“Hay que consumir menos”, dijo el presidente argentino cuando empezaron a llegar las tarifas con nuevos aumentos. Una definición programática que pone en el centro del debate al consumo popular: del compren y gasten para sostener la economía al autocontrol y la regulación de las expectativas como forma de resolver los problemas. Una nueva ética de la austeridad que pone el foco en el individuo y no en las empresas y empuja a consumir menos, gastar poco, trabajar mucho y demandar nada.



Juan lava los platos con agua y detergente acumulados en un bol. Sólo abre la canilla para enjuagarlos cuando todo se encuentra debidamente enjabonado. Apaga la luz y desenchufa todos los aparatos hasta que no queda ni una sola lucecita de encendido en toda la casa. Recoge las dos bolsas de desechos no-orgánicos, cierra la puerta tras de sí, las coloca en la caja de su pick-up con motor 3.0 y arranca hacia el centro de reciclado antes de pasar por la estación de servicio, luego por la feria agroecológica donde compra la harina de salvado que le gusta para que su empleada doméstica, que viaja una hora y toma dos autobuses para llegar a su casa, le prepare el pan casero con el que le gusta desayunar, y terminar su recorrido en la empresa minera en la que es gerente.

 

El tanque de nafta de la pick-up no distingue entre administraciones republicanas o demócratas en Estados Unidos; entre presidentes de “minorías étnicas” o gobernantes miembros de la asociación del rifle. No distingue entre gobiernos pro-islámicos o laicos en Medio Oriente; entre líderes del Socialismo Siglo XXI o el milagro brasilero. Tiene hambre de combustible como quien tiene antojo de asado. Pero por sobre todas las cosas no distingue si debe competir por los mismos recursos con usos alternativos: llenar la panza de un sudafricano pobre o producir el biodisel necesario para hacer avanzar la pick-up algunos kilómetros.

 

Si los Iphone se volvieron emblema político de los pujantes sectores organizados de la derecha en el continente es porque el consumo resulta un símbolo que cataliza, como pocos, a la vez, las posibilidades integrativas de los populismos y los limites reales y estructurales de los procesos progresistas de la región.

 

Consumir menos

 

En una semana en la que los precios de los servicios públicos abandonaron el escenario etéreo del mercado para bajar al barro de la política, el presidente Mauricio Macri –luego de dedicar una gran energía a desactivar el atisbo de alianza entre fracciones de la oposición- visitó uno de los yacimientos petrolíferos más emblemáticos y controversiales del país, para reiterar una consigna política incuestionable en transparencia y sinceridad: “Hay que consumir menos”.

 

Pocas definiciones programáticas fueron tan claras desde el minuto cero de la gestión Cambiemos como su política en relación al consumo popular. González Fraga, fiel representante del riñón amplio del macrismo, se manifestó abiertamente sobre la temática cada vez que se encontró un micrófono encendido frente a su boca. Si bien sus apariciones mediáticas iniciales fueron opacadas por sus intervenciones ulteriores (“son como animalitos salvajes”, hablando de niños pobres; “los empleados cobran más por dormir que por trabajar”, hablando de la reforma laboral; “hay que ver qué tan pobres son los pobres”, hablando de las cifras del INDEC; “tener dinero afuera es una necesidad para vivir”, hablando de funcionarios evasores con cuentas offshore) no debiera olvidarse su célebre y madrugador “le hicieron creer al empleado medio que podía comprar celulares e irse al exterior”.

 

Los dólares y los celulares, epicentro de un malestar liberal generado en torno a la administración saliente, eran reeditados de plano en una radical redefinición de los problemas construidos en campaña. Ya no la corrupción, el autoritarismo y el hiperintervencionismo. Lo más nocivo del peronismo fue el avivamiento de las expectativas. Allí reside su falsedad: más que en poder, en hacer creer que se puede. Gesto de sociología durkhemiana si los hay: entender que los problemas modernos se resuelven con un autocontrol y una regulación más rigurosa de las expectativas, y no con una modificación en la distribución de los recursos que habilitan (o evitan) el cumplimiento de las aspiraciones.

 

A caballo en su ambivalencia de funciones, poderes e intereses, el ministro de Energía Juan José Aranguren tuvo una intervención en extremo afín al discurso del ahora presidente del Banco Nación: “Si el consumidor considera que este nivel de precios es alto en comparación a otros gastos de su economía, dejará de consumir”. En el mercado no existen los precios caros o baratos: existen sólo precios. La carecía aparece exclusivamente con la interrupción del flujo manual autorregulado del libre-comercio, cuando el Estado se excede en los controles y descalabra una maquinaria tan aceitada como presta a sucumbir a los designios del capricho político.

 

Algo en la política de Cambiemos asume la forma de un pepemujiquismo de derechas, que se queda con el cascarón ahorrativo y lo convierte en baluarte de su política laboral y distributiva. Porque aunque la fachada liberal le permita esquivar el bulto y concentrarse en el “desarrollo” (objetivo que se lograría con la consigna “consumir menos e invertir más”), los nuevos gobiernos de derecha en la región funcionan con una lógica profundamente intervencionista y distributiva. El tema hacia dónde distribuyen.

 

El que exige ahorro en el consumo de la población es el mismo programa que define al salario como mero costo y como variable fundamental de ajuste de la dinámica inflacionaria. Lo muestran los hechos: por tercer año consecutivo las paritarias en casi todas las ramas van a cerrar por debajo de la inflación real, con inertes cláusulas gatillo como promesa de pago retroactivo a la entrega sacrificial de buena parte de la capacidad de gasto de los hogares como condición para el “desarrollo” del país.

