La sociedad electrónica puede encerrarnos entre sus paredes pantallas, pero no podrá incluirlo todo. Quizá, dice el filósofo Esteban Ierardo, las huellas más hondas del sufrimiento, de la emoción estética o la pasión, jamás podrán ser convertidas en lenguaje informático. Adelanto de Sociedad Pantalla, de Ediciones Continente.



El futuro siempre abre las cajas de la incertidumbre. ¿Hacia dónde avanza el mundo de la tecnodependencia creciente que denuncia Black Mirror? Siempre en el hombre se escribe lo ambivalente, lo que es de dos formas opuestas a la vez. Algunos caminos tecnológicos seguirán introduciendo adelantos fantásticos en la medicina; seguirán la mejora de los materiales en la industria; o de las comunicaciones, o de las simulaciones digitales con fines educativos y de aprendizajes profesionales. Por otro lado, los dragones del adelanto técnico harán proliferar los robots que amenazan el trabajo humano, y mejorarán los software para el espionaje informático y el monitoreo de los datos de la población con fines comerciales. El gigante tecnológico ni grita el mal absoluto, ni siembra el bien total. Evitar los maniqueísmos, las visiones totalmente catastróficas, o la ingenuidad de un mundo futuro mejor únicamente por las promesas del tecnodesarrollo sería tal vez lo más prudente. La búsqueda de un punto de vista equilibrado entre el demonismo o el optimismo tecnológico es parte de una posible sabiduría para enfrentar lo que vendrá.

 

Primero, quizá, habría que tomar distancia de lo que parece obvio: nuestro tiempo como el reino de la información y de las imágenes que se multiplican. Una especificidad de este tiempo es, sin dudas, la capacidad tecnológica de acelerar y multiplicar imágenes e información. Sin embargo, ese no es el rasgo principal de nuestra época global. En toda la historia el hombre vivió y sobrevivió gracias al acceso a información selectiva y sensible para sus propósitos: saber dónde y cómo conseguir el alimento, o cómo elaborar una idea de realidad mediante una cosmovisión o imagen de mundo. Las imágenes siempre han fluido entre la mirada humana y su entorno. Información e imágenes diversas es lo corriente en la historia. No así la multiplicación de la información y de las imágenes por las pantallas. La singularidad de la época de la sociedad pantalla y la multiplicación incesante de los bits y los píxeles. Las pantallas multiplicadoras (compuestas por las TV o smartphones, como nuestras mini computadoras móviles) atraviesan la subjetividad con los estallidos inacabables de más informaciones e imágenes que demandan unidades de almacenamiento cada vez más potentes.

 

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Podemos temer que la tecnodependencia dentro de la sociedad pantalla derivará solo en situaciones de confusión, alienación, encierro y desorientación claustrofóbica a la manera de lo que emerge de la maldición Black Mirror. Pero detrás de la multiplicación de la sociedad pantalla la mayor pregunta, de cara al futuro, es, tal vez, qué tipo de mente está construyendo la globalidad de la sociedad pantalla: ¿una mente que pierde cada vez más una visión abarcadora de la realidad para quedar atrapada en la inmediatez de esperar recibir un nuevo “me gusta”, las ultimas noticias, o de quedar succionado por pantallas como único lugar y tiempo de entretenimiento? ¿O una mente que aprende a ejercitar un punto medio aristotélico para entrar y salir del consumo de la información o del entretenimiento visual dentro de la sociedad pantalla total? ¿La mente absorbida en la inmediatez visual, o la mente que juega con distanciamientos, desconexiones y apropiaciones de la cibercultura global? ¿Tecnoadictos dentro de la matrix contemporánea, o libres exploradores de lo que nos ofrece la cultura digital, y que conocen sus amenazas, riesgos o engaños?

