A horas de que demuelan la histórica Casa Marconetti, Julián Gorodischer se obsesiona con “la mole aislada” que corona el Parque Lezama, el primer edificio de altura de Buenos Aires, el que supo contagiar una identidad colectiva. De la mano de sus antiguos habitantes, el cronista se entrega a la despedida de un lugar que albergó a los artistas más incorrectos de los años ´80, sede también de fiestas como fundamentos antropológicos del arte.



Fotos Facebook – Grupo Buenos Aires Arquitectura – Rodolfo Seide

 

Durante los últimos meses, me tocó posar mi mirada numerosas veces, desde un colectivo, en el edificio Marconetti, de Paseo Colón al 1598. Yo iba hacia La Boca, en el 152 vacío, y cerraba los ojos a la altura de San Juan. Contaba hasta cinco, muy pausado, ¿hoy está o no está? Hasta que los volvía abrir, mirando al este, y el Marconetti ahí estaba. Me habían anunciado que su demolición era inminente, pero la ola de mal tiempo –supongo- le vino dando una sobrevida en medio del olvido de muchos. Donde se yergue portentoso y flaco, a dos cuerpos, en poco tiempo pasará el Metrobús.

 

Este sábado lluvioso, me gustaría meterme en su lobby durante una distracción de la policía femenina de consigna, pero ella nunca se desconcentra. Me siento y espero en un banco a la izquierda del edificio, con el anhelo de interceptar a alguno de sus últimos cinco moradores. Me acerco a su lateral izquierdo, lo acaricio. En él, quedan resabios del antaño imponente mural de Cinzano, de los ’50, década dorada de la publicidad hecha de dibujos a gran escala. Sus barandas oxidadas en los balcones, sus persianas torcidas, las paredes negruzcas no alcanzan a quebrarle la imponencia; nació para albergar a los empleados de la fábrica de pastas Marconetti, justo detrás del edificio.

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Desde 1946, diversos gobiernos intentaron destruirlo para que la avenida se ensanchara. En 1985, ya expropiado, pasó a pertenecer al gobierno de la Ciudad. Una orden de desalojo, en 2014, llevó las cosas a un extremo: los habitantes fueron declarados “usurpadores”; empezaron las demoliciones internas, los tapiados de los departamentos que se iban quedando vacíos. El ofrecimiento de un subsidio y un crédito a tasa cero forjaron el éxodo masivo.

 

¡La dama del 7°! Le diremos V., o la pitonisa –tiraba las cartas como ninguna-. Tenía por costumbre celebrar la llegada de cada nueva estación con una fiesta para todos los vecinos. Una semana antes del final se la vio barriendo el hall de entrada; luego, colocó una alfombra nueva en el histórico ascensor estilo jaula. Rocío, su vecina, le pregunta:

 

-¿Para qué?

 

-Porque todavía estoy acá. 

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¿Quedarán rastros del “edificio de los artistas”? Hay una serie de Liliana Maresca –artista con presencia en el Museo Reina Sofía de Madrid, el Malba y el Mamba porteños, fallecida en el ‘94- que se titula: “Liliana Maresca en el edificio Marconetti”.

 

Cuando puedo tomar contacto con esa secuencia narrativa en imágenes –que la artista denominó “foto-performance”- entiendo cuán moderna y de avanzada era esta autora durante la primavera democrática de 1984, cuando el Marconetti era sede de una movida creativa y bohemia que integraban Los Abuelos de la Nada y la revista El cazador, sucesora de Cerdos y Peces, entre otros. Frente a la obra –que se conserva en la galería Rolf Art-, me traslado con la mente al Marconetti del ’84: el efecto envolvente y la espontaneidad de la postura y el gesto de la artista ante la cámara generan la impresión de estar ante una persona viva, muy cercana. Según expresó María Gainza (crítica de arte)-, “su casa fue el reducto artístico que llevó a experiencias colectivas con color irreal y distancia de ensueño”. En esta serie, sigue viva la memoria del Marconetti: Liliana posa en una habitación pelada mientras las humedades avanzan por las paredes. Pelo suelto y desgreñado; la pollera muy corta.

 

“La serie está pensada por Maresca y registrada por un gran fotógrafo: Marcos López”, precisa Camila Knowles, gerente de la galería. En la serie se ve: “Primero el abandono –explica Camila-, hasta que se encuentra con unos huevitos de paloma y, de pronto, la vida”. El huevito está en su palma y el fondo es una pared roída del Marconetti. La luz se posa entera sobre la figura humana. “La luz –sigue Camila- es símbolo de esperanza”. Liliana decide mostrar, exaltar, lo lúgubre y lo deteriorado; por ahí rondaba su pulsión creadora.

