En los casos famosos de infidelidad, los medios focalizan donde siempre: en las mujeres que se destruyen entre ellas, en triángulos donde el varón se salva y las paralelas se tocan para escupirse blasfemias. No hablan de anticonceptivos, pero vomitan juicios sobre las mujeres. Con el caso Granata, la tentación es exaltarla más por sus enemigas que por sus propias virtudes. Tampoco se le puede hacer un altar: porque en un día, un mes, denostará a otra pibita por cornuda, por puta, por hacerse un aborto o por teñirse de rubia. Un manifiesto de Luciana Peker.



Las negras se embarazan por un plan y las rubias por un viaje a Miami. La clase no quita lo conchuda. Nada lo quita. Las casadas son cornudas y las amantes gatos. Las otras son roba maridos y las oficiales despechadas. Las lenguaraces chanchitas son una foto para los amigos y las embarazadas son vividoras por vientre propio. Las independientes son frustradas por falta de marido y las amas de casa desguazadoras de billeteras ajenas. Las naturales son abandónicas de novios sin seducción. Y las producidas, operadas con extensiones y pestañas postizas desmontables. Las flacas son huesudas sin carne de donde agarrarse y las pulposas rellenitas que tienen que dejar los postres. Las que no son madres son egoístas y las madres son aburridas. Las que no mandan foto son turras y las que se graban son trolas. Las que delatan los watsap son zorras y las que no echan al que mandó los Whatsapp son zonzas. Las que no están buenas son incogibles y las que están buenas son frívolas. Las que se pusieron tetas son artificiales y las que planchan no dan bien en las fotos. Las que tienen panza no están para darle y las que dan son busconas. Las que pierden el embarazo son fabuladoras o aborteras y las que tienen hijos de casados son asaltantes de cuotas alimentarias. Las que salen con un tipo con hijos son destruye familias y las que critican a sus ex que las engañaron son hervidoras de conejos. Las que se quedan llorando al padre de sus hijas necesitan una pija y las que se van de escapada con un novio son madres abandónicas. Las que están con muchos tienen que rendir prueba de ADN si son madres y las que buscan un hijo por banco de semen son lesbianas o amazonas. Las que están con otras chicas son fiesteras y las que tienen novia son machonas. Las que dejan de trabajar para no mediatizar la violencia de género tienen algo que esconder y las que siguen trabajando usan la violencia de género para hacer caja. Las que aceptan que el novio salga con sus amigos son unas boludas y las que lo retan para que él comparta tareas son unas quema cabezas. Las que dicen que un insulto y un empujoncito es violencia son unas feminazis y las que se quedan después de una tormenta son unas sumisas.

 

Y así al infinito.

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Los dardos envenenados de prejuicios se disparan contra todas las mujeres (y también de mujeres a mujeres) como si la madrastra de Blancanieves renaciera con las redes sociales y preguntara:

 

—Pantallita, pantallita: ¿Quién tiene la selfie más linda? 

 

La revolución se volvió tsunami de guerra de vedettes con las plumas para atrás y el conchero plagado de blasfemias modernas que son contadas al pajarito twittero. El barro mediático en el que dos mujeres se pelean por un macho, siempre ileso y altivo (aún en su remordimiento por el mal watsapito) y en el que ellas se enchastran de la mala leche propia y ajena no es solo revoltijo de brujas hincando el diente sobre la carne joven que puede despertar la pasión del varón domado. (Como Sabrina Rojas echando a las bailarinas de Marcelo Tinelli para que entre Luciano Castro a mostrar los abdominales y no sea acarreado por el infierno de culos más lozanos). O de espectáculos de lenguas karatecas viralizados como tema nacional. (Eso sí, como Moria no habrá ninguna igual, aún cuando ella inauguró la idea de nombrarse caviar y al resto mortadela).

 

Esta semana el escándalo fue la infidelidad de Leonardo Squarzon a Amalia Granata con Pau Linda y su evangelización post cuerno en el living de Susana. Las fotos y los mensajes de texto hot condimentan la historia. Y el embarazo de seis meses de Granata dan tragedia y redención al culebrón con una foto 4D del bebé que completa el combo.

