El acceso a la palabra escrita dio lugar al surgimiento de intelectuales populares -raperos, escritores- de nuevo cuño. El sociólogo Denis Merklen dice que se distancian de formas de organización antes influyentes, como sindicato y partidos. Y toman la palabra en nombre propio, no sólo en internet, sino en la industria editorial. ¿La literatura de la periferia es una simple expresión de una condición social, o logra desarrollar aristas autocríticas del mundo que habita? ¿Y qué hace esa literatura con la forma legítima de la cultura?



La cultura legítima es de difícil acceso para las clases populares porque se mantiene a éstas en una relación problemática y difícil con la escritura. Están en desventaja frente a la ley y las instituciones, en desventaja frente a los estudios y en consecuencia ante el mercado de trabajo, con menos armas para el conocimiento. Pierre Bourdieu decía incluso que las clases populares “son habladas”: con frecuencia los pobres son objeto de discursos que hablan en su nombre. ¿Pero, siempre es así? ¿Sucede al día de hoy en todos los sectores? ¿Qué cambian el acceso masivo a la escuela y a Internet? ¿Y qué pasa en la periferia de las grandes ciudades? ¿Existe una literatura de la periferia, como una toma popular de la palabra? ¿Y es ésta simple expresión de una condición social, o logra desarrollar aristas críticas y autocríticas del mundo que habita? ¿Y qué hace esa literatura con la forma legítima de la cultura, la deshecha por dominante o la reivindica porque no acepta quedar fuera de ella?

 

Tradicionalmente, las clases populares fueron pensadas en referencia al trabajo manual. La figura del trabajador que con sus manos transforma la materia -fuera proletario o campesino- y que luego se convertiría en asalariado, ocupó un lugar central en la determinación de lo popular. Su condición social lo separaba de las tareas intelectuales y, en consecuencia, de las formas letradas de la cultura que, justamente, necesitaban de tiempo libre del trabajo material para poder ser cultivadas. Así no es difícil comprender que las clases populares se caracterizan por su distancia con la palabra escrita, con el gusto por la lectura y con la capacidad de escribir. El letrado es más burgués que proletario.

 

El analfabetismo limitó las bases culturales de acceso a la ciudadanía y continúa haciéndolo. Y cuando comprendimos la primacía de la forma escrita de la palabra sobre el discurso oral en las sociedades modernas se entendió el rol de lo que Bourdieu llamó entonces la “cultura legítima”. Como él sostuvo,  incluso se llegó a pensar que “las clases populares no hablan”. Así señalaba el fuerte efecto de dominación que esta división de la cultura en clases podía llegar a tener sobre quienes prefieren guardar silencio cuando creen no poder hablar como se debe. Y hablar “como se debe” es hablar de tal modo que lo dicho merezca ser escrito. Estas observaciones siguen siendo ciertas y muy fácilmente corroboradas incluso luego de las transformaciones que nuestras sociedades experimentaron durante el último siglo: la escolarización ha hecho progresos insospechados. Y valen también para formaciones sociales tan diferentes en su relación con la cultura escrita como pueden ser la sociedad argentina y la francesa. Sin embargo, en ese marco general de persistencia de la dimensión cultural en la dominación social, se observan cambios sobre los que es necesario detenerse.

 

Trabajando sobre la relación de las clases populares francesas con la cultura escrita (la que se aprende principalmente en la escuela, la de los libros y las bibliotecas, la de la ley y los reglamentos, la de la política, la de internet y la de muchas formas del arte), nos dimos cuenta de que podía observarse un fenómeno relativamente reciente. Comenzamos a ver a muchos jóvenes de las periferias de las grandes ciudades de Francia tomar la birome y el teclado para escribir. ¡Y lo hacen en nombre propio! Jóvenes que escriben canciones de Rap con textos verdaderamente sofisticados, que pertenecen sin lugar a dudas a ese género culto que se conoce como “la chanson à texte” (la canción de texto) y que honraron autores de la talla de Aristide Bruant, Maurice Chevalier, Charles Trenet, Georges Brassens o Jacques Brel. El Rap francés, sin duda el de mayor fuerza creativa luego del de Estados Unidos, prolonga aquella tradición de poesía cantada con una fuertísima crítica de la realidad social desde hace ya más de 30 años. Autores contemporáneos que no es exagerado inscribir en la también muy antigua tradición del intelectual popular, esa figura que, desde la Revolución francesa rompe con la asociación intelectual-burgués dando lugar no sólo a la emergencia de intelectuales de origen popular, sino a formas del arte y de la política características de los grupos subordinados. Tantísimos ejemplos pueden citarse en América Latina. Pensemos, para el caso de la Argentina, en la figura de Héctor Roberto Chavero devenido Atahualpa Yupanqui; y volviendo al caso francés, las actuales figuras de Cassey, Abd Al Malik, Kery James, OxmoPuccino o Grand Corps Malade, e incluso el belga Stromae, todos autores de afinada pluma y que cultivan una no menos aguda crítica social en la constelación del Rap.

