A 46 años de la primera vez que vino a la Argentina, Juan Manuel Serrat sigue siendo un fenómeno de masas: 40 mil personas en el Gran Rex, 80 mil en Tigre. Sus seguidores dicen que, como leer a Sartre, sus canciones están asociadas a ciertos valores y a la cultura política de los setenta. La cronista Natalí Schejtman visitó sus shows tratando de identificar la vinculación afectiva con esa nostalgia musical.



A mediados de los 80, Karina Milano esperaba junto a toda su familia para comer en Sorrento, un tradicional restaurante de Mar del Plata. Tenía quince años y poco apuro, cuando vio que por un costado de la fila entraba el cantante Joan Manuel Serrat. Ella lo había conocido gracias a su hermano mayor y le gustaba, sí, pero tampoco la hacía perder la cabeza. De hecho, pensaba que su hermano había exagerado un poco al haberlos hecho escuchar durante todo el camino de City Bell a Mar del Plata canciones del catalán. Sin inquietarse demasiado, la entonces adolescente pasó al salón, se acomodó, y observó cómo muchos de los comensales se acumulaban, acelerados, alrededor de la mesa del cantante. Ella se acercó también. Tímida, le habló y le pidió un autógrafo, pero no quiso importunarlo y actuó expeditiva, apurada. Cuando volvió a su mesa se dio cuenta de que le había faltado algo fundamental: no le había dado un beso.

 

—Los siguientes 18 años me lamenté por haber sido tan boluda. Después de verlo en el restaurante es como que me encandiló. Lo fui a ver al Super Domo de Mar del Plata y ahí escuché Pueblo Blanco, que es una canción que describe todo un pueblo y al final te das cuenta de que la está cantando un muerto. Yo nunca había escuchado algo así—dice Karina, hoy con 45 años, mientras espera, nerviosa, en las bambalinas del Teatro Argentino de La Plata, para sacarse una foto con Serrat. —A partir de ahí, todos esos años iba a verlo, pero nunca llegaba a estar ni cerca.

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El beso se convirtió en un objetivo. Ella y toda su familia escribieron a Sorpresa y media, el programa de Julián Weich que en los noventa y principios de dos mil televisaba y cumplía los “sueños” más concretos de la gente. Pero nada. Sorpresa y media llevaba a una señora a reencontrarse con su familia en España, montaba una fábrica de mermeladas en Tierra de Fuego, pero Serrat no aparecía. El programa terminaba un domingo en el que el cantante tocaba en el Teatro Argentino. Karina rogaba desde la tercera fila implorando que finalmente el programa hubiera elegido el suyo como último sueño del ciclo, hasta que el catalán apareció en escena. Ella decidió que no iba a esperar que la televisión le armara el set: “Nano, ¡un beso!”, le gritó como si le brotara del cuerpo. Serrat la miró desde el escenario y le pidió a un hombre de seguridad que la dejara pasar. Ya estaba ahí y él en vez de un beso en el cachete, le encajó un pico. Después del show, hubo un disco de regalo y una pequeña charla. Cuando volvió a su casa de City Bell su mamá se asustó: lloraba sin parar.

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Serrat propone 12 Gran Rex y las entradas se pulverizan, como si estuviera en el pico de popularidad. Es probable que su público –mayormente compuesto por gente de 50 o 60 años, pero no solamente- esté menos en el centro de los medios y las marcas que los adolescentes que hacen cola para ver a Rubius, el Youtuber del momento, y que entonces nadie mande a un camarógrafo a cubrir la escena. Pero los números son estruendosos. Además de los conciertos de Capital Federal, estuvo girando por el país con otros 14. A un recital gratuito que realizó en la estación de Tigre, fueron 80.000 personas. Y no es que haya habido una gran abstinencia. Sólo hace dos años y un poquito vino con Sabina en esa saga de shows a dúo y, antes, en 2010, Serrat solito también estuvo de visita con su habitual sucesión de conciertos masivos.

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Esos números, por supuesto, no son algo que suceda muy a menudo con un artista: ¿Cómo es que un español, que toca hace 50 años, sigue manteniéndose tan vigente en Argentina?

