El catalanismo desborda los contornos de la democracia española y aprieta el acelerador de una sedición fundante. Aunque Rajoy y los españolistas pretenden desarmar la legitimidad del relato catalán, su fuerza ascendente preexiste a la crisis del bipartidismo español. Y todo nacionalismo, constituido como tal, escribe Julio Burdman, buscará más tarde o más temprano la formación de un estado independiente.



Lo que está sucediendo en Cataluña merece, desde Latinoamérica al menos, un análisis más desapasionado. La mayoría de las cosas que hemos podido leer últimamente no se caracterizaron por eso. Sobre todo, lo que nos llega desde España. No podemos pedirles tanto a españoles y catalanes, que hoy sufren “angustia de separación” y están envueltos en un conflicto identitario. Están crispados, bajo el asedio de una campaña feroz dirigida a sus propios indecisos, que son los habitantes de Cataluña que hoy no están claramente en ninguna de las dos veredas. Ellos serán los que finalmente resuelvan la disputa.

 

Pero para ello deberán embarrarse. Aquí no estamos ante dos opciones de política pública que podamos debatir dentro del marco regulatorio de la democracia. Desde hace décadas, el catalanismo desborda los contornos de la democracia española, y hoy aprieta el acelerador de una sedición fundante. Finalmente está sucediendo. Un voto a favor, o en contra, no es cualquier voto. El catalanismo plantea la posibilidad de crear un nuevo orden, una nueva legalidad, una nueva constitución, una nueva democracia. Todo eso ilusiona a más de uno. La cuestión podrá dirimirse más o menos democráticamente, y más o menos violentamente. Pero siempre será sediciosa.

 

Sedición

 

No hay camino allanado para la separación, ni procedimiento de contención. En la tradición española, a diferencia de la británica (desde el siglo XVIII), la soberanía no emana de los derechos originarios ni de la decisión popular. Por eso, en España el independentismo es sedición. Desde hace años –recordemos que éste no es el primer referéndum que se ha intentado- se habla de la ilegalidad del acto electoral soberanista, pero no encontraban la forma de operacionalizarla. Los jueces han buscado delitos accesorios, como abrir una escuela en fin de semana, para ordenar las actuaciones de las fuerzas policiales.

 

Es que la sedición no es, en realidad, un acto reñido con el código penal. Es  un alzamiento contra el orden político. Es diferente de la insurrección y de la traición, que en general están tipificadas como delitos. Por eso, los españolistas han buscado asimilar sedición con insurrección, golpe de estado y traición. La insurrección supone un acto violento. Armas, muertos y sangre en las calles. Y aunque han circulado versiones sobre la participación de los Mossos –la policía regional catalana- en el proceso, no ha habido hasta el momento ningún hecho de violencia. Lo mismo cabe para las acusaciones de traición: no casualmente, los españolistas más polarizados se llaman a sí mismos “loyalistas”. La traición supone un pacto con un enemigo externo en contra de los “intereses de la patria”. Se han publicado notas agitando el fantasma de la intervención de “hackers rusos” y “populistas latinoamericanos” a favor del separatismo, pero no llegaron a constituir un caso. La sedición sin más connotaciones es una criatura difícil de reprimir.

 

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La violencia, por ahora, está en el discurso. En todas las sediciones, incluyendo las que fundaron los estados español, uruguayo o argentino, hubo estrategias, intereses y manipulaciones. Ayer nomás se confabulaba en la jabonería de Vieytes por los términos de una nacionalidad. Hoy, en nuestro mundo de soberanías populares, además de la jabonería y de las instituciones formales tenemos las guerras psicológicas de los medios y las redes sociales. La creación del estado catalán, en todo caso, será una construcción política singular. Una muy difícil, porque requerirá que una aplastante mayoría de los catalanes, o como gusten llamarse los habitantes de Cataluña, estén con la separación. Esto no es, como el Brexit, una elección que se gana con el 50% + 1 de los votos. El estado británico ya estaba creado; éste hay que armarlo desde cero. Esta elección necesitará una legitimidad reforzada, no menor al 65% de los votos. La construcción política de los españolistas, en cambio, es mucho más sencilla: solo deben evitar que esa mayoría calificada se constituya.

 

Hacia fines del siglo XX, el catalanismo independentista era la Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), y no llegaba a los 300 mil votos. En las elecciones de 2015, hubo tres partidos catalanistas y sumaron casi 2 millones. En este contexto, no hay mucho espacio para que el españolismo acepte un referéndum vinculante. Todas las encuestas disponibles anticipan un triunfo independentista.

 

Separación

 

Toda historia fundante requiere un relato potente. En el de los catalanistas hay una historia de mil años, carolingios, monarquías opresoras, lenguas perseguidas. Heroicas resistencias al franquismo. Y finalmente llegó Rajoy, el enemigo perfecto. Los españolistas, en cambio, hablan en registro presente. Buscan desarmar la legitimidad del relato catalán, y negar su historicidad. Sostienen que la dirigencia actual está poblada de oportunistas y catalanistas de última hora. Advierten que la separación tendrá costos elevados, como sucedió con el nacionalismo quebequense. Pero esos argumentos caen en oídos sordos tras la crisis económica del año 2009. Casi como el europeanismo en la campaña del Brexit.

