Con menos de 30 años, la fundadora y decana del Instituto de Tecnología Nuclear Dan Beninson de la UNSAM, Carla Notari, se convenció de que trabajar en la tecnología de las centrales nucleares era una buena forma de contribuir a la Patria. En los cuarenta años siguientes optimizó la eficiencia del uranio como combustible y desarrolló esa tecnología para que se aplique en Atucha I, la primera central nuclear de América Latina. Perfil de una científica que sueña con que los conocimientos se transmitan y los jóvenes vayan más allá que sus maestros.



Fotos: Pedro Roth

 

El 1 de agosto de 1969, en un ambiente oscurecido por la Noche de los Bastones Largos, en el pabellón I de la Ciudad Universitaria, Carla Notari recibió el diploma de Física. Tras la intervención impulsada por la dictadura de Juan Carlos Onganía, muchos de los profesores con los que había empezado a cursar habían renunciado. Frente al estrado, a Notari le dieron tres opciones para jurar por su profesión: “por Dios”, “por Dios y la Patria”, o “por la Patria”.

 

Con apenas 23 años, tuvo un gesto de severidad y desprecio por ese contexto de hipocresía institucional. Había ido junto a Hugo Perl, otro egresado, su novio de entonces, su marido ahora. Cuando recibió el diploma no lo dudó, se prometió servir al país y traducir sus conocimientos en un bien social, muy lejos de lo que se estaba viviendo ese día.

Juró por la patria.


 

El 24 de junio de 1974, Notari se convenció de que trabajar en la tecnología de las centrales nucleares era una buena forma de contribuir a la Patria. Ese día en Zárate, Atucha I, la primera central nuclear de América Latina, empezó a abastecer de energía al sistema eléctrico nacional. Ella, con menos de 30 años, llevaba cuatro años como investigadora del área de reactores de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Era una investigadora joven. Ya estaba casada y había tenido a uno de sus tres hijos. Pero empezaba a pensar en grande, a tener una lectura global del tema. Decía que el uranio, la materia prima y combustible de los reactores, estaba muy distribuido en la corteza del planeta tierra, algo que no pasaba con el petróleo. Lo entendía como un recurso más democrático. También sabía que una central podía instalarse en cualquier parte, en zonas sin vientos o grandes cursos de agua, como se impone en las centrales eólicas o hidroeléctricas.

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No quería hacer ciencia básica, como acostumbraban hacer los físicos de esa época. Quería trabajar en la aplicación tecnológica de lo que teorizaba la mayoría de sus colegas. Decía, como lo dice hoy, que lo más difícil de desarrollar y de sostener en el tiempo son las ciencias aplicadas. Porque es ahí donde se compite realmente con países que son vendedores de tecnología.


 

Hermética con su vida personal y extremadamente humilde con sus logros de investigación, dice que su familia son su marido y sus hijos de 42, 37 y 35 años. Martín, Mariano e Irina, que la convirtió en abuela. Ninguno de ellos es físico. A la hora de responder es enigmática: concisa, breve, puntual. En cada foto en la que aparece cuando se la googlea, sin importar que entre una y otra hayan pasado cinco o diez años, tiene el pelo ni muy corto ni muy largo; hasta el cuello y prolijamente peinado. Resalta sus labios apenas, con un rosa seco y pastel. Usa aros dorados pero discretos y que hacen juego con un único anillo del mismo tono. Mira a los ojos ante cada pregunta y asiente con un pestañeo. No duda al contestar. No usa la vacilación como un recurso de jactancia reflexiva. Contesta rápido, sin adornar las respuestas y manteniendo la misma posición corporal. 

 

¿En la Primaria era buena alumna?

 

—Sí.

 

¿En la secundaria?

 

—También.

 

¿Era de sacarse 10?

 

— Sí.

 

¿Fue abanderada?

 

— Sí.

 

¿En qué año?

 

— Del primero al último.

 

¿Qué notas tenía?

 

— Tenía notas horriblemente altas. Un 10 de promedio.

 

Y en Exactas, ¿cómo le fue en el primer examen?

 

— Un 98 sobre 100.

 

¿Y con qué promedio terminó Física?

 

— Casi 9.

 

¿Disfrutaba esas notas?

 

— Sí, pero no era algo que yo buscaba especialmente. Supongo que uno entra en esa variante de ser muy estudioso y tener resultados, de que los compañeros te reconozcan. Supongo que te masajea bastante el ego. Así que debía gustarme bastante.


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En 2012, escribió la novela De vidas y vueltas, que publicó en Dunken.

