Muchos padres no permiten a sus hijos instalar juegos de guerra donde hay sangre, pero prestan la tarjeta de crédito para comprar accesorios en el Fortnite, un juego en el que hay que matar a todos para ganar. Este fenómeno que tiene a futbolistas, músicos e influencers entre sus fanáticos, por los colores, por su impacto social, por la novedad permanente, se parece más a Instagram que a un juego de tiros. Axel Marazzi no para de jugarlo y de pensarlo desde hace tres meses, y lo cuenta en esta crónica.



Salté del colectivo donde habían otras 99 personas y decidí aterrizar en Oasis Ostentoso. Como estaba lejos tuve que planear bastante. Eso me aseguraría no cruzarme con nadie, poder buscar diferentes armas y pociones en el mapa y así quedar mejor preparado para un potencial combate. Caí en una casa con techo de madera, lo rompí con mi pico y me tiré a la habitación, abrí un cofre amarillo brilloso que tenía un M-16 azul, madera y un jugo que me daría 50 puntos de escudo. Bajé las escaleras, agarré una escopeta, abrí la puerta y salí. Escuché pasos en el techo, construí dos rampas que me dieron la altura para poder subir. Ahí estaba el otro jugador corriendo de espaldas. Empecé a disparar. Cuando se dio vuelta y me devolvió los tiros salté mientras seguía disparando. Le pegué varias veces, me agaché después de un salto, apunté y lo maté. Explotó, dejó caer un rifle de ráfaga, balas y una poción pequeña de 25 puntos de escudo.

 

Esta escena es apenas una de las que viví en una de mis más de 300 partidas jugadas al Fortnite, el videojuego que pasó de convertirse en un simple shooter en tercera persona –nombre que se les da a los juegos de tiros– a un fenómeno cultural que logró facturar, incluso cuando jugarlo es gratis y a menos de un año de haber salido al mercado, más de US$1.000 millones de dólares.

 

Lo juegan músicos como Drake, el rapero más exitoso de la actualidad, deportistas como Antoine Griezmann, campeón del mundo con la selección francesa y jugador del Atlético de Madrid, o Finn Wolfhard, protagonista de Stranger Things, entre muchísimos otros. En mayo David Price, beisbolista de los Red Sox de Boston, reveló que había sido diagnosticado con tunel carpiano. Si bien dijo que su hábito de jugar Fortnite no había tenido la culpa, prometió que lo dejaría. El cuerpo técnico de la selección alemana limitó la conexión wifi durante el Mundial para que sus jugadores no participaran de videojuegos online.

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El objetivo del Fortnite es así: 100 personas caen en diferentes puntos de una isla repleta de casas abandonadas, edificios, torres, pueblos fantasmas, bosques y desarmaderos en los que se encuentran armas, escudos y bombas para poder matar a todos los que se crucen escapando de una tormenta que va achicando las proporciones de la isla. El último que queda vivo gana.

 

El estilo de juego –matar a todos y que uno solo quede vivo– se llama Battle Royale y quizás te suene de algún lado. Fue tomado de la novela y película japonesa con el mismo nombre que transcurre en un futuro distópico en la que el gobierno elige una vez al año, al azar, una clase estudiantil de secundaria para llevar a los alumnos a una isla en la que tendrán que luchar entre ellos hasta que solo quede uno vivo.

 

El juego tiene tres modos: solo, vos contra el resto, dúos, para jugar de a dos y squad, de a cuatro. Lo que se hace cuando se aterriza en el mapa después de tirarse del colectivo que transporta a los 100 jugadores es empezar a recolectar armas, que pueden estar en el piso o en cofres brillantes que hacen ruido, jugos que te darán escudo y mayores posibilidades contra el resto de los players. Los materiales son clave. Para conseguir madera, piedra o metal vas a tener que romper diferentes objetos que hay en el mapa (como árboles, autos, arbustos o paredes de casas, entre otros).

