Padres del colegio, vecinos, vacaciones, trabajo, amigos, familia, familia ampliada. Cualquier microevento o situación puede disparar la creación de grupos e incluso subgrupos de WhatsApp, que se silencian, se responden, se clavan el visto. Mora Matassi analiza las nuevas dinámicas de estos grupos y las consecuencias sociales que implica abandonarlos.



Juli quiere desayunar con tres de sus amigas antes de comenzar las vacaciones. Es un deseo que no ha formulado de forma explícita, con la voz, pero que definitivamente tiene en mente. Sabe que no es fácil porque transcurre esa época del año en que los días esperan impacientes la llegada del año nuevo; por fuera de las celebraciones familiares, el tiempo es escaso para coordinar. Sin dudarlo, entonces, apela a la estrategia más certera que conoce: le da vida a un ente hasta el momento inexistente que, una vez abierto funcionará, si exitoso, como un creador automático de agenda. Surge, así, un grupo de WhatsApp.

 

Julii ha creado el grupo “no te vayas”.

Julii te ha añadido.

Julii ha cambiado el ícono de este grupo.

 

Preparadas las condiciones básicas del espacio -nombre del grupo, participantes, foto de perfil-, la amiga inicia el intercambio.

 

Julii: -Cuando nos vemos antes de que me vaya? Mañana pueden? No tengo el contacto de Pau para agregarla

 

Flor: -Me encantoooo. Te mando el contacto, creo que no puedo agregarla porque no soy admin

 

Juliii ha añadido a Pau.

 

Pau: -Siiii. Podemos salir a comer a un lugar lindo!

 

Flor: [foto de dos perros abrazados]

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El diálogo colectivo comienza el 27 de diciembre a las 10:35 AM. Juli es la administradora, pero ya perdió el control -o quizás nunca lo tuvo-: las definiciones sobre qué constituirá material conversable y sus potenciales ramificaciones se irán armando de forma orgánica a través de los mensajes, que ahora son de todos y de nadie. Luego de múltiples líneas intercambiadas para coordinar, de tiempo/espacio, de chistes, de fotos, de memes, de audios, el desayuno es finalmente pactado para el sábado 30. Ese mismo día, desde muy temprano se envían y reciben “buenos días”, y cada miembro provee sus coordenadas. Caminan hacia la confitería acompañadas por el sonido de las notificaciones del chat; comentan sobre lo que observan al andar, imaginan las medialunas que van a comer, el café que van a tomar; los audios que envían tienen el ruido de la calle por la cual cada una marcha. Surge un problema inesperado porque una amiga dice que la dirección que anotaron está equivocada. Después de llamadas, más chistes, más fotos, más memes, más audios, las amigas se encuentran ao vivo.

 

El camino de regreso a casa es paralelo a los emojis de gatitos con ojos de corazones que sobrevienen. Silencio. Breve. Se pausa una comunicación humana generada alrededor de la excusa de un encuentro presencial. Pero la pausa no significa cierre; lejos de eso, el grupo “no te vayas” seguirá a través del tiempo, titilante e inesperado, como una vela de cumpleaños que es difícil de apagar.

 

En todas las edades y a través de distintos ámbitos, los grupos de WhatsApp se han constituido en comunidades de habla que creamos a la par de microeventos, situaciones, intereses en común, o incluso procesos de largo plazo. Desde comprar un regalo hasta tratar una comisión parlamentaria, pasando por una clase de escuela secundaria, un equipo de fútbol amateur, un trabajo práctico universitario, una familia expandida, un programa de televisión que se mira colectivamente, la idea de “el grupo” suena natural, casi prescindible de explicación.

 

Ramiro tiene 23 años y 20 grupos de WhatsApp, de los cuales, aclara, solo seis o siete, están “activos”. Andrea tiene 31 años, es fotógrafa, y pertenece a grupos “con la familia de mi mamá, con la familia de mi papá, y con la familia de mi mamá más tíos y abuelos, primos, tengo un grupo extendido de familia, uno más chiquito de familia, otro más chiquito de familia por parte de mi papá”. Entrevistas en profundidad realizadas por el Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina en todo el país a participantes de 18 a 77 años, revelan que la normalización del grupo de WhatsApp en la vida cotidiana es un fenómeno transversal al género y el grupo etario al que se pertenece.

 

Imbricado en la sociabilidad cotidiana, este espacio virtual parece no solo registrar la dimensión intrínsecamente dialógica de todo emprendimiento humano, sino que abre algo que excede -y transforma- al pragmatismo inicial que aparenta dar lugar a su existencia. Sería erróneo decir que el grupo de WhatsApp es usado como un medio para un fin. Tal como las comunidades humanas se han apropiado de esta tecnología, el grupo es una entidad autónoma, una presencia ineludible, una voz multiforme y demandante que llama…siempre llama. ¿Pero a quiénes? ¿Y en qué condiciones?

