía un sentido. Que el enfrentamiento entre el gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner y el provincial del tándem De la Sota-Schiaretti había sido utilizado mejor por estos últimos: “Córdoba es, esencialmente, conservadora y etnocéntrica. Si la atacan, se encierra; y si no la atacan, se encierra también”. Pero también decíamos que ese voto no era un voto puro PRO, sino fruto de ese mismo enfrentamiento entre nuestra provincia y el poder central. Un voto que, además, tenía aires de desprecio hacia el resto del país.

 

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Las PASO 2017 no han mostrado ninguna sorpresa. Lo que sí parecen insinuar es que ese electorado conservador que desde 1999 a esta parte prefirió sostener en el poder a la alianza Unión por Córdoba parece inclinarse (gracias a la imagen de Mauricio Macri) un poquito más hacia Cambiemos.

 

Tomemos las últimas cinco elecciones que hemos tenido en esta provincia. En junio 2015 se elegió gobernador y la elección la ganó el peronismo (UpC) que llevaba a Schiaretti como candidato, con el 39,99% de los votos. La segunda fuerza fue Cambiemos (Oscar Aguad- Héctor Baldassi) con el 33,74%. Juntas sumaron el 73,73 del total. Poco más de un mes después se realizaron las PASO para presidente. El gobernador a punto de terminar su mandato, De la Sota, disputaba internas con el Frente Renovador de Massa en la Alianza UNA. El resultado fue: 38,79 (De la Sota) y Mauricio Macri 35,38. Juntas ambas fuerzas sumaron 74,17. En las generales de octubre (ya sin De la Sota como candidato que había perdido las PASO, pero con él jugando claramente para Massa) Macri obtuvo el 53,24% de los votos y Sergio Massa el 19,21. Juntas sumaron 72,45 de los votos. Un mes después, cuando se produjo el balotaje, Macri obtuvo el 71,51 por ciento de los votos.

 

No soy consultor, quizá ni llego a analista político pero creo que está claro que al menos un 70 por ciento de la sociedad cordobesa vota hacia la derecha. Vota hacia la normalidad de los últimos 30 años y no tiene interés en valorar aquellas tensiones que la convirtieron en la provincia rebelde que añoran en otros lugares del país. En conclusión: a nadie debería sorprenderle que en estas PASO 2017, si se suman los votos de Cambiemos (44,51) y Unión por Córdoba (28,58), el número dé 73,09. El votante cordobés sigue apostando al cordobesismo.

 

¿El kirchnerismo cordobés? Disgregado, con algunos dirigentes que buscaron calor cerca de De la Sota y Schiaretti, llevó como cabeza de lista a Pablo Garro, titular del gremio universitario Adiuc: 9,89% de los votos, apenas por debajo del 10% que había sacado el kirchnerismo en las  PASO 2013.

 

13 de agosto, PASO. Colegio Espíritu Santo, Río Ceballos.

 

Mientras esperaba a mi hermana, que fue fiscal general, para llevarla a su escuela a votar, un amigo me paró y me preguntó:

—Y… ¿A quién hay que votar?

Lo miré, estaba por contestarle cuando escuché de nuevo esa voz.

—¡Qué hacés Papáaaaaa!

—Hola loco. Cómo andás.

Yo ya sabía que él ganaba: la boca de urna que me habían pasado unos minutos antes decía que si se sumaban los votos de Cambiemos, le sacaba más de 16 puntos a UpC.

—La vine a traer a mi vieja —dijo Baldassi mientras la gente se le acercaba, emocionada.

 

Esa tarde, en mi pueblo que todavía hoy sufre las consecuencias de la inundación de febrero de 2015 en las que el kirchnerismo –a excepción de sus militantes- se mantuvo ausente, los resultados fueron los siguientes: Cambiemos: 6442 votos, UpC 2590, el kirchnerismo 1469.

 

Lo que pasó y lo que viene

 

El final de esta nota anfibia debería ser exacto al final de la nota de diciembre de 2015:

 

“Córdoba no cambió. La provincia fue coherente con su historia conservadora de las últimas décadas. Y no se pudo, no se supo o no se quiso desde el gobierno nacional (Cristina Kirchner) llegar a fondo con políticas –y referentes- capaces de generar un ‘contra Córdoba’, capaz de doblarle el brazo al poder del conservadurismo lúcido local. (…) Ahora, como siempre, nos sentimos una isla, la más pro de todas las islas, a la espera de las soluciones que lleguen del puerto de Buenos Aires.

 

Me atrevo a agregar algo más. La estrategia de UpC de demonizar al kirchnerismo en tanto “gobierno central que se queda con nuestras riquezas” para afianzar el cordobesismo y ganar elecciones, quizá sea la peor trampa que el peronismo cordobés se hizo a sí mismo. Imposibilitado por su orgullo anti k de seducir al votante kirchnerista –o al menos de darle un espacio significativo dentro de su sector- UpC ha terminado encerrado en la postura personalista y aislacionista de sus dirigentes.

 

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Por ello no le sirvió de nada que, cuando veía venir la derrota, sus referentes hayan salido a marcar diferencias con Cambiemos. El mismo gobernador, que apenas unos meses atrás bailó en una tarima junto a su amigo Mauricio Macri, trató de criticar al Presidente y retomar aquello de “las agresiones contra Córdoba” pero el problema es que, a esta altura, el cordobesismo como “normalizador” de las anomalías cordobesas, no tiene identidad partidaria definida. Antes de ayer fue radical, ayer fue UpC y hoy -aunque Schiaretti siga teniendo una imagen positiva en la sociedad que supera el 60%- está virando hacia Cambiemos.

 

En Córdoba, la marca Cordobesismo con la que De la Sota buscaba exportar su propio mito de gobierno, está mutando. Cambiando de dueño. Baldassi ríe y hace reír. No creo que le interese saber qué es este cordobesismo del que hablamos, pero hoy es su principal referente.

 

Los choferes de UTA siguen sin trabajo. Y Córdoba, va.


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