A Andrés Iniesta le tocó una época difícil para jugar al fútbol. Lejos de los efectos especiales, la potencia física y la efectividad de fábrica de los Messis y los Cristianos Ronaldos, triunfó con su estilo chapado a la antigua. Retirado de Barcelona y de la selección española, jugará sus últimos partidos en la liga japonesa. Perfil de un futbolista sabio.



Cristiano miró a Dani Alves, después miró a Iniesta, volvió a mirar a Dani Alves, le dijo: “¿Ves? Éste sí es un señor”. En uno de los pasillos monárquicos del edificio monárquico en el que se entregaba el Balón de Oro de la FIFA, Ronaldo se había cruzado con Alves y lo había frenado para recriminarle algo que el lateral que entonces jugaba en el Barcelona le había dicho a la prensa local. Charlaban, discutían, se alteraban, hasta que alguien pasó: alguien silencioso, anodino, chiquitito. El ciborg portugués se aprovechó de la aparición y también lo frenó, le sonrió, le dio la mano mientras le decía: “Un señor”. Todos hermosos y de traje, en el medio de los malabares circenses de un brasileño y la potencia industrial de un goleador, Andrés Iniesta era sólo un hombre que pasaba por ahí. Un hombre anodino, silencioso, lentamente pelado y chiquitito que –apenas, simplemente– pasaba por ahí.

 

“Tú antes eras Andresito –le dice Xavi en una charla que los dos tienen con el diario El País de España en 2009, antes de enfrentar a Estudiantes de La Plata en la final del Mundial de Clubes, en Dubái– y ahora te llaman don Andrés”.

 

Don Andrés. Acaso así lo anoten en la entrada del geriátrico para millonarios que lo espera en el Vissel Kobe, en la liga de Japón; se ha ido rápido, se ha ido mucho más rápido de lo deseado la secuela que nos quedaba, el Mundial de Rusia, su último torneo grande en la selección: una estafa de cuatro partidos tristes e insípidos que sucedieron dieciocho años después de una de las primeras escenas con las que puede contarse esta historia. Es el primer año del siglo XXI y decenas de jugadores profesionales se entrenan en el complejo deportivo del Barcelona. Al final, dos de ellos se refugian a un costado. Un hombre morocho, flaco, lentamente viejo y pelado que se llama Pep Guardiola le dice a un adolescente petiso que tiene el pelo de Bart Simpson y se lo peina con gel: “Tú, Xavi, me quitarás el puesto, pero este chico que ha venido hoy a entrenar nos lo quitará a los dos”.

 

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Ese chico que aquel día había ido a entrenarse es ahora este hombre que se irá, un crack que durante más de una década fue el sabio generoso, un tipo que mientras jugaba al fútbol nos enseñaba cuál era el truco, cómo hacerlo también. Mientras algunos jugadores son una usina de efectos especiales –Messi, Ronaldinho– y no puede explicarse cómo hicieron lo que hicieron –mientras otros jugadores tienen la potencia, la puntualidad y la efectividad de una fábrica, como Batistuta, Schiavi o el ciborg portugués–, hay otra raza que es una guía para verle los hilos al fútbol, jugadores que son el primo mayor que nos cuenta por primera vez que los juguetes se pueden desarmar. Y que adentro de ellos hay piecitas, tornillos. Si hacés este pase sucede esto, si frenás el tiempo al rival le ocurrirá aquello, mirá. Tipos con oído absoluto para la gesta colectiva y el ballet. El primo que se arrodilla a tu lado y te muestra que ahí adentro también hay un hermoso túnel hecho de luz.

 

“Lo más difícil en el fútbol –lo describe Lionel Messi en la autobiografía del volante, La jugada de mi vida, de los periodistas Marcos López y Ramón Besa– es lograr que cada jugada parezca sencilla, fácil, como si no costara nada. Todo lo que hace Andrés con la pelota es increíble y parece no darle importancia. Como si nada. Ningún esfuerzo. Con naturalidad”.

 

Se retira Iniesta.

