Al lado de los bailes de cuarteto cordobés, el resto de la vida nocturna argentina es euforia de baja intensidad. El género amplificó prejuicios y tensiones al ser declarado patrimonio cultural este año: mientras adquiere estatus, los cuarteteros siguen siendo víctimas de una política que criminaliza a los jóvenes. Miles de personas van a los bailes cada fin de semana y desesperan por ser nombrados por el cantante. El cronista Dante Leguizamón y la antropóloga Malena Previtali se sumergieron en la noche cordobesa buscando respuestas sobre esta movida periférica y central. Bonus track: dos fotogalerías, de Gustavo Di Mario y Paola Spalletti, complejizan aún más la mirada sobre el fenómeno.



—Carlos ya va a salir, pero tienen que hacer fila.

 

El de Seguridad, apoyado en un bastón, está parado junto al chofer del mismo Renault 11 gris que desde hace 20 años lleva de su casa al baile a La Mona Jiménez. El primero de la cola es un chico discapacitado. Está con su mamá, su papá y los hermanos. En los autos estacionados al frente se ven familias y varias mujeres con bebés de días en brazos. La última de la fila es una rubia flaca, teñida, que lleva puesta una remera ajustada. Se toca la cintura y se acomoda la pollera cortísima mientras le pregunta a su amigo si está linda.

—¿Por dónde sale? Tené la cámara prendida que me le voy a colgar del cuello.

 

Pero cuando se abre la puerta de la casa y el hombre con cara de mono y pelo de virulana recorre el jardín hasta la reja, la rubia se queda congelada. La Mona Jiménez, antes de actuar, recibe a los fanáticos en la vereda de su casa del exclusivo barrio Cerro de las Rosas. El de seguridad ordena una prudente distancia. La Mona se coloca bajo la luz cenital ubicada especialmente para salir bien en las fotos. El que recibe más atención es el primer chico. Jiménez lo llama por su nombre apenas lo ve, lo abraza recriminándole que hace mucho que no viene. Después van pasando los otros. Uno de ellos se presenta como El Checo y le alcanza un celular a La Mona. Le pide que hable con su novia, Yanina, que cumple años. La Mona accede.

 

—Hola mamita. ¿Cuándo? ¿Anoche? ¿Que estuviste conmigo anoche? ¿Qué nunca te pasó algo así? ¿Qué era muy grande? Bueno, gracias che, viste cómo es. ¿Pero el Checo sabe? Mirá que está acá al lado, eh. Bueno. Está bien, no le digo nada. Feliz cumpleaños. Te espero en el baile.

 

Chicanea hasta que devuelve el celular y le da una cachetada cariñosa al Checo para despedirlo. Llueve. Las madres con sus bebés abrazan al cuartetero y cubren a los nenes de la lluvia. Los padres gatillan las cámaras de fotos.

 

La Mona se sube al Renault 11. Parte rumbo al baile.

En el corazón de su casa de Villa El Nailon, bajo una luz amarilla que resalta su sonrisa, Tavi hace una “V” con los dedos de la mano izquierda. Estira los tres dedos centrales de la derecha para ponerlos de manera horizontal y explica:

 

—Así se dice Villa El Nailon.

 

El asentamiento está al noroeste de la ciudad de Córdoba, en los márgenes de las vías del tren. Esa noche el viento cruza la puerta abierta y llega helado hasta la cocina. El piso de tierra parece hundido y las paredes tienen un revoque que se ha ido cayendo por la humedad.

 

Tavi promete más señas, pero se va a bañar y nos deja con su madre que relata las tragedias familiares apoyada en la mesa de fórmica: un hijo postrado incapaz de mover los brazos después de un accidente en moto; un hermano muerto de sobredosis y una hija adolescente que después de una paliza abandonó la casa para irse a vivir con el novio. Detrás suyo un mueble de caña alberga medio centenar de osos de peluche. La luz ilumina paredes donde conviven trofeos de fútbol y viejas fotos familiares con un escudo del club Talleres de Córdoba.

 

Tavi –23 años, albañil, un sueldo de dieciocho pesos por hora– reaparece con un pantalón gris a cuadros, remera negra mangas largas escote en v y el pelo corto engelado. Sirve la cerveza helada en un vaso donde él mismo pintó un escudo de Talleres y termina de peinarse frente al espejo lleno de puntitos negros del comedor. Con la palma de sus manos construye un jopo prolijo.

