Para que una nena nepalí se convierta en diosa debe cumplir 32 condiciones físicas: tener pestañas de vaca, pelo y ojos oscuros, muslos de ciervo, manos y pies pequeños, pecho de león y ninguna marca sobre la piel. Para los padres, que su hija sea Kumari es el máximo honor. El cronista chileno Patricio De la Paz, que disfruta de conocer países asiáticos, viajó a Nepal. Allí, estuvo con una de las tres diosas vivientes que hoy existen en ese país: una nena que en once años nunca salió de su casa.



Samita Bajracharya nunca mira a los ojos. No habla con quienes la visitan. Ni demuestra sentimientos. Lo tiene estrictamente prohibido. En público, jamás estallará en carcajadas o se conmoverá hasta las lágrimas. No tiene opción: una chica como ella debe saber de memoria y ejercer sin equivocaciones el estricto libreto de comportamiento que corresponde a su altísimo rango. No es fácil ser una diosa viviente en Nepal. Menos aún con apenas 11 años.

 

Es pasado el mediodía de un martes de fines de enero, y Samita -con rostro inconmovible- está sentada en un trono que le queda demasiado pequeño. Lo usa desde que tenía 7 años, cuando los máximos sacerdotes de Patan, un pueblo en las afueras de Katmandú, la eligieron como Kumari: la reencarnación de la diosa Taleju, la más importante en este país a los pies de los Himalayas.

 

Como cada día desde entonces, hoy Samita está vestida de rojo, el color de la buena suerte y la energía. El color de la celebración.

 

Como siempre desde hace cuatro años, Samita está sola.

 

Y como siempre también, Samita está descalza y lleva los ojos delineados de negro. Con esa raya gruesa y oscura que su madre le dibuja cada mañana, con pulso firme, desde los lagrimales a las orejas.


 

En nepalí, kumari significa virgen. Pero cuando aquí se habla de Kumari con mayúscula, el asunto alcanza ribetes celestiales: se usa para las niñas consideradas la versión humana de la más querida diosa hindú.

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La selección de las candidatas sigue la línea del mix espiritual de Nepal, donde el hinduismo -que profesa el 81% de la población- convive de forma armónica con el budismo. Tanto, que llegan incluso a compartir deidades y hasta lugares de oración. Por eso, a nadie aquí sorprende que las aspirantes a Kumari sean siempre buscadas entre familias budistas, pese a que deben demostrar que en su cuerpo reside una diosa hindú. No sorprende tampoco que luego, ya ungida, sea adorada con idéntico fervor por fieles de ambas religiones.

 

No es fácil convertirse en Kumari. La niña debe cumplir 32 condiciones físicas que los textos tradicionales describen a su manera. Dicen, por ejemplo, que la elegida debe tener las pestañas de una vaca. El cuello de una concha marina. Los muslos de un ciervo. El pecho de un león. La voz de un pato. Además, cabellos y ojos oscuros. Manos y pies pequeños. La totalidad de sus dientes de leche. Y ninguna marca ni imperfección sobre la piel.  

 

El cumplimiento de cada requisito es certificado por un grupo de sacerdotes reunidos en un templo. Los acompaña un astrólogo, quien estudia la carta astral de la seleccionada. El último paso es la aprobación de los padres para que su hija sea Kumari. Siempre aceptan: en Nepal, esto es el máximo honor.

 

La tarea, a partir de entonces, es sin arrepentimientos. La niña diosa empieza una infancia atípica, encerrada entre cuatro paredes, venerada hasta el cansancio, pero sola. Sin poder ir al colegio, sin tener amigos de su edad, sin hacer travesuras. Ni pensar en subirse a una bicicleta o saltar la cuerda.


 

Nadie sabe cuándo comenzó esta tradición. Pero hay una leyenda que intenta la respuesta. Cuenta que los reyes de la dinastía Malla, que gobernaron por 500 años, tenían contacto directo con la diosa Taleju, de quien eran devotos. Hablaban en las noches y ella los aconsejaba durante el sueño. Lo que decía era ley: cada rey seguía sus recomendaciones y le consultaba las decisiones del reino. Todo iba bien hasta una noche del siglo XVII. Por culpa de los celos.