 

Se retira uno de los héroes de la primera generación que admiramos sin que jugara en nuestro país, tipos lejanos que pudimos consumir desde que debutaron y a los que, sin embargo, nunca vimos desde una platea, cogoteando desde la popular. Se retira Iniesta, y hasta Internet ha envejecido con él.


 

Nació en Fuentealbilla, un pueblo que a veces tuvo dos mil habitantes y a veces un poquito menos, provincia de Albacete, el 11 de mayo de 1984. Fue siempre chiquito, fue siempre un fenómeno y casi siempre juega, lo ha contado él mismo, en el patio de la escuela en la que pateaba y practicaba gambetas cuando tenía siete, ocho y nueve años, una cancha de cemento con un árbol enorme que la precedía, dos arcos de handball y zonas en las que las baldosas se levantaban como si un monstruo quisiera irrumpir desde abajo, como si lo que hubiera ahí no fuera una cancha sino una ruta lunar. “Allí jugué muchas finales de Eurocopa, Champions, Liga…”, dijo alguna vez quien después se imaginaba –mientras jugaba muchas finales de Eurocopa, Champions, Liga– que todavía lo hacía ahí. De las Inferiores del Albacete (de haber comandado un equipo al que lo apodaban “Andrés y sus compañeros”) se fue a la Masia, la fábrica de chocolate en la que el Barcelona cría a sus bestias. Le gustaba cómo jugaban el danés Michael Laudrup y Guardiola, dos de los magos lentos del equipo que en 1992 fue campeón de Europa con Cruyff. Encerrado en la habitación a la que lo había llevado su sueño, lloró mil veces, como Messi lloró también, quiso irse mil veces, como quiso irse mil veces Messi también, hasta que a los 18 años debutó contra el Brujas de Bélgica en un partido de fase de grupos de la Champions League. El debut fue en 2002 y se lo convidó el holandés Louis Van Gaal, que lo puso al lado de otro enganche que parece jugar como si a su alrededor hubiera un haz de silencio: Riquelme. El Barcelona ganó 1-0 y el gol lo hizo Román.

 

Y así, desde entonces y hasta ahora, se ha construido la carrera del niño que nació en Fuentalbilla: con el silencio a su alrededor. Silencio porque en la selección lo tenían apartado –no podían jugar juntos, no podían, Xavi y él–, porque en Barcelona fue suplente o alternó hasta que llegó Guardiola –y porque no podían jugar juntos, no podían, Xavi y él– y porque finalmente, ya consagrado, siempre hubo rockeros más copados, más fáciles de consumir que él: Ronaldinho, Deco, Messi, Villa, Dani Alves, Eto’o, Ibrahimovic, Neymar. Acaso por eso –porque El Guionista monta esos escenarios para después reservarte la escena que te corresponde, la escena que finalmente te eleva, que acomoda todo lo demás– el gol que consagró la obra transformadora de la selección española fue de él. En Sudáfrica, ante una Holanda que había sido bruta como una España vieja, el mundo corrió a otra velocidad.

 

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“Yo vi el gol de manera distinta a los demás –les cuenta Andrés a los periodistas López y Besa en su biografía, sobre el 1-0 en la final del Mundial–. Cuando recibo el balón no escucho nada. Cuando controlo la pelota, tengo la sensación de que se para el mundo. Sí, sé que es difícil explicarlo. No sentí nada, sólo silencio. El balón, la portería, yo… Un poco antes de que me pasen la pelota doy un paso atrás para no caer en fuera de juego. Sabía que no estaba en fuera de juego, pero lo hice por instinto, tu cuerpo se echa atrás casi de manera automática para evitar cualquier problema. Y luego… Después, el silencio”.

 

El silencio. El patio de Fuentealbilla, el árbol gigantesco. Millones de personas viendo el mismo punto al mismo tiempo: un hombre anodino, chiquitito, en la final de un Mundial.