 

Lo curioso del Fortnite es que la mayor parte del tiempo quizás no suceda nada. Vas a estar solo o con tu equipo hablando a través del micrófono –clave en este tipo de juegos para indicar de dónde vienen los enemigos– corriendo por el mapa, decidiendo a qué ciudad ir, juntando materiales, agarrando mejores armas y tratando de llenar tu escudo al máximo. De un momento a otro vas a escuchar pasos, tiros, vas a ver construcciones y estarás intentando eliminar a tus contrincantes.

 

Si todo va bien, ese personaje al que le disparabas cohetes explosivos va a desaparecer y en su lugar habrá una decena de ítems esparcidos por el suelo. Son los objetos que ese enemigo tenía encima. Si el eliminado sos vos, la cámara automáticamente se posará en los ojos de quien te eliminó y vas a pasar a ver cómo juega. Tenés la opción de seguirlo y ver qué decisiones toma o volver al lobby para jugar otra partida.


 

No soy fanático de los videojuegos. Tuve mi época de Counter-Strike pero después pasó el tiempo y lo abandoné. Ni siquiera tengo una consola o una computadora que esté preparada para correr los últimos lanzamientos del mercado como muchos de mis amigos. Solo jugué un tiempo al DoTA 2 o algún que otro jueguito para el smartphone que lo usás solo cuando estás esperando aburrido en consultorios médicos o en el transporte público. Pero con el Fortnite caí. Tanto que en mi tiempo libre si no estoy jugando estoy viendo cómo lo hacen otros famosos gamers –chicos y chicas que son jugadores profesionales y viven de eso– a través redes sociales para aprender nuevas tácticas.

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No soy el único. En junio la empresa desarrolladora, llamada Epic Games, reveló que el videojuego tiene más de 125 millones de jugadores en todo el mundo. Y la fiebre por el Fortnite es tan grande que en países como Estados Unidos jugar mal significa quedarse afuera de grupos sociales para los más chicos y adolescentes. Esto, por ejemplo, llevó a que padres tomaran la decisión de contratar a jugadores más calificados para que les enseñaran a sus hijos a ganar.

 

Los bailes del Fortnite son sensación entre los más chicos, hay disfraces que dan más estatus que otros y eso sin contar el insulto de decirle a otro no skin –alguien que no tiene ningún disfraz. El juego, como ningún otro lo logró antes, pudo traspasar las consolas y las pantallas de las computadoras para convertirse no solo en un fenómeno global que mueve cientos de millones de dólares todos los meses, sino cultural. Los más chicos están hablando en las aulas de las nuevas skins que consiguieron, del baile que compraron, de la jugada que lograron, de cómo ganaron una partida o viendo videos en YouTube. Se trata de una experiencia social de la cual es imposible quedarse afuera. No jugar significa ser un outsider de grupos sociales, sobre todo para los más chicos.


 

La pregunta que todos se están haciendo es cómo Epic Games logró semejante éxito si hubo decenas de juegos de tiros anteriormente. ¿Cómo logró convertirse en un fenómeno que atravesó las pantallas tan fuertemente que hay futbolistas que festejan los goles con los clásicos bailes del juego? Una de las respuestas más obvias es que se convirtió en el primer videojuego multiplataforma en el que tanto los dueños de una PlayStation como los de una Xbox, una Nintendo Switch, una computadora con Windows o macOS, un celular con Android o un iPhone pueden jugar al mismo tiempo. Básicamente está disponible para cualquier plataforma del mercado. Pero no es lo único.

 

El juego es completamente gratuito. Cualquier usuario puede descargarlo y empezar a jugar sin poner un centavo. Entonces, ¿cómo logra facturar cientos de millones de dólares mensualmente? Con las compras in-game. Dentro del Fortnite se pueden comprar items cosméticos –como los disfraces o bailes– que tienen como fin solo diferenciar a los jugadores aunque no les dan beneficios. Si alguien gastó dinero dentro de Fortnite, eso no le dará más posibilidades de ganar que a otro que no gastó nada. De ahí viene llamar a alguien no skin.

 

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Quizás el ingrediente secreto, además de los anteriores, sea su novedad constante: el juego se reinventa semana a semana. Los desarrolladores realizan modificaciones en el mapa, agregan nuevas armas, sacan otras, presentan nuevos bailes o skins para vender y nuevos pases de batalla. Estos últimos cuestan US$10 y les dan una diversión extra a los jugadores ya que les agregan premios y misiones (matar a determinada cantidad de jugadores con un arma en particular, buscar ítems en una parte especial del mapa y más). El Fortnite es tan cambiante que parece más una red social a la que entrás para ver las novedades que para jugar.

