¿Por qué hay detalles que no podemos recordar y tenemos en la memoria otros que nunca existieron? Desde hace quince años en Ciudad Universitaria, se hacen experimentos con Chasmagnathus, pequeños cangrejos de color negro y patas finas, para entender cuáles son los circuitos cerebrales que intervienen en el proceso. La escritora Betina González y el biólogo Ramiro Freudenthal hablaron de ciencia y literatura, discutieron sobre autores y especies animales, y escribieron esta crónica anfibia.



En uno de sus primeros recuerdos, Betina González se está quemando. Tiene tres años, el pelo largo y rubio, los ojos cerrados, y está parada frente a una estufa, las manos sobre el metal. Es un juego. El juego de imaginar. También tiene algo pequeño y duro (un secreto) encerrado en la mano izquierda. Por el olor a humo se da cuenta de que las cosas no andan del todo bien. Pero como le ha oído decir a su madre que el vecino siempre quema basura, no le presta atención. No quiere salir del calor y de la historia que imagina en él. Se concentra y aprieta la mano hasta dar con las imágenes que la historia que inventa necesita.

— ¡Fuego! —grita su hermana menor, que apenas puede caminar.

Betina abre los ojos y ve que todo el ruedo de su camisón es una antorcha rojiceleste que sube, rápida, por sus piernas.

Alguien la levanta y la mete en la ducha. En segundos, el camisón se vuelve una cosa negra y fría y todo el episodio una anécdota más para contar en las reuniones familiares.
Durante años, Betina tratará de recordar cuál era la historia que imaginaba con tanta fuerza como para no darse cuenta de que su ropa se había prendido fuego. La cara de su hermana en el pasillo, la belleza de las llamas, la voz de su niñera consolándola: hay detalles de ese episodio tremendamente nítidos. Otros se han borrado para siempre: el color del camisón (¿rosa o amarillo?), la presencia de su madre y, sobre todo, el juguete que escondía en su mano izquierda. Ese detalle es el que más fuertemente insiste en recobrar ahora, que escribe sobre la memoria y sus sustratos moleculares.

Es que la memoria no es un depósito inalterable de experiencias. Traer al presente algo del pasado es un proceso activo que implica la interacción entre varios recuerdos. Quizás todas las veces que Betina González estuvo parada frente a esa estufa se confunden ahora en su mente y confabulan para que el detalle del juguete permanezca sumergido en su pasado.

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Evocar -un verbo que en su etimología latina equivalía a la acción de llamar a espíritus o a dioses- es un proceso complejo, implica mucho más que acceder a ese rincón del cerebro en el que se habría guardado una cara, un lugar, un juguete. Es más, el simple acto de traer a la mente una memoria específica puede conducir a su alteración.

Que la memoria pueda ser modificada o alterada es uno de los hallazgos más significativos de la investigación de Ramiro Freudenthal, que hace más de quince años es miembro del equipo del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias de la Facultad de Ciencias Exactas, (IFIByNE) de la Universidad de Buenos Aires.

Así como hay críticos literarios inseparables de su autor (Barthes y Racine, Stanley Corngold y Kafka, Muschietti y Pizarnik), el nombre de Freudenthal está ligado, en el mundo científico, al del animal con el que ha experimentado durante esos quince años: el cangrejo Chasmagnathus granulathus, alias, Neohelice granulata.

Su investigación busca responder preguntas generales sobre cómo se forma la memoria y cuál es su sustrato físico en el cerebro. Sobre todo, qué procesos moleculares se desencadenan para poder almacenar memorias nuevas a largo término y si, una vez consolidadas, es posible modificarlas o eliminarlas manipulando molecularmente el cerebro. Para responder a estas preguntas, pesca, junto a otros miembros de su equipo, miles de cangrejos al año en la ría de San Clemente y los expone a distintos experimentos con “memorias de miedo”.