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Otro día. Pido a Norma Morandini -periodista, que habitó el Marconetti un año durante la dictadura- que nos acerquemos hasta la puerta de entrada. En el departamento Ñ, desaparecieron a Cristina, su hermana; pocas horas antes se habían llevado a su otro hermano, Néstor. Fue la noche del 18 de septiembre de 1977. Acá mismo, Norma descubre que ya no está la baldosa recordatoria de la desaparición de su hermana. “Fue profanada –asegura-. Otra demolición en nombre del progreso que vuelve a desnudar nuestras heridas y vergüenzas”.

 

Del Marconetti darán cuenta obras de arte que nacieron o se desplegaron en sus habitaciones. “Allí, en la desvencijada guitarra del Negro Fontova, en su departamento del Marconetti, escuché por primera vez a Daniel Melingo cantar “Chala man”, ingeniosa y apenas disimulada oda a la marihuana –cuenta el periodista Claudio Kleiman, en una nota de Radar-. Miguel Abuelo dijo un día, con actitud paternal y canchera, que había decidido concederle a Melingo su primer lead vocal –con esa canción- dentro de su banda”.

 

Quedará la memoria de El Cazador, la revista que llegó después de Cerdos y Peces (1991), dirigida por Enrique Symns. Nada pegaba mejor con esta mole aislada en los confines del Bajo, que la sucesora del “suplemento marginoliento de El Porteño”, después derivado a revista bajo enérgica proclama: “Debemos tomar por asalto este mundo”.

 

“No contábamos con dinero ni con redacción –detalla Symns en su libro La vida es un bar-; organizamos algunos recitales de Rock para juntar dinero y salir a batallar en los kioscos. Apenas pudimos sobrevivir al número 3, a pesar de que la venta no fue mala. Daniel Riga era el dueño del departamento del Marconetti en el que estaba instalada la revista. Ese ‘loco del alma’ me dio hospitalidad en los años más difíciles”.

 

Ese “loco del alma” es el que, además, posa, junto a Liliana, en una imagen de la serie “Liliana Maresca en el edificio Marconetti”. Ambos imantan: parecen salidos de un film de John Waters o de un tema de Nirvana, mucho antes de Nirvana. Ella relaja su mano en su entrepierna. Él se arroja sobre la puerta, los párpados caídos al estilo grunge, cuando el grunge no era todavía un estilo. Quedará el Marconetti, también, en algunos registros de vida: esa noche de mediados de los 80 en la que, a instancias de Liliana, se organizó la gran “Kermesse” que copó el edificio a puro happening y esculturas. Según los investigadores Adriana Lauría y Enrique Llambías: “Allí, la artista supera el solipsismo creativo y detenta una nueva actitud estética que recupera la fiesta como uno de los fundamentos antropológicos del arte”.

 

 

El 9 de julio de 2007, Rocío –la última en irse- solo salió del departamento que habitaba –en el piso 11- y vio el parque bañado de nieve y creyó que estaba soñando; guarda amorosamente una foto de uno de los copos mientras caía sobre la terraza del Marconetti. ¿Alguna vez podrá repetirse, en su vida, una de esas noches ostentosas? En Nochebuena, los fuegos artificiales se avistaban vorazmente. Subían casi todos a brindar por “la Casa”, que les otorgaba identidad colectiva. Aman, todavía, el lobby en “L”, así como los pisos de pinotea originales del ‘29, las molduras que empezaron a venirse abajo el año pasado, cuando la mayoría ya había llegado a un acuerdo y no valía la pena repararlas.

 

“Cada palier tenía un encanto”, recuerda Rocío. Los más lindos: el séptimo y el décimo, con abundancia de plantas y obra pictórica. V., la dama del 7°, solía vestirlo con objetos ornamentales. Cuando tapiaron el departamento contiguo al suyo, se encargó de cubrir el tapiado con celosías y colgantes. “Trataba de que se viera lindo, de que no dejara de ser su lugar para convertirse meramente en un espacio”, dice su vecina querida.

 

Guillermo, que vivió en el décimo durante los últimos 25 años, me cuenta que en los buenos viejos tiempos se organizaba un sistema de expensas para que no faltaran un matafuego, una bomba de agua, un ascensor seguro. Cuando se fue, la última vez, alguien le sugirió que volviera a su piso y diera otra vuelta para no olvidar cualquier cosa importante. Dijo que no, entregó la llave y salió con sus cosas. “Chau, amigo”, susurró al Marconetti, sin darse vuelta. “Es todo lo que pude dedicarle como despedida”, dice como disculpándose.

 

V., la dama del 7°, salió de ahí con la misma dignidad que Guillermo, enérgica y vitalista. Todos se resisten a llevar una última ofrenda, a dejar una flor en su terreno contiguo, a enterrar en su frente algo muy querido. No, dicen. Ya basta. Se está yendo. Mejor dejarlo morir en paz y solo, como un elefante enfermo. Ya están por llegar las grúas.      

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