 

“Hay que aguantar, aguardar el momento exacto para enganchar bien la pelota. Tú mandas en ese momento. Allí sólo mandaba yo. El balón era la manzana de Newton. Yo, por tanto, era Newton. Sólo tenía que esperar a que la ley de la gravedad hiciera bien su trabajo. Mandas porque controlas el movimiento, la altura, la velocidad del balón y, por supuesto, la altura de la pierna. En ese silencio eres el único que puede dominarlo todo”.

 

En ese silencio y, al menos en su caso, en cientos de partidos más.


 

Después de que España ganara el Mundial de Sudáfrica 2010 entrevisté, para el diario Olé, a Luis Aragonés. El técnico del equipo era entonces Vicente Del Bosque pero había sido el Sabio de Hortaleza quien primero vio que la Furia podía ser otra, una pandilla de enanos que hiciera del fútbol un rondo permanente, una extrañeza en un juego que tenía como referencias a la Brasil de Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho, la Francia de Zidane. “Si yo le contara la de cosas que le han dicho a esta selección –me dijo el técnico campeón de la Eurocopa 2008, el título que desbloqueó los traumas del fútbol español–: que formábamos un equipo lento, muy previsible, que no teníamos decisión, profundidad. En el 2004 noté que la potencia física española no era buena. Que tampoco teníamos hombres de un metro noventa, gente que ganara de arriba, lo que significaba que nunca venceríamos en la segunda jugada, que siempre, entonces, debíamos apostar a la primera. Antes del Mundial 2006 se había intentado con un fútbol de balones largos, de velocidad, hasta que vi que lo que abundaba era la técnica. ‘Entonces nuestro fútbol es éste’, me convencí, y así lo trabajamos. Entrenamientos de posesión, desmarque, triangulación, movimientos sin balón. La mejor virtud de España es que se olvida del rival. Y la toca, y la tiene. Y no se la puedes sacar”.

 

El hechizo, entre otros, que mejor le sale a Iniesta; que la toca, que la tiene: que no se la puedes sacar.

 

Ya en Barcelona, fue Pep Guardiola quien se hizo de esa fuerza hipnótica, pero antes, durante el Mundial 2006 –el torneo en el que a la España de Aragonés la culparon de lenta, muy previsible, que no tenía decisión ni profundidad– fue columnista del diario El País. En uno de sus artículos escribió sobre Messi, al que Pekerman ponía siempre en el banco. “Nadie duda de que Messi le dará lo mismo (a Argentina) en 90 minutos que en 15. Ayer fue aquel caramelo que tiene la madre en el bolso guardado, y bien guardado, para dar a su hijo, cuando no deja de llorar. Y que siempre funciona aunque sólo sean 15 minutos –observó el volante retirado, que hasta hacía dos meses jugaba en los Dorados de Culiacán–. A lo mejor el Sr. Aragonés tiene uno también guardado. Para un tal Andrés”.

 

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Dos años después de que Guardiola imaginara todo lo que el tal Andrés podría hacer, el tal Andrés fue una mañana a su oficina y le tocó la puerta. El catalán ya era el técnico del Barcelona y había debutado en la Liga con un 0-1 contra Numancia y un 1-1 que fue un terremoto, contra el Racing, en el Camp Nou. En la semana, mientras el plantel se entrenaba para visitar al Gijón y el periodismo industrial practicaba puntería contra el hombre nuevo, Iniesta se sentó frente a él y le dijo que se tranquilizara, que ése era el camino, el equipo había jugado bien. Un año después, el Barcelona ganó los seis títulos –todos los títulos– que disputó.

 

Iniesta, un enganche con la claridad y la sencillez de los humildes; como Borges o Piglia, más que escritor un lector, un hombre que mientras juega comparte el método, toda su felicidad. Iniesta recibe la pelota caminando y no corre ni pica nunca no porque no sepa o no pueda, sino para que el truco se vea mejor.

 

“Andrés tiene algo que me maravilla –aparece Messi–: hay un momento en que piensas que lo vas a atrapar, que le vas a quitar la pelota, pero luego resulta que no puedes. Aunque no es muy veloz, siempre se acaba yendo”.