 

“El amargor que lo acosaba desde hacía un rato empezó a imponérsele. Una carga en el pecho lo hundía en el asiento con la sensación de pesar una tonelada. Lentamente se dibujaba una imagen esmirriada y pálida que lo sacaba de sus elucubraciones o que era, más bien, el corolario. Lo abrumó la certeza de que vivía obsesionado por la inteligencia”. 

 

— Yo no estoy detrás de personaje alguno, pero todos tienen algo de mi experiencia de vida —dirá después.


 

Cuando la última dictadura militar argentina decidió encargarle a Alemania la tercera central nuclear, Atucha II, como todos los investigadores que apostaban a una utilización pacífica de la tecnología nuclear, Notari desconfió. Argentina no había firmado el tratado de no proliferación nuclear, un acuerdo global para restringir la posesión de armas nucleares. Esto impedía concretar la elección obvia, después de la segunda central adquirida a Canadá era lógico continuar con otra de tipo similar. Pero Canadá exigía la firma del tratado y como el otro oferente no lo exigía, Alemania resultó el proveedor elegido. No obstante y más allá de las intenciones últimas del gobierno militar, lo cierto es que no había (ni hay) antecedentes de explosivos nucleares fabricados a partir de material proveniente de centrales comerciales.

 

Hace poco más de dos años, el 3 de junio de 2014, Atucha II empezó a alimentar la red con energía suficiente como para abastecer a 4 millones de personas. Paralizadas durante el gobierno de Carlos Menem, las obras en la tercera central del país se reanudaron en 2006 con un desembolso millonario que le permitió a la Argentina completar las instalaciones con mucho menos injerencia de empresas extranjeras.

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A veces Notari piensa en las cifras abultadas que son necesarias para seguir adelante con ciertas investigaciones, sobre todo las vinculadas al manejo de las tecnologías nucleares. Es un planteo interno al que no le encuentra una respuesta científica. No puede explicar si es mejor sacar a la gente de la miseria en lugar de invertir tanto en ciencia. Ya le pasaba de chica, cuando al escuchar las cifras que se invertían para que el hombre llegara a la Luna pensaba en la gente que se muere de hambre en Africa. Dice que esos son problemas existenciales difíciles de resolver para alguien que no cree en Dios. Para alguien al que le cuesta encontrar motivos para creer en Dios. Pero tiene un antídoto que no falla.

 

—Lo que me importa y me parece relevante es la idea de trabajar por tecnología que se traduce en bienes sociales. La energía es indispensable para el desarrollo industrial, para producir trabajo, para que la gente viva mejor.

Hoy las tres centrales nucleares ya producen casi el 6 por ciento de toda la energía eléctrica que se genera en el país.


 

“Cuando puedas andate de ahí. Ese lugar es un antro que todavía esconde el proyecto dorado de los milicos. Y aunque así no fuera, ¿para qué sirven las plantas nucleares? ¿Para cargarnos de basura que nos va a hipotecar el futuro? El argumento de su amigo no la convencía, pero resonaba con sus propias dudas y cuestionamientos”.


 

Su currículum llena catorce páginas. Al final de los posgrados avisa que la actualización es de junio de 2015. Y no es un formalismo, es la referencia para determinar si necesita una reedición. Porque a los 70 años, sigue sumando antecedentes.

 

—En general digo que soy física. Es la caracterización más primaria que se me ocurre.

 

Después de hacer la Primaria en el colegio Vélez Sarsfield de Munro y la Secundaria en el Instituto General Belgrano de Ituzaingó, se recibió de licenciada en Física en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Hizo una carrera canónica: se graduó en cinco años. Detrás vendrían cuatro décadas de investigación y desarrollo en la CNEA y diez años como fundadora y decana del Instituto Dan Beninson, uno de los tres lugares del país donde se puede formar un especialista en tecnología nuclear. En eso anda hasta hoy.


 

“Se presentaban papers que pretendían explicar comportamientos sociales con modelos físico-matemáticos y se discutía el rol social de la actividad científica. Mientras el taxi entraba a Ciudad Universitaria tuvo una sensación súbita de cansancio e inutilidad de todo. ¿Ellos realmente creían que esto que hacían les serviría para algo? ¿Pensaban que el país saldría adelante con su colaboración?”.