 

La previa comienza con el relato de algunas anécdotas y luego con pistas sobre el lenguaje de señas y movimientos creado por la Mona Jiménez, el máximo referente del género. Dicen que desde abajo del escenario le pedían tantas veces que nombrara los barrios a los que pertenece su público que un día empezó a nombrarlos él, a su manera. Ahora cada sector tiene su seña y la ciudad, un lenguaje.

 

Un puño cerrado que se eleva desde la cintura hasta la altura de la cabeza, quiere decir, por ejemplo, barrio Los Paraísos. El número cinco con los dedos de la mano derecha avanzando de atrás hacia delante, significa barrio Empalme. Cuatro dedos de la misma mano, pero mirando hacia abajo, quietos, barrio Marqués de Sobremonte. Dos dedos que forman una “F” que se suma al dedo índice de la seña de Empalme: Mariano Fragueiro.

El génesis se remota a Augusto Marzano, y su hija Leonor. Corría el año 1943 y el padre de Leonor decidió acabar con las milongas y los tangos para sumar a su hija (profesora de piano) a un conjunto de cuatro donde él tocaría el contrabajo, Miguel Gelfo el acordeón y Luis Cabero el violín. Así nació el Cuarteto Leo, el primer fenómeno popular del género.

 

Setenta años después, en Córdoba, esa música moviliza cada semana un promedio que va entre las 120 y las 150 mil personas de diferentes barrios de sectores populares. Se distribuyen en unos 50 recitales que realizan los 15 principales grupos y bandas clásicas o modernas. El 80 por ciento de esos bailes se realizan en la Capital de miércoles a domingo a lo largo de todo el año. Además existe una veintena de radios en el dial de Frecuencia Modulada que reproduce sólo música de esas bandas. El cuarteto es un ritmo, pero también una industria y un sentimiento. Dos de las estrellas más jóvenes del momento como Ulises Bueno o Damián Córdoba, que apenas llegan a los 27 años de edad, llevan editados 17 discos. La Mona Jiménez, contando los que grabó con el Cuarteto Berna y el Cuarteto de Oro al comienzo de su carrera, grabó 84.

 

El fenómeno es tan inmenso que los políticos hacen lo que sea para lograr una foto cerca de estos ídolos. El intendente radical, Ramón Mestre, declaró al cuarteto Patrimonio Cultural de la ciudad de Córdoba y lo mismo hizo meses después la legislatura provincial que responde al gobernador justicialista José Manuel De la Sota. La segunda declaración se produjo en medio de un escándalo: el legislador Aurelio García Elorrio (Fundador de El Portal de Belén, la organización antiabortista que organizó las manifestaciones contra el Matrimonio Igualitario en Córdoba) se negó a votar la declaración pidiendo a los cuarteteros que dejaran de tocar “en lugares donde circulan drogas”.

 

La respuesta llegó a los gritos de boca de uno de los mitos vivientes del género y ex integrante de una de las formaciones de La Leo, Carlitos Pueblo Rolán:

 

—Echelón a éste de acá. Pa’ qué lo quieren a este acá.

 

Desde su banca García Elorrio contestó:

 

—Con toda responsabilidad se los pido. Si en el interior del local donde van a cantar les venden droga a los chicos, por favor no toquen.

Entonces reaccionó la Mona Jiménez:

 

—Esto no es un homenaje. Ya es un castigo.

 

La votación terminó 60 a 1 y los políticos se sacaron fotos abrazados con cuarteteros. La municipalidad incorporó, también en 2013, al cuarteto como materia currícular de las escuelas municipales. Se pretende que la misma declaración sea confirmada por UNESCO.

***

—¿Qué quieren escuchar: LBC o Ulises?

 

Pregunta Tavi marcando el terreno de sus gustos musicales. LBC es La Banda de Carlitos; Ulises es Ulises Bueno, el hermano del “Potro” Rodrigo Bueno, un cordobés que triunfó en Buenos Aires y desde allí construyó fama hacia Córdoba. Cuando estaba en la cúspide de su carrera, en el año 2000, murió en un accidente de tránsito. En la casa de Villa El Nailon Tavi insiste en que Damián Córdoba, a quien escucharemos esa noche, no le llega a los tobillos a Ulises, su cuartetero favorito -después de La Mona Jiménez, por supuesto.

