Una zapatazo de treinta y cinco metros, un jugador convertido en leyenda y un camarógrafo que registró la hazaña que se convertiría en un precursor del gif viral. Con la precisión del cronista y la obsesión del racinguista, Alejandro Wall pone al gol del Chango Cárdenas bajo el microscopio para entender por qué esos siete segundos filmados hace 50 años se convirtieron en el mito fundante del fútbol televisado.



Durante treinta y cinco años, los hinchas de Racing tuvimos que agarrarnos con ganas a siete segundos de filmación en blanco y negro, el gol del Chango Cárdenas, quince segundos si seguíamos mirando hasta el festejo, una cinemática de nuestra épica. El gol del 4 de noviembre de 1967 en Montevideo, hace cincuenta años, lo tuvo todo. La zurda, el vuelo de la pelota, el vuelo del arquero, los mitos que lo rodeaban, la épica por tener un público hostil, y el hecho maldito: el gol como fin de fiesta, o como inicio de una desgracia.

 

Al gol del Chango Cárdenas le sigue una evaporación; como si se hubiera tratado de una poción mágica, todo lo que vino después fue la nada, un desierto en el que se caminaba y se caminaba y se caminaba y siempre se llegaba al mismo lugar, a ese trozo de cinta que escondía también una perversión. Pasado un tiempo que podía considerarse prudencial, dos décadas, tres, ya no había hincha de Racing que no quisiera dejar de verlo. Darle un descanso. Porque aunque se tratara de un episodio sublime para el club, el tiempo se había encargado de caricaturizarlo. Estabas ahí, mirándolo, y te recorrías la insustancia de los setenta, el descenso, la quiebra, los partidos que te dieron vuelta. El resto en colores y vos atado a un loop sepia.

 

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El gol sirvió como una vía de escape para esos años, un atajo para los que acumulábamos online la deuda del presente. En casa había un disco del Racing campeón del mundo con relatos de José María Muñoz que mi viejo cada tanto lo ponía. Recuerdo la voz de Muñoz, más joven que la que yo conocía, más nasal pero honda, y ese grito estomacal con el que hizo carrera. Una cosa que me fascinaba del relato de Muñoz era que no decía “goooooool de Racing”, sino “goooool argentino”, una especie de sinécdoque futbolera. El grito de Muñoz enhebraba, como era su especialidad, cierto orgullo nacional con Racing. Lo llamaba campeón de América, campeón argentino, cosas que además nadie podía decir de Racing en los ochenta y los noventa, durante tanto tiempo, al menos mientras daba vueltas el disco. Y entonces nos decíamos a nosotros mismos y se lo decíamos a los demás que habíamos sido campeón del mundo con un gol de mitad de cancha, aunque el gol hubiera sido a treinta y cinco metros del arco. No importaba. Éramos todo lo totalizante posible porque el hueco a tapar ya se parecía a un abismo.

 

Pero el gol del Chango no es un gol relatado, no es un gol de radio: es un gol televisado, una anomalía de la época. Es un gol que, visto ahora, inaugura sin quererlo la reproducción continua, una vanguardia de You Tube. Durante los treinta y cinco años en los que se lo repitió duro y parejo por televisión no hubo link para compartir por Whatsapp, no hubo forma de postearlo en Facebook o Twitter y, sin embargo, el gol del Chango fue el primer gol viralizado de la historia. Una viralización analógica que consistía en pasarlo no sólo en cada aniversario, sino bajo cualquier excusa o circunstancia en la que se hablara de Racing. O de los sesenta, incluso como contexto, como marca de agua de la época. Y como toda viralización en algún momento deja de funcionar. La repetición del zurdazo rompió el juguete que nos entretenía, el que nos hacía más leve la espera de un campeonato.

 