 

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Consumir menos, gastar poco, trabajar mucho y demandar nada, forma menos parte de una política energética, productiva y económica que de una pura estética del ascetismo que tiene resonancia comunicativa en sensibilidades políticas hoy reavivadas. El ascetismo macrista no es aquel que Weber identificó con la ética protestante y que volvió posible la acumulación originaria de los empresarios emprendedores del capitalismo moderno. El ascetismo macrista es un ascetismo de la estética, consonante con la idolatría del emprendedurismo al estilo Steve Jobs, con la sobriedad como gesto indistinguiblemente moral y económico que se porta hasta en la vestimenta, la basura y las llaves de luz. Un ascetismo que hace pie en la canilla familiar pero que desvía la mirada de millones de litros de agua desperdiciados en el proceso productivo minero. El ascetismo macrista es un estilo de vida tan hiperestetizado que no cabe en el exceso de pragmatismo y despojo material que propugna.

 

Los movimientos anti-consumo

 

La asimetría leonina en el mercado de la vivienda entre inmobiliarias e inquilinos irrumpe como noticia bajo la forma de “moda”: “Vivir en micro-departamentos: un hábito que crece en Buenos Aires”. La estetización ascética de las transformaciones del consumo en su máxima expresión: el hacinamiento y la pérdida de poder adquisitivo llamadas “tendencia minimalista”.

 

Si hay algo sintomático en el clima de época de Argentina en los últimos años es la visibilidad que fueron adquiriendo los movimientos anticonsumo. Evangelina Himitian y Soledad Vallejos escribieron un best-seller basadas en esa premisa: ¿Y si pasaras un año sin consumir? Y con “sin consumir” las autoras entienden consumir lo mínimo e indispensable, ser “responsables” en los rubros de gastronomía, regalos, paseos y vacaciones. Eso sí: “La depilación está okey, por razones obvias”. El gesto más claro y concluyente para definir a este paradigma del ahorro en boga como una mera estética es que dos periodistas hayan elegido hacer un “experimento” con tintes de epifanía en vez de conocer una realidad: una porción amplia de la población vive con lo justo, deja de consumir cuando no le alcanza o se queda sin trabajo, se las rebusca y es “creativa” con su presupuesto magro, sin que todo ello implique una elección voluntaria.

 

El ascetismo macrista funciona como una reedición laica del cristianismo de la renuncia material, cuya promesa divina es vivir en un país desarrollado, un paraíso de la alegría que llegará en el final de los días: el segundo semestre. Dos años después, solo un acto de fe puede sostener este acto sacrificial para la salvación del alma consumidora.

 

El consumo y sus límites (en el populismo y en el neoliberalismo)

 

Esta síntesis ecléctica de moralismo anti-consumista y neoliberalismo new age quizás tenga su fundamento en un equívoco originario que condena al capitalismo por “consumista”. Pero, en el fondo, la patología capitalista no es la del consumo, sino la de la producción: la característica estructural de este sistema económico es desarrollar hasta los límites de lo imaginable las capacidades productivas y producir, al mismo tiempo y en el mismo acto, una gran masa de humanos sin capacidad para consumir (acceder a) lo que se produce.

 

Por eso el consumo se vuelve el símbolo visible de la integración populista: los derechos adquiridos, la modificación en las relaciones de fuerza, los grados de organización colectiva, son mucho menos palpables que las alpargatas, las casas de plan, los celulares, las consolas de videojuegos, el Ahora 12 y las marcas de gaseosa que desaparecen contracíclicamente. Cuando la memoria evoca los buenos tiempos va menos a las condiciones contractuales y la fuerza de los sindicatos que a los recuerdos de los “gustos” que cada uno pudo darse.

 

¿El kirchnerismo construyó gran parte de su legitimidad económica en torno a la promoción del consumo? Efectivamente. Entre 2004 y 2013, por ejemplo, se multiplicó por seis el patentamiento de automotores; la proporción de hogares propietarios de teléfonos celulares aumentó casi un 50 por ciento; la cantidad de argentinos que viajó al exterior por vacaciones aumentó más del 60 por ciento; las ventas en supermercados y grandes centros comerciales creció a un ritmo del 10 al 15 por ciento interanual, y todo esto sin contar la aparición de las grandes ferias populares al estilo de La Salada. Nadie quiso quedarse fuera[i].

 

Luego de un lustro recesivo, en 2003 cambiaron completamente las reglas y los hábitos para consumir. Dos ejemplos: la bancarización compulsiva de los salarios y el crecimiento de la proporción de crédito ofrecido a los hogares en relación a los ofertados a las empresas.

 

Sin dudas el consumo fue central en la política de los gobiernos kirchneristas, y sin dudas su sostenimiento estuvo ligado a la redistribución del ingreso comandada por el Estado. También es cierto que esta intervención trajo nuevos problemas y difícilmente haya beneficiado siempre a los sectores “más pobres”, pero es un hecho que los límites de esta construcción vinieron más a cuenta de la distribución (y de los malestares que generó) que a una especie de exacerbación de los gastos innecesarios de energía y servicios públicos bajo la lógica de “tirar manteca al techo”.

 

¿“Consumir menos” garantiza un futuro más promisorio y sustentable? Sí, pero en las actuales condiciones lo garantiza sólo para los destinatarios de la nueva distribución de