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Hoy la decisión no es solo respecto al sentido que se le quiere dar a la vida. La cuestión también es la relación que se quiera construir con los medios técnicos. Hoy más que nunca, la subjetividad se desdobla en el sujeto absorbido por el ser electrónico, y la pura condición de consumidor en un mercado de nuevas tecnologías u objetos; o en el sujeto que apela a la tecnocomunicación para extenderse al mundo simultáneo y global que ofrece internet y sus contenidos educativos positivos. El sujeto de la voluntaria absorción en lo electrónico, o el sujeto de la extensión hacia una conciencia universal auxiliado por las herramientas digitales. La maldición Black Mirror, maldición del encierro dentro de la sociedad pantalla, de la pantalla hipnótica como mero entretenimiento y como límite de la vida. El sujeto absorbido en el mundo habitación pantalla, o el sujeto extendido hacia el mundo de las muchas culturas y geografías del planeta, y del planeta dentro del universo. La mente del sujeto absorbido y la del sujeto expandido son dos posibles fisonomías mentales que se fraguan en el tiempo de la sociedad pantalla.

 

Pero más allá de la mediación de la cultura digitalizada, el hombre del futuro debe seguir enfrentando dilemas y riesgos ancestrales. El horror seguirá persiguiendo al hombre a pesar de todas sus nuevas parafernalias tecnológicas. El hombre seguirá, seguramente, enfangado en la violencia, la explotación, la desigualdad; seguirán los individuos constreñidos a autómatas del consumo, o del odio o la búsqueda de aprobación de los otros por las redes. La ética seguirá puliendo sus argumentos, totalmente impotentes para poner límites al Poder, que busca manipular las mentes y autosatisfacerse. No desaparecerá la distancia entre la retórica de los derechos humanos y su efectiva negación en tantos lugares del mundo. El hombre del egoísmo, la insensibilidad y la ausencia de empatía seguirá atravesando la historia entre teclados virtuales, fibras ópticas, ordenadores cuánticos y cascos virtuales. Por desgracia, la sofisticación técnica no asegura el progreso moral. Quizá haya avances, pero seguirá sin ser un problema intolerable la gran acumulación de riquezas de las empresas globales y que la mitad de la humanidad se vea sometida a la pobreza, el hambre y la destrucción de la esperanza.

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Para la mitad de la humanidad con alimento y conexión wifi, el infortunio de la otra seguirá siendo solo una lejana estadística. Los individuos estarán cada vez más encerrados dentro de sus pantallas, como lo muestra Black Mirror. La presencia de las cosas, de los humanos o de las flores, será reemplazada cada vez más por las imágenes en alta definición. Será necesario comprender que las tecnologías son transformaciones de las fuerzas naturales, y no solo la construcción de un mundo autorreferente y separado de la realidad más elemental de la vida, la que recibimos como aire, espacio, tiempo, tierra, luz o el enigmático acto de existir. Las realidades virtuales complementan pero no sustituyen lo real más primordial: la naturaleza salvaje, toda la historia humana vivida, cuya belleza y horror no pueden ser digitalizados. Paralelamente, los procesos de aprendizaje cognitivos basados en la lectura lenta y en la compresión gradual, no podrán ser reemplazados por la acumulación instantánea de la información. El acceso veloz a la información no superará el estudio y la lectura graduales; ni el lenguaje icónico de la computación podrá sustituir la fuerza de un intelecto incisivo.

 

Y aún más esencial: la sociedad electrónica puede encerrarnos entre sus paredes pantallas, pero no podrá incluirlo todo porque no podrá digitalizar el horror humano por cada asesinado y masacrado, por cada víctima perdida en el tiempo, por cada sueño desvanecido en la bruma del olvido. Quizá, las huellas más hondas del sufrimiento, de la emoción estética o la pasión, jamás podrán ser extrapoladas a un lenguaje informático. Y siempre quedará fuera de las pantallas, y de las imágenes digitales, el misterio del planeta que nos embriaga. El planeta ancho. Diverso. Nuestro planeta no virtual, dentro del cosmos vertiginoso, abismal, del que somos parte.

 

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