La antropóloga india Veena Das estuvo en la Argentina invitada por la UNSAM. En sus conferencias y charlas con colegas y alumnos actualizó los debates sobre la acción política de los pobres urbanos y los límites de las teorías clásicas y subalternas. Catedrática de Delhi y Baltimore, el pensamiento de Das dialoga con la obra de sociólogos y antropólogos del cono sur que estudian los vínculos entre el Estado y los márgenes en la textura de lo cotidiano.



La antropóloga india Veena Das dice que antes de ponerse a escribir sobre un tema del que viene investigando, tiene que aparecérsele primero en los sueños. Esa es la señal para que las ideas demuestren que estén listas para pasar a la letra. Lo dice en la terraza de un café de Buenos Aires, sorprendida por la cantidad de gente que puebla las calles un sábado primaveral de agosto y deleitada por el dulce de leche que espesa su café frío. “Cuando estoy investigando, tomando notas de mi trabajo de campo, también voy leyendo teoría. Creo que van juntas, de un modo combinado. Pero sólo cuando empiezo a soñar mucho con lo que estoy trabajando es que puedo empezar a escribir. Es un trabajo que primero sucede en sueños”, dice.

 

Veena Das nació en 1945 en Lahore, India, que desde 1947, debido a la Partición, fue territorio paquistaní. Estuvo en Argentina invitada por el Programa Sur Global de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y dictó dos conferencias co-organizadas con el Centro de Estudios en Antropología (IDAES-UNSAM) y el Instituto de Ciencias Antropológicas (UBA). Hija de una familia hinduista, es la primera mujer que accede a los estudios después de muchas generaciones. “Ni mi madre ni mi tía fueron a la escuela. Pero después de la independencia en India se produjo un cambio interesante, incluso para familias como la mía sin muchos recursos. Fui a la única escuela que había en mi barrio que era bastante pobre, y lo hice gracias a una beca”. Veena no recuerda discusiones familiares en torno a si debía o no ir a la escuela, algo que sí ocurrió cuando llegó el momento de la universidad. “La pregunta insistente de mi madre era por qué quería aun estudiar más. Le sorprendía evidentemente que yo encontrara tan placentero estudiar”.

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Su padre, vendedor callejero, murió cuando ella era pequeña y la familia se quedó sin ingresos fijos. Un hermano mayor que estudió medicina y las viandas calientes que la madre vendía en la escuela sostuvieron la economía familiar. Cuando aquella mujer tempranamente viuda consiguió un empleo estable, se mudó a una ciudad que crecía al ritmo de la industria siderúrgica y la joven Veena obtuvo permiso para quedarse viviendo en Delhi.

 

Veena recuerda aquel tiempo como un momento de “gloriosa libertad“, en el que aprendió a pasar el tiempo entre los cafés y la biblioteca. Alguna vez había dicho: “A pesar de que yo sabía desde los 10 años que mi vida sería en torno a los libros, no sabía la forma exacta que ese amor asumiría“. Solía rodearse de amigos que sobresalían, al igual que ella, como “discutidores carismáticos”. Tras graduarse en Sánscrito a mediados de los años ’60, estudió antropología y sociología. Se especializó en antropología de la violencia, antropología médica, movimientos feministas, teoría poscolonial y pos-estructural.

 

Por tres décadas enseñó en la Universidad de Delhi, rechazando ofertas del exterior. Con otros colegas, fundó el prestigioso Instituto de Investigaciones Socioeconómicas en Desarrollo y Democracia, donde ahora pasa tres meses por año. Por entonces, su compromiso no sólo era con la enseñanza: también se involucró en distintas luchas políticas.

 

Después de haber trabajado algunas temporadas como invitada de la New School for Social, se instaló definitivamente en Estados Unidos en el 2000. Dirigió por varios años el departamento de Antropología y hoy ejerce como profesora de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland.

 

 

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Su nombre proviene de uno de los instrumentos más tradicionales del mundo hindú, la vina, hecha con dos cordofones. Lo toca la diosa Saraswati, que aparece con ese instrumento en todas sus representaciones. Más allá del nombre, la influencia de su tono de escritura se emparenta con la filosofía de Wittgenstein, ya que Das –al igual que el filósofo hizo respecto al habla y los juegos del lenguaje- refiere sus preocupaciones teóricas la textura de lo cotidiano. A contrapelo de la política de los grandes momentos, lo cotidiano para Das sintetiza tanto un espacio de hábitos como de escepticismo, donde las relaciones sociales son precarias y la confianza debe restablecerse continuamente. Formas de vida y experiencia del lenguaje, entonces es un hilo que entre el filósofo austríaco y la socióloga hindú se tensa en común, sólo que ella lo despliega sobre todo hacia las narrativas del sufrimiento social y los modos en que esos padecimientos estructuran el día a día y no sólo se visibilizan en los acontecimientos traumáticos. 