 

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Y la cosa no queda encerrada en la canción. FaïzaGuène tenía en 2004 diecinueve años cuando la prestigiosa y gigantesca editorial Hachette publicó su libro Kiff kiff demain (Mañana será otro día, Barcelona, Ediciones Salamandra, 2006). La joven habitante de un barrio de esa postergada periferia parisina que llamamos “la banlieue” no podía imaginarse que su novela sería traducida a más de veinte idiomas, que sería un éxito de ventas, que se volvería una pequeña vedette de la prensa y que iniciaría así una carrera de escritora con cuatro novelas publicadas y unos cuantos guiones para cine y televisión. El caso de Kiff kiff demain y de Faïza Guène es excepcional y por ello poco representativo, pero al mismo tiempo es un excelente ejemplo de un tipo de literatura que vale la pena explorar.

 

Junto a ella encontramos en Francia una interesante colección de autores y de obras que comparten una serie de características y que podemos reunir en un único conjunto. Se trata de jóvenes escritores que nacieron y crecieron en barrios populares ubicados en la periferia de las grandes ciudades. No sólo nacieron y se criaron allí, sino que transformaron la vida en esos barrios en objeto de su escritura. En la mayoría de los casos escriben novelas, muchas de ellas autobiográficas (como Patients, de Grand Corps Malade), en unos pocos casos ensayos que podemos calificar de filosofía política (como la Place de la République escrito por Abd Al Malik luego del atentado de Charlie Hebdo en enero de 2015, o el Manifeste pour l’égalité del excampeón mundial de fútbol Lilian Thuram). Contamos así más de un centenar de libros publicados por unos veinte autores. Algunos de ellos son prolíficos y llevan ya más de diez títulos publicados (como Rachid Santaki), otros publican libros de gran tiraje y nutrida venta, otros son autores confidenciales e ignotos (como Tibault Baka). Una historia que comienza ya en 1986 cuando varios autores de esta misma constelación publican sus trabajos, y entre los que destacan los de Azouz Begag (Le gone du Chaâba, Editions du Seuil), Farida Belghoul (Georgette !,EditionsBarrault) y de Nacer Kettane (Le sourire de Brahim, EditionsDenoël).

 

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Escritores de las periferias

Un fantasma con forma de cinturón rodea con frecuencia a las grandes ciudades. En Buenos Aires se habla del “conurbano” y en París de la “banlieue”. Las que funcionan de ese modo se organizan con un centro rodeado de una periferia y suelen circunscribir el espacio con un anillo (la avenida General Paz, el boulevard périphérique), que sirve para delimitar un adentro y un afuera. El asunto no es menor porque muchas veces esas grandes urbes son capitales nacionales y esa organización del espacio se prolonga a través de la división capital-provincia sobre el conjunto de la sociedad. Otras veces esa periferia designa una forma más bien en islotes, como las favelas en Río de Janeiro.

 

Ese fantasma del centro y de la periferia no es entonces pura irrealidad. En primer lugar, porque esta distinción entre “el centro”, “la capital” o “la CABA” y el “conurbano” (por no seguir sino con ejemplos bonaerenses) designa una organización física según la cual la densidad de puestos de trabajo, centros de estudio e investigación, salas de teatro, librerías o salas de cine se encuentran distribuidos de forma desigual. Así, el Instituto Nacional del Teatro registra en su “Mapa teatral” un total de 46 salas de teatro en la ciudad de Buenos Aires (prácticamente todas ubicadas al Norte de la avenida Rivadavia) y sólo 22 en la Provincia de Buenos Aires – datos consultados el 01/08/2016. Lo mismo ocurre con la distribución de los agentes sociales en el espacio. Las estadísticas muestran que los habitantes del centro tienen mayores ingresos, mejores diplomas y mejor calidad de trabajo que los de la periferia. Y si pensamos en los agentes colectivos (como las instituciones o las organizaciones sociales) no hay duda de que su actividad se despliega también de un modo desigual, y de que los agentes que disponen de las mejores armas se encuentran desigualmente distribuidos en el espacio. No hace falta insistir sobre las pésimas condiciones de mobilidad, transporte y acceso de muchas zonas respecto a los lugares más privilegiados.

 

Los autores a los que me refiero se inscriben en el mundo popular a partir de esta expresión espacial de las relaciones entre las clases sociales. La determinación de un tipo de relación con el trabajo (precario, primordialmente manual, poco calificado, de bajas ingresos) no está ausente de sus vidas, claro. Pero el tema de esta música y de esta literatura es masivamente el de la periferia. Una relación social compleja que denuncia la relegación y al mismo tiempo reivindica la posición: banlieusard et fier de l’être canta Kery James (“del conurbano y orgulloso de serlo”, podría traducirse). El tema de la periferia organiza en estas obras un conjunto de problemas y de conflictos relacionados con la experiencia social de estos grupos populares: la relación con la escuela y con las instituciones del sistema de protección social, la relación con la policía, la cuestión habitacional y la situación periférica de los barrios, la cuestión racial, la precarización de la situación laboral son, para el caso francés, los principales centros de atención.

