En nuestras billeteras hay monedas, billetes, tarjetas. En nuestros teléfonos, criptomonedas. Dinero que nace en una cueva refrigerada y no pasa por los bancos. Un puñado de argentinos apuestan al dinero digital. Están los que hacen una diferencia, los que sufren ante cada caída y los que lo toman como un juego y piensan que “si se va a la mierda, no pierden nada”. Esteban Magnani y Andrés Rabosto reconstruyen el mundo bitcoin, en el que el secreto, como en los casinos, es retirarse a tiempo. Ilustración 360 de Emmanuel Cerino.



A fines de 2015 Emiliano Grodzki se había puesto un nuevo objetivo: pensar su próximo emprendimiento. Tres años antes había vendido la empresa fabricante de las barritas de Chocoarroz en quince millones de dólares.

 

El dinero no era una urgencia.

 

Estudió mercados, costos, beneficios y decidió, junto a otros amigos, abrir una granja de minado de bitcoins (entre otras criptomonedas) en Canadá, donde el frío reduce los costos del sistema de refrigeración. Nació Bitfarms.

 

¿Minar criptomonedas? ¿Buscar un lugar frío? ¿Por qué es mejor producir bits que Chocoarroz?

 

 

Si googleás bitcoin vas a encontrar resultados muy diferentes, pero en todas las definiciones hay cosas en común: “la primera forma de dinero digital descentralizada” y que es aceptada como portadora de valor. ¿Por qué? Porque la gente cree que tiene valor y la acepta. La respuesta es tautológica pero también es aplicable a los billetes o a los números que aparecen en una pantalla con nuestro saldo de cuenta: el dinero parece ser solo una convención. Una respuesta más profunda conduciría a debates teóricos inabarcables para los que aquí no hay espacio suficiente. El dinero es una relación social que, necesariamente, existe en algún soporte material: sean estos monedas metálicas, billetes de papel, bits u otros.

 

Estamos acostumbrados a entender por dinero a los billetes de papel con curso legal, emitidos por un banco central y respaldados por su correspondiente Estado nacional. Actualmente estos papeles representan, en los cálculos más optimistas, apenas un 10% del dinero que circula globalmente. El otro 90% del dinero de denominación oficial existe únicamente como bits, números en la pantalla de una computadora.

 

El dinero digital era una realidad antes del bitcoin, tendencia que motivó debates sobre una potencial sociedad sin efectivo. La transformación masiva del dinero en bits acarrea consecuencias; entre ellas sobresalen las dificultades para regular y controlar los flujos financieros cada vez más masivos y veloces, con la consecuente volatilidad de los mercados –no casualmente, el descontrol financiero global de las últimas décadas coincide con esta mutación–, y el terreno en el que se dirime la custodia del dinero –que depende cada vez más de la seguridad informática y no de bóvedas, guardias o puertas de acero–. El camino hacia la financiarización de las economías, la proliferación de préstamos cada vez más laxos y, con ellos, la masificación del crédito y el endeudamiento –tanto privado como público– y la explosión del mercados de derivados, vino acompañada por la transformación del dinero en flujos de información digital.

 

Descentralización

 

—Me metí en bitcoins como un experimento para entender más y una apuestadice Gianina, una periodista especializada en tecnología que prefiere no dar su nombre completo.

 

Parte del experimento es que no sé qué espero.

 

En el bolsillo puede haber monedas y billetes, ¿y bits? Sí. Cada vez que usamos el smartphone para hacer una transferencia desde el home banking, adherir servicios al débito automático, realizar una compra online o renovar datos para seguir navegando y leer esta nota. Actualizando la metáfora, en el capitalismo contemporáneo llevamos nuestro poder y nexo social en el smartphone. Esos bits nunca estuvieron en nuestro bolsillo ni teléfono sino únicamente en una base de datos propiedad de un banco comercial. El dinero como información digital es (fue) hasta el momento necesariamente centralizado y dependiente de intermediarios. Es, además, una jugosa base de datos para los aprendices de brujo de las finanzas y el big data.

 

 

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El bitcoin, en cambio, desconcentra el poder: la contabilidad se lleva a cabo de manera pública, descentralizada y automatizada. Cada nodo de la red es un libro de registro idéntico a los demás, y toda vez que se verifica y registra una operación, se almacena en todos y cada uno de esos nodos y no puede reescribirse. Millones de libros contables que registran al unísono cada operación son más seguros y fiables que un gran libro de un puñado de bancos y, ante dudas, el dictamen de la mayoría será el criterio de verdad. Esto es lo que en sus orígenes vino a proponer bitcoin, o mejor dicho, blockchain, la tecnología con la que funciona: una forma de dinero digital sin la intermediación bancaria y sus bemoles, que intenta imitar los intercambios con dinero en efectivo.

 

Así pensado el bitcoin es una estocada al corazón del mundo financiero, una vía de escape frente a la prepotencia del sistema bancario y una forma de dinero que prescinde del Estado y sus caprichos e intromisiones. Así, ha ganado entusiastas en los polos anarquistas y libertarios, además de etiquetas diversas: “Dinero descentralizado”, “Dinero colaborativo” “Dinero peer-to-peer”.