Los Chasmagnathus son cangrejos pequeños (caben en la palma de una mano), de color negro y patas finas. La panza la tienen blanca y rosada. Se destacan sobre todo sus ojos, muy juntos, negros y brillantes como alfileres de lujo.

Desde la Antigüedad, la forma de caminar que tiene el cangrejo se ha asociado a la memoria y el pasado. El signo astrológico de cáncer, gobernado por la luna, que se centra en la capacidad de retener y alimentarse de las emociones, lo adopta como símbolo. Y algunas culturas tienen frases o refranes que sancionan como cangrejos a las personas que se quedan fijadas en un trauma o una experiencia pasada, incapaces de seguir adelante.

Héctor Maldonado (fundador del laboratorio de Neurobiología de la Memoria) y Arturo Romano (miembro del IFIByNE e investigador principal del CONICET) fueron los primeros en trabajar con Chasmagnathus. A diferencia de los ratones de laboratorio, que pasan su vida en una jaula (un medioambiente artificial), este cangrejo viene de una población natural y, como vive en una ría plana, basa gran parte de su supervivencia en la vista. Por último, al tener un caparazón es más fácil de inmovilizar y de manipular que un mamífero.
Las memorias de miedo son las más estudiadas porque un animal puede postergar el placer (los refuerzos apetitivos) pero reaccionará inmediatamente a un estímulo que ponga en peligro su vida (refuerzos aversivos).

Lo primero, entonces, es exponer a cuarenta Chasmagnathus a un entrenamiento.

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La sala, angosta, en penumbras color púrpura, en la que se realiza el experimento parece una instalación de arte de un museo. Hay filas de cangrejos, cada uno en su contenedor, con una luz individual. Cada tanto, se oye el sonido mecánico de una figura de cartón que les pasa por encima de la luz y que, al principio, debe significar algo así como el fin del mundo para esos bichos.

En una primera etapa, los cangrejos huyen: evidencian el miedo. Durante la segunda etapa, en la repetición del experimento, aunque aparezca la figura, gradualmente dejan de huir. Los científicos estudian, entonces, los cambios moleculares en el cerebro de los animales que evidencian el aprendizaje (comparándolos con los de un grupo de control que no hayan sido sometidos a ningún entrenamiento). Así, se llega a una serie de conclusiones sobre la síntesis proteica que permite el almacenamiento de ese aprendizaje en los circuitos neuronales. Concretamente, después de años de paciencia y repetición, Freudenthal y Romano identificaron que la proteína NF-kΒ interviene en el proceso de consolidación de la memoria a largo plazo. Esta molécula es la encargada de señalar en el ADN qué secuencias se van a transcribir y luego traducir en otras proteínas que, eventualmente, desarmarán y armarán el entramado neuronal de la memoria. El NF-kB es como una llave: sin ella no se abren las puertas necesarias para que un determinado aprendizaje quede registrado.

Aunque suene extraño, las bases moleculares de la memoria en mamíferos y cangrejos están reguladas por las mismas proteínas. En el caso de los humanos, las memorias episódicas se forman en el hipocampo y, luego de un tiempo, su almacenamiento pasa a la corteza cerebral.

Esto se sabe gracias al caso de Henry Molaison (HM), un paciente estadounidense que padecía epilepsia intratable y sufría severos ataques. Como única alternativa, los médicos decidieron extirparle el hipocampo. La cirugía resultó un éxito. HM no volvió a tener convulsiones, pero enseguida los médicos descubrieron que era incapaz de generar memorias episódicas nuevas. Podía recordar la mayor parte de su vida previa a la operación, pero a partir de ese día, ninguna narrativa nueva. Ni las películas, ni las conversaciones, ni los varios encuentros que tuvo con sus doctores, quedaron registrados en su cerebro.

Sin embargo, podía recordar entrenamientos nuevos relacionados con la memoria procedimental (aprendió a dibujar una figura mirándola en un espejo).

