Svetlana Aleksiévich ganó este año el Premio Nobel de Literatura por su obra de no ficción. El especialista en Rusia Alejandro González, leyó la prensa rusa y europea y rastreó las repercusiones del premio, un eslabón más en la construcción de la identidad de Occidente. Lecturas políticas y debates entre escritores liberales y nacionalistas. Eduard Limónov fustigó a la escritora y al "concurso". Ucranianos, rusos y bielorrusos se arrogan el galardón.



Fotos: Archivo Svetlana Aleksiévich

 

 

I

 

Leonardo Padura, en Yo quisiera ser Paul Auster, ofrece una ácida reflexión acerca de qué significa ser “escritor cubano”. Paul Auster (en tanto símbolo de “escritor occidental”) no se ve obligado a responder preguntas relativas a la política exterior estadounidense, a las próximas elecciones legislativas, a su posición respecto a Guantánamo o a las múltiples invasiones que su país regala tan generosa y democráticamente al mundo. Pero Leonardo Padura (también como símbolo) sí debe responder por los Castro, por el comunismo en Cuba, por la pervivencia de los ideales de la revolución. La construcción social de la figura del escritor trasluce y reproduce relaciones de poder, modos de producción y circulación de discursos. Pareciera que ciertas acciones no merecen ser explicadas. Otras –las “díscolas”- sí.

 

El premio Nobel (premio que, no olvidemos, no se entrega en Filipinas), puede ser entendido como un eslabón más en esa larga cadena de representaciones mediante la cual Occidente  construye su propia identidad, por oposición a un Otro –oriental, árabe, ruso, etc. Es parte y engranaje de ese mecanismo tan bien descrito por Said en su ya clásico Orientalismo.

 

El galardón este año fue para la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, cuya obra en castellano es casi desconocida. Nos detendremos aquí en las múltiples y no tan novedosas resonancias que ha tenido la noticia en los países occidentales y en Rusia.

 

II

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Desde un principio, llamó la atención que, esta vez, la Academia Sueca premiara una obra de no-ficción. De inmediato se alzaron voces críticas: ¿por qué a un/a periodista y no a un/a escritor/a? “Sus escritos polifónicos son un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, fundamenta con vaguedad y cierto anacronismo una Academia siempre sensible, por lo visto, a los innegables horrores del período soviético; y a la que habría que desearle mantenga en forma esa sensibilidad cuando algún periodista libio o sirio publique en el futuro los testimonios de quienes hoy se ven forzados –OTAN mediante- a buscar refugio en tierras europeas. Como sea, y más allá del estupor que en general se releva en los medios digitales y en las redes sociales, se trata de una decisión que, habrá que suponer, tendrá su razón de ser y ya conoce el precedente de Winston Churchill (!), Premio Nobel de Literatura en 1953.

 

Más significativo es el hecho de que, hace dos años, la misma Academia no vio tal monumento ni oyó tal polifonía. En 2013 Svetlana Aleksiévich estaba entre los candidatos, pero no se llevó el premio. En 2015 sí, a despecho de aquella máxima “de pasillo” según la cual con el Nobel no se tiene una segunda oportunidad. ¿Cómo se explica esa revalorización? ¿Qué cambió en el mundo en tan solo 24 meses? Para verlo, echemos un vistazo a las declaraciones, las conjeturas y las polémicas que han surgido a ambos lados de esa línea intangible que divide Europa en dos, línea que marca la frontera de la Unión Europea a la vez que el límite de la arquitectura gótica hacia Oriente.

 

III

 

En Europa occidental la noticia fue recibida con bastante serenidad; los suplementos culturales se han detenido en los antecedentes de la premiada, en su obra, en su forma de trabajo y, sí, también, en sus definiciones políticas. No deja de resultar curioso que, en su primera aparición pública tras saberse ganadora, la periodista fijara posición: “Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”, y dedicó unas palabras a la “ocupación” de Ucrania por parte de Rusia. Uno podría al menos mostrar perplejidad ante esas frases; que cada cual piense lo que desee y necesite pensar, pero ¿hablar de Putin luego de ganar el premio Nobel? (Quien escribe estas líneas no puede imaginar a Borges quejándose de Perón si el premio Nobel de literatura fuera solo de literatura y Jorge Luis hubiera cumplido con el mero trámite de pasar a retirarlo…)

