Las palabras agresivas y burlonas de Lanata y otros famosos sobre Florencia Trinidad banalizan los derechos conquistados por un colectivo históricamente perseguido y discriminado. La socióloga Mariana Álvarez Broz analiza las relaciones de igualdad y desigualdad en un contexto de ampliación de derechos. Es en las experiencias cotidianas y en los discursos, dice la autora, donde se va tramando la realidad social, más allá de lo que dice la ley.



I.- El poder de nombrar(se)

 

El debate que se generó en torno a Florencia Trinidad a raíz de los dichos del periodista Jorge Lanata habilita a problematizar cuestiones fundamentales sobre las identidades trans que si bien atraviesan este caso al mismo tiempo lo trascienden.

 

Los sentidos que circularon en esta polémica, materializados en los distintos puntos de vista reactualizaron por un lado algunas preguntas sobre la relación entre sexo-género-deseo. Por otro, pusieron de relieve ciertas disputas que se deslizaron en la manera de nombrar a las personas,  de interpretar y concebir el mundo.

 

Si hay algo que las personas trans han demostrado en su devenir es que lo biológico no es destino, y que hay múltiples y variadas maneras de experimentar y vivir el género. Lo primero equivale a decir que el sexo anatómico asignado a cada persona al momento de su nacimiento no determina su género, en tanto éste es producto de una construcción social que, incluso, varía cultural e históricamente. Sólo a modo de ejemplo: la noción de masculinidad no era la misma en la Argentina de 1930 que hoy (podemos pensar en el responsable único, proveedor y sostén económico del hogar); ni lo que se entiende por feminidad es igual en San Salvador de Jujuy o en Marruecos con el uso del velo o el hiyab. 

 

Lo segundo, tiene que ver con cuestionar una lógica binaria –masculina/femenina- y reduccionista que no contempla otras formas de expresión del género, y que aún permanece vigente como un tipo de pensamiento anquilosado que considera que si las personas no encajan en uno u otro casillero son anormales y/o están enfermas.

 

En este sentido, identificar a una persona sólo a partir de su sexo anatómico implica adoptar una perspectiva biologicista y restrictiva del género, que vehiculiza una noción determinista y reduccionista en relación a su  autopercepción, sus deseos, roles y prácticas sociales.

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Los cuestionamientos que imponen las experiencias y las subjetividades trans colisionan contra la hegemonía del paradigma heteronormativo que, desde una posición de privilegio, se arroga el poder de clasificar, juzgar, y nombrar ‘lo diferente’  atropellando el sentir profundo de cada persona y su manera de autoidentificarse. 

 

Como bien decía Humpty Dumtpy, el personaje de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, el poder consiste en llamar a las cosas como uno quiere, y que los otros las llamen de la misma manera.

 

Por eso la disputa sobre el sentido (quién nombra, qué dice, sobre quienes) se reactualiza en un contexto donde “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente” ya está en la Constitución  Argentina. Esto implica que ya no son otros quienes pueden decirle a una persona trans cómo nombrarse, cuál es su género y en consecuencia qué rol adoptar en la sociedad (si como madre o padre): son ellos y ellas quienes tienen el derecho a decidir cómo hacerlo.

 

II.-Iguales de derecho, desiguales en los hechos 

 

Tener un documento masculino o femenino y nombrarse como travesti, mujer transexual, hombre trans, mujer, trans feminidad, hombre, intersex, trans masculinidad, transgénero o como cada quien desee autoidentificarse, no es la consecuencia de un delirio o un síntoma patológico. Es el resultado al reconocimiento de un colectivo que viene luchando desde hace décadas para que su identidad de género sea no sólo respetada socialmente sino, y por sobre todas las cosas, reconocida en su máximo rango: con la fuerza de una ley sancionada en mayo de 2012 y considerada de vanguardia a nivel mundial en materia de derechos humanos. Puesto que el derecho a la identidad (en este caso de género) se enmarca dentro de la legislación internacional de los derechos humanos.

 

Teniendo en cuenta esto, la experiencia interna del género y la vivencia personal del cuerpo (haya sido modificado o no por tratamientos hormonales, medios quirúrgicos o de otra índole) no resultan un capricho sino que constituye un derecho humano fundamental e inherente a toda persona. Como así también otras expresiones del género relacionadas con la vestimenta, el modo de hablar, los modales, o los gestos. 

 

Dijo Lanata: “así que vos decís que cada uno es lo que se siente, si yo vengo mañana y te digo que yo me siento Napoleón, y que soy emperador de Francia, vos me tratás como tal”.