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Como cuenta el Doctor Eric Kandel, premio Nobel de Medicina, en su libro Principios de neurociencia, este caso ocurrido en los años ’50, resultó fundamental para entender, entre otras cosas, que los circuitos cerebrales que sirven de base a la memoria procedimental, la episódica y la declarativo-semántica, aunque interconectados, son diferentes.
Claro que el caso de HM es único. Es muy difícil realizar experimentos con humanos para poder dar cuenta de las bases moleculares de la memoria y afirmar sin lugar a dudas cuáles son las proteínas que intervienen en esos procesos.

¿El NF-kB habrá sido el responsable de que el accidente con el fuego haya quedado grabado en algún lugar del cerebro de Betina González? No podemos saberlo.
La escritora insiste: en el fondo, se niega a aceptar que todo sea una mera cuestión de proteínas. ¿Todo? ¿Incluso el olvido de un detalle tan importante como el del juguete que escondía esa niña en su mano izquierda?

Freudenthal, con un tono bastante didáctico, aclara que una cosa es olvidar y otra es filtrar. Cuando hablamos, escuchamos al otro, pero para hacerlo filtramos otras conversaciones, otros estímulos visuales y olfativos del ambiente. Aprender es también descartar: no cargar la memoria con información irrelevante.
“Pero el juguete es relevante”, protesta ella, aunque sabe que ésa es una cuestión más apta para Freud que para Freudenthal, que la mira divertido. A modo de venganza, la escritora le pregunta al científico cuál es su primer recuerdo. Por supuesto que él no piensa contestar tremenda pregunta. Sonríe, da un largo rodeo y, en cambio, le cuenta la historia de Jill Price: la mujer que puede recordarlo todo.

 

El olvido necesario

 

Hasta 2008, Jill Price, una mujer de 42 años, fue simplemente AJ, las iniciales con las que un equipo de neurocientíficos de la Universidad de California en Irvine describió su caso en un artículo que sentó las bases para estudiar la hipertimesia, un trastorno caracterizado por la capacidad extraordinaria de recordar hechos del pasado autobiográfico. Quienes lo padecen evidencian un aumento de la función de evocación de la memoria. Sus cerebros son exactamente iguales a los de cualquier persona, pero ellos son incapaces de olvidar.

Jill Price puede recordar cada detalle de su vida desde que tenía catorce años hasta la actualidad.”Cada detalle” quiere decir que Jill sabe, por ejemplo, qué día de la semana era el 20 de abril de 1991, qué desayunó esa mañana, y qué hizo el resto del día. También puede recordar con exactitud cada insulto, cada humillación, cada miseria de sus últimos veintiocho años. “Algunos creen que esta habilidad es un don. Yo digo que es una maldición. Mi vida es como una película sin pausa proyectada todo el tiempo en mi cabeza, a veces creo que voy a volverme loca” declaró en 2008, año en que publicó el libro The Woman Who Can’t forget.

Los científicos creen que la hipertimesia se desencadena por algún trauma. En el caso de Jill, fue una mudanza. En el caso de Funes, el memorioso, fue la caída de un caballo. A diferencia de lo que le pasa al personaje de Borges, para Price poseer memoria total no implica extraviarse en lo inmediato, o perder la capacidad de pensar pero sí tener en la cabeza una especie de pantalla de TV dividida: en una ocurre el presente, en la otra, el pasado se revive todo el tiempo. Quizás por eso, Jill y otros pacientes de su tipo son también coleccionistas compulsivos: como si guardar objetos que refieren a episodios concretos -un ejército de muñecas, una caja llena de programas de teatro- lograra hacer de esa doble vida de la mente algo menos fantasmal.

La angustia de alguien con ese trastorno es comprensible: el olvido también es necesario para sobrevivir. En el caso del recuerdo infantil de la escritora, Freudenthal sugiere la posibilidad de que, al reprimir el detalle del juguete, la niña, en realidad, se haya protegido de algo. “En ese caso, lo vital era olvidar ese detalle, no almacenarlo”, concluye, ya de vuelta en el laboratorio en el que a veces pasa más de diez horas al día.

