"Las mieles del tiempo laxo de la crónica malograron aquello que había nacido en el siglo XIX en las páginas de los diarios de América Latina, tanto antes que Tom Wolfe, Truman Capote y Rodolfo Walsh", dice en este ensayo el director de Anfibia, Cristian Alarcón. Otro aporte al debate crítico alrededor del género propuesto por Lectura Mundi- Review para la Revista de libros.



El cronista que he sido ya no existe. No existe más el de los ladrones, ni el de los narcos; tampoco el viajero sibarita ni el investigador criminal, no existe ya ni el gay de las confesiones, ni el espiritual: se han muerto los cronistas que he sido porque debí ser muchos otros y así fui yo mismo otra vez. Hoy miro la crónica con el ojo de editor de la Revista Anfibia, y busco en ella algo que me emocione ya no en la experiencia del “campo” sino en la experiencia de la lectura de lo real; últimamente, cada vez más, eso viene de la noticia. No siento culpa, qué va, no es que se pueda traicionar al género –cuando ya todo es trans. En cambio, experimento algo muy parecido a la adrenalina de los comienzos.

 

Me dejo llevar por el acontecimiento como cuando era un cronista en el escalafón: por abajo del redactor, y del redactor especial, del subeditor, del editor, del prosecretario de redacción. Como un trabajador necesario, uno que está alejado de las jerarquías de la máquina que es siempre una redacción, pero que es imprescindible para hacerla funcionar. En este sentido vivo y leo la crónica como una oportunidad para el periodismo. De esto se trata Anfibia: de generar intercambios genuinos con la diferencia, de lograr nuevas transacciones con la contemporaneidad. El periodismo narrativo como una interpretación; aún cuando se habla de rigor, de chequeo, de acumulación de datos. Ante la hegemonía de una crisis de la “información”, creo en cronistas capaces de abandonar la idea en el fondo binaria de “la mirada” como totem individual.

 

Pertenezco a una generación de cronistas nacidos en los periódicos, curtidos en las coberturas, hijos del rigor del cierre. Conocimos el insulto de los editores.“Enterrador”, nos decían cuando obsesionados en el lenguaje demorabamos la entrega del texto poniendo en peligro “la salida del diario”. Conocimos luego las mieles del tiempo laxo: la crónica para concurso, la crónica para revista de crónicas,  la inmensidad del libro. Y en esas prácticas, cuando se impuso la idea de que habría categorías superiores de la crónica vinculadas a la demanda de un tiempo ideal, se malogró aquello que había nacido en el siglo XIX en las páginas de los diarios de América Latina, tanto antes que Tom Wolfe, Truman Capote y que el mismísimo Rodolfo Walsh.

 

En esa idea arribista de que existen cronistas excelsos y simples periodistas, –soy una pinche periodista dice en sorna Elena Poniatowska—algo se perdió. Y en espacios como Anfibia intento, intentamos, recuperarlo: es un ejercicio de memoria, creo a esta altura de los acontecimientos. La memoria del acontecimiento, diría. Un texto es al fin y al cabo el resultado de la vida entera de su autor y de eso que ocurre aquí y ahora, eso que afecta sus cinco sentidos y los del lector, capaz de dar cuenta del mundo más allá de las viejas ideas de literatura y de periodismo. Para no ponernos a hablar del desafío digital: el relato que ya no es sólo el comienzo, el desarrollo, el clímax y el fin.


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