 

Si estos son los números, entonces es poco eficaz hablar de sedición. Y tampoco sirve demonizar al catalanismo. Sobre todo, porque el Partido Popular de Rajoy fue bastante connivente con el desarrollo del sentimiento catalanista. En una entrevista dada a la televisión española, Rajoy volvió a hablar de ilegalidad y a apelar al resurgimiento del “nacionalismo catalán moderado”. Muchas contradicciones para una sola frase, señor Presidente.

 

Todo nacionalismo, constituido como tal, buscará más tarde o más temprano la formación de un estado independiente. La evidencia histórica deja pocas dudas al respecto: los nacionalismos van por eso. Cada caso manejará tiempos y formas diferentes, pero está dominado por ese sentido. Sin embargo, el Partido Popular de Aznar y Rajoy creyó, o quiso creer, en la división interna local de los nacionalismos (catalán, vasco y otros). Y en la alianza con las “alas moderadas” de cada uno en el marco del parlamentarismo español. Cuando se trata de formar gobierno, no hay aliados malos. El Partido Nacionalista Vasco y el catalanista Convergencia y Unión fueron aliados menores de las legislaturas conducidas por el PP. El PSOE también tuvo acuerdos con los nacionalismos, pero el historial de las legislaturas españolas muestra que lo hizo en una menor medida.

 

Según la idea de los “bipartidismos regionales”, en Cataluña había una izquierda y una derecha constituidas como partidos enfrentados entre sí. Izquierda Republicana de un lado, Convergencia y Unión del otro. Entonces, el Partido Popular podía pescar en ese juego, sumar a Convergencia y Unión a sus legislaturas, y aislar al independentismo. Y tal vez hacer de CiU su propia CSU, su aliado funcional permanente. Ocurre que el PP sale quinto en las elecciones catalanas, y eso produce desequilibrios. En esa lógica, se olvidó que CiU no era regionalista sino nacionalista. Siempre, desde la democratización, CiU hizo todos los esfuerzos para fomentar la autonomía y la separación. Tal vez, lo que los partidos del bipartidismo español tenían ante sí, y preferían no ver, era un único partido, el catalanismo, con dos vertientes, una de izquierda y otra de derecha, al que fueron alimentando durante la rosca parlamentaria. El catalanismo fue adquiriendo, mientras tanto, una influencia comunitaria cada vez mayor. Rajoy se muestra sorprendido por la “evolución radical” del catalanismo en los últimos años, cuando lo que en realidad sucedió fue una alianza de los partidos catalanistas.

 

El más famoso politólogo catalán, Josep Colomer (2017), dice que este canal de negociaciones entre los partidos españoles y catalanes dio lugar a un federalismo informal, que nunca contó con un diseño consistente. Y despliega entonces su tesis de lo que está ocurriendo: se fueron acumulando conflictos inter-territoriales, en ausencia de un federalismo en serio, y cuando se produjo la crisis del sistema de partidos españoles -surgimiento de Podemos y Ciudadanos- en el marco de la reciente crisis económica española, el sistema se dislocó. La solución, entonces, pasaría por una España federal.

 

Soberanía

 

Lo de Colomer suena convincente. No obstante, John Agnew (2008), quien escribe sobre Italia, llega a otra conclusión. Vale la pena traer este caso porque se ha comparado al “padanismo” -así denomina la Lega Nord al movimiento por la independencia del Norte Italiano, la Padania- con el catalanismo, ya que ambas corrientes independentistas esgrimen como argumento la injusticia de estar aportando más que el resto de las regiones al tesoro del estado-nación. Pero Agnew sostiene que fue el sistema de partidos italiano el que se resquebrajó por el surgimiento del independentismo norteño (sumado a la crisis del Partido Comunista tras el derrumbe de la URSS), y no al revés. Agnew observa que el padanismo venía cobrando fuerza en la política italiana antes de los escándalos de corrupción que erosionaron a socialcristianos y socialistas, y que el mani pulite fue una ventana de oportunidad. De España podríamos decir algo similar: la fuerza ascendente del catalanismo preexiste a la crisis del bipartidismo español.

 

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Un punto para Agnew es que las explicaciones basadas en la singularidad del caso español/catalán aparecen diluidas por el surgimiento de nacionalismos, independentismos y separatismos en una gran cantidad de estados. Sucede en Europa, y en otros continentes. Esto pareciera coincidir con la crisis de los proyectos supranacionales: la globalización dirigida por Estados Unidos, el islamismo político, el europeanismo. Los estados se vuelven más proteccionistas y soberanistas, y florecen los micro-nacionalismos. Muchos catalanistas que quieren votar en un referéndum legal están motivados por razones culturales, pero además no creen que los marcos supranacionales provean buenas razones para seguir estando. La soberanía territorial se escinde del mundo que habíamos imaginado: se quiebran los estados, y se quiebra el mundo globalizador que los estados habían construido. Era por abajo.

 

Referencias:

Agnew, John (2008). Berluscony’s Italy. Mapping Contemporary Italian Politics. Temple University Press

Colomer, Josep (2017). “The venturous bid for the independence of Catalonia”. Nationalities Papers, vol. 45 n. 5, pp. 950 – 967


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