 

Hacer una moneda

 

Andrés es licenciado en Informática y docente. En 2015 obtuvo 0,6 btc por transferencia bancaria por unos 550 dólares y los vendió para irse de vacaciones en 2018 por cerca de 4.700. Una ganancia enorme que tienta a entrar en la jugada. “Compré bitcoins porque creo en el modelo descentralizado, lejos del control de los bancos, no para especular”, responde. Y como otros entrevistados aclara: “No pongas mi nombre completo. Hice todo en blanco y por derecha pero no quiero que me rompan las pelotas”.

 

Bitcoin está fuertemente determinado y también velado por sus complejas particularidades técnicas que a veces lo transforman en un misterio para elegidos. En 2008 un artículo firmado con el seudónimo Satoshi Nakamoto llegó a una lista de correo especializada explicando el protocolo informático de la moneda virtual bitcoin basado en varias tecnologías preexistentes. Ese protocolo es blockchain, una cadena de bloques de información que se almacena para registrar todas las transacciones. Cada nuevo bloque requiere una validación matemática que debe ser aprobada por la mayoría de los nodos (o miembros) de la red. Este proceso requiere probar una y otra vez, por fuerza bruta computacional, la forma de resolver los procesos matemáticos que registran las nuevas transacciones. Aquel que llegue primero a la solución cobra un premio en nuevos bitcoins y una posible comisión: la verificación es, al mismo tiempo, el mecanismo de emisión. Todo el esfuerzo computacional que fracasó en la competencia se pierde para siempre junto con la energía consumida para hacerlo.

 

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Por analogía con el oro, se bautizó a este proceso “minería”. Cada diez minutos se genera un nuevo bloque registrando las transacciones y hay miles de procesadores especialmente diseñados compitiendo para llegar al premio y “minar” las nuevas unidades. Cuando la mayor parte de los otros nodos digan que, efectivamente, la solución es correcta (algo mucho más simple que descubrirla) el bloque se suma a la cadena almacenada en la red y quien lo haya resuelto cobra su parte. Es decir que, tanto la validación de una transacción como la emisión de la moneda no dependen de una autoridad central si no de la potencia computacional aportada por una comunidad de “pares”. Si alguno de los bloques anteriores se ve modificado queda en evidencia en los posteriores. El sistema distribuido dificulta que alguien controle la moneda o la “robe” fraguando transacciones viejas y todos puedan garantizar en conjunto la validez de lo registrado.

 

En enero de 2009 comenzó a funcionar la red de pares de bitcoin con un programa que permitía producir las primeras monedas. El “premio” por validar las nuevas transacciones se va reduciendo con el tiempo hasta que en el año 2033 llegue a cero: entonces quienes hagan el trabajo de verificar los pagos dependerán exclusivamente de la comisión que cobren sobre cada transacción. El número limitado de bitcoins totales que se puede producir se veía compensado por una tendencia alcista en su cotización a lo largo de la historia, aunque con altibajos cada vez más pronunciados e incontrolados: hace un año cotizaba en cerca de dos mil dólares superó los dieciocho para bajar nuevamente a los 6500 al publicar esta nota.

 

En la práctica, la moneda funciona con una billetera virtual en una computadora, celular o en la “nube” (siempre es la computadora de otro). Las personas no necesitan revelar su nombre en ningún momento, rasgo ideal para intercambios ilegales, hacer las cosas más simples y evitar cargas impositivas o costos de transacción aplicados por bancos y Estados. Este es el resumen simplificado, aunque resulta suficiente para que algunos prefieran ver una peli o, sin entender demasiado, tentarse con la posibilidad de hacerse rico rápido y fácil.

 

Blockchain: el sistema

 

Buena parte de la atracción por el bitcoin se sustenta en la tecnología blockchain, una tecnología con el potencial de descentralizar y automatizar todo tipo de registros. Sus usos posibles exceden a las criptomonedas. Pero al rascar la superficie se ve que no todos están de acuerdo: cuando el humo se disipa hay quienes dicen que en realidad es un concepto muy ambiguo o que, en realidad, “blockchain” no quiere decir nada. El tema de blockchain es complejo en sí mismo y la tecnología viene funcionando, en la práctica, sobre todo como herramienta de marketing más que de realidades. Incluso la red bitcoin, por lejos la mayor implementación de blockchain, procesa diariamente apenas unas 300 mil operaciones diarias: un uso proporcionalmente insignificante comparado con las transacciones globales y que no guarda relación con su impacto mediático. Cuando pase la moda, habrá que evaluar realmente qué es lo que queda (que posiblemente sea valioso).

 

Hay al menos dos aspectos de la moneda que son peligrosos y tendrán consecuencias.