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Cada fin de semana miles de jóvenes cordobeses de barrios populares se acercan a los clubes, boliches y estadios donde los bailes de cuarteto dan ritmo a sus noches. Aunque los gustos personales puedan deslizarse hacia otro artista, el cantante emblemático es La Mona y conviene presentarse como admirador suyo para ser considerado un verdadero cuartetero. Si La Mona Jiménez es el Dios viviente y la Leo le puso música al paraíso, Rodrigo es un profeta que murió demasiado joven y dejó abierta la puerta para que todos busquen un heredero. Damián Córdoba en tanto, es considerado un par y lo llaman “El Wacho”. Como si fuera uno de ellos.

***

Por las calles cercanas al Estadio del Centro las chicas resisten el frío con actitud y piel de gallina. Las polleras apenas tapan las colas y los pantalones ajustados muestran cuerpos sinuosos. Las panzas están al aire, estoicas. Los físicos masculinos son más huesudos que musculosos y aunque algunos usan jeans y remeras o ropas más producidas, otros se visten de gala de otra manera, con remeras de fútbol, joggins y gorrita. El vestuario cuartetero contiene muchos estilos y los jóvenes marcan pertenencias y distinciones a partir de ellos.

 

Todo lo que no es brillante, colorido y estridente tiene tono azul policíaco. Uniformes, patrulleros y sirenas. La Avenida Santa Fe es una arteria importante que se reduce a dos carriles cuando la policía la corta para que los chicos ingresen al Estadio.

 

Lo que pasa en el interior de los bailes es visto por cierta parte de la sociedad cordobesa como un acertijo indescifrable, entre peligroso y bochornoso. Desde un auto que va por la avenida dos niños señalan divertidos hacia la fila mientras su padre acelera.

 

El público llega con banderas y carteles que han producido durante la semana. En sus telas se identifican como vecinos de un barrio, integrantes de un grupo o simplemente fanáticos. Quieren que esas leyendas sean leídas desde arriba del escenario.

 

En las filas todo se mueve de manera silenciosa siguiendo el orden impuesto por los policías. Si alguien lo altera es amonestado por el resto.

 

—Quedate quieto, no grités que está la yuta.

 

Se dicen entre ellos. La sanción es reproducida aun sin controles cerca. Después de pagar los 40 pesos hay que hacer otras filas.

 

Hombres y mujeres por separado.

 

—Sacate las zapatillas -avisa Tavi mientras se agacha.

 

Cada uno enfrenta a su cachador descalzo -zapatillas, billetera y celular en mano- como si estuviera entrando a la cárcel.

 

Los hombres que quieren esperar a sus acompañantes mujeres son expulsados a gritos y empujones por una policía gorda.

 

—¡Váyanse a la mierda! ¡No se queden acá! ¡Métanse adentro!

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En Córdoba el modelo de Tolerancia Cero se aplica sobre algunos grupos sociales. La criminalización de quienes asisten a estos bailes por parte de las esferas gubernamentales y algunos medios de comunicación sirve para justificar la represión contra los asistentes y, al mismo tiempo, se utiliza como publicidad positiva para que las clases medias se sientan “seguras”.

 

En el baile la apelación a la violencia circula en múltiples direcciones. Suelen ejercerla los policías hacia jóvenes, y no sólo como réplica a una violencia previa. Si alguien es encontrado peleando, robando o simplemente empujando, los agentes se encargan de sacarlos de los pelos frente a todos. La represión funciona como mensaje. El miedo sirve como controlador. Aunque las peleas, que muchas veces se gestan días antes en los propios barrios, pueden surgir entre grupos de jóvenes. Así dirimen cuestiones fundamentales en sus vidas:

 

El honor del grupo, una masculinidad inquebrantable o una venganza pendiente que nunca se salda, puede ser resuelta –o casi– agarrandose a trompadas.

 

—Fijate, buscan un boludo.

 

Dice Tavi, y señala a unos oficiales que en grupos de tres parecen estar de cacería buscando una razón para aplicar la fuerza. Mientras el cuarteto se convierte en Patrimonio Cultural, los cuarteteros siguen siendo víctimas de la política de seguridad que criminaliza a los jóvenes.

 

Los grupos de cuarteto actuales ya no respetan aquellas formaciones originales de cuatro personas: violín, piano, bajo y acordeón. Hoy las bandas son mucho más numerosas y han sumado percusión, sintetizadores, guitarras distorsionadas y, en algunos casos, instrumentos de viento. Además del cantante, sobrevive el locutor que sobre el escenario resulta un integrante más de la banda. El encargado de esa tarea en el baile de Damián Córdoba aclara que se va a grabar un disco en vivo y que eso requiere del esfuerzo de todos:

 

—Antes de cada canción necesitamos gritos fuertes, y también al final. ¿A ver esos gritos? ¡Vaaaamos!