 

La esencia de una central nuclear sucede en el núcleo del reactor. El de Atucha I es de aproximadamente cinco metros de diámetro y paredes de acero de veinte centímetros de espesor. Ahí adentro ocurre de manera controlada un fenómeno físico: un átomo muy pesado, el uranio, se parte en dos cuando es bombardeado por neutrones, que son partículas muy pequeñas que conforman el átomo. En ese proceso, además de los dos fragmentos en los que se divide el átomo, se liberan dos o tres neutrones que a su vez golpean otros átomos de uranio. Ese proceso, llamado fisión, produce una enorme cantidad de energía. Y esa energía es la que sirve para calentar el agua, generar vapor y alimentar una turbina que produce electricidad para la red. Todos esos pasos están a su vez aislados del ambiente por una esfera de contención de hormigón, el aspecto más característico de las centrales nucleares. El más superficial.

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La oficina de Notari está dentro del Centro Atómico Constituyentes, en la localidad bonaerense de Villa Martelli, donde hizo casi toda su carrera de investigadora y donde pasa gran parte de su tiempo como decana del Dan Beninson, que depende de la Universidad Nacional de San Martín. Su oficina es inmaculada, no hay huellas de su mundo personal. Apenas una crema Nivea para manos sobre una de las dos bibliotecas repletas de libros sobre reactores nucleares, la mayoría escritos en inglés. Usa como portalápices una caja vacía de chocolates suizos Lindt, una pista de sus continuos viajes como miembro asesor del directorio del Organismo Internacional de Energía Atómica.

 

Sentada en su oficina, con la comodidad que le da un escritorio que ocupa hace diez años y al que siente como parte de su casa, Notari narra algunos momentos de su vida y sin darse cuenta, a lo largo de una charla de más de dos horas, marca algunos aspectos de una personalidad reservada. De chica, para jugar le gustaba disfrazarse. Cuando era joven y estudiaba en Exactas, se arreglaba pero era tímida y trataba de pasar desapercibida. En la elección más importante de su vida, pesó mucho la opinión de su padre. Para él era muy importante que su hija estudiara y a Notari le gustaba responder a ese estímulo. Por eso, cuando dudaba entre seguir Medicina o Física, su papá volcó la balanza.


 

Sus padres eran italianos y se conocieron en Alemania: los dos eran prisioneros de los nazis. Su papá, obligado a formar parte del ejército italiano, fue apresado en Yugoslavia cuando Italia dejó de ser aliado de Alemania. Y su mamá, huérfana, fue detenida en Milán y trasladada a un campo de prisioneros en donde la obligaban a cocinar para los operarios de una fábrica de aviones. Los dos terminaron en distintos campos de prisioneros en Alemania. Pero se conocieron durante las salidas que los nazis les permitían tener. Cuando fueron liberados, se casaron en Italia. En 1948 su padre viajó a Buenos Aires para preparar el desembarco de la familia. Notari, con tres años, vino con su madre, un año después. 

 

—Mi papá, que no había terminado el secundario, era muy intelectual y quería que estudiara. Hasta de grande siguió leyendo revistas italianas. Su periodista favorito era Indro Montanelli. Yo sabía que él consideraba que era mejor que estudiara Física. No sé exactamente por qué pero creo que pensaba que medicina era muy sacrificado para una mujer.

 

Ya en Buenos Aires, su papá abrió un corralón de materiales y de eso vivió toda la familia. Sobre la historia de sus padres, Notari escribió una segunda novela. Y tiene otras dos inconclusas. Escribe por las noches, en la cocina, el corazón de su casa de Martínez. Cuando se le termina la inspiración, se acuesta y duerme entre seis y siete horas junto a su marido, al que admira por su lealtad y dedicación, su visión de los problemas y la habilidad para proponer soluciones prácticas. Lo ama por “muchas cosas”. A veces se pregunta por momentos felices y enseguida rememora el nacimiento de sus hijos.

 

Y se duerme.


 

“Cuando uno es joven piensa que puede cambiar al mundo entero. Es uno de los tantos mitos que los años disuelven. Pero nada es definitivo. Siempre queda lugar para una vuelta de tuerca. Si un viejo como yo puede plantar todo y empezar de nuevo…”


 

Además de ser la secretaria académica del instituto Dan Beninson, Ana María Lerner es la mejor amiga de Notari desde hace 52 años. Se conocieron en Exactas. Eran parte de un grupo de seis alumnas con muy buenas notas. A los 19, soñaban con ser alguien que dejara algo que le sirviera a la gente. A los 23, cuando se recibieron y juraron por la patria, querían hacer algo útil con la ciencia aplicada a las tecnologías.

 

En la CNEA compartieron dos décadas de trabajo y en el Dan Beninson los últimos diez años. Todas las mañanas, a las 10, toman juntas un café. Hablan de sus nietos y de cine.