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Gladys Nogueira, bibliotecaria y docente de Lanús de 60 años, está saliendo del Gran Rex junto a su marido y miles de personas más. Pide que le saquen una foto con el fondo de la puerta del teatro que tiene la imagen de Serrat ploteada sobre el vidrio. Es uno de los cientos shows que él dio en Argentina en toda su vida y debe ser algo así como la vez número 20 que ella lo ve en vivo, pero Gladys siente que Serrat le habló a quien ella es aquí y ahora. A su marido, Hugo, con la cámara de fotos colgada al cuello y todavía cierta expresión conmovida detrás de los anteojos, no le interesa especialmente hacer un análisis sociocultural sobre la relación entre la clase media argentina y Joan Manuel, pero ante la pregunta de por qué le gusta tanto y asiste tan religiosamente a sus conciertos, este analista de sistemas dice: “Crecí con él. Punto”.

 

Y Serrat también creció con y como su público. En cada uno de sus shows parece haber una especie de efecto Boyhood. La película de Richard Linklater contaba los avatares de una familia estadounidense de 2000 con un detalle de producción: fue filmada durante 12 años, cosa que le aporta a los personajes un extra de verosimilitud que viene de la mano de ver a los mismos actores cada vez más grandes, ajados, maduros. La familia ficcional compuesta por Serrat y su asiduo público argentino también se enfrenta, en esa cita que ocurre cada un número de años, al paso del tiempo, sus consecuencias emocionales y hasta los cambios físicos de ambas partes.

 

Gladys puede recordar con mucha facilidad la primera vez que supo de la existencia de Serrat. Es 1969, ella tiene 13 años y con su vecina de Lanús miran ansiosas Sábados Circulares porque ese día se presenta un hombre que hacía delirar a las jovencitas de la época… Sandro. Pero antes, Pipo Mancera quiere presentar a un nuevo talento catalán, que viene dando qué hablar en España.

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Foto: Telam

Y aparece Serrat en polera y saco, en blanco y negro, con pelo largo y patillas, las cejas muy tupidas y algunos lunares que sólo exacerban su sensualidad romántica. Gladys, del otro lado de la pantalla, se enamora para siempre de sus canciones Tu nombre me sabe a hierba y Poema de amor. También escucha por primera vez la lengua catalana. Busca en las disquerías, radios, revistas, no mucho más. Muy pronto ya tiene colgadas en su cuarto las letras de sus canciones favoritas escritas a mano y algunos posters. Joan Manuel Serrat se va volviendo una celebridad y aparece en propagandas de jeans, películas y tapas de revistas. Ya en 1972 Manuel Vázquez Montalbán da cuenta de esto en el libro Serrat: “En Argentina había puesto el catalán de moda entre la juventud. Una canción suya como Adeu, Adeu… amor meu i sort incorporó al lenguaje de la juventud bonaerense la expresión ´Adeu´ para despedirse…”

 

Los abuelos de Gladys contribuyen a su fanatismo y le regalan el simple para su cumpleaños. Después viene el long play, y en el 71, el show en vivo en el Opera. Fueron tantos, que ahora no se acuerda con exactitud las fechas de los otros conciertos a los que fue en esa época. Lo que sí recuerda es que la vida cotidiana va cambiando y que eso también atraviesa a su ídolo popular, antifranquista y libertario: en 1972, por ejemplo, un show al que fue se suspendió por una amenaza de bomba.

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El camino de un cantautor romántico de pueblo a un estandarte ideológico y transnacional incluye unos cuantos hitos. En 1968, un Serrat de 25 años había sido elegido como el representante de Televisión Española de Eurovisión, festival de música europeo con intenciones de disputarle mercado a los estadounidenses. Sus canciones eran románticas pero también hablaban de tipos humanos de pueblo y de cierto folklore de la posguerra española. Melancolía, capacidad de observación y mucha juventud lo hacían gozar de una fama incipiente en ascenso (al borde del 70 en el ranking de la española Mundo Joven iba primero él, seguido por Raphael y los Beatles). Serrat, contento por ir al Eurovisión, avisó un pequeño detalle: pensaba cantar la canción en catalán. TVE se negó y él renunció a la representación.