 

Damián –cara de niño, sonrisa preparada para la foto, mirada de galán pícaro– está siempre como enchufado a 220 y contagiando al público. Lleva peinado con cresta, remera y campera de cuero. El estadio está lleno.

 

Comienza la música y la euforia. Adelante quedan los portadores de banderas. Hacia atrás las parejitas que bailan solas y los que hacen rondas.

 

Cuando termina el primer tema el locutor habla. Da órdenes. Impone su mando:

 

—¡Vamos esos gritos! ¡Vaaaamos!

 

Damián empieza a cantar nuevamente: “Te pusiste muy feliz y contenta cuando me miraste / Pero te hiciste la yo no fui / Con esa carita de ángel / Me puse loco cuando te vi/ Qué tonto ha sido de veras te pasaste / Yo te tenía en otra onda / Hice mi lucha y me rebotaste”.

La multitud disfruta, pero el locutor interrumpe:

 

—No, no, no chicos. Necesitamos que griten bien fuerte porque así no sale, eh. Tiene que ser todos juntos. Vamos de nuevo.

El público parece acostumbrado. Ya han grabado otros discos. El locutor rezonga utilizando un tono de profesor de gimnasia en actos escolares:

 

—Poooor favor les pedimos que no griten cerca de los micrófonos durante la canción. Pongamos buena voluntad. Gritan al comienzo y después calladitos bien lejos de los micrófonos.

 

Los seguidores son fieles a sus grupos y acatan estas demandas simplemente porque buscan ser nombrados en el nuevo CD. Sin embargo, los chicos y chicas van a divertirse. La relación de los bailarines con los artistas se negocia en cada baile, en cada seña de barrio que se grita al micrófono y en cada CD. Los músicos saben que pueden exigir pero también que eso tiene un límite.

***

Se desata el “tunga-tunga”, la onomatopeya con que se representa el ritmo del cuarteto. Los que tienen banderas despliegan su escenografía grupal. Uno sostiene la tela parado en los hombros de dos amigos. Otro se encarga de mantener la formación. Los demás cuidan que nadie ponga en riesgo el equilibrio.

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“Los inseparables”, dice una tela con letras góticas sobre fondo negro. “Rejunte maldito” se lee en el trapo que sostiene un chico de unos 14 años. “Las ingratas”, dice otro -fondo blanco, letras rojas-. “Las viciosas”, “El Wacho Enzo”, “Kikío de Las Violetas”, “Las te voy a amar”, “Las Chikitas del Wacho”, y decenas más.

 

Detrás de las banderas bailan ronditas. Unas diez chicas tomadas de la mano girando en sentido contrario a las agujas del reloj. Dentro de esa ronda quedan parejitas y tríos de otras chicas solas o mezcladas con chicos que bailan tomados de las manos.

 

Una ronda grande llama la atención a los varones que se apilan alrededor observando a posibles candidatas. Los primeros cruces de miradas muestran cierto desprecio, a veces los cuerpos chocan brutalmente, pero también se producen otro tipo encuentros.

 

Un flaco -campera del club Belgrano, gorra con visera, 20 años largos y pantalón gris de gimnasia- rodea con su mano la cintura de ella. Ella –pulposa, chiquita, menos de 20, morocha- acepta el ritmo con un movimiento. Comienzan a bailar. Él acerca su pierna a los muslos de ella. Ella levanta la cabeza y quedan frente a frente. Siguen girando mientras los dedos de sus manos se enlazan. La música los lleva y los cuerpos se separan. Él levanta su mano para que ella gire lentamente y así apreciar sus movimientos. Vuelven a encontrarse de frente y él aprovecha para acercarse un poco más. Ella se aleja, pero las cinturas siguen comunicadas. La escena se repite por cientos.

 

En el baile de cuarteto es posible encontrar el reconocimiento y la dignidad que no se logran en el trato con el patrón, la indiferencia del vecino y el hostigamiento del policía.

 

A partir de ser nombrados por el cantante, desafiados como potenciales rivales por otros grupos o seducidos por chicas y chicos es posible marcar diferencias, afianzar amistades, zanjar rivalidades y lograr eso tan deseado: reconocimiento.