 

Amalia Granata optó por usar dos espadas, la libertina y la conservadora:  

 

—Yo metí los cuernos, fui cornuda y amante. ¿Qué lo voy a juzgar? He sido traviesa—, se autoproclamó en el living de Telefe para que no la tomen por boluda, y asentar que ella da vuelta las sábanas.

 

Y, a la vez, como a la vieja usanza, que una pareja se dobla, pero no se rompe.

 

—Nunca se me ocurrió romper mi familia por una infidelidad- dijo.

 

Pero si Doña Rosa existe estaba en la tribuna de Su y le gritó:

 

—Amalia, lo va a volver a hacer

 

—Si me engaña otra vez lo rajo- contestó ella, rápida para no desilusionar a la tribuna.

 

“Granata vs Pau Linda” resumió el festín de chicas contra chicas la tapa de Gente y focalizó donde siempre: un hombre le es infiel a una mujer y las que se matan son ellas.

 

Y no es que ellas no se maten.


 

La pica femenina es real. Pero no inocente. Los medios muestran las malas relaciones y no las buenas. Priorizan y dan roles protagónicos a mujeres más jodidas y menos solidarias que ejercen el rol de modelo de éxito. Las películas clásicas para chicas se basan en el eje amor romántico y guerra con otra contrincante. Se salvaguarda a los varones de sus errores y se demoniza a las diabólicas chicas malas.

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Las sociedades sin tensiones (también entre mujeres) serían imposibles, inviables y aburridas. Pero la crispada riña entre mujeres desde niñas (con ese tono áspero, canchero y cadereo que va surgiendo desde la menos tierna infancia, por el peso de la educación por género) es, sin duda, uno de los más asentados y menos cuestionados galardones machistas.

 

Los medios –agarrados con uñas y dientes de cúpulas masculinas que no se enteraron de la revolución de las mujeres- gustan de la pica entre minas y ponen en el mismo ring a Margarita Stolbizer vs Cristina Kirchner que a Pampita con la China Suárez o a Pau Linda con Granata. Por ejemplo, La Nación tituló, el 25 de julio del 2016: “Bronca femenina: la mala relación de Vidal y Magario”, como si entre la intendenta de La Matanza y la Gobernadora de la Provincia de Buenos Aires no existieran diferencias políticas legítimas, sino rencillas para no copiarse un modelito.

 

Todas en el barro.

 

Se enseña que la peor enemiga de una mujer es otra mujer, que bien vale llegar a un lugar de poder para ser la única (y no para abrirle la puerta a otras mujeres), que más vale nunca tener a una mujer arriba, que las mujeres son complicadas y es más fácil trabajar con varones. A contrapelo, la sororidad es una de las más bellas y embanderadas banderas que pregona el feminismo. Quiere decir hermandad y solidaridad entre mujeres. Por suerte, la sororidad está haciendo eco.

 

El feminismo destapó el velo de las violencias enclaustradas y logró decir que la intimidad es política y que la violencia en las parejas no es un hecho privado. El amor no es violencia. La pasión tampoco. Pero ni el amor, ni la pasión, ni el sexo, son sensaciones frías y manejables sin turbulencias.

 

Todas las formas de amorosidad se construyen. Incluso el poliamor en donde la infidelidad deja de ser un puñal y pasa a ser una opción de intercambios respetuosos y sin propiedad privada. Pero toda opción, por más libre que sea, aún el sexo libre, no está libre de miedos, angustias, rencores, celos, dolores, alegrías, temblores, anhelos y expectativas. Y la que esté libre de deseos que no tire la primera piedra. Un feminismo por la felicidad incluye los remolinos de las mujeres deseantes. La filósofa Diana Maffía enseña que el amor es como la reforma agraria: pertenece a quienes lo trabajan.

 

Sin embargo, hay versiones de feminismo express que se volvieron en contra y levantan el dedo contra las mujeres –ahora- en nombre de las mujeres. 

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“Mientras hayan más mujeres como Amalia Granata, menos nos van a respetar a todas. Muy Bizarro lo que tuve que ver. Triste. #GranataConSG”, fue unos de los tuits anti Granata en la noche del domingo.