 

Para Das, “el cálculo racional basado en la premisa de que las personas prefieren evitar el dolor y maximizar el placer no funciona“. Por el contrario, una micropolítica de las instituciones revela que ellas a la vez están comprometidas en la producción del sufrimiento y en la creación de una comunidad moral que logre lidiar con él. Se trata más de pensar qué se hace con el sufrimiento que suponer un aumento tendencial del bienestar. Das hace una distinción entre las lecturas clásicas de Durkheim y Clastres por ejemplo, donde el sufrimiento es analizado bajo una serie de rituales como una marca en el cuerpo que inscribe a cada quien en lo social, de aquellos míticos análisis de la jornada de trabajo con que Marx sustentó su teoría del plusvalor: lenguajes distintos que exhiben al sufrimiento desde la religión o lo enmarcan en la economía política, pasaje de lo sagrado a lo mundano. Pero habría un tercer pasaje para Das: el sufrimiento tomado por el Estado.

 

A propósito del escape tóxico de una industria química en Bhopal que mató a 2500 personas en los ‘80, Veena Das investigó los modos en que esos dramas se resisten a quedar enmarcados en las “teodiceas del Poder”: es decir, bajo formas de una apropiación judicial y burocrática del dolor, donde la narrativa de las víctimas se convierte en “despliegue ornamental” de otros discursos. Estos desplazamientos del lugar que ocupa el sufrimiento –y las narrativas que se hacen cargo de él- tiene que ver, según la antropóloga, con las teorías del tiempo que usamos pero también con los dispositivos de cura en los que depositamos confianza: chamanes, médicos, tribunales, activismos. La escritura tiene que ver con una forma de narración y cura. Para Das: “El texto antropológico puede servir como un cuerpo de escritura que permita que el dolor del otro se exprese en él“. También los dolores propios.

 

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Veena llega de buen humor a un auditorio repleto, con gente sentada en el suelo y muchos otros que no pueden entrar, en el edificio del IDAES en la callé Paraná. Das se pregunta ya no qué es capaz de hacer la democracia por los pobres sino, por el contrario, cómo los pobres con su acción política obligan a la profundización democrática. De este modo, la experiencia de los pobres urbanos invierte una clásica pregunta de la teoría política liberal, cargada de paternalismo. Su conferencia “Políticas de la vida cotidiana: memoria y presente“ narró, a partir de un conflicto entre habitantes de una villa y una fundación por la propiedad de las tierras del lugar, el modo en que los pobladores fueron responsables de conseguir los servicios de luz y de agua para un barrio que no contaba con direcciones, que no entraba en los mapas oficiales y, por tanto, era inexistente como lugar merecedor de servicios urbanos. La pregunta que surge parece obvia pero no lo es: ¿hacen política los pobres? Das se pelea con Hanna Arendt, para quien la esfera de la acción política no puede ensuciarse con la esfera de las necesidades. Pero Das también discute con referentes de la Escuela de Estudios Subalternos porque, argumenta, esa perspectiva enfatiza sobre todo los momentos de la resistencia política y queda ensombrecida la política más meticulosa, esa que se cincela en la filigrana de lo cotidiano. Aunque su colega Partha Chatterjee (quien también llegará pronto a Argentina invitado por la UNSAM) sí se dedica a la política de las poblaciones subalternas en su hacer diario, para Das su perspectiva tiene una aspiración de convertir a la población en una “comunidad moral” de una manera que, según su crítica, borra las luchas de poder al interior de la propia comunidad.

 

 

Veena Das vuelve una y otra vez, en comentarios informales y en conversaciones con investigadores, sobre la importancia del trabajo etnográfico. Influenciada por el feminismo, dice que en el contexto de India sus aportes fueron fundamentales. Sin embargo, su acento en el análisis de lo cotidiano no proviene estrictamente del feminismo teórico pero sí por el modo en que las mujeres experimentan el mundo. La insistencia con que argumenta que la violencia nunca es una categoría transparente seguramente influenció en que su único libro en castellano haya sido publicado en Colombia (“Sujetos del Dolor, Agentes de Dignidad“, Universidad Nacionalde Colombia, Bogotá).

 

En Brasil y en Argentina tal vez su trabajo más conocido es en el campo de la antropología de la salud. Su segunda conferencia en Buenos Aires, de hecho, planteó la crítica del concepto de “salud global”, según el cual las enfermedades se consideran de modo clasista: aquellas que pueden poner en riesgo a las clases privilegiadas y, más ampliamente, a las poblaciones económicamente activas son las que movilizan recursos globales (como el Ébola actualmente), mientras que las afecciones ligadas a la pobreza (entendida como aquellas que padecen sujetos improductivos) reciben poca atención o son objeto de políticas estatales paternalistas o bien interpretables bajo la noción foucaultiana de la soberanía como una política de “dejar morir”. 

 

El otro foco de atención es la práctica de una antropología de los márgenes del Estado, focalizada en cómo las poblaciones se encuentran y tienen experiencia del Estado en lo cotidiano. Pero ya no para comprender los márgenes sino el propio Estado: el Estado necesita de los márgenes como la regla de la excepción, asegura Das. Porque el margen no es un territorio exótico, sino un modo de investigar al Estados desde prácticas, lugares y lenguajes que se consideran aparentemente alejados del propio orden. Esta reubicación –política y epistémica- del margen tiene el objetivo, también, de cuestionar la topografía clásica entre centro y periferia y el modo en que los propios límites prácticos y conceptuales del Estado son reformulados por quienes hacen política y buscan justicia desde la textura de lo cotidiano.


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