 

También está el detalle de la construcción. Expertos y fanáticos de todo el mundo aseguran que una de las claves del juego que lo llevó a ser exitoso es que se pueden construir estructuras y hablan del Fortnite como una mezcla perfecta entre un shooter y el Minecraft, otro videojuego que capturó el corazón de los más chicos donde no había un fin específico –juegos de mundo abierto– y en el cual el objetivo es simplemente construir distintas estructuras. En el Fortnite la construcción, usada especialmente para protegerse de los disparos de otros usuarios, es clave para poder ganar batallas.

 

Finalmente está el aspecto de los personajes, que están más cercanos a lucir como una caricatura con disfraces de osos panda, dinosaurios o de astronautas, que como una persona real. De esta manera los gráficos son más accesibles. Incluso cuando matás a alguien no lo estás literalmente matando, sino eliminando, su cuerpo se desvanece y es succionado por una especie de aspiradora virtual y vuelve a estar disponible en el lobby del juego, donde el usuario puede volver a jugar una nueva partida. Muchos padres no le permiten a sus hijos instalar juegos de guerra donde hay sangre y escenarios más reales, pero sí al Fortnite porque presenta imágenes más caricaturescas.

 

Los colores, las actualizaciones constantes, lo increíblemente social que puede convertirse con famosos que hablan constantemente de cómo juegan en sus cuentas de redes sociales y la competitividad que hay dentro hace que podamos imaginarlo más como Instagram que como el Call of Duty.


 

Los de Epic Games no son los únicos que están facturando millones gracias al Fortnite. Lo que generó el juego es tan grande que hay gamers que se convirtieron en rockstars. Es el caso de Tyler Blevins, quien tiene 27 años y es más conocido en todo el mundo como Ninja. Ninja es el mejor jugador profesional de Fortnite. Escribir números de followers, de visualizaciones o de personas que siguen a Tyler es un sinsentido porque crecen, literalmente, de a decenas de miles día a día, pero hoy tiene más de 16 millones de seguidores en YouTube y fue el primero en alcanzar los 10 millones en Twitch, una red social de videos de Amazon enfocada 100% a los videojuegos, mientras realizaba streamings en vivo desde el Lollapalooza. En el line up del festival de música más importante del mundo no solo estaba The Weekend, Bruno Mars o los Arctic Monkeys, sino también Ninja. Se estima, porque él no lo reveló de manera oficial, que está haciendo más de US$500.000 por mes.

 

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Ninja, que vive cerca de Chicago con su mujer, hace transmisiones entre 9 y 14 horas todos los días y se convirtió en una sensación. No solo es el mejor jugador de Fortnite, sino también un pibe que entendió perfectamente el mundo del entretenimiento. Aparece con el pelo teñido de diferentes colores, baila, hace imitaciones en cámara mientras corre por el mapa matando a otros usuarios que aparecen adelante y habla con algunos de sus amigos más como si se tratara de un programa de radio o un podcast que de un videojuego. Todo mientras lee mensajes de quienes miran su transmisión y le hacen donaciones.

 

Una de las anécdotas más famosas en el mundo del Fortnite sucedió cuando Ninja jugaba una partida en equipo con el rapero canadiense Drake. El cantante había muerto y el gamer todavía estaba vivo matando contrincantes. En un momento, antes de terminar la partida, Drake le dijo que le donaría US$5.000 si la ganaba. Ninja lo logró sin mosquearse. Nada mal por unos 20 minutos de juego.

 

Con más de US$1.000 millones de ganancia en un año, 125 millones de jugadores en todo el mundo, después de fanatizar a decenas de músicos, deportistas y actores y habiendo creado una movida que ningún otro logró antes, el Fortnite cambió el paradigma de los videojuegos y atravesó las pantallas para convertirse en un fenómeno cultural sin límites.

 

Nos vemos en la isla.


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