 

Había dicho Gisela Marziotta: “A mí me ofende siendo mujer que un travesti diga que es mujer, resulta que yo mañana me visto de vaca y digo que soy una vaca”

 

Estos sentidos burlones y expresiones despectivas, como muchos otros, dejan entrever la banalización de los derechos conquistados por un colectivo históricamente perseguido, discriminado y vulnerabilizado por ser entendido como disidente al modelo heteronormativo dominante.

 

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Ahora bien. Abordar estos derechos implica que el texto de la ley se haga realidad en su dimensión cotidiana. Porque como sabemos, que una ley haya sido aprobada no garantiza que sus derechos se cumplan.

 

Este punto me recuerda una anécdota que me contó uno de mis informantes durante el trabajo de campo que realicé para mi investigación. En 2013, con su nueva identidad masculina, Leandro (que se identifica como hombre trans) decidió salir a buscar trabajo. A las pocas semanas consiguió como repositor en un  importante supermercado en Colegiales.

 

Cuando le hizo la entrevista, el gerente lo contrató “pensando que era un varón”. Como tenía su nuevo DNI y debido a los efectos de su tratamiento hormonal “no se notaba” que era un hombre trans. Leandro estuvo tres meses a prueba hasta que le dijeron que iban a efectivizarlo. A partir de las bases de AFIP, en el proceso de esos trámites, se evidenció que su número de documento y Cuil pertenecía a una persona femenina. Frente a una pregunta, le contó al gerente de su identidad trans. A los pocos días, estaba de nuevo sin trabajo.  

 

O lo que le pasó a Laura, una mujer transexual de 26 años. A pesar de que ella tenía el nuevo documento donde constaba su identidad femenina, ni siquiera pudo tener una entrevista. Llegó a la perfumería donde buscaban cubrir un puesto de vendedora de cosméticos. Pensó ella, podría ser buena para el trabajo: había hecho un curso de cosmetología. No tuvo tiempo de demostrarla. Al verla llegar, la encargada del local fue escueta. “El aviso es para mujeres”, dijo seria.

 

En otra oportunidad, se presentó a una zapatería femenina de la zona de Morón donde estaban buscando una vendedora. Según decía el aviso: “con urgencia”. Cuando se acercó al mostrador y se presentó, el encargado del local esbozó una risa burlona y le dijo que tal vez encontraría trabajo en el local de enfrente. Señaló, una zapatería de hombres.

 

Estas historias dan cuenta de la importancia que tiene la manera en que los otros nos ven y nos conciben, y cómo su mirada define de manera crucial el acceso o no a ciertas posiciones y lugares sociales y el disfrute o no de ciertos derechos. 

 

Por tanto, para hacer valer el texto de la ley de identidad de género es necesario hacer valer los derechos en la circulación de los discursos, en el trato hacia las personas y en las prácticas concretas de todos los días. Es en las experiencias cotidianas de las personas donde se va tramando la realidad social en sus diversos aspectos y dimensiones.

Más allá de lo que dice la ley.

 

III.- Desafiar el destino

 

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Después de unos días, y a raíz de los dichos de Lanata, en Intrusos Florencia Trinidad dijo: “No me perdonan el haber llegado hasta acá”.

 

Salvando las distancias, y teniendo en cuenta que la historia de Florencia es paradigmática  por su popularidad y sus condiciones de vida, en varias oportunidades escuché la misma idea en boca de otras travestis o personas trans femeninas. Lola, una travesti que vivió de la prostitución hasta hace cuatro años, decía: “el rol que tenemos asignado es el de ser putas, ese es el destino que nos impone la sociedad, y cuando queremos salirnos o hacer algo distinto se encargan de hacernos saber cuál es nuestro lugar y donde tenemos que estar”.

 

Esta representación opera incluso entre quienes nunca fueron prostitutas, a la hora de salir a buscar un trabajo, ante las frustraciones de ser rechazadas, o hasta la dificultad para imaginar que otro camino es posible. Porque también quienes se “guardan” y hacen su transformación de adultas o llevan una “doble vida” (de día con una identidad masculina, y de noche con una femenina) lo hacen cargando con todos los prejuicios sociales y con el temor a perderlo todo: la familia, el trabajo, los amigos, como muchas veces sucede.

 

Sin negar la importancia de lo que significó para la comunidad trans que el estado argentino reconociera la identidad de género como un derecho, estas historias dan cuenta del camino que aún falta por recorrer en lo relativo a la inclusión de las diferencias –en este caso sexo-genéricas- con vistas a la igualdad de todas las personas. Para ello, como vimos, el sólo hecho de la existencia de una ley no alcanza. Es necesario el trabajo cotidiano desde los distintos ámbitos e instituciones, y el compromiso de todos los actores que integran la sociedad. Ahora, lo que queda por ver es cuánta igualdad somos capaces de soportar.  


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