 

En una entrevista televisiva que dio en 1977, entre cigarrillo y cigarrillo, vuelve a este episodio:

 

-Todas las actitudes que yo haya podido tomar en mi vida han estado debidas a una cosa: yo soy un artista popular. Si esta popularidad me ha llegado, es debido a una gente, a un pueblo, que es el que escucha mis canciones, compra mis discos, me viene a ver al teatro. Cuando existen problemas que implican a toda esta gente me implican a mí. Por el hecho de que soy un artista popular no me inhibo, al contrario, debo estar mucho más el servicio de todas estas cosas.

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El tono de ese Serrat todavía es algo virulento. Se nota que los ataques que recibió en ese momento –desde que había orquestado una campaña de prensa hasta que era anti español, sumándose a otros que ya lo habían atacado por cantar y grabar en castellano- todavía lo irritan. Después del affair Eurovisión, que lo ubicó en el panteón de los rebeldes de su época, fue prohibido por la dictadura de Franco, se encerró con otros intelectuales y se pronunció en contra del fusilamiento de etarras y tuvo que exiliarse durante 11 meses en México. Por esa época, había lanzado su disco Miguel Hernández, en el que musicalizaba la obra del poeta muerto en la cárcel como preso político de la guerra civil española. Pero puede que, aun con estos antecedentes, a alguno le surjan dudas sobre por qué es tan habitual que los periodistas le pregunten por la Argentina, con mayor o menor intención tomarle prueba de comprobación de lectura de diarios locales. Sólo por mencionar dos ejemplos recientes, hace unas semanas, Alfredo Leuco le pidió un descripción de cada presidente que había conocido desde 1983 en una entrevista para “Los Leuco”, y a fin del año pasado, Alejandro Fantino también rompía el hielo de “Animales sueltos” con preguntas sobre cómo había encontrado al país y su ciudad capital.

 

Sucede que hay cuestiones estrictamente argentinas (y otras tantas Latinoamericanas) en la configuración del Serrat politizado que tanto horadó en la cultura progresista nacional. A comienzos de los años setenta Serrat ya era un asiduo visitante de la región y estaba muy al tanto del clima de países como Chile, Uruguay y México. El joven, todavía con pelo largo, se había involucrado en asuntos concretos: llegó a vincularse al FREJULI en 1972, durante la campaña de Cámpora. También compuso un tema, “La Montonera”, dedicado a una amiga suya asesinada por la Triple A que “Con esas manos de quererte tanto pintaba en las paredes ‘Luche y Vuelve’/ manchando de esperanzas y de cantos las veredas de aquel 69…”. Serrat nunca grabó oficialmente ese tema y apenas si lo cantó un par de veces en vivo, entre ellas, en un concierto en solidaridad con el pueblo argentino que se realizó en Madrid a fines de los setenta, como cuenta Juan José Salinas en una entrevista realizada en 1984 para El porteño.  

 

En los cinco tomos de La Voluntad, el fresco de la militancia de los sesenta y setenta a cargo de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, Serrat sobrevuela con unos cuantos cameos que incluyen desde un concierto en Berisso hasta el pedido de ayuda económica en 1972 por parte de los familiares de presos políticos, a lo que el cantautor responde con una donación abultada.

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Aunque durante la dictadura sus canciones prácticamente se habían esfumado de las radios y la televisión, los vecinos de la cárcel de Devoto pudieron haber escuchado algunos conciertos que irradiaba el lugar menos pensado: la minúscula ventana de una celda. Del lado de adentro estaba Liliana Chiernajowsky haciendo escalerita humana con sus compañeras para vociferar su acto de rebeldía: cantar canciones, salir momentáneamente de la cárcel desparramando versos como “Para la libertad,/ sangro lucho y pervivo” o “Los muertos están en cautiverio / y no los dejan salir del cementerio”, dos canciones de Serrat modelo 71. Acaso sea esa una de las imágenes más frescas que Liliana, militante, ex constituyente y legisladora de la ciudad de Buenos Aires y comunicadora, guarda de sus años de presa política, entre 1974 y 1981. La música –mucha música, autores diversos- y las historias, como los relatos minuciosos de los sueños que soñaban en la cárcel y de películas que habían visto antes de caer, eran, para ella, una especie de fuga. Y las canciones de Serrat aparecían ahí, como un emblema.