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¿Qué es la evocación? Para la ciencia, refiere a un momento muy específico: aquel en el que un estímulo (los más poderosos son los olfativos pero también puede ser la visita a un lugar ya conocido) dispara la reconsolidación de una memoria al volver a traerla a la mente. Es decir, la reconsolidación constituye ese momento en el que se provoca la reactivación un recuerdo gracias a un estímulo que la vuelve a traer a la mente. Una vez que esto sucede, el recuerdo ya almacenado pasa a un estado lábil durante el cual la memoria se puede mantener, fortalecer o modificar. Es por eso que puede decirse que evocar es abrir la memoria.

¿Pero la evocación no puede ser también voluntaria? Cuando extrañás a alguien, por ejemplo. O en películas románticas o en el caso de heroínas como las de Jane Austen, sentadas frente a una ventana y concentradas en reproducir al detalle el rostro de cierto caballero. Depende. La gran mayoría de los estímulos son sensoriales. Aunque pensamos y vivimos sólo a través del lenguaje, todo lo que almacenamos en nuestra memoria es una representación de lo que alguna vez nos llegó a través de nuestros sentidos. Una única palabra puede desencadenar una avalancha de recuerdos. Cuando un estímulo (un perfume, una canción, un nombre) desata la evocación, se activan varias memorias. Y nada de eso depende de la voluntad o de la importancia de nuestros sentimientos. De ahí, el necesario olvido.

 

 

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El olvido es, entonces, la contracara de la memoria. Pero no es lo mismo que la amnesia. ¿Una vez que se genera una memoria, es posible modificarla o eliminarla? Esta pregunta es la que conduce la segunda fase del experimento de Freudenthal con cangrejos y que lo llevó, en una etapa posterior, a tratar de replicarlo en ratones. Ya identificado el NF-kB como aquella proteína que interviene en el proceso de consolidación de memorias a largo término, el próximo paso fue el de observar qué ocurre si se interfiere con ella, es decir, si se interrumpe la síntesis proteica que desencadena.

Los resultados muestran que si se inyecta a los cangrejos un inhibidor del NF-kB antes de la evocación, se afecta la retención. De hecho, se comprueba que al realizarse esa inhibición de la síntesis proteica durante la fase de reconsolidación, , la memoria puede eliminarse, produciéndose amnesia. ¿Cómo se comprueba esto? Simplemente al observar que, dos días después de recibida esa inyección, los cangrejos dejan de exhibir el comportamiento previamente asociado a esa experiencia: los que habían “aprendido” que la sombra era inocua, ahora vuelven a huir ante su aparición.

Antes de saltar a concluir – como en una novela de Philip K. Dick- que, gracias a este descubrimiento, en un futuro nuestros malos recuerdos, nuestras fobias y traumas podrán ser farmacológicamente borrados, hace falta aclarar que las memorias de miedo generadas en el Chasmagnathus dependen de un estímulo muy simple y distan mucho de la complejidad que implica una experiencia traumática en un ser humano. Para aclarar este punto, Freudenthal y González conversan con Romano sobre los experimentos de extinción de memoria realizados con humanos en Estados Unidos. El investigador principal del Conicet es un hombre delgado, moreno y muy serio, que en ese momento se encuentra en el “laboratorio húmedo”(el sector donde están las cubas de electroforesis y otras máquinas). Romano explica que hay que manejarse con extrema cautela antes de proceder a extrapolar resultados de investigaciones con animales a nuestras experiencias. Los experimentos con extinción de memoria realizados en hombres y mujeres son todavía muy básicos y bastante más cercanos a lo que hacía alguien como Pavlov que a lo que ocurre en las historias de ciencia ficción en las que a los protagonistas les implantan memorias falsas o les borran los recuerdos. De hecho, se parecen bastante al “tratamiento” que recibe el protagonista de La naranja mecánica.