 

La esposa del rey Trailokya Malla estaba intrigada por las visitas nocturnas de su marido a una habitación del palacio, donde lo oía hablar con una mujer. Decidió seguirlo. Y, de improviso, abrió la puerta. Allí lo encontró conversando con la diosa.  Taleju se puso furiosa al ver cómo se rompía su secreto. Antes de desaparecer, le advirtió al monarca:

 

— Desde ahora ya no me encontrarás en persona. Si quieres verme de nuevo, elige a una niña hermosa que cumpla con los 32 signos de la perfección. Adórenla como me han adorado a mí. A través de ella te daré consejos.

 

El rey obedeció de inmediato y encontró a la que sería la primera Kumari de Nepal. Sus sucesores continuaron con la tradición que no se ha detenido en casi 350 años. Hoy, que en Nepal ya no hay reyes pero sí diosas vivientes, las principales son tres: una en cada ciudad que hace siglos constituían reinos independientes y rivales, con monarca propio y su propia Taleju reencarnada. La más importante es la niña diosa de Katmandú, que vive en un palacio en la Plaza Durbar -muy cerca de donde residía la realeza -, al cuidado de una familia postiza. Es la única que no puede vivir con sus padres ni hermanos, y la que debe cumplir con mayor rigor las reglas que la mantienen lejos del mundo. Está también la Kumari de Bhaktapur, ciudad a unos 40 minutos de la capital. Y está Samita, la taciturna diosa viviente de Patan, que este martes de enero sigue frente a mí, esquivándome, con los ojos clavados en un punto fijo de la muralla a mis espaldas.


 

Como Samita no habla, su madre lo hace por ella. Es la voz autorizada.

 

Purna Shova es una mujer amable, de sonrisa fácil, pero muy tímida. Dice lo justo y necesario. Jamás se vanagloria de nada. Ser la progenitora de una pequeña diosa viviente no le ha subido los humos a la cabeza.

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Mientras su hija permanece sentada en su trono en la salita contigua, ella cuenta sinopsis de su historia.

 

—Mi hija fue elegida Kumari en 2009.Cuando nació, nunca imaginé que éste sería su destino. El día que la traje al templo y fue elegida por los sacerdotes, yo estaba muy emocionada. Nunca lo olvidaré. Pero tuve miedo también.

 

¿Por qué miedo?

 

—Porque no sabía lo que vendría después. Gente de todo Nepal empezó a venir a verla.

 

La familia siguió viviendo en la misma casa de siempre, al lado de un templo budista en la calle principal de Patan. La entrada es discreta. Lo único que llama la atención son dos grandes leones de piedra -uno macho; la otra hembra-, que indican que allí dentro suceden cosas relevantes.

 

En esta casa de madera de tres pisos, la niña vive con su madre, quien dedica todas sus horas a cuidarla: buena parte del tiempo se le va en el intrincado maquillaje diario que requiere una Kumari. También con su padre, Kul Ratna, quien es artesano en una joyería; y con su único hermano, Samin, un veinteañero que estudia en la universidad.

 

Los padres y el hermano viven en el piso superior de la casa. Samita lo hace en el segundo: su habitación está a pocos pasos del salón donde sus devotos hacen fila para recibir su bendición y de la pequeña sala con su trono diminuto.

 

Cada día, cuenta la madre, llega hasta aquí un público variopinto de creyentes:

—Hombres que buscan éxito en nuevos negocios; estudiantes que necesitan suerte en sus exámenes; enfermos que requieren fortalecer la salud…

 

A la Kumari de Katmandú le tocan visitas más ilustres que a Samita. Cuando en Nepal había monarquía -duró hasta 2008-,la diosa viviente de la capital le daba la bendición al rey. El monarca se arrodillaba y le tocaba los pies con su frente; luego ella le ponía la tikka roja entre las dos cejas. Hoy lo hace con el Presidente de la República. Y no es que las autoridades políticas no visiten a las otras dos Kumaris: lo hacen, pero con menos pompa y frecuencia.