 

Nacida en Comodoro Rivadavia, Liliana se había mudado con su ex marido a Trelew en el 71, hasta que vino el intento de fuga y fusilamiento de los presos del penal de Rawson y se tuvieron que ir. Había conocido la obra del cantautor en esta época, mientras iban descubriendo a los poetas que marcaban el pulso cultural del momento.

 

– Serrat tuvo que ver con una búsqueda todavía un poco antes que la búsqueda política y militante. Es especial para mi porque es de los setenta, es Miguel Hernández, es Machado, es García Lorca. Está asociado a momentos clave de mi vida y de mis hijas. Era todo un clima cultural anterior. Como leer a Sartre. Me parece que el fuerte de Serrat en esa época fue la confluencia con esos valores, con esa cultura política que estaba flotando en el ambiente- dice hoy, con una evocación fresca, como si recordar ese particular aspecto de los años más duros de su vida volviera a darle aire a su memoria.

 

Serrat iba sumergiéndose en los suburbios clandestinos como una bandera y un refugio. A través de sus poemas llegó, incluso, a la Escuela de Mecánica de la Armada en 1978. La detenida desaparecida Elizabeth Marcuzzo acababa de ser madre y los militares le habían dicho que se iba, que la llevaban a Mar del Plata, de donde venía. Pero ella y su compañera Graciela Daleo sospechaban que el destino era otro y que no se iban a volver a ver. En la despedida, según narra La Voluntad,  mientras constreñían las caras para evitar el llanto desconsolado, “Pati”, como llamaban a Elizabeth, le entregó a Graciela un pañuelo de seda que había bordado con los versos de De parto, que describían su embarazo en cautiverio: “Se le hinchan los pies, / el cuarto mes /le pesa en el vientre./ A esa muchacha en flor/ por donde anduvo el amor/ derramando simiente”. Graciela pudo entregarle ese pañuelo al hijo de Pati en 1990, cuando lo conoció.

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Foto: Telam

 

Eso también fue Serrat en ese momento: cada vez menos fogones y radios y más cárceles clandestinas o escuchas puertas adentro. Es difícil reconstruir su rebeldía hoy, cuando recibe un Grammy honorífico como Persona del año (2014) y un premio Azucena Villaflor (2013) de la mano de Cristina Fernández de Kirchner por su compromiso con los derechos humanos. Es decir, cuando estado y mercado celebran a una especie de Sarmiento, como alguna vez, hace muchos años, lo describió Alan Pauls en Rolling Stone, al compararlo con Sabina. Y también, cuando su mención o halago es uno de los lugares comunes que tiene a mano todo aquel que quiera mostrarse bien pensante, o como expresó Rodrigo Fresán en una nota del año 2000 en Radar (Página/12), cuando enumeraba a los múltiples Serrat que cabían en uno y se detenía en “El Nano beatificado a la hora de fundamentar los más rancios clichés supuestamente progres”. Pero en eso que se puede llamar vulgarmente cultura popular, motorizado en parte por canciones que siguen siendo elocuentes pero no oportunistas, flota todo lo que Serrat significó. Su popularidad, su presencia latinoamericana y su particular vínculo con la política argentina en los 70 es crucial para entender ese arraigo y esa especie de confianza perenne en el héroe que siempre “estuvo”. Por eso, entre otras cosas, es comprensible esa extremada atención que le dan sus propios seguidores a sus posicionamientos políticos. Por ejemplo, en el grupo de Facebook de fanáticos de Serrat que comparte Gladys con unos cuantos argentinos y catalanes se armó un debate cuando Serrat, hace unas semanas, fue a tocar a la estación de Tigre en un recital gratuito para el público y apareció en una foto con el candidato Sergio Massa. No debe haber tantos músicos extranjeros sometidos a ese tipo de auditoría. 

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En una mini encuesta de inexistente rigor demográfico, de 15 Lucías nacidas entre 1983 y 1985, 12 respondieron que se llamaban así por la canción de Serrat, esa que habla de “la más bella historia de amor / que tuve y tendré”.