 

Las lecturas políticas más agudas –las que permiten comprender el referido cambio de apreciación en solo dos años-, llegan, acaso obviamente, de Estados Unidos y Rusia. El New York Times, en su edición del 8 de octubre, sugiere que este honor acontece en un momento en que Rusia está mostrando otra vez su músculo militar, tanto en Ucrania como en Siria. Y así, la Academia Sueca seguiría la larga tradición de usar el premio con el fin político de menoscabar la imagen del Kremlin; no hay que olvidar, señala la autora de la columna, que Iván Bunin (1933), Borís Pasternak (1958)[1], Aleksandr Solzhenitsin (1970) y Joseph Brodksi (1987) recibieron la medalla en el exilio o no pudieron asistir a la ceremonia por presión del poder soviético; solo Mijaíl Shólojov (1965) constituiría una excepción.

 

En Rusia, claro está, la noticia tuvo gran repercusión, ya que se premió una obra escrita en esa lengua. Allí el mundillo literario se dividió en dos. Por una parte, periodistas y escritores del bando “liberal”, tales como Oleg Káshin, Dmitri Bíkov y Víktor Eroféiev, aplaudieron la decisión. Según el primero, la visibilidad del Nobel permitirá que en el mundo ruso se escuche una voz con la que solo podrá competir la de Putin, quien además llevará las de perder en un eventual duelo dialéctico. Bíkov consideró que el honor es para todo el mundo ruso: “Svetlana Aleksiévich recibió el premio por la elevada moral de sus obras, por la búsqueda de la verdad, por su desesperada oposición al totalitarismo, por la hombría con la que narró sobre las zonas ocultas del siglo XX, la tragedia de Chernóbil, la suerte de la mujer en la guerra, la suerte de los niños después de la guerra, Afganistán. Es un premio al mundo ruso en su auténtico significado. No al mundo ruso que propaga mentira y agresión, sino a aquel que defiende a los desprotegidos, que dice la verdad”. Asimismo, el escritor ve justificado el galardón, ya que “Svetlana Aleksiévich ha creado su propio mundo artístico, un vasto panorama polifónico de la vida del siglo XX”. Eroféiev señaló la importancia del logro por tratarse de una escritora que escribe en ruso y destacó el compromiso de la bielorrusa con los ideales estéticos y humanistas, a lo que añadió que, si el premio quiere ser visto como una señal dirigida contra Rusia, sería contra cierta parte de Rusia (el Kremlin) y no contra todo el país.

 

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El bando “nacionalista” fue el más crítico. Eduard Limónov[2], el representante más conspicuo de este sector, fustigó no solo a la escritora, sino también el premio: “Si antes lo otorgaban al menos por razones políticas, hoy se lo dan a todos sin distinción. ¿Recuerda siquiera un solo gran nombre en los últimos veinte años? Tomo ese premio como una orden en decadencia. Me recuerda más al concurso “Miss Universo”, solo que en Suecia aparecen en primer plano los reyes en estúpidos fracs y los tragas del jurado”, declaró al periódico Izvestia el 8 de octubre. En sus palabras, el único trabajo de la autora digno de atención –sobre la guerra en Afganistán- perdió actualidad hace mucho. “Aleksiévich no es más que una ama de casa inofensiva que ha recibido el premio. Pasiones verdaderas desataban Bunin, Pasternak, Shólojov y Solzhenitsin. Ya cuando lo obtuvo Brodski no se produjo tanto revuelo”.