Por eso también es un gol que excede al racinguismo aunque le pertenezca como a ninguno. Algo así: el gol más racinguista se convirtió en una reliquia del fútbol y, en particular, del fútbol televisado. Y ahí entra escena el otro héroe del gol. El artista principal es el Chango Cárdenas. El otro es un héroe anónimo, como lo llamó Roberto Fontanarrosa. “Creo, pese a todo, que la fama de aquel Racing histórico, la leyenda sobre aquel equipo que nos contagió a todos, se debe a un héroe anónimo, a un héroe civil, desconocido. Y es el cameraman que siguió la trayectoria de aquella pelota inconcebible del Chango Cárdenas en el gol único y definitorio de la final contra el Celtic, otra vez en el estadio Centenario. Porque aún hoy, con los adelantos técnicos, con la mayor experiencia que tienen los hombres de la televisión, en esos pelotazos largos y sorpresivos que no provienen de tiros libres sino de balones en juego, la cámara suele perder la trayectoria de la pelota quedándose un instante de más con el jugador que patea. Cuando la cámara, finalmente, alcanza la pelota, en muchas ocasiones ésta ya está en la red, el arquero se revuelca sobre el césped y la gente grita como loca. Pero aquel prócer televisivo que nos traía el partido hasta el televisor en la casa de Fernando y que contaba tan solo con una cámara, tan única y vital como el gol definitorio, se prendió al vuelo interminable de esa pelota desde la partida en el empeine zurdo del Chango hasta el ángulo superior derecho de Fallon sin perderla ni un instante. Nunca largó esa pelota, manteniéndola siempre en el centro del cuadro, como focaliza un cazador a su pato, hasta que la bola se metió allá arriba y nos hizo estallar a todos en el living de la casa de Fernando, conscientes de que estábamos gritando un gol histórico”.

 

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Fontanarrosa recordaba la transmisión del partido. Aunque hay una versión que publicó ese mismo día en su edición vespertina el diario Crónica. “Acusa Canal 7: canales privados le sabotearon la transmisión”, fue el título de la nota en la que cita al entonces jefe de deportes de la emisora, Horacio Aiello. Ahí cuenta que a las 16, la hora del comienzo del partido, sobre 66 televisores encendidos, 57 sintonizaban el 7. El 2, el 9, el 11 y el 13 tenían una audiencia marginal. Pero la transmisión tuvo problemas. El primer tiempo no se vio, según Crónica, “por razones técnicas”. Después del segundo tiempo, que sí se vio, Aiello explicó que se trató de un sabotaje y acusó al resto de los canales. “Alguien no comprende –dijo- que cualquiera sea el canal que transmita un espectáculo como este está sirviendo al pueblo”.

 

La televisación del espectáculo futbolístico recién comenzaba a carretear en la Argentina. La primera transmisión en vivo se había realizado dieciséis años antes, el 18 de noviembre de 1951, un San Lorenzo-River en el viejo Gasómetro que terminó uno a uno. Y un año antes del partido en Montevideo entre Celtic y Racing, con el Mundial 66, se inauguró la televisación satelital. Pero el negocio del fútbol no había explotado. El servicio de cable, el codificado o el premium sólo podía considerarse, por entonces, dentro de un relato de ciencia ficción. Si se televisaba un partido, la diferencia entre verlo o no en vivo era contar con un aparato: un televisor. El partido de Racing lo transmitió en vivo Canal 7, el canal estatal, algo así como la prehistoria del Fútbol para Todos.

 

Y si hay un héroe camarógrafo, como escribió Fontanarrosa, ese héroe podría ser Héctor López, el enviado a Montevideo por Canal 11. Héctor López tiene 76 años, es hincha de River y está jubilado después de haber trabajado desde los 22 años detrás de la cámara. Empezó en el Reporter Esso y viajó a Uruguay para tomar imágenes que luego se emitirían en el noticiero del 11. Lo que cuenta López del episodio habla de una casualidad.

 

-Fuimos dos cameraman por el canal –recuerda López-. Rey, un muchacho que ya falleció, y yo. Yo tenía que filmar para Inglaterra y él para Argentina. Yo tenía que despachar a Londres. Cuando ocurre lo del gol veo que nadie lo tiene. Fue mucha suerte. Yo estaba haciendo imágenes para compaginar. En esa época te daban tres rollos de tres minutos. Eran rollos de 16 milímetros, blanco y negro. Y vos hacías las jugadas de peligro que vos considerabas. Y después algunas jugadas en el medio. Eso se editaba para el noticiero. Yo estoy haciendo esas tomas cuando agarra la pelota el Chango. Veo que patea, sigo la pelota y es gol. Los demás, tres o cuatro cameraman, no éramos muchos. Como era en el medio, intrascendente, nadie estaba filmando, salvo yo.

 

La pericia de López podría ser una explicación para la existencia del gol. Pero también lo es la determinación de Luis Clur, que era el director del canal y que activó la orden para que el gol perdurara. Cuando el partido terminó, López se fue con los rollos hacia el aeropuerto de Carrasco. Tenía que enviar las cintas hacia Londres. Pero antes lo llamó a Clur.

 

-Soy el único que tiene el gol, ¿qué hago? ¿Lo mando a Londres o lo mando a Buenos Aires?

-No, mandalo para acá después se lo pasamos.