 

“Mi mamá me iba a poner Ana o Sofía, pero fue a ver un concierto embazada de mi y amó el nombre por la canción”, dice Lucía, de 29 años. “¡Sí, por Serrat! Zafé de Penélope”, dice otra Lucía. “Yo también… y conozco a varias” dice una tercera Lucía, la hija menor de Liliana Chiernajowsky. En 1984, después de haber salido en libertad y mientras procesaba como podía lo que le había sucedido además de la cárcel –la separación con su hija mayor, la desaparición de su hermano, la muerte de su padre- hizo un íntimo y no especialmente consciente homenaje al poeta “de los 70” y llamó a su hija de la democracia con el nombre de una canción de amor de Serrat. Un nombre que, por cierto, es corto y le encanta.

 

Entre todo el florecimiento y la cicatrización de esa época, el reencuentro de Serrat con el público argentino es otro capítulo en la mitología progresista argentina. En 1983 ingresan cientos de nuevos fans que quizás conocieron su obra con desfasaje de su publicación y bastante menos amargura. Después de casi nueve años de prohibición de su música, Joan Manuel Serrat volvió amplificado en su simbolismo para un público hambriento y desesperado que ahora lo asociaba directamente con la reconstrucción democrática.

 

Así lo cuenta Roberto en el foro de jmserrat.com, un sitio web enorme dedicado a brindar toda la información disponible sobre el cantante.

 

“Serrat era mi máximo ídolo, yo tenía 18 años y estaba terminando el colegio secundario. Me pasaba horas escuchando sus canciones, pero apenas si le conocía la cara. Un día se anuncia en el diario que se iban a poner en venta las entradas para 4 recitales en el Gran Rex (…) Llegué bastante antes de que se abran las boleterías, pero la cola era enorme, daba vuelta las esquinas y se metía en la calle Lavalle. (…) Por fin, llegó el día. Fui solo, el teatro se fue llenando y la ansiedad del público se sentía en el aire. Arrancan los acordes, salen los músicos, dos o tres minutos de música de introducción y aparece el Nano. El tarantan tara ta tan de Cantares, y los aplausos más sostenidos que se puedan imaginar. Él se deja aplaudir unos instantes e intenta empezar a cantar, pero es imposible. Lo intenta varias veces, pero el público de pie aplaude y sigue aplaudiendo, pasan varios minutos, quizás 5 o más, los corredores elevados que hay al costado del Gran Rex están colmados de fotógrafos de medios gráficos, dejan sus cámaras en el piso y se suman a los aplausos, lo desbordan también a Serrat que seguro esperaba un recibimiento grande, pero no esto. Finalmente empieza a cantar y yo empiezo a descubrir a mi ídolo”.

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El clima era de apertura, aunque todavía no había democracia. El mismo día que Clarín titulaba en su tapa que “Se ha reestablecido el derecho a huelga”, 5 de junio de 1983, publicaba la celebratoria reseña del concierto. Para Serrat ese no fue un show más y así se lo explicaba a Mona Moncalvillo, un poco abrumado, afectado, en una entrevista en Humor: “De momento, lo que está pasando es como una madeja de emociones muy diferentes, de afectos, desilusiones, ilusiones, esperanzas… Todas estas situaciones necesitan reposo… (…) He llegado a un país que, evidentemente, está sufriendo angustias muy concretas que está volcando en mí, junto con toda la ternura y los afectos… Esto no lleva a una situación normal, ni permite -al menos a mí no me lo permite- situarme en una situación de equilibrio.”

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Como los Gran Rex del “retorno” se agotaron en seguida, agregaron funciones en el Luna Park.  En 1984, Serrat volvió al Luna y fue memorable. Ahí fue Gladys y también recuerda haber llorado mucho en ese show. Hugo, su marido, había hecho una cola sin precedentes en su vida para conseguir las entradas y cuando llegó el día, se acomodaron en la popular, exultantes. Entre los flashes emotivos de aquel día, suma un dato muy de la primaveral en ciernes: las hordas efervescentes, en su grado máximo de sensibilidad, habían descubierto entre el público la grisácea imagen de Bernardo Neustadt. Los insultos y los gritos alborotados lograron echarlo del estadio.