 

Cuando Ana María habla, se nota que aprecia a su amiga. La describe segura de sí misma, reservada en sus cosas personales, pero muy dispuesta a escuchar los problemas de los demás. Profesionalmente, la representa muy seria y productiva en su etapa como investigadora. Como decana, la considera excelentísima oradora, de muy buena gestión y con gran manejo de la política interna. Obsesiva, no. Pero describe en ella un orden que atraviesa su carrera y puede ayudar a explicar la perseverancia que le permitió alcanzar descubrimientos en materia de centrales nucleares.

 

—¿Observaste bien su escritorio? Cada papel está en determinado lugar con un sentido: lo urgente, lo que debe resolverse en la semana, lo que está a punto de cerrarse.

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Para Notari, su obsesiva dedicación le hubiese permitido cierto apasionamiento por cualquier disciplina que hubiese estudiado. Dice que es una cuestión de personalidad. Pero estudió Física y ya desde su tesis de graduación empezó a desarrollar ajustes en los reactores.

 

Las mejoras que introdujo consistieron en optimizar el rendimiento y hacer más eficiente el uso del uranio como combustible. Primero, desarrolló un sistema de cálculo de la población de neutrones dentro del reactor. Porque cuando se produce la fisión, hay neutrones que nacen y otros que mueren, pero es importante para la productividad de la energía mantener una población estable. Notari considera que fue apenas un desarrollo con algunos resultados interesantes. Para Ana María, se trata de una innovación que mejora la eficiencia en el uso de un combustible que es muy costoso.

 

El segundo gran hito en la carrera como investigadora fue haber participado en el desarrollo de la tecnología necesaria para que Atucha I pudiese operar con uranio levemente enriquecido en lugar de uranio natural. En otras palabras y haciendo una analogía con los autos, consiguió que la primera central nuclear del país y de América Latina pudiese operar con una nafta de mejor octanaje. Con uranio levemente enriquecido la central logra la misma potencia pero el número de elementos combustibles nuevos que se introducen en el reactor por año se reduce a la mitad. Ana María quiere ser gráfica, quiere que se entienda qué aportes consiguió su amiga. Pide unos días para tratar de explicar de la forma más sencilla posible lo que implica el desarrollo de Notari. Y envía un mail con un gráfico que muestra las equivalencias entre los distintos combustibles utilizados para generar energía. Dice que una pastilla de uranio de cinco gramos produce la misma energía que 810 kilos de carbón, 565 barriles de petróleo o 480 metros cúbicos de gas natural. Y concluye que la adecuación de Atucha I que impulsó Notari eleva esa relación en casi un cincuenta por ciento a favor del uranio.

 

Notari y Ana María son compinches. Compartieron oficina y hasta un improvisado grupo musical que cantó en el Borda a pedido de un médico que además trabajaba en la CNEA. Porque Notari canta “hermosamente bien” y “tiene voz de soprano”, revela Ana María. Recuerda que ese conjunto musical espontáneo, al que se sumó el propio médico y el hijo de Ana María en guitarra, tuvo un nombre muy descriptivo: “Cuarteto Atómico”. Notari reconocerá simplemente que alguna vez soñó con ser actriz.

 

Pero hay algo más que las hace inseparables y con convicciones profesionales parecidas. Son parte de una generación de científicos que desde hace 60 años empezó a desarrollar tecnología nuclear en el país y logró ubicar a la Argentina en un acotado grupo de países proveedores de esa tecnología: Estados Unidos, Rusia, Francia, Alemania, China, Corea del Sur y la Argentina.

 

La empresa estatal Invap, impulsada por la CNEA y con una sinergia constante, ya lleva exportados reactores nucleares a Argelia, Egipto, Perú y Australia. Son reactores chicos, orientados a la investigación o a la producción de radioisótopos utilizados en la medicina nuclear o la industria.

 

Cuando están por terminar el café que comparten por la mañana, Ana María y Notari coinciden en un temor: que las jubilen. Se preguntan qué harían y coinciden en que no se quedarán cruzadas de brazos. Pero el temor es recurrente, conscientes de que son parte de una generación que a veces logró marcarle la agenda al Estado y consiguió que la Argentina desarrollara tecnología nuclear. Creen que por lo menos podrán trabajar juntas dos años más. Añoran que su jubilación llegue con una buena noticia: que el gobierno actual, que anunció que se tomaría un año para revisar el plan nuclear, ratifique su continuidad y reanude las negociaciones con China para el desarrollo de una cuarta central nuclear. Sería como retirarse con la seguridad que algo empieza de nuevo.