 

La cinta con el gol del Chango Cárdenas viajó a Buenos Aires. Y así se convirtió en el gol más repetido del fútbol argentino en tiempos donde las imágenes de los goles se perdían. Los goles invisibles. No se sabe por qué el gol de Oreste Corbatta a Chile en 1957 es el único que no está de los cuatro goles que hizo la Argentina ese día. Tampoco volvió a verse el gol del Rubén Suñé en la única final que jugaron Boca y River, en 1976. La palomita de Aldo Poy se repite desde 1971 en una imagen de mala calidad, una filmación tenebrosa a un televisor. El gol de Ricardo Bochini a la Juventus por la Copa Intercontinental de 1973 lo encontraron un grupo de socios más de treinta y cinco años después. El gol del Chango siempre estuvo.

 

-No era fácil agarrar los goles –dice López-. No es como ahora que grabás lo que querés. Antes tenías unos pocos rollos. Yo una vez me perdí un gol en la cancha de Boca porque estaba filmando, hubo un penal, y justo se acabó la película. Y tardabas treinta segundos en volver a enhebrar la película, poner el rollo. Cuando terminé de armar la cámara, hicieron el gol.

 

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Como toda gran leyenda, el gol del Chango también tiene otros misterios. Porque no sólo el camarógrafo Héctor López dijo haber sido el único en guardar el zurdazo en una cinta. El director de fotografía Luis Vecchione, con una filmografía que va desde Adiós, Roberto hasta Los bañeros más locos del mundo, también contaba que había sido el único camarógrafo en captar la imagen. Años atrás, el periodista Alex Caniza lo entrevistó para el programa Racing TV. Incluso lo junto con el Chango Cárdenas. López también dice que diez años después del gol, durante una cobertura en México, se encontró con el Chango Cárdenas, que jugaba en Veracruz. Y que de tan contento por haberse topado con el responsable de la perdurabilidad de su obra, hasta le prestó el auto para que pudiera viajar hacia el Distrito Federal. Al mito le faltaba el relato contradictorio, lo irresuelto. Vecchione ya no está para aclararlo.

 

Pudo haber pasado que uno lo filmó para Canal 11 y el otro para el Canal 7, pero lo cierto es que la cinta puso en formol el gol del Chango. Y también lo ubicó en su justa realidad. ¿Qué se diría de ese gol si fuera invisible? Que fue de mitad de cancha –algo que aún se dice- o que fue antes de cruzar el área. La invisibilidad le hubiera regalado otras vitaminas. Y no hubiera permitido su caricaturización, el chiste de que un día el Chango lo va a errar. O la pelota va a pegar en el palo.

 

El gol, además, obturó otros recuerdos de la tarde del 4 de noviembre de 1967, el tercer partido de la serie. Celtic había ganado 1-0 en el Hampden Park de Glasgow. Racing se había llevado el segundo partido, en el Cilindro de Avellaneda, por 2-1. Los escoceces tienen un recuerdo menos idílico del partido en el Centenario. Un libro y un documental recuerdan aquello como La batalla de Montevideo, en la que hubo muchas patadas y cinco expulsados en una época sin tarjetas. Los hinchas del Celtic todavía recuerdan que su equipo pudo haber pedido la nulidad del partido en Avellaneda, como lo remarca en su autobiografía John Fallon, el arquero escocés que hace un vuelo imposible para evitar el gol del Chango. Fallón, un arquero que no usaba guantes, también fue un producto de la casualidad. O de un incidente. En Avellaneda, al arquero titular, Ronnie Simpson, le rompieron la cabeza con un proyectil. Hay dos versiones: que fue un piedrazo o, como sostienen algunos periodistas de Escocia, que fue una barra de metal. Pero Simpson no pudo jugar. Entró Fallón, que en Montevideo quedó hecho una postal ajena. Para darse una idea de lo duro del partido, un chiste publicado en Crónica por Basurto mostraba a un jugador del Celtic diciéndole a un periodista: “Nosotros creíamos que en caso de empate se definía por “patada average”. Y el mismo diario hace un minuto a minuto de las faltas: “Crónica de una guerrilla”.

 

Pero el partido quedó reducido a lo gigantesco del gol, su repetición como gif, y su rol vanguardista para lo que sería el fútbol televisado. Fontanarrosa escribió que alguna vez le preguntaron sobre qué había experimentado con la transmisión de la llegada del hombre a la luna. Y que en su respuesta se había olvidado del gol del Chango, de cuánto lo había emocionado y de cómo lo había celebrado, mucho más que los pasos de Neil Armstrong. Fontanarrosa no lo dice pero, además, de Armstrong se dice que era hincha de Independiente. Quizá no lo fuera para la humanidad, pero para Fontanarrosa, sin embargo, era más importante el gol del Chango, la llegada a la luna del fútbol argentino.


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