 

Y esta vez también lo hace, aunque es más triste todo. Iniesta se va. Es más triste porque el fútbol es como el teatro, es puro presente, puro cuerpo, es indispensable, para que suceda, que ellos estén ahí. Y aunque el mundo no cambie por esto (porque un tipo se retira), nosotros sí: cuando un jugador deja de jugar –cuando un jugador así deja de jugar– nos está recordando el imbatible paso del tiempo, la triste felicidad que sentiremos al entender que desde ahora no nos queda otra que recordar. La música, la pintura y la literatura –y, siempre, Madonna; y, siempre, los Stones– son una cultura que puede lograr una eternidad de cien años, pero el fútbol –los cuerpos, la destreza física– no. Entonces, serán ellos, los ídolos, desde ahora, una contraseña llena de amor. Yo soy de la trova que vio los penales de Goycochea. Yo, de la de Bochini. Yo vi a Bernabé. El fútbol es a veces una bruta pavada y, a veces, un puente lleno de belleza en el que nos sonreímos sólo porque alguien dijo un nombre: Iniesta, Suker, la Araña Amuchástegui, Figo, Ronaldo, Higuita, Spontón.

 

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Porque lo que hizo su Barcelona fue algo más grande que ganar títulos: además de que millones de hinchas, jugadores y entrenadores vean el juego de otra manera –el juego, esa pavada indispensable– directamente cambió el espíritu del club. Los jugadores que vendrán después de ellos –ellos: Puyol y Xavi; Piqué e Iniesta; Lionel– sentirán antes de salir a la cancha que el Barcelona es un gigante que rara vez perderá; será una presión, sí, pero también una huella, un ángel que te indica hacia dónde está la luz. Antes de Iniesta el Barsa era un club cuyo lema era un imán hacia el abismo: “Aviú patirem”. En castellano: “Hoy sufriremos”. El Barcelona en el que hoy quiere jugar el mundo era un grande que en un lapso de 30 años (entre 1961 y 1991, hasta que llegó Cruyff) sólo ganó dos Ligas, y que cada vez que jugaba una final en Europa le sucedía alguna fatalidad: un América de Cali for export, un Héctor Cuper catalán. La primera final de Champions que jugó (Copa de Europa, en aquel momento) fue en 1961 y la empezó ganando contra el Benfica, pero el equipo portugués se lo dio vuelta por 3-1 y la respuesta del Barsa fue casi un gag: pegó un tiro en el palo, después otro, después uno más. Enrique Orizaola, el técnico del equipo, dijo, tan caliente como para resumir una época, que eran “los campeones de la desgracia”. Veinticinco años después, el Barsa jugó su segunda final. Fue en 1986, fue contra el Steaua Bucarest (que después definiría la Intercontinental ante River) y fue más divertido todavía: tras el 0-0 hubo penales. Los campeones de la desgracia patearon cuatro. Ni uno solo fue gol.

 

Durante 40 años, el equipo cuya camiseta viste ahora a millones de niños que patean una pelota bajo el cielo de Venezuela, Argentina, Costa Rica, México, Finlandia, Australia y Katmandú jugó 15 finales internacionales: perdió ocho. Desde que irrumpieron Iniesta y sus duendes malditos, en 13 años jugó 12: ganó diez. Y si le sumamos también las copas locales, son 29 las finales: ganó 22. En esta era, además, el equipo cuya camiseta viste ahora a millones de niños que patean una pelota bajo el cielo de Venezuela, Argentina, Costa Rica, México, Finlandia, Australia y Katmandú pasó a ser también el club que más veces ganó el Mundial de Clubes, y la Supercopa de España, y la Copa del Rey. La naturalización es un proceso obvio, un proceso que no implica esfuerzo ni pensamiento: el problema es creer que siempre ha sido así. En julio de 2018, un nene que no llega ni a la edad en la que Iniesta hizo todo esto corre con una camiseta descolorida por una cancha cuyo mapa de calor es una enorme mancha de barro. El bordó es casi naranja, el azul violeta, su papá se la compró en una tienda barata y tiene un 8 en la espalda. Es la camiseta de Andrés.


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