 

La distribución de la palabra

 

El diseño del dispositivo “grupo” genera una distribución de poder asimétrica en la distinción “administrador” / “participante”. El participante regular tiene cierta agencia sobre su estar en el grupo: puede, por ejemplo, abandonarlo -con las consecuencias sociales correspondientes-, borrar su contenido, limitar el sonido de las notificaciones, cambiar incluso la descripción o título o la foto de perfil. Pero no está habilitado para echar hablantes, nombrar a hablantes como administradores y, sobre todo, para manejar el caudal y tipo de texto que se recibe. Esta última “falencia” da lugar a la creación de normas explícitas -e implícitas- en los grupos, que intentan controlar la distribución de la palabra y la palabra misma. Así, existen grupos “de arriba hacia abajo”, donde se espera que solo los administradores envíen mensajes. Con la esperanza de evitar confusión y redundancia, y también como estrategia para establecer jerarquías de poder. Al mismo tiempo, hay grupos en los cuales se regula el contenido de lo texteado: ¿se aceptan cadenas, memes, fotos, mensajes de compra-venta, agresiones, chistes, conversaciones uno-a-uno?

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Consciente de la falla de esas reglas, Lucila se niega a participar en el grupo escolar al que la han sumado. Para explicar su motivo, imagina un típico caso en que una “madre” envía un mensaje: “a mi hija se le perdió la lapicera a pluma ¿alguien la tiene? -No, yo no la tengo, no la tengo, no la tengo…. quinientos mensajes de ‘no la tengo.’” Sería “desgastante”, dice. Agustina, que estudia y está en sus veintes, permanece en el grupo pero no lo lee, para ejercer una forma de controlarlo que tiene, a su tiempo, consecuencias: “de repente te dicen ‘¿por qué no viniste?’, y yo digo ‘no me enteré’”.

 

La proliferación de micro-normas ad-hoc fallidas, y la molestia de muchos entrevistados frente al enorme caudal multiforme de chat, parece ser síntoma del funcionamiento del grupo de WhatsApp como una especie de ser viviente que se compone de la aleatoriedad de los ánimos e incentivos de sus participantes. Una especie de pulsión por hablar, que se figura irrefrenable. “Me río a veces de pensar que deben estar todas mirando y todas tienen que contestar que no tienen la lapicera”, concluye Lucila.

 

El administrador tiene capacidad de habilitar o no el acceso a la conversación. Una forma de saltear ese poder es crear un nuevo grupo. Circula la presunción de que, por cada grupo existente entre un grupo de amigos o colegas, hay un grupo paralelo que incluye menos participantes. En muchos casos esto es asociado a procesos de exclusión social negativos. Para Marianela, sin embargo, la experiencia es diferente: “con Game of Thrones hice un grupo creo que son tres amigas que también la ven, ellas lo hicieron, a mí me metieron. Sí, no, igual yo estoy chocha. Para no joder al resto de mis amigas”.

 

Presencias conectadas

 

Hay una escena en el documental “El ascenso al poder”, que narra las elecciones presidenciales francesas de 2017, donde el ahora presidente Emmanuel Macron detiene un mitín político de urgencia para reprender el comportamiento de dos asesores jóvenes que están posando la mirada en sus teléfonos móviles: “No quiero que mensajeen a nadie”, dice serio. “Están pasando cosas”, se justifica uno de ellos. “Esto es lo suficientemente importante como para merecer cinco minutos” responde Macron.

 

Pero también están pasando cosas en el teléfono, incluso cosas que atañen de manera directa a Macron, en los grupos (en plural), que merecen más que 5 minutos. Y son cosas que importan, al menos para el sujeto que allí está inserto.

 

Gloria tiene 23 años, es estudiante, y su grupo de amigas está disperso entre Salta, Tucumán, y Buenos Aires: “nuestro grupo de WhatsApp es como para estar más o menos al tanto de lo que está pasando en el otro lugar”. Graciela tiene 77 años, es abuela, vive en el conurbano bonaerense, baila tango, y chatea constantemente con su grupo: “somos 16, el tema principal de todos es embromar con alguna cosa, porque siempre hay alguna broma”. Estar allí donde están tus seres queridos, saber lo que pasa en sus lugares, y reírte con ellos, es un acto que merece plenamente minutos de una vida. Y los entrevistados asocian el grupo de WhatsApp con esa idea.

 

Desde hace algunos años, la noción de estar “conectados pero solos”, acuñada por la investigadora del MIT Sherry Turkle, se ha impuesto en el sentido común. Es la idea y práctica de “estar presente”, es decir, de estar donde los seres humanos que me rodean están, mirándolos a los ojos. No es extremo pensar que una persona que mira su celular, en un contexto compartido in praesentia, corre riesgo de ser juzgada socialmente. Como si fijar la mirada en el teléfono en medio de ciertas reuniones sociales se tratara de un gesto descortés, imprudente, que debe ser sancionado. Lo que no suele considerarse en ese argumento es la profunda conexión entre quien observa el celular, “distraído”, y el ancho mundo que palpita detrás del pequeño dispositivo.