 

El primero es que la posibilidad de hacer dinero fácil procesando bits genera una de esas patrullas perdidas de toda racionalidad que suele dar el capitalismo: en 2017 el consumo eléctrico “invertido” en producir bitcoins representó el 0,13% del consumo global, más que lo consumido individualmente por 159 países de todo el mundo. Es para mantener funcionando los procesadores y refrigerarlos para que no se fundan: por eso suelen instalarse en regiones heladas. La tasa de crecimiento del consumo es pronunciada, por lo que empeorará rápidamente. Ciudades que pensaron en atraer estos modernos emprendedores cubiertos de un halo de modernidad tecno vieron que, mientras la ganancia se privatizaba, los costos de tanto derroche se socializaban, por ejemplo, al verse obligados a importar energía más cara. Además, la cotización fluctuante y por momentos muy alta atrae a más competencia, por lo que el minado requiere más velocidad y energía. La carrera por obtener electricidad barata ha llevado incluso a anunciar la reapertura de una planta generadora de electricidad a carbón en Australia, una locura ecológica que paga(re)mos todos.

 

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Por otro lado, para hacer más eficiente el minado y reducir los riesgos de invertir dinero en una moneda de cotización tan volátil, muchas empresas prefieren alquilar el servicio en lugar de minar para sí mismos, como hace el ex-dueño de Chocoarroz. Así se han creado jugadores enormes que tientan llave en mano a potenciales “inversores” de todos los rincones del planeta para que se metan en la timba. El secreto es retirarse a tiempo.

 

En la familia de Verónica la idea de apostar unos pesos a bitcoin surgió, según dice, como una “nerdeada”. En la cooperativa de su novio empezaron a minar para experimentar y los contagiaron. Fueron comprando de a satoshis [0,00000001 BTC] por la experiencia, para ver si subía o bajaba. Lo tienen como algo lúdico porque no los usan, ni los cambian. Los guardan y chusmean las cotizaciones. Cuando hay una baja importante compran un poquito más. Hay una esperanza de atesoramiento porque, según su experiencia, nunca es menos.

 

Si se va a la mierda, no perdemos nada.

 

La búsqueda por mayor eficiencia para la inversión conduce a una segunda cuestión que socava los fundamentos mismos del bitcoin: el minado se concentra en China, donde la energía es barata (económicamente, no ecológicamente) y donde se fabrica el hardware específico necesario para agilizar el minado. Es cada vez más difícil hablar del bitcoin como una moneda descentralizada: cinco empresas, todas localizadas en China, concentran el 75% de la minería que se hace en el mundo.

 

¿Cómo es que la minería pasó de ser un pasatiempo realizado por los pioneros de la red bitcoin a una industria capital intensiva, centralizada e integrada verticalmente que consume niveles exorbitantes de poder computacional y energía eléctrica?

 

Los “mineros” son recompensados con nuevos bitcoins por la verificación de bloques y, a más mineros, menos probabilidades de resolver individualmente un bloque y obtener la recompensa. Así, la competencia condujo a coligarse con otros mineros para combinar la potencia de cálculo: surgieron así los “pooles de minería”.

 

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Las alzas descontroladas en el precio del bitcoin -que tienen todas las características de una burbuja- hicieron el resto: las ganancias de la minería se multiplicaron atrayendo las inversiones de capitales de riesgo, sembrando las zonas rurales de China con enormes granjas de servidores. La especulación financiera y el consumo irracional de recursos, la centralización del capital y la debacle ecológica son otras caras de esta moneda virtual de apariencia tan ascéptica.

 

Solucionismo tecnológico

 

Los problemas de bitcoin han hecho florecer otras criptomonedas que prometen resolverlos en un loop sin fin. De todos modos, en el mundo tecnológico quien pica en punta suele ser el ganador o al menos un jugador de peso hasta el siguiente cambio de paradigma.  

 

El derrotero de bitcoin puede ser leído como uno de esos planes perfectos que intentan solucionar las contradicciones del capitalismo por vía tecnológica, para, finalmente, reproducir en su seno las tendencias que venía a combatir. Pese haber sido cuidadosamente diseñada para prescindir de actores centralizados que la gobiernen, la red bitcoin transita un camino que tiende a poner sus mecanismos de control y decisión en manos de unas pocas empresas. Por otro lado, la paradoja: el dinero como información digital quedó preso de condicionamientos industriales, como el costo y la abundancia de la energía eléctrica, y preindustriales, como el clima y el precio de la tierra.

 

Tal vez la mayor innovación de bitcoin sea su capacidad para atraer a los extremos del espectro político. Los tecno-anarquistas ven la posibilidad de sacar del medio a los bancos que hacen su negocio. Hacer tu propia moneda (no bitcoin) bajo control social tiene riesgos, pero abre potencialidades enormes en comunidades consolidadas y reguladas: ya hay ejemplos. Los así llamados libertarios ven la posibilidad de deshacerse del control del Estado para dar rienda suelta a la “creatividad” humana y obtener ganancias sin producir riquezas (o lo que es lo mismo, sacarle riquezas a los otros con un pase casi mágico). La experiencia indica que el éxito de buena parte de los proyectos disruptivos y de potencial emancipador (hay muchos ejemplos, pero tal vez internet misma sea uno de los más ilustrativos), atrae a actores poderosos que terminan usando la supuesta libertad como excusa para imponer la ley del más fuerte. Bitcoin es tal vez uno de los lugares en los que los extremos se tocan para generar una nueva prole de anarco-capitalistas.

 


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