 

Todo se mantiene en orden hasta que de repente dos chicos de barrios diferentes se enfrentan y se desata una pelea. Los cuerpos pasan a hablar otro idioma.

 

El espacio que hasta recién concentraba una muchedumbre se vacía. Los que rodean a los protagonistas de la disputa se alejan dejándolos en evidencia. Tavi explica:

 

—Si se hacen los machos viene la poli y se los lleva. Los que están cerca los dejan solos para que los saquen a ellos y no a todos.
Muchos enfrentamientos parecen responder a un juego controlado de violencia donde se gana el prestigio de mostrarse como el que se la banca y es capaz de defender a sus amigos. De repente nos empujan para aislar otra pelea. Una chica enfurecida le da patadas y piñas a un chico que intenta escapar.

*** 

 

El dicho popular dice: “El cuarteto es mi religión, La Mona es Dios, el baile es mi templo”. Los bailes de La Mona suelen empezar con una actuación de Carli Jiménez, su hijo, que hace de telonero. Hoy las luces se apagan y en lugar de Carli aparece el gran lucero de la música popular de Córdoba. Tiene un pantalón beige muy ajustado en la cintura para remarcar lo que lleva entre las piernas.

 

A sus 62 años La Mona Jiménez –que cuando era humano solía llamarse Juan Carlos Jiménez Rufino– lleva una remera violeta ajustada y una chaqueta de tela con grabados violeta que combinan con los del pantalón.

 

En los primeros acordes de la canción el cantante invita al escenario a un chico que se saca la remera y muestra la espalda tatuada con su cara, pelo virulana incluido. Si algunos ídolos se homenajean en remeras, a la Mona se la lleva en la piel. La tinta (tatuaje) más popular es la de su perfil cantando apasionado con un micrófono cerca de la boca. En su página web oficial un link dice: “La Mona y el Tatú”, e invita a quienes tienen la marca a ser parte de un libro.

 

Al lado de su fan, La Mona pone cara de aprobación, señala y levanta el dedo pulgar. El público aplaude y desde abajo le lanzan señas, barrios. Alguien levanta las manos y simula que está tocando tetas en el aire, es de barrio General Bustos. Otro hace el número tres con la mano izquierda y el dos con la derecha. Apoya el dos sobre el tres y extiende las manos hacia delante.

 

—¡Para los chicos de barrio Juan Veintitrés!

 

Grita La Mona que desde arriba de escenario continúa leyendo las manos como si el baile fuera un enorme nomenclador cartográfico.

 

—Saludos a Villa El Libertador.

 

Dice y señala a un hombre que hace la ve con la mano donde tiene el vaso de fernet y usa la otra para hacer un revólver que dispara hacia su otra mano. Las señas siguen pero por momentos parece que ni La Mona entiende lo que le están diciendo.

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—Esos cuernitos hacia abajo con el pulgar de la misma mano estirado quiere decir Barrio Yofre Norte— explica una chica y las señas son interminables. Dedos pulgares e índices de ambas manos pegados para formar un triangulo: Alberdi. Los dedos mayores coronando el triángulo anterior: Alto Alberdi. Las señas no son sólo una herramienta de comunicación entre el cantante y su gente sino un modo de cobrar presencia ante los otros.

 

La vuelta en el bufet cuesta 70 pesos. Es una caja de vino tinto y una botella de Coca-Cola más una bolsa de hielo y un vaso. La cerveza no es negocio. Una lata de 500 centímetros cúbicos sale 30 pesos. En Córdoba, territorio de Fernet, esa bebida es demasiado cara dentro de los bailes. Adentro también se pueden conseguir pastillas y cocaína de mala calidad a un precio mucho más accesible que el alcohol.

 

Alguien comienza a empujar y hay que agarrar el vino. Con la música muchos espectadores se convierten en bailarines. Esta avalancha es comandada por una mujer grandota, gorda y de unos 45 años, vestida con ropa deportiva muy ajustada. A fuerza de culazos abre un surco de espaldas a la gente y arrastra dos hileras de chicas. Está demarcando la pista, es hora de bailar.

 

Las chicas son las dueñas de las ronditas que bailan. Cada grupo tiene una líder que organiza y resguarda la figura de esa ronda y la imagen que la formación transmite al resto. No resulta lo mismo bailar en una ronda grande que cobra protagonismo en el baile y se muestra compacta, que hacerlo con una pequeña que se pierde en la marea de cuerpos que giran. Las chicas –y sobre todo quien las lidera- deciden qué tan receptiva está la formación para quien quiera sumarse.

