El productor de teatro Ariel Diwan denunció en el programa Intrusos que su ex pareja, Gisela Bernal, le atribuyó un hijo de otro hombre. Se expuso, con la lógica del melodrama y vulnerando los derechos del niño, el modo en que gran parte de la sociedad piensa los vínculos parentales y la vida sexual de las mujeres. La televisión se nutrió de las confesiones que por whatsapp y twitter hicieron los protagonistas, invitando a los panelistas a debatir su vida íntima. Los juicios de valor se multiplicaron. Las rutinas profesionales y las tramas narrativas se construyen a partir del interés social por conocer en extremo la vida ajena y lograr un trendic topics en las redes sociales.



Las narrativas del escándalo sobre celebridades del espectáculo, emparentadas con la tradición del melodrama, habilitan códigos que reconocemos gracias a la memoria narrativa en la que fuimos educados y socializados. Personajes maniqueos (buenos y malos), verdades ocultas, engaños y traiciones, trasfondos moralizantes. Así, en los ciclos dedicados al espectáculo y la farándula, el melodrama chimentero ubica al público en un lugar de conmoción, asombro y juicios de valor que estimulan una identificación con los personajes.

 

En estos días la televisión ofreció una exitosa historia de amor, adulterio y traición que mantiene en vilo a su audiencia y sostiene con énfasis la proliferación de juicios morales. El relato comenzó cuando el productor de teatro Ariel Diwan denunció en el programa Intrusos que su ex pareja, Gisela Bernal, le atribuyó un hijo de otro hombre. Diwan puso a consideración pública no sólo el drama del reconocimiento identitario de un menor sino, los modos en que nuestra sociedad piensa los vínculos parentales. “Te puedo dar una lista larga de todos los que estuvieron con Gisela antes, durante y después de mí”, “se enfiestaba con una bailarina”, dijo con despecho Diwan. Casi de inmediato, el archivo de fotos de Gisela Bernal habilitó sugerencias sobre los múltiples vínculos eróticos de la bailarina con famosas, mediáticos o meros desconocidos. Instalado como “el tema del año”  los juicios de valor circularon en diferentes programas de chimentos y farándula –pero también en noticieros, magazines y programas periodísticos- y en los comentarios de las redes sociales: “trola”, “pedazo de turra”, “a este gato solo le importa la guita de los tipos”.

 

Llevado a su versión extrema, el melodrama Diwan-Bernal hace carne en la verborragia virulenta del varón traicionado que, iluminado por la cruda verdad, ata cabos e insulta sin tapujos. Las emociones, entonces, aparecen de manera catártica, dolorosa, frenética, expresada con gritos; visibilizada en el llanto de Diwan, en sus desmayos, en el rostro desencajado, en el silencio de Bernal, en el enojo y la indignación del público.

 

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Como fenómeno contemporáneo, el formato de este relato se inscribe en los nuevos modos de subjetivación. Desde los talk shows de los años 90 a la actualidad de las redes sociales, aquello que alguna vez supo ser privado se declama como público. Capítulo a capítulo nuestra historia va configurándose a partir de guiones que se escriben -en parte- desde las prácticas confesionales que por Twitter o vía Whatsapp hacen los protagonistas. “Solo te digo que está mintiendo. Siempre supo todo”, le advirtió Bernal a la periodista Marina Calabró después de escuchar lo que decía al aire su ex pareja. Así, son los personajes principales de esta historia  quienes abren las puertas de su privacidad e invitan a conductores y panelistas a que debatan sobre cada detalle de su vida íntima. Las rutinas profesionales y las tramas narrativas se construyen dependiendo del minuto a minuto, del interés social por conocer en extremo la vida ajena, de guardias periodísticas y de lograr un trendic topics en las redes sociales.

 

 “Es para una serie de Netflix, si me ofrecieran esto para un guión diría: pará, bajalo un poco”, dice Alejandro Fantino llevando el escándalo mediático al plano de la ficción. Y es que los extremos de la historia Diwan-Bernal se desarrollan, como se dijo, con muchas de las claves propias del melodrama: conflictos de clase (Diwan es rico y Bernal es pobre), adulterio (Diwan estaba casado y concretó su separación cuando Bernal le anunció su embarazo), distancias y peleas familiares (a Bernal nunca la aceptó la familia de Diwan), engaño malicioso (Diwan sostiene que el hijo es de otro), disputas patrimoniales (Diwan reclama la devolución de un inmueble que habría cedido a Bernal).