 

Granata se volvió indigna: una característica que puede agolpar a la que perdona una infidelidad, la que vuelve con el ex que la maltrató o no le paso una cuota de alimentos, la que le escribió un chat al pibe que le gusta y le clavo el visto o la que llora por un tipo que vio dos veces pero que se le volvió un cielo de deseo que le nubla la vista.

 

Las indignas reciben su merecido. No solo de un hombre que puede partirles el corazón. También de una nueva categoría (o vieja pero con nuevos argumentos): las amigas retadoras. Antes una embarazada engañada hubiera despertado –al menos- lástima, una palabra subestimada en su dimensión solidaria. Ni hablar una mujer como Pampita, que sobrelleva el duelo de una hija y a quien los medios se comieron con cuchillo y tenedor porque hizo un escándalo cuando encontró en un set de filmación a su ex marido con otra mujer. No hay piedad para el dolor. Aún cuando el dolor no lo justifique todo. Ni maltratar ni aceptar maltrato.

 

Pero el feminismo mal entendido desplazó el espacio para llorar por desamor, abrazarse entre amigas y comprenderse como palabra clave. En cambio se afianzó la palabra soltar, como si soltar lo que duele fuera lo mejor, y soltar fuera tan fácil. La idea de una suegra retando a la nuera porque no comprende que todos los varones son infieles y hay que aguantar o la de una amiga que cree que una pareja o una desilusión no pueden producir tristeza, rabia o perdón, se parecen en la actitud de dedo levantado. Y en mujeres que no pueden ponerse en los zapatos de las otras, stilettos o zapatillas a piaccere.  


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¿Si Leonardo es el novio de Amalia y Leonardo le es infiel a Amalia por qué la culpa la tendría Pau Linda y no Leonardo?

 

—Cuando me pasó una situación similar yo siempre critiqué a la persona, pero hay que criticar a las dos partes. Quizá ella sí se lo reprocha, pero a su pareja. En público, obviamente, se la agarra con la chica –resumió Cinthia Fernández sobre el dos más dos de la idea de monogamia traicionada por la tracción femenina, como las sirenas maléficas que producen los temporales en el mar y hunden el barco pirata.


 

—No discutimos ni peleamos, pero en un momento le dije: “Me hubieses cagado con la China Suárez, no con este mamarracho con extensiones, pestañas postizas y toda operada –disparó Granata.

 

—¿Te dolió que Amalia te tratara de “chiruza”? –metió el dedo en la llaga Gente.

 

—No. La entiendo porque es una mujer dolida y engañada. Además no se banca que Leo haya estado siempre enamorado de mí. Respeto su embarazo y no quiero generarle ningún daño— se midió (menos mal) Pau Linda.

 

Los medios ponen las luces ahí donde las mujeres se destruyen entre ellas, en triángulos donde el varón se salva y las paralelas se tocan para escupirse blasfemias.


 

El problema no es que la frivolidad sea cadena nacional. El problema es que la disputa de mujeres contra mujeres es casi lo único que se muestra entre mujeres y tiene un público que festeja el ring sin cintureos. Pero que también deshilacha el machismo femenino e, incluso, algunos mal entendidos con el feminismo mal usado para cargar de coronas de espinas, abdicaciones o nuevas demandas de dignidad empoderada a las mujeres que flaquean por amor, pasión o ganas.      


 

—Quizá no es lo correcto, no es lo ideal. No soy ejemplo de nada ni quiero que lo tomen como natural, pero pasó esto, hay una vida de por medio y estoy feliz. Es muy fuerte venir a un programa y que te hablen de moral. ¿Cómo me van a dar ustedes educación sexual? Tengo 35 años, chicas. Jamás me enfermé de nada, es mi segundo embarazo, no tuve más embarazos promiscuos –se defendió Amalia Granata, ante las preguntas de Analía Franchin y Carmela Bárbaro cuando empezó su romance y reveló que quedó embarazada en la primera cita.

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El adoctrinamiento Granata comenzó tan pronto como su embarazo.

 

El 7 de junio, en el programa “Los ángeles de la mañana” preguntaron si se cuidó, porqué no se cuidó, cuándo había tenido sexo, el calendario de su ovulación, si conocía los efectos del HPV y si se hacía el test de HIV cada seis meses. No más pruebas su señoría.