 

Era otro Serrat y era otro el contexto que los tenía a todos estremecidos: las canciones más representativas de los setenta como Pueblo Blanco, una canción lúgubre que llegaba a preguntarse “Por qué nace la gente / si nacer o morir es indiferente”, compartían lugar con su repertorio optimista. Por ejemplo:

 

“Prefiero volar a correr,/hacer a pensar;

amar a querer,/tomar a pedir,

antes que nada soy

partidario de vivir”

(Cada loco con su tema, 1983).

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Los locales, cada vez más, fueron haciendo de él un ídolo sensible y atractivo, informado y rebelde dentro del sistema. Clarin lo recibe como un mesías, con una tapa de suplemento dominical dedicada a su bienvenida con textos de León Gieco, Mercedes Sosa y Eladia Blazquez. A año siguiente, ya en democracia, vuelve a presentarse en otra seguidilla de shows memorables.

 El Serrat de los 80 canta una canción que se mete en la escena familiar y resuena especialmente en una sociedad que está cambiando, una canción de un varón dedicada a los hijos: Esos locos bajitos, que entre sus versos dice este tipo de cosas:

 

“Nada ni nadie puede impedir que sufran,

que las agujas avancen en el reloj.

Que decidan por ellos

que se equivoquen.

Que crezcan y que un día

nos digan adiós”.

 

Aun al día de hoy, cuando es ya uno de sus himnos, la performance resulta íntimamente pirotécnica: la canción construye una especie de burbuja sentimental entre el músico y su público, lejos de todo. Una mujer en un palco que apenas pasa los 60 y fue al concierto con su hija de 30 lo mira embobada y los ojos de las dos se ponen vidriosos, pensando en quién sabe qué, pero seguro algo extremadamente significativo. Y él canta una canción que habrá cantado miles de veces pero pareciera que cuando la canta ratifica palabra por palabra lo que escribió hace más de treinta años, y a su modo, como anfitrión experimentado, se emociona, se entrega al aura general que tiene intensidad y privacidad, así estemos en un Gran Rex con 3300 personas.

 

Eso es lo que puede pasar en un show de Serrat, esa vinculación afectiva también existe: ¿Cómo extrañarse de que alguien quiera vivir esa experiencia sensible cada 2, 3 o 5 años?

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-¡¡¡¡Te amoooooo!!!!- le grita una mujer desenfrenada desde el pullman.

 

-Bueno, yo también. No me gusta que lo hagas tan público. A fin de cuentas, soy un hombre casado- contesta él con media sonrisa, y haciendo el gestito manual para que baje un poco la voz.

 

-¡Mi hijo nació un 27 de diciembre como vos!- le dice otra, cuyo grito viene de más lejos, tal vez el primer o segundo piso.

 

-Es que sí… – pelotea Joan Manuel como si no le resultara un comentario de lo más absurdo- Es un buen día para nacer-. Y agarra la guitarra con parsimonia para comenzar su próxima canción.

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Foto: Municipio de Tigre

 

A Sandro las mujeres le tiraban bombachas, pero mientras Serrat avanza con su antología de “unas que sepamos todos”, que incluye temas como Mediterráneo o Cantares, el público le va dejando cartas, alguna foto o pintura enmarcada o misteriosos regalitos en bolsitas prolijas de papel madera. Él agarra todo, y después de exagerar el esfuerzo que hace para agacharse a recoger la bolsita, pide: “¿Podrían darme todo junto así me agacho una vez?”. Carcajadas. En esas casi tres horas de show él es una estrella, está claro, pero también está en el mismo lugar que su público a la hora de enfrentar una verdad: que en 71 años pasa de todo. Y mucho queda. De eso habla especialmente en este show, en el que festeja los 50 años de escenarios: su supervivencia juvenil al whisky Smugler, un brebaje alcohólico de cuestionables consecuencias hepáticas, las visitas al mítico local porteño Caño 14 en los años 70, los amigos que ya no están y el epifánico descubrimiento de los chinchulines.  Serrat mira al maestro Ricard Miralles: “Te acordás, Maestro, en 1969, lo que fue venir a Buenos Aires” y él asiente con una sonrisa pícara que dura unos segundos, para después volver su cabeza a las teclas, cosa de no robar protagonismo. Por supuesto que se acuerda Miralles, pianista y director artístico de Serrat desde esa época aunque con algunas intermitencias, su infaltable socio en la construcción de su sonido. Fue un impacto enorme. Tenían veintitantos, salían al teatro Regina a ver a Piazzolla siempre que podían y querían conocerlo todo. Abajo del escenario, el Maestro es un gran conversador, que puede ir del recuerdo de cuando conoció a “Juan Manuel” gracias a Pi de la Serra a una opinión tajante en contra de Puerto Madero. Sentado en el lobby de un hotel bien céntrico, esa zona que le encanta, está más que dispuesto a hablar del público argentino, al que conoce muy bien: no sólo trabaja intensamente con Serrat, sino que lo hizo durante 12 años con Alberto Cortez.