 

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Pero junto a ellos ocupa también un lugar importante la reivindicación del derecho a la toma de la palabra, a la creación artística, a la legitimidad de sus producciones culturales que no son, desde su punto de vista, periféricas y mucho menos marginales. Y es verdad que estos autores conquistaron en muchos casos una plaza en el seno de las industrias culturales (gracias al éxito del Rap en la televisión, la radio, la venta de discos y de conciertos, y luego en Internet,). Pero les es muy difícil penetrar en las formas más consagradas de la literatura y de la música “culta”. Entre otras cosas porque en Francia, de un modo más marcado que en otros sitios, es muy fuerte la separación entre la cultura de masas y las formas sofisticadas del arte considerado más noble y en consecuencia promovido por la escuela y por ese poderoso agente cultural que son las bibliotecas públicas como un vector de acceso a la ciudadanía. En tierras galas, legítimo no es de ningún modo sinónimo de masivo. Son muchos los que consideran que ni el número de copias vendidas ni el número de “I like” en una red informática alcanzan para determinar la calidad de una obra.

 

¿Ciudades transnacionales?

En noviembre de 2015 tuvo lugar en Río de Janeiro la cuarta edición de la Feria literaria de las periferias (FLUPP), creada y animada por los novelistas Julio Ludemir y Ecio Salles. Cada año el evento reúne más de medio centenar de autores de muchos países. Como en la de este año, en la edición de 2014 estuvieron presentes no sólo todas las ciudades capitales de América Latina sino varias de Europa, África, Palestina y Estados Unidos. Son jóvenes hombres y mujeres de letras, de teatro, de la canción que, como en el caso francés están en contacto con la llamada “cultura urbana” pero sin verse encerrados en ella. Y como en el caso francés, comparten una serie de características. Para comenzar, la edad: la mayor parte de ellos nacieron entre los años 1970 y 1980 y tienen entre treinta y cuarenta años, y la mayoría comenzaron a publicar a principios de los años 2000. Es indudable que se observa aquí un efecto de Internet, que mejora las posibilidades de comunicación y vuelve más accesible la publicación. Pero también tienen en común el acceso a niveles bastante altos de educación y a las casas editoriales: todos aquellos de quienes hablamos han publicado al menos un libro en papel. Estos jóvenes pertenecen o vivieron sus infancias en familias de clases populares, pero todos ellos se beneficiaron de buenas escuelas públicas y en la mayoría de los casos frecuentaron durante algunos años las aulas de la universidad. Y no sólo está la escuela. También hay cantidades de militantes culturales y de instituciones que cultivan la palabra escrita junto a estos grupos: bibliotecas barriales y populares, teatros, talleres de escritura, revistas (como La Garganta Poderosa en Argentina), blogs, centros culturales – que son evidentemente más importantes y más ricos en unos países que en otros, que se benefician en Francia de un mayor apoyo del Estado.

 

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Este segmento de las clases populares vive una situación singular: popular ya no es estricto sinónimo de exclusión de la escritura. ¿Significa esto que en nuestras sociedades la cultura ya no obedece a determinantes sociales? De ninguna manera. No sólo responde a ellos (de modos seguramente inéditos que no hemos terminado de describir), sino que los produce y los reproduce. Sobre todo en la era de Internet. Pero el acceso a la palabra escrita está dando lugar a la emergencia de intelectuales populares de nuevo cuño (como Diego Incardona, el autor de Villa Celina, Editorial Norma, 2008, y de Rock Barrial, Editorial Norma, 2010) e incluso que hace años vienen escribiendo la realidad del conurbano, como el agudísimo Pedro Chappa, otro autor de los barrios de La Matanza (Un Violín en Praga y Villegas, Ediciones Cruz de Mayo, 2011). Es interesante observar a estos autores y estudiar sus obras. Por ejemplo para ver cómo contribuyen a crear una visión colectiva del mundo. Por ejemplo a través del tema del margen o de la periferia, que en el caso de Chappa y de Incardona aparece como un territorio donde la ciudad se confunde con el campo y se distingue de lo rural. Estos grupos sociales no son sólo objeto de discursos que les son extranjeros (como el de los sociólogos o el de los periodistas que escribimos sobre ellos) sino que toman la palabra en nombre propio. ¡Y lo hacen por escrito! ¡Y lo publican! ¡Y no sólo en Internet –lo que es por cierto muy fácil- sino por medio de la industria editorial, de mucho más difícil acceso! Las novedades son muchas, como la distancia que estos jóvenes escritores tienen con formas de organización popular que antes contribuían mucho a difundir la palabra escrita, como los partidos y los sindicatos.

 

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Y mucho se observa en este doble estatus que venimos dejando implícito hasta aquí. La existencia de la FLUPP en Río nos muestra que estos jóvenes populares y cultos comunican entre sí y se reúnen porque tienen algo en común: su identificación con la gran ciudad, a la que ven desde la periferia. Pero cuando leemos sus textos, escritos en sus lenguas nacionales, observamos inmediatamente los matices que existen entre los países. Como toda otra producción cultural, la suya se inscribe en un espacio público y en una formación social que sigue siendo masivamente local.


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