 

¿Quién no coge en la primera cita como dicen los manuales neoyorquinos para conseguir novio que siguen poniendo el deseo en el pene y las redes en la vagina? Ok, lo raro no es el sexo. Lo raro es que no se cuide. Pero lo raro raro es que la televisión jamás pregunta ni habla de preservativos salvo para que el latex envuelva para el latigazo a la mediática que quería baby shower de marca de pañales y obtiene un tribunal popular de ginecología.

 

Los medios no hablan de anticonceptivos, pero vomitan juicios sobre las mujeres. Muchas veces porque no hay mujeres en los medios y, muchas, porque las que hay, las que llegan o las que permanecen cumplen con el rol de mujeres inquisidoras de otras mujeres. Y los varones son los que bajan línea. “Hay una confusión: la sexualidad y la procreación no se resuelven con una píldora. Todo es afortunadamente más complejo y más profundo que decirles a chicos de 13 y 14 años: “hacé lo que quieras y después tomate una pastillita””, dictaminó Ricardo Roa, desde la editorial de Clarín, del 8 de septiembre del 2016 titulada “Curso de desorientación sexual en el Pellegrini”.

 

La demonización de una charla sobre legalización del aborto y sobre las adolescentes, porque abortan o porque se embarazan, es un festín mediático sin fin. Roa habla de pastillas para chicos cuando las pastillas solo la toman las chicas. Y las más chicas son las que ejercen una sexualidad mucho más prudente –para escupitajo del periodismo Feinmann- que las adultas. En promedio ocho de cada diez argentinas usa anticonceptivos. Las más jóvenes dan cátedra: nueve de cada diez se cuidan. El uso de anticonceptivos y de preservativos desciende con la edad. Solo siete de cada diez señoras –de entre 40 y 49 años- se cuida de embarazos no buscados y enfermedades de trasmisión sexual, según la encuesta realizada por el Programa de Salud Sexual y Procreación Responsable, en todas las localidades del país de más de 2.000 habitantes del país, en junio del 2013.

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El fenómeno Granata no es aislado, sino gráfico del mapa del sexo cuidado. Amalia tiene 35 años y contó que especuló con la ovulación. Igual que ella, el 4,1 por ciento de las argentinas de entre 30 a 39 años aplican el método tradicional. En cambio, entre las adolescentes -de 14 a 19 años- solo el 0,1 por ciento se protege de un embarazo contando fechas y suplicando calendarios. El 41,8 por ciento de las chicas usa preservativos como método anticonceptivo. Las mayorcitas, que las doblan en edad, las doblan, también, en riesgos: el uso de métodos de barrera desciende a 23,8 por ciento de los 30 a 39 años.

 

“La fábrica de hacer hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado” fue el título de una nota de Clarín, del 5 de septiembre del 2009. El Juzgado de Primera Instancia en lo Civil Nº20 condenó al diario por violencia mediática y consideró que el título era tendencioso e imponía una visión negativa de la elección reproductiva de las mujeres. Es un caso testigo pero no el único. La revista Hola atormentó a Paloma Herrera por ser una bailarina exitosa pero no haber dado palmitas de provechito y la acribilló peor que una madre embalsamada en el Siglo XIX: ¿Quemaste etapas por apostar todo a tu carrera?; ¿y el amor?; ¿sentís que por tu trabajo resignaste el amor?; ¿fantaseás con casarte algún día? y ¿pensás en ser madre?

 

En el Granatagate, una vez más, el hombre parece el potro torturado por la baja sexual del embarazo y desbarrancado por un pelo de rubia. Y padre por una alquimia inmanejable que acepta si es buen hombre o se borra si procede como un cobarde.

 

—Según él se había mandado una macana con el embarazo porque casi no conoce a Amalia –contó Paula Andrea Snijur, Pau Linda como se hace llamar, amante de Squarzon, definido como pizzero e instructor de tenis (para delicia de los defensores del porno sin vuelos de guión), en la revista Gente.