 

Las Kumaris, cualquiera de las tres, abandonan sus casas en muy contadas ocasiones. Siempre están enclaustradas. Y cuando salen –no más de una docena de veces, generalmente para presidir fiestas religiosas–, no pueden pisar el suelo exterior.  A la diosa viviente de Katmandú se le pone una tela blanca para que camine hasta el carruaje que la paseará por la ciudad. En Patán, donde las sofisticaciones son menos, a Samita la carga su padre en brazos.


 

La educación ha sido un punto sensible en la historia de las diosas vivientes.

 

Metidas entre cuatro paredes, exiliadas del mundo que las venera, más preocupadas de gastar su tiempo en recibir a los fieles o vestirse de riguroso rojo cada amanecer, no recibían formación académica. Y como en general se empieza a ser Kumari muy pequeña –a los 3 ó 4 años de edad–, sucedía que a los 11 ó 12 años muchas de ellas eran prácticamente analfabetas.

 

Las cosas han cambiado.

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Hoy está establecido, de manera obligatoria, que un profesor las visite cada mañana, por tres o cuatro horas. Y que aprendan lenguaje, historia, matemáticas, incluso inglés.

 

Samita no es la excepción. Todos los días, además de los fieles, ella recibe a un maestro del colegio jesuita San Xavier, quien le da lecciones privadas y gratuitas. Las clases son frente al computador que la misma escuela le regaló y que la diosa cuida con esmero sobre el diminuto escritorio que hay en su pieza.

 

—No tiene conexión a internet  —explica la madre, para remarcar la nula contaminación de su Samita con el mundo externo.

 

La habitación de la Kumari de Patan es sorpresivamente sencilla. A diferencia de la diosa viviente de Katmandú, que vive en una palacio construido para ella en el siglo XVIII, en el mundo de Samita manda la austeridad. En su pieza hay una cama de una plaza, sobre la cual se ve una guitarra que la niña adora tocar en su tiempo libre. También un mueble de madera con puertas de vidrio, donde guarda las ofrendas y donaciones acumuladas estos años: hay sobre todo pulseras; todas rojas.

 

Y frente al computador, hay dos dibujos hechos por la diosa.

 

Montañas, árboles y pájaros pintados con trazos infantiles; salidos de la imaginación cándida de quien cumpliendo obligaciones divinas no puede verlos desde hace ya demasiado tiempo.


 

Una Kumari no lo es para toda la vida.

 

Una Kumari deja de ser Kumari en el mismo momento en que deja de ser niña: cuando le llega su primera menstruación. Se supone que entonces, junto con el sangramiento, la diosa Taleju abandona el cuerpo que eligió para reencarnarse. Y la niña, que ya no es considerada pura, vuelve a ser una simple mortal.

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En ese momento, tal como viene sucediendo hace siglos, otra nueva Kumari es elegida; y la antigua debe volver al mundo real que escasamente conoce.

 

Ese regreso es difícil. En su libro “De diosa a mortal”, Rashmila Shakja –Kumari de Katmandú entre 1984 y 1991– cuenta lo duro que fue volver a vivir con sus padres y hermanos, completos extraños para ella. Después de dejar su palacio en la Plaza Durbar y a su familia sustituta, dice, lloró durante semanas. Se sentía ajena a todo. “Mis primeros cuatro días en casa me parecieron cuatro décadas”, escribe. Además, tuvo que aprender las cosas más básicas. Por ejemplo, a usar zapatos: “Era pésima caminando con ellos, y peor aún corriendo. Mis hermanas me decían: ‘Te mueves como un caballo. Luces torpe, poniendo un pie firme sobre el suelo antes de levantar el otro’”.

 

En el colegio, y debido a su retraso en aprender materias mientras fue Kumari, Rashmila debió entrar a un nivel inferior al que le correspondía por edad. A los 13 tuvo que compartir curso con su hermana chica, cuatro años menor. “Se suponía que yo sabía todo, pero de hecho no sabía nada”, dice en su libro. Pese a todo, se siente orgullosa, honrada, de haber sido diosa.