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En el caso que relata Romano, se expone a varios sujetos a un estímulo, por ejemplo, un círculo amarillo que aparece de tanto en tanto en la pantalla de una computadora que muestra una secuencia de imágenes. A ese círculo se le asocia un malestar o un dolor: cada vez que aparece en la pantalla, el sujeto recibe una pequeña descarga eléctrica en un dedo. Una vez que se repite la asociación del círculo amarillo con el dolor, se ha creado una memoria: cuando aparece la figura, los pacientes exhiben un aumento en la sudoración que equivale a decir que anticipan (o que temen) la descarga. En la fase de reconsolidación, se vuelve a exponer a los sujetos al círculo amarillo pero esta vez no se les da la descarga eléctrica. Esta corta reexposición (unos minutos) implica la apertura de la memoria: los sujetos dejan de exhibir la reacción de estrés frente al círculo (medida como la ausencia de sudor en las manos). Se puede decir, entonces, que la primera memoria se ha extinguido.

Claro que una cosa es extinguir la memoria de una figura asociada a un dolor y otra es borrar una fobia o una experiencia traumática almacenada en el cerebro. Las memorias que producen patologías como el estrés post-traumático están asociadas a muchos estímulos, no a uno solo, como en el caso de estos experimentos. Cuando alguien sufre un ataque, hay decenas de ruidos, olores y colores que van a quedar inscriptos en el recuerdo de ese trauma, por lo tanto sería muy difícil aislar cada uno de los estímulos asociados a ese mal recuerdo para proceder a “borrarlo”.

Con esta explicación, Romano vuelve a los becarios y a las máquinas en el laboratorio húmedo. Freudenthal y González salen del Pabellón Dos y bajan al parque que rodea a Ciudad Universitaria. Antes de irse, ella le pregunta si piensa que sus descubrimientos tienen o tendrán alguna vez una aplicación directa a los humanos. Una chispa pasa rápida por los ojos cafés del biólogo, se encoge de hombros y dice:”Al principio, la teoría de la relatividad tampoco tenía una aplicación directa a nada. Era una investigación en ciencia básica. Y sin embargo…”. En esos puntos suspensivos que cierra con una sonrisa, queda también en suspenso una reflexión sobre la pasión inherente al trabajo del científico. Si algo comparten un biólogo y un viajero o un explorador es la ambición de llegar adonde nadie antes ha llegado. Más allá de las posibles aplicaciones a la biomedicina, para Freudenthal, entender cómo funciona la memoria es, en sí misma, una pregunta lo suficientemente fascinante.

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Con esa respuesta tan vehemente, Betina González se despide y deja atrás el edificio de Exactas. Es una tarde de primavera anticipada y el sol ya está cayendo. Los alumnos van y vienen por el campus, algunos toman sol en el pasto. Hay ciruelos o durazneros en flor. “Y seguramente todo esto” -piensa ella con cierta melancolía- “ni siquiera quede registrado en mi memoria” (la escritura es siempre una lucha tenaz contra esa certeza).

Es entonces que, vaya a saber porqué estímulo, cree recordar cuál era el juguete que atesoraba en su mano izquierda esa tarde de invierno, parada frente a la estufa de la casa de sus padres. Está casi segura de que era uno de esos muñequitos que venían dentro del chocolate Jack. De hecho, casi podría decir que el plan secreto de la niña -el que convenía a la historia que imaginaba- era el de echarlo a las llamas. Quizás incluso lo haya hecho. Pero no puede afirmarlo “a ciencia cierta”. Se consuela pensando que Freud sostenía que, a los efectos de la constitución de nuestra psiquis, las fantasías son tan potentes como los recuerdos y tienen absolutamente la misma validez. La escritora sonríe y sigue caminando rumbo a la parada del 28. Piensa que Freudenthal probablemente discutiría la afirmación del fundador del psicoanálisis. Pero para ella equivale a la restauración del equilibrio en el único universo que le importa: el de las palabras. 


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