 

“Nunca disfrutó tanto de una conferencia. El tipo explicaba la física subatómica como quien cuenta un viaje de placer. Utilizó innumerables imágenes cotidianas y escribió solo un par de fórmulas”.


 

Notari va y viene entre los pupitres del Instituto Dan Beninson. Usa el pizarrón para anotar algunas fórmulas sobre el ciclo de combustible nuclear. Ocho estudiantes asienten con la mirada y apuntan. Manuel García Blesa es licenciado en Matemáticas y en Ciencias Aplicadas, además de diseñador industrial. Fue uno de esos ocho alumnos del posgrado en Reactores Nucleares. Es un estudiante de 43 años. Cuando recuerda a Notari moverse por el aula y exponer con seguridad sobre planteos tan complejos, se sigue sorprendiendo. Nunca había visto a un profesor de una materia tan técnica exponer sin la ayuda de diapositivas que lo asistan con las fórmulas.

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García Blesa es uno de los 53 graduados que suma el Instituto Dan Beninson entre sus posgrados (Tecnología Nuclear, Radioquímica y Reactores Nucleares) y la tecnicatura en Aplicaciones Nucleares. De la Ingeniería Nuclear con Orientación en Aplicaciones recién tendría los primeros cuatro egresados a mitad de 2018. Porque el Dan Beninson es el centro especializado en tecnología nuclear más nuevo de los tres que existen en el país y que se completan con el Balseiro, de Bariloche; y el Sábato, que también funciona en el Centro Atómico Constituyentes. El Dan Beninson nació en 2006, de la mano de la reactivación del plan nuclear, de la mano de Notari que dirigió el diseño de las carreras y le dio una impronta. Porque el instituto está orientado a la tecnología nuclear aplicada a todo el abanico de posibilidades: generación de energía y aplicaciones en medicina e industria.

 

Para García Blesa, el instituto es lo que Notari quiso que sea.  

 

—Carla entiende el rol fundamental que tiene la aplicación de la tecnología nuclear.

 

Durante cuatro meses, Notari fue la directora de tesis de García Blesa: trabajaron juntos. Así, él conoció la profundidad que ella le quiere dar a cada investigación. Lo fue guiando para que realizara un estudio pormenorizado del ciclo de combustible de los reactores y la posibilidad de utilizar parte de los residuos como combustible de otros reactores.

 

—Desde un principio supo a dónde me quería llevar. Quería que mi tesis tuviese una aplicación concreta.

Así como Notari volcó sus investigaciones a la tecnología aplicada, ahora orienta las carreras del instituto en ese mismo sentido.

 

A García Blesa le sobran ejemplos. Explica que la tecnología nuclear sirve para irradiar alimentos, como la miel, y eliminar ciertas bacterias que algunos países exigen despojar por completo. También permite estimar dosis exactas en determinadas fórmulas o esterilizar herramientas médicas. Dice que en medicina, ayuda a diagnosticar y tratar enfermedades empleando pequeñísimas cantidades de radiofármacos, unas sustancias generadas mediante tecnología nuclear que se implantan en los órganos, los huesos o los tejidos específicos y permiten detectar alteraciones o enfermedades en forma precoz, lo que a su vez ayuda a realizar tratamientos más efectivos.

 

Del Dan Beninson ya egresaron siete técnicos en Aplicaciones Nucleares y 46 profesionales hicieron posgrados en Reactores o Radioquímica. García Blesa coincide en que una forma de ayudar a que el Estado apueste por la industria, la medicina y la energía nuclear es formando recursos humanos que requieran un espacio para desarrollar lo que saben.

 

El sueño más recurrente de Notari no aparece cuando duerme. Lo marca conscientemente en varios tramos de distintas entrevistas. Sueña con los primeros ingenieros del Dan Beninson, con que los jóvenes se incorporen, aprendan y se formen en especialistas de tecnología nuclear.

 

—Sueño con que los conocimientos se transmitan. Y los jóvenes puedan ir más allá de lo que alcanzamos nosotros. Que avancemos, que no repitamos el síndrome argentino de ir hacia adelante y luego hacia atrás. Eso es lo que más pasión me genera hoy.

 

Lo dice una mujer que entre los 17 y los 18 años, cuando se decidió por estudiar Física, tuvo una certeza muy motivadora. Notari puede recordar hoy qué sentía a esa edad: “Tuve la inexplicable convicción de que iba a poder conseguir cualquier cosa”.


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