 

A los pocos segundos los bailarines ya son cientos a una escala mucho mayor que en el baile de Damián. Esta coreografía, más similar a la pista clásica de los bailes de cuarteto, incluye un gran círculo de unos cincuenta metros de diámetro, anillos humanos tomados de la mano, parejas y giros. Al centro quedan los que prefieren ver a La Mona o charlar o bailar en el lugar. Afuera quedan grupos que miran hacia el anillo o el escenario disfrutando de ambos espectáculos. Los más fanáticos hacen señas que La Mona no se preocupa por nombrar. Nadie se para sobre los hombros de nadie. Casi no hay banderas.

 

Sobre el escenario “el Clan” –doce apóstoles que acompañan a La Mona tocando sus instrumentos, pero sin moverse demasiado ni quitarle protagonismo– sostienen el “tunga-tunga”. El único que se atreve a arengar a los espectadores es Carli que durante los recitales de su padre hace la segunda voz. Esta noche lleva puesta una remera que exige la libertad del grupo de rock Callejeros. En el baile de la Mona los géneros se mixturan y parece que el cuarteto es más hermano del rock que cualquier otro género musical.

 

En medio de una canción La Mona se da vuelta y de espaldas al público, pero procurando que lo vean, mete la mano en su pantalón, acomodándose.

 

A unos treinta metros del escenario es imposible no ver ese bulto que es parte del show. Sobre todo cuando el cantante lleva las piernas hacia atrás, empuja la cintura hacia delante y da saltitos hasta acercarse a la punta del escenario donde una rubia del público parece estar esperándolo. La chica sube al escenario.Tiene un cuerpo imponente. Shorts blancos ajustados, cintura diminuta y una cola enorme. Usa camisa blanca con botones abiertos y debajo se le ve el corpiño a punto de explotar.

 

La Mona se pone detrás. Con las dos manos le agarra la cintura casi brutalmente moviéndola hacia atrás y hacia delante hasta que ella tiene que poner sus manos en el suelo para no caer de rodillas. Ella ya no se ríe tanto, pero la Mona está exultante y con la cara desencajada mueve la cabeza de arriba hacia abajo diciendo “sí”, buscando que el público le diga “sí”.

 

Ella se incorpora y vuelve a bailar. Él le dice algo al oído y la toma de la mano para que dé una vueltita. Le hace señas para que se agache y cuando está arrodillada de espaldas a él la hace girar para que su cara choque contra su pantalón. Ella se aleja pero él vuelve a golpearla con lo suyo; ella se para y él la despide con un beso apasionado.

 

El espectáculo es seguido con atención por algunos, pero con indiferencia por otros. Entre los segundos, muchos parecen desaprobar el juego.

 

Después de unos tres minutos la chica se va del escenario por la puerta trasera. Luego La Mona se queja al micrófono:

 

—¡Bueno che! ¡Un piquito nomás, no sean vigilantes!

 

Quienes participan –a veces travestis- no parecen sentirse sometidas. Más bien desean el momento para mostrarse legitimadas ante otros. A partir de una puesta en escena en donde la subordinación sexual se pone en juego, la Mona se siente el rey y ella su “juguete sexual”. Sin embargo, este juego de seducción, es más un rito de seducción, exceso y disfrute que una continuidad de la dominación y violentación que las mujeres sí viven en otros espacios. Esa actitud desde arriba del escenario no se reproduce en el baile de los fans. La Mona lo hace porque es La Mona.

 

En facebook hay un grupo de seguidoras de La Mona que se llama “Las Toka Bulto”. Tiene 12 integrantes. La entrepierna del cantante es parte de su mito y él se encarga de alimentarlo.

 

 

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—La Mona tiene la agenda completa esta semana y la que viene también. Tiene la mejor disposición, pero no va a poder. A ver, esperá —se escucha. Luis González, el hombre que filtra los contactos con el Dios del cuarteto habla con alguien y le dice: “son esos chicos que están haciendo una nota para una revista de Buenos Aires. Dicen que hablaron con Carlos el otro día en la puerta”. Y después: “Te paso con Juana”.

 

Juana es la mujer de La Mona, aunque en realidad están separados como matrimonio desde hace muchos años. Ella es quien está detrás de la marca Jiménez. Se encarga del vestuario, de la producción de los bailes y de la realización de los discos. También de negociar todos los contratos. Incluso se dice que muchas de las entrevistas que le hacen al cuartetero las contesta o supervisa ella.

