En la Milonga Queer se festejaron la ley de matrimonio igualitario, casamientos, nuevos proyectos de amigos, se bailaron efemérides patrias, se disfrazaron carnavales. Emblema de los cambios ocurridos en la percepción del género y la sexualidad, después de 13 años cerró sus puertas. En esta elegía, Mercedes Liska analiza esas pistas, sus abrazos, la experimentación con los roles, sus vínculos con el feminismo popular. Y explica por qué "la Queer es un testimonio de lo que vino: el tejido de alianza entre mujeres".



Días atrás se lo anunció en las redes: “La actual situación política y económica no es propicia para el mundo milonguero argentino, y la Milonga Tango Queer no es una excepción. Por eso decidimos suspender actividades por un tiempo y dar un cierre a estos años tan hermosos compartidos con una fiesta el próximo martes 22 de mayo”.

 

La milonga Tango Queer tiene casi 13 años de existencia, en el barrio de San Telmo, en Buenos Ayres Club, cuna rockera de lo que antes fue el Teatro Arlequines. Sus días eran los martes. Tuvo una pre-existencia, un proceso de gestación más disperso y de tránsitos que le permitieron encontrar su forma: La Casa del Encuentro, Casa Brandon, Simón en su Laberinto. Casas en todo sentido, de living amplio, abiertas pero de clima íntimo. Lugares donde se arman ideas, se tejen vínculos inesperados. 

 

Una incógnita. El tango queer empezó a existir cuando prácticamente el término no se utilizaba en Buenos Aires, mucho menos se sabía qué quería decir. ¿Tango qué? De entrada caía mal, sonaba extranjerizante. Se trató de un préstamo: tomar la palabra de un inglés lunfardo —un habla de lo plebeyo— que contenía las ambiciones de subvertir el curso de las normas que regulan los afectos, el amor, la amistad, la sexualidad, la identidad. El género. A través de estas apropiaciones los sentidos del propio término también fueron mutando.

 

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Del mismo modo, si hoy está bastante naturalizada la posibilidad de bailar el tango entre mujeres, a comienzos del 2000 era impensable. Hubo distintas iniciativas que fueron de a poco metiendo cuña en el mundo del 2×4, incluso, la primera milonga gay de Buenos Aires fue gestada por varones y se llamó La Marshall.

 

Todavía eran años de lucha por la visibilización de necesidades urgentes y problemas de diverso orden. Fue una militancia de hormiga que implicó el esfuerzo, y los riesgos, de salir de esos livings de la socialización amigable y resguardada de la homofobia. Esta lucha también se libró en el tango, saltando a la yugular de la historia cultural de la argentina moderna montada sobre la heteronormatividad. El tango queer también salió de su living y se situó más cercano  al circuito porteño de milongas, se hizo más visible a costa de sostener el espacio con mucha cintura. Su presencia contribuyó a correr la vara de la percepción social del género.

 

Esto sucedía en años de reordenamiento de la vida nocturna. Los guetos hétero y gay claramente separados e identificables sobre los que se organizaba la socialización en la década del 90´ estaban cediendo, y necesitó de la reconversión de códigos interacción y el abandono de la presuposición de deseos y expectativas. Para las generaciones intermedias no era fácil. La milonga queer, entre otras prácticas y espacios relacionados con la música popular, fue un territorio clave de experimentación y ensayo de nuevos lenguajes trans identitarios, y lo fue ante todo a través de mujeres lesbianas, bisexuales y heterosexuales que permearon estas convergencias. La Queer es un testimonio de lo que vino: el tejido de alianzas entre mujeres.

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Hace década y media el tango queer proponía bailar para transformar y transformarse en un contexto que implicaba tirarse a la pileta, militar la causa desde la flojera: “esta gente sólo quiere divertirse”. Encima, a partir de un símbolo heteronormativo tan potente amenazando devorarse el espíritu carnavalesco de la cultura queer. ¿Cómo encontrar el punto de conciliación? ¿Cómo hacerlo sin apostarlo todo?  El feminismo popular hoy existe, entre muchas otras cosas, porque existió un tango queer.

 

Su funcionamiento como tal, es decir, como una milonga en la que se bailaba con otras pautas, modificando los roles fijos en la danza según el sexo, no involucró solamente a sus participantes sino que reordenó las prácticas de tango en su conjunto. Despertó la discusión, puso el tema sobre las mesas que bordean las pistas de casi todas las milongas de la ciudad, que a mediados del 2000 llegaron a ser muchas. La desnaturalización de los roles generó todo tipo de derivas personales. También contribuyó a que distintas narrativas estéticas incorporen nuevos elementos; empezaron a aparecer escenas homoeróticas de baile del tango entre mujeres en ficciones locales de televisión, llegando a ser el eje argumental de una superproducción del canal de Playboy que se llamó Tango, danza prohibida. La ampliación del erotismo femenino fue rápidamente percibido, recuperado y fogoneado por el mercado erótico heterosexual que siempre encuentra la manera de extraer recursos de las experiencias sociales.

 

También fueron años en los que la Argentina proyectaba un imaginario de desarrollo cultural de cara al mundo. Ser el primer país de América Latina en otorgar derechos sustanciales a las parejas del mismo sexo tuvo una repercusión internacional que fue acompañada de un crecimiento turístico gayfriendly, y buena parte pasaba por la milonga. Paradoja total: el tango, un símbolo cultural de la Argentina que grafica como ningún otro las marcadas atribuciones culturales de la modernidad-mundo, expresada a través de centros que reproducen tradición y centros que producen vanguardia, estos cambios parecían trastocar los términos del intercambio transnacional de saberes y experiencias locales. 

 

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El cierre de la milonga hace tomar conciencia que se pueden perder las tramas de estas microhistorias sociales que fueron hilvanando la vida cotidiana en los bordes de los grandes acontecimientos. Hay que contarlo. Las trabas de este contexto son evidentes y siguen avanzando como una marea que lo atraviesa todo. Es un punto final que moviliza. ¿Y ahora? 

 

Ahora es otro momento. De la lucha colectiva de las mujeres por derechos y reivindicaciones postergadas afloró un movimiento cultural, ávido de creatividad, de nuevas formas de comunicar, de sustanciar la militancia. La música está ahí, acompañando, arengando, integrando. Se hizo mucho más evidente que las ideas también se bailan, que los cuerpos quieren y necesitan participar, decir cosas. Que son las materialidades más certeras de la existencia vital, los lugares que nos orientan hacia el camino del disfrute, o por el contrario, que indican si estamos en otra vía.

 

En el año 2010 se aprobó el matrimonio igualitario y en la milonga se celebró todo el año. Los esfuerzos habían valido la pena y había que festejar a su medida. Fue un tiempo de épicas que dejó huellas imborrables en la memoria de muchxs. En la milonga se compartieron casamientos, cumpleaños, despedidas y nuevos proyectos de amigos, se bailaron las efemérides patrias, se disfrazaron los carnavales de cada año. Cómo olvidarlo.

 

“El tango te espera”, murmura una frase inventada en rincones y pasillos de las noches de Buenos Aires. A las, los y les que habitamos La Queer nos invade la nostalgia. Que sea la oportunidad de un nuevo comienzo.

 

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