 

Cierto ensañamiento de los conductores y la audiencia con la figura de Bernal, muestra cómo el discurso dominante busca la restitución del orden a través de una operación moralizadora de género -sustentada en la falta de moral- que subraya cuáles son los límites que no debe trasgredir una mujer (sostener varias parejas sexuales). Nadie está dispuesto, en especial los conductores y periodistas, a creer que Diwan sabía más de lo que enuncia; nadie puede escuchar que Bernal afirme que ambos mantenían, de manera consensuada, relaciones en paralelo y que, ante su embarazo, Diwan decidió asumirse padre aún sin la confirmación de su filiación biológica con el bebé. La restitución de la verdad (momento clave de todo melodrama) implica en esta historia la estabilización de un modelo parental genetista en el que los lazos sanguíneos son la única forma de constituir una familia legítima. Los comentarios que acompañan las notas de sitios de internet dedicados a la vida de celebridades mediáticas afirman que Diwan paga con su calvario haber supeditado el deseo sexual (hacia Bernal) por sobre la familia constituida (su anterior pareja e hijos). Pero además, la búsqueda de la verdad -para distinguir a la víctima del victimario- se expresa en una cerrada reacción de escarnio público frente al discurso de una mujer que no se muestra dispuesta a arrepentirse de su activa vida sexual: “Una fiestera, por eso no sabe quién es el padre”, se leía en los comentarios de la web.

 

Al enojo generalizado, se sumó el humor y la parodia. Los memes aparecieron y circularon por las redes sociales dejando en su camino frases como “Yo no me acosté con Gise”, “Diwan, seguí participando” o “El pibe de Gisela Bernal no es mío”. Sin duda el humor edulcora la mirada condenatoria, aunque este giro retórico mantuvo las mismas valoraciones morales negativas. La pregunta que nos hacemos entonces es, ¿qué impacta tan hondo para llegar a juzgar de un modo categórico a la protagonista de esta historia? ¿Es una herida que se abre por una hombría humillada o más bien se condena la visibilización de transformaciones en las experiencias de las sexualidades femeninas?

 

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En la vorágine mediática en la que cada vez más personas (amigos de las partes, familiares, opinólogos seriales) mostraron su disposición a aportar detalles sobre la relación de Diwan y Bernal, los medios de comunicación se desentendieron del menor involucrado. Un día después de la difusión televisiva del caso la Defensoría del Público emitió un comunicado. Pero ante las advertencias sobre la vulneralización de los derechos relacionados con la identidad, la intimidad familiar y la integridad personal del niño, conductores y periodistas se escudaron en que la exposición había partido del testimonio voluntario y explícito de sus progenitores. Y que la labor periodística los obligaba a brindar esa información. Con tales argumentos, cercanos a la lógica militar del “daño colateral” que justifica acciones inexcusables, se eludió la posibilidad de reparar el modo inapropiado en que se hablaba del menor. Y siguieron avasallando sus derechos. Con el comunicado de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca) que prohíbe publicar y difundir cualquier dato, imagen y video sobre el pequeño, la inmediata reacción de varios periodistas fue leer en esta decisión un “bozal” a la prensa enmarcada en una persecución ideológica. “Así no se puede laburar”, sentenció Jorge Rial.

 

Este caso mediático en particular nos permite observar un modus operandi más amplio y enraizado: el funcionamiento de las lógicas morales de nuestra sociedad en donde los medios, lejos de ser un espejo, forman parte y retroalimentan aquello que discursivamente critican. “¿Qué va a pasar dentro de unos años cuando este nene vea las cosas que se dijeron?,  se pregunta Mariana Fabbiani entre la indignación y la angustia. La conductora omite que ninguno de los ciclos dedicados a debatir sobre la intimidad de los famosos – incluido el que ella misma encabeza– tomó la iniciativa ética de proteger al niño. Por el contrario, la estrategia de manifestar preocupación por el menor resultó en más horas de pantalla, de debates y opiniones sobre el “dramático caso”, como si la decisión y voluntad de terminar con la exposición a la que fue sometido fuese exigible sólo a la familia.

 

En definitiva, la producción de narrativas escandalosas incluye, para quienes las realizan, la potestad de reservarse de toda crítica: ya sea por la “búsqueda de la verdad”, por “deberse al interés de su público”, porque “son las reglas del juego”, por la “indignación que genera el caso”. Así se desconocen los límites éticos en los que se inscribe no sólo la práctica periodística sino aquellos que implican el respeto por la integridad de las personas. La historia Diwan-Bernal se ofrece como parte del relato de esta televisión indignada que, acompañada por parte de un público preocupado por la moralidad femenina contemporánea, conforma una mirada colectiva que juzga, reprocha y acusa. Y naturaliza la indignación como justificación suficiente.


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