Las consideraciones más mordaces, como suele ocurrir en los últimos años, provinieron de Zajar Prilepin, acaso el escritor más leído de la nueva generación (en 2014 arrebató a Aleksiévich, preferida por los lectores, el premio literario más importante de Rusia, “Bolsháia Kniga”). “En primer lugar, no podían dárselo a un escritor ruso, ni siquiera a los más liberales, porque Rusia por principio no puede recibirlo: el establishment mundial de la cultura no puede permitirse eso”. Cuestiona luego la actitud de los intelectuales liberales rusos: “Todos los occidentalistas, liberales y progresistas que hoy se regocijan deben seguramente darse cuenta de que [en Occidente] a ellos los desprecian junto con el resto de Rusia”. Y entrando en el terreno netamente político: “Hace unos 5 o 6 años, en los Salones del Libro de París y Londres, dije que el Premio Nobel se acordaría de la literatura rusa tan pronto como los submarinos rusos empezaran a navegar cerca de las costas europeas. «Dennos el premio sin submarinos», bromeé yo. Sobre esto escribí en varios artículos: mientras Rusia no tiene pretensiones de ser considerada gran potencia, no existe. Y acerté. No se requiere gran ingenio para acertar. Sin submarinos ellos no pueden hacerlo […] Este premio es resultado de un colosal sentimiento de humillación. Primero aquellos Juegos Olímpicos, luego Crimea, después la separación de facto de Donetsk y Lugansk del territorio de Ucrania. Ahora Siria. Los misiles que salen del Mar Caspio vuelan adonde quieren; mejor dicho, adonde les ordenen. De alguna manera había que responder, y he aquí que, como respuesta, eligieron la opción más absurda y lamentable: otorgar el premio a una buena periodista que se ha hecho famosa por sus entrevistas banales –incluso para quienes comparten sus convicciones- con el estribillo: “Rusia ha matado a todos, a todos, a todos, siempre ha matado a todos y siempre matará; detengan ese mal, a esos esclavos que nunca dejarán de serlo; es la tierra de Stalin y de los popes, y ustedes ya saben en qué acaba todo eso, y sobre todo lo sé yo”.

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Un tópico reiterado en los medios es el de los autores rusos que no ganaron el Nobel (la lista, ciertamente, es escalofriante): Lev Tolstói, Antón Chéjov, Alekséi Tolstói, Maksim Gorki, Vladímir Maiakovski, Andréi Platónov, Anna Ajmátova…

 

Con menos fervor, la escritora feminista María Arbátova expresó su alegría por el galardón, que por primera vez fue otorgado a una mujer que escribe en ruso; valoró también su posición de disidente (ella misma fue levantada del aire en Bielorrusia cuando afirmó que los principales escritores de ese país eran Vasili Bíkov y Svetlana Aleksiévich). Sin embargo, plantea reservas en cuanto a la calidad literaria de sus obras y, sobre todo, a la capacidad de juicio de un comité en el que son pocos los que saben ruso. En su opinión, el 90% de las obras son evaluadas a partir de traducciones y de la coyuntura ideológica. Arbátova propone a su candidata para el Nobel: Liudmila Ulítskaia, de la que pueden encontrarse varios trabajos en castellano.

 

Una última circunstancia digna de mención: ¿quién se arroga el premio? En medios ucranianos, la noticia fue presentada como: “Escritora bielorrusa de origen ucraniano gana el Nobel de literatura” (la madre de Svetlana era ucraniana); incluso, varios medios de ese país denunciaron la pretensión de Rusia de apropiarse de ese logro. Petró Poroshenko, actual presidente de Ucrania, fue uno de los primeros en felicitar a la escritora. Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia, expresó con mesura su alegría, añadiendo, significativamente, que no ve en Svetlana Aleksiévich a una opositora, ya que “investiga y escribe pero no convoca a la gente a salir a la calle”; difícil no ver en esas palabras una propuesta de “pacto de convivencia”.

 

IV

 

Fue el propio Alfred Nobel (filántropo y fabricante de armas) quien estableció el criterio para la entrega del Premio: “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”. ¿Cuál es la “dirección ideal” de la literatura? ¿La que señala Solzhenitsin (“La literatura que no es aliento para la sociedad contemporánea, que no se atreve a transmitir los dolores y los temores de la sociedad, que no advierte a tiempo las amenazas contra la moral y los peligros sociales, no merece el nombre de literatura, sino que es sólo una fachada”) o la que señala Borges (“La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”)? Todo indica que cada año asistiremos a ese debate.

 

[1] Sobre el “caso Pasternak” puede consultarse: Iván Tolstói, La novela blanqueada. El doctor Zhivago de Pasternak entre el KGB y la CIA, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2014 (traducción de Joaquín Fernández-Valdés).

[2] Hay una biografía sobre él escrita por Emmanuel Carrère. Barcelona, Anagrama, 2013.


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