 

Cada cierto tiempo, distintas ONG agitan las aguas: alegan que la institución de las Kumari vulnera los derechos del niño. Que llena a las chicas de obligaciones, y que la infancia no se trata de eso. A mediados del 2006, haciéndose eco de esas críticas, la Corte Suprema de Nepal ordenó al gobierno entregar un informe sobre el tema. Ni esa vez ni nunca se ha llegado a sanciones contra esta costumbre. Y es obvio: la antigua tradición de la diosa Taleju reencarnada en un pequeño cuerpo infantil está metida en el más profundo ADN nepalí.

 

Con esa misma convicción, ex Kumaris se han defendido de los mitos que existen en torno a su figura. Niegan que para ser elegidas y poner a prueba su coraje se las pasee una noche completa entre 108 cabezas de búfalos recién sacrificados. O que sea cierto lo que se comenta de boca en boca: que les cuesta casarse, pues quien desposa a una ex diosa viviente debe soportar la maldición de morir joven, vomitando sangre. “Eso es mentira. Muchas antiguas Kumaris se han casado, han tenido hijos y son felices”, dice Rashmila en su libro.

 

Aunque ella, a los 34 años, sigue soltera.


 

Samita continúa sentada en su trono. A sus pies, las ofrendas. Hay flores, hay puñados de arroz, polvos de colores. Toda la sala huele a incienso y a velas quemadas. La oscuridad aquí dentro es ahora casi total. En Nepal, todos los días hay cortes de luz que duran horas. De eso no se salva ni una diosa.

 

La Kumari hunde su mano izquierda en un recipiente metálico. Saca polvo rojo y me lo deja como un pequeño círculo en la frente. Jamás mira directo; sus ojos ahora están clavados en el piso. Justo sobre sus pies desnudos.

 

Saco de mi bolsillo 300 rupias nepalíes. Son poco más de 3 dólares. Se usa dejarle a la diosa pequeñas cantidades de dinero como agradecimiento. Luego saco la ofrenda que me sugirió Bijaya Neupane, el amigo nepalí que me acompaña, que ha hecho de intérprete en las conversaciones en esta casa y que ahora está arrodillado junto a mí. Le paso a la diosa un chocolate importado, relleno con almendras, envuelto en papel brillante. Ella lo toma con la mano derecha y lo acaricia con disimulo. Estoy seguro que, de haber podido, habría sonreído. Es el único momento de esta calurosa tarde de enero en que esta pequeña diosa infranqueable se presenta como una niña mimada que, feliz, recibe un regalo. Según me contarán luego, algo similar ocurrió una vez que alguien le ofrendó una Barbie de perfecto cabello rubio.

 

Momentos después, en medio de la despedida, cuando ya hemos dejado a la diosa sola en la penumbra, la madre me dirá que se siente honrada por tener a una Kumari en la familia. Pero que últimamente le ha dado por pensar mucho acerca del instante en que su hija deje de serlo.

 

¿Qué piensa exactamente?

 

—En que no sé cómo será su vida, cómo se tomará las cosas… Ella ha estado tanto tiempo aquí dentro, protegida de todo, bendecida… No sabrá cruzar las calles, le dará miedo el tráfico, se va a asustar con las bocinas.


 

Esa tarde calurosa de enero, nadie podía saberlo con exactitud. Pero ocurrió.

 

Me lo contó Bijaya, mi amigo nepalí, quien desde ese día que visitamos juntos a la diosa viviente de Patan ha regresado varias veces a verla. Me lo dijo hace pocos días atrás, con un dejo de pesar.

 

A mediados de marzo, Samita Bajracharya tuvo su primera regla y dejó de ser Kumari.

 

A mediados de marzo, Taleju abandonó el cuerpo de esta niña que recién cumplió 12 años. Ahora, impura, debe vérselas con la vida terrenal.

 

* Fotos: Patricio De la Paz


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