 

Squarzon, el autor de la frase “toda la lech… para vos”,  divulgada por revistas, programas de tele y portales, tiene 43 años. Y, contra el mito, no todos los hombres son iguales. El 38,1 por ciento de los varones -de entre 40 y 49 años- se cuidan con métodos de barrera y el 62 por ciento, como el pizzero, no. En cambio, entre los chicos de 14 a 19 años, son mayoría (62,8 por ciento) lo que sí se calzan profiláctico. 


 

La tentación es exaltar a Santa Granata. A veces, como algunos procesos políticos, más por sus enemigas que por sus propias virtudes. Pero las famosas tienen ese yo se qué. Te fallan. O fallás si las exaltás como Maddonas pop en donde su látigo bizarro en algún momento te va a mirar a vos y te va a desnalgar por la espalda. No se puede hacer un altar a Granata. Porque si la ponés como la reina del poli amor, de la pelea en la pareja que no es solo corazoncitos animados (o desanimados) o violencia de género; de la mina que reinventa su fracaso en éxito amoroso, te la va a clavar. Vos sabes que te la va a clavar. En dos, tres meses, dos, tres días, va a estar denostando a otra pibita que todos denosten por cornuda, por puta, por hacerse un aborto o por teñirse de rubia y vos te vas a quedar salpicada de la Granata manía por querer defenderla.


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Yo miro. Todas miramos. Todos miramos cada vez más revistas, que antes bien se llamaban del corazón, y ahora se engañan como revistas de personajes. Pero que ya no son revistas. Antes, los estancieros en sueños de departamentos de dos ambientes sin vacas que defender, ni tener atadas en sus viajes a Europa, ni espacio para desplegar, ostentaban un diario patrio extenso como la pampa. Y sus esposas chismoseaban qué se puso o con quién está ahora mientras el pelo se secaba y la cabeza volaba fantasías y destilaba broncas conyugales en la bendición de la peluquería. Ah, la vieja y ponderada división de roles.

 

Ahora las peluquería masculinas tienen más cola que ninguna otra para recortar la barba o hacer el afilado despunte al costadito que requiere precisión mensual, el diario se lee en la web y te cuenta todos los chismes todos, incluyendo la seccioncita hot (que para conservador solo quedan las editoriales contra la legalización del aborto pero para el sexo like el cambio sí existe) y las famosas se debaten en TN o entre el periodismo pro-militante del programa de la tarde.

 

Desde siempre, si Flavia Palmiero llegó bien a los cincuenta es un espejo para tener fe en que a los 51 se pueden bajar treinta kilos y decir que, como Catherine Fulop, ahora la sexualidad es mejor que a los veinte. Si Carmen Barbieri se hizo una liposucción con un novio que le curaba las heridas quiere decir –o quiere leerse- que alguien puede pasar una gasa por nuestras propias lástimas. Si Luciano Castro y Sabrina Rojas bailan un cuarteto abrazados y ella lo carga con que le dan celos las bailarinas porque son carne joven y él la mofa porque duerme mucho en los aviones quiere decir que hay gente que todavía se quiere. ¿Por qué no? Y si la dejan a Pampita no es que era tu culpa, por no cambiar el cargamento de bombachas sin elástico y dejar de marcarte las pestañas para ir a la parrilla de la esquina, sino que a ella también, a ella que no necesita un burquini contra el terrorismo de la celulitis y la adiposidad localizada, a ella también la engañan, la dejan, la lastiman.

 

Las revistas del corazón y las femeninas siempre hablaron y casi solas hablaron –salvo la bellísima experiencia de la mítica revista Latido- de sentimientos y sensaciones inhabilitados salvo para Corin Tellado, Sex and The City, los consejos de Alessandra Rampolla y el nuevo romance o la última ruptura descubierta por los paparazzis que desafiaban el lema “no pictures” y mostraban la otra cara del amor al descubierto. Ahora, en la era selfie, el confesionario ya no sabe, no quiere o no le conviene taparse la cara en busca de una intimidad perdida o colectivizada. No queda la elegancia de Luis Alberto Spinetta colgándose el cartel de “lean libros” para la revista Gente en medio de su romance con Carolina Pereletti.

 

El amor también tiene que volver a leerse.


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