 

Si Octavio, de 29 años, mira el grupo es porque “es algo que me interesa y porque quiero interactuar con mis amigos [es una forma de conexión] por excelencia”. Para Graciela, cuando el grupo no suena, es porque algo pasa. “El día que no pasa…que pasa, no sé, por ahí 3/4 horas [que no hablamos], ya empieza a sonar ‘che, ¿qué pasa que nadie…?’”. Marianela, en su grupo de Game of Thrones, dice que “comentamos siempre algo y si por ahí en la semana sale alguna noticia de algún avance o algo así también lo comentamos con ese grupito”. Julián explica que con su grupo de amigos de WhatsApp “estamos constantemente hablando entre nosotros, organizando cosas”.

 

La noción de “presencia conectada”, trabajada por el investigador Christian Licoppe, es el fenómeno contemporáneo por el cual, en el manejo de las relaciones humanas, una parte que está ausente físicamente cobra presencia en su aparición virtual en el espacio del otro, sucesivamente. Así, dice el autor, comienzan a fundirse lo online y lo offline en un único flujo de comunicación. Con la apropiación de dispositivos móviles con conectividad, y el uso masivo de aplicaciones de mensajería instantánea, hablar con el otro/los otros aunque no estemos en un mismo espacio se ha convertido en una práctica cotidiana[1]. La materialización de esas presencias en un mismo espacio compartido que genera el grupo se combina con un deseo profundo de decir, a alguien más pero también a uno mismo, y de estar –estar con los otros. De allí la espontaneidad de los grupos –y, a su tiempo, los malentendidos.

 

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El grupo entonces, más que generar una comunidad de habla, genera una comunidad de presencia. Una presencia donde nos une la potencialidad del contacto, en el colchón blando que es el “siempre encendido” de WhatsApp, a donde uno puede caer sin lastimarse demasiado, porque hay altas posibilidades de que del otro lado haya una voz que responda, y que reinicie el ciclo pausado por el silencio. La idea de “perder tiempo” es un topos instalado cuando se piensa en el grupo. “Se habla de más. Que querés que te diga. Se genera mucho mensaje basura de hablar boludeces…pero uno se ríe mucho también”. Una especie de “procrastinación” colectiva que genera lazos. Hablamos un montón de series y chimentos por el grupo de WhatsApp. O sea, la boludez máxima, pero bueno”. Tal como nos apropiamos de esta tecnología, pareciera ser que desafiamos la lógica de productividad constante impuesta por el mercado. Sí, se hacen grupos de trabajo y para concretar acciones. Pero en el medio se habla, y mucho, y se habla de lo no “relevante”.

 

Ramiro, que estudia arquitectura, cuenta que si cuando regresa de estar trabajando una jornada entera con una maqueta y encuentra “500 mensajes, les digo, ‘che, resumen’, y me dicen ‘no, puras pavadas”. Esas pavadas, ese desborde conversacional por fuera de lo necesariamente productivo puede leerse como un gesto que lejos está de dos cosas: de la soledad, y de lo descortés. Porque la pavada es quizás síntoma de la libertad de imaginar un texto y enviarlo. Bioy Casares recuerda una conversación con Borges sobre Yeats, donde Borges observa: “toda obra es la sombra de una idea que está en la mente del autor tal vez no haya, en la mente de los poetas, poemas malos (…) Toda obra es la sombra de una idea que está en la mente del autor”[2]. Tal vez no haya, en la mente de los participantes de grupos, mensajes malos, tontos, irrelevantes. Productos de la imaginación -virtual- las ideas se materializan, y se colectivizan, en un instante, en la pantalla del chat.

 

Hay una canción nueva que se llama Cyberlove. No es sobre grupos. Es sobre el amor romántico, entre dos, en la era digital. Perdida en la traducción, dice algo así como “No sé si sos real o no / pero no estoy preparado para dejarte ir / Porque no quiero dejar de tipearte / Porque sos mi tipo y quiero que sepas / que hay mucho más de mí detrás de tu celular”. Entre las líneas infinitas de textos y de emojis, de audios, y de fotos, que enviamos y olvidamos, en micro comunidades imaginarias que cohabitamos y en las que no podemos dejar de tipear, hay mucho más de nosotros detrás de los celulares que alojan a nuestros grupos de WhatsApp.

 

Imaginar un teléfono con grupos de WhatsApp es quizás parecido a imaginar una casa frente al mar: el murmullo de las olas, que van y vienen. Una vista panorámica del agua, profunda e inabarcable, que trae la espuma, superficial y asible, aunque sea por un instante. Un sonar irrefrenable, que a veces dificulta al sueño, pero que acompaña a los humanos desde el principio de los tiempos.

 

*La autora agradece a Pablo Boczkowski por sus comentarios sobre una versión previa de este artículo. A Eugenia Mitchelstein por su colaboración, y a las y los entrevistadores Victoria Andelsman, Tomás Bombau, Sofía Carcavallo, Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila Giuliano, Belén Guigue, Silvana Leiva, Inés Lovisolo, Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y Marina Weinstein.

 

[1]Licoppe, C. (2004). ‘Connected presence: the emergence of a new repertoire for managing social relationships in a changing communication technoscape. Environment and planning D: Society and space22(1), 135-156.

 

[2] Bioy Casares, A. (1997). De jardines ajenos. Buenos Aires: Temas Grupo Editorial, p. 126.


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