—Hola. Ya sé todo, no me expliqués porque con Carlos no vas a poder hablar. Esta semana se tiene que hacer unos estudios que está esquivando desde hace mucho. Imaginate que no es alguien fácil de manejar. Ya lo tengo encerrado acá preparándolo para llevarlo. Si querés saber qué es el cuarteto vas a tener que hablar conmigo.

 

Arriba del escenario Dios es dueño de hacer lo que quiera, pero cuando está en el piso, el que decide no es Dios, sino la Juana.

***

El Superdeportivo queda en barrio Talleres (la letra T formada por los índices de ambas manos). El show acaba de comenzar. Hace unos días el hermano de Rodrigo Bueno juntó 10 mil personas en un recital gratuito en la Plaza de la Música, pero hoy sus seguidores apenas ocupan la mitad del estadio. El look de Ulises Bueno es una extraña mezcla entre Dante Spinetta, el cantante de Illya Kuryaki and the Valderramas y Cacho Castaña. Un guante sin dedos en la mano izquierda, el sombrero y los lentes de sol también le dan aire a Michael Jackson.

 

Esta estrella carece de la electricidad de Damián y del carisma de La Mona. Quizá para contrarrestarlo, en el escenario se destacan los juegos de luces, la distribución de los músicos en niveles diferentes y el aspecto del cantante.

 

Ulises es uno de los muchos que aspira a ocupar un lugar en el paraíso del cuarteto y muchos dicen que su apellido puede ser el puente que lo ayude a llegar. Cuando su hermano Rodrigo llevó al catamarqueño Walter Olmos a Buenos Aires, Ulises recién comenzaba a cantar. Al morir Rodrigo, Olmos se convirtió en el sucesor y fue el mismo Olmos quien, repitiendo lo que había hecho Rodrigo, eligió a Damián Córdoba y lo llevó a tocar a Buenos Aires en 2001. Al año siguiente Olmos murió al dispararse en la cabeza, y el sitial quedó nuevamente vacío.

 

Las letras de las canciones de Ulises intentan ubicarlo como heredero de aquella silla vacía.

 

Dicen que cantar es una bendición / y que es el ritmo en cada latido de tu corazón / tú eres cuartetero, un cuartetero Bueno / me han dicho que si tienes alma de negro / y un sabor callejero en tu voz, serás un buen cantor.

 

Dice una de las canciones que se escucha en el Superdeportivo. En el estribillo el cantante grita y el locutor acompaña: “Ahora me tooocaaaa a míiii”.

 

Entre su público hay un look más rockero y abundan pearcings en mejillas, labios y cejas. Casi no se ven asistentes vestidos con ropa deportiva y los vestuarios son más parecidos al de Tavi que a los seguidores de Damián. La gracia de la que carece el cantante se compensa en parte con el locutor encargado de leer las señas de los barrios y las inscripciones de las banderas.

***

La voz de Luis González suena agotada y sin ganas, como siempre. Atiene el teléfono y ensaya nuevas explicaciones.

 

—No. No. La Juana ya sabe pero estamos muy ocupados con la presentación del disco. Vos sabés que Carlitos es un desastre. Cuando se despierte, si lo veo cuando se levante, creeme que tengo las preguntas acá y se las voy a dar. Lo que pasa es que ahora, una revista de Buenos Aires viste, estamos por presentar el disco acá, no sé si entendés.

 

El segundo miércoles de diciembre de 2013 La Mona Jiménez presentó su disco número 84. El trabajo se llama “Sigo en Carrera” e incluye un homenaje a los 70 años del cuarteto. Para hacerlo La Mona convocó a parte de los personajes de la Biblia cuartetera. El más importante fue Eduardo Gelfo, hijo de Leonor y nieto del creador del género. El dúo de cantantes lo completa Carlitos “Pueblo” Rolán.

 

Todos interpretan “Mi Caballo Bayo”, una canción de Gardel que La Leo supo grabar siete veces con cantantes diferentes.

 

En el disco hay un cuarteto dedicado a los bailarines que se llama “Son de fierro”. Después de los episodios de saqueos ocurridos en Córdoba días atrás, el periodista Germán Arrascaeta le preguntó cómo veía el hecho de que la burguesía cordobesa estigmatizara a esos mismos bailarines como saqueadores y la Mona contestó:

 

—No señor, yo los vi por televisión, algunos saqueaban en cuatro por cuatro, y los míos andan a pie, ni en moto. Acá hubo algo político.