 

–La gente aquí se siente muy partícipe. Veo las caras de la primera fila y realmente están participando y miran con mucha atención, explica, como si todavía lo asombrara esa propensión local a cierta mitificación. Lo que no le asombra tanto es el vínculo tan aferrado de los argentinos con su “jefe”. Entre otras cosas, porque Serrat lo viene trabajando.

 

–Todo lo que dice arriba del escenario es verdad. Él se siente un poco de aquí. Además de ser un artista de muchísima calidad, a él lo mueve la comunicación con la gente. Hay gente que no le da importancia a eso, dicen ´si se interesan, ya se interesarán´, pero él quiere comunicarse con la gente.

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Foto: Telam

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En una entrevista reciente al dominical de El periódico, Serrat pidió disculpas a los hijos por cuánto sus padres los habían atormentado con su música y este tipo de frases: “Escucha esto, esto sí que está bien, esto es música y no esa mierda que tú escuchas”. Es simpático el comentario. Y tiene algo de cierto. En la entrega del Grammy honorífico, los cantantes jóvenes como Natalia Jimenez, Pablo Alboran o  Debi Nova decían que Serrat los llevaban directo a su casa familiar de la infancia, que él era el “héroe” de sus padres y que por eso era tan emocionante acompañarlo en la ceremonia. Los chicos estos ya entraron en la rueda y les toca una parte del efecto Boyhood. Porque es cierto que hay una buena cantidad de canciones del repertorio de Serrat dedicados a los momentos de una vida, como Mi niñez, Si la muerte pisa mi huerto, Llegar a viejo, Señora, etc… Pero más allá del contenido literal, están las apropiaciones: lo que cada uno hizo con esas canciones tan tremendamente escuchadas. Serrat hasta tiene una teoría sobre cómo el amor hacia él es en cierta forma un amor a uno mismo, como le explicaba hace unos años en un diario español: “Dicen que aman las canciones cuando lo que aman es lo que esas canciones les resucitan. Yo compongo en función de lo que la vida me dicta en cada momento y eso conforma la banda de sonido de los demás y la mía propia”.

 

Es que Serrat no es sólo el emblema ideológico, un hombre maduro con el sex appeal intacto, el comprometido del 70, el rebelde partidario de vivir del 80, ni el que se queja con gracia de que sus cintura no está para agacharse una y otra vez: es también el botón que activa la memoria involuntaria, el que va y viene del presente al pasado, no sólo de su vida, sino de la de cualquier persona que “creció con él”, como Hugo, y que considera a sus canciones la música de algunos hechos fundamentales de su vida: la cárcel, el amor, su infancia, la vuelta de la democracia o los hijos, que quizás se llaman Lucía.

 

La expresión de la gente que sale del teatro es apacible. Hablan. Comparan si está cantando mejor o peor que en Boca, en Ferro, en Atlanta; conversan de a grupitos sobre alguna canción y cuánto honor le hizo (o no) el artista invitado a cantarla a dúo; se apuran porque les cierra el estacionamiento o discuten si ir hasta Guerrín o quedarse en Las Cuartetas.

Acaban de vivir un momento de intensidad suficiente para que no les saque el apetito. Acaban de estar en una especie de sesión que, con sus canciones, quizás los haya hecho pensar en sí mismos. Justamente por eso también, parecen considerarlo un interlocutor con el que tienen algún tipo de compromiso. Será hasta la próxima.


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