***

Quique, el de Seguridad, ve llegar al primero de los cuarteteros. Lo reconoce:

 

—¡Eh negro, qué hacé! Hace mucho que no te veo por acá.

 

Marcos tiene 18 años, usa remera de Talleres y lleva un arito en la oreja derecha.

 

—Siii. No me hablés. Estoy pagando el viaje de estudios. Hace más de un año que no voy al baile, pero no me aguanté y lo vine a ver acá. ¿A qué hora sale?

 

Hasta que sea hora de la aparición, entre la 1 y la 1.30 de la mañana los seguidores se sientan en la pirca de la vereda de enfrente y van contando historias. Encuentros con el ídolo, el primer recital a los cinco años, anécdotas que avivan la leyenda. Uno tiene un libro sobre La Mona para hacerle firmar, otro una revista, el más preparado dice que desde hace 12 años va a ver la Mona todos los fines de semana y muestra una gorrita donde hizo bordar La Mona con mayúsculas y al costado, el nombre de su barrio: Villa La tribu. Todos llevan su máquina de fotos.

 

También se cuelan historias del trato de la Policía y de los episodios de violencia en los bailes o fuera de ellos. El costo del CD nuevo lleva la charla hacia la fortuna de La Mona.

 

—Una revista dice que es el séptimo más rico del mundo.

 

—Y, mirá, si se compró toda la cuadra acá en el Cerro. Sabés lo que vale una casa acá. Este las quiere todas. Le falta aquella de allá, la quiere comprar y no se la venden. Ahí dicen que quiere poner su museo.

 

—Es la Juana la que maneja todo.

 

Sigue llegando gente. Quique los manda a todos al frente. Otra vez se larga a llover.

 

—Sí, a la Juana le gusta mucho la plata. Una vez encontró a uno que el Carli hizo entrar gratis y lo agarró de los pelos para sacarlo afuera gritándole que si quería entrar al baile tenía que pagar. Antes venías los miércoles y La Mona te firmaba una tarjeta para entrar gratis, pero ahora no lo dejan hacer esas cosas.

 

—Vos viste que la Mona cuando está solo toma con vos, hace chistes, es un viejo piola. Te trata como un amigo. Pero la mina no deja que se le acerquen.

 

El jardín de la casa está lleno de plantas, estatuas y fuentes iluminadas con luces amarillas, rojas y blancas. Un Edén iluminado como un escenario. Como siempre los padres y madres con niños tienen derecho a ser los primeros.

 

Cuando se abre la puerta aparece La Mona con un traje negro y blanco a rayas –dicen que nunca usó el mismo vestuario más de dos veces-. Hay unas 150 personas esperando, pero el alboroto no hace que La Mona se olvide de uno de sus rituales más famosos. Antes de cruzar la reja elige una de las hojas de la planta de trébol que está en el jardín y se persigna.

 

En la vereda, bajo la luz cenital, pide que si las fotos van a ser con flash, le avisen para ponerse las gafas.

 

—¿De Buenos Aires? Ahh. ¿Cuándo es que estoy en Buenos Aires? –pregunta mirando al costado y le responden- ¿Ahh? Miércoles. Si, el miércoles estoy en José C. Paz. El Tornado se llama el lugar. No me dijeron nada de unas preguntas. Es que estamos con el disco. Igual yo estoy en Buenos Aires el miércoles—dice La Mona todavía como dormido, arrastrando un poco las palabras. Interrumpe la respuesta para abrazar a Tiziano, un nene de 4 años que amenazó a la madre con que, si La Mona no le firmaba el yeso, se lo iba a arrancar golpeándolo contra la pared.

 

—¿Tiziano con “c” o con z? Ahí está Tiziano. Cuidate el brazo che. Y cuidame el yeso. ¿Un Dios? No loco, yo no soy un Dios. A mí me pone contento que la gente me quiera y no me putee.

 

Ayer La Mona estuvo en el Sargento Cabral. Hoy toca en Sociedad Belgrano. Después de sacarse las fotos la mayoría de los fans sube a sus motos y parte rumbo al baile. La Mona no se deja entrevistar. Pero estampa un autógrafo para “la revista de Buenos Aires” antes de irse. Córdoba no duerme, La Mona marca la secuencia de la noche que el resto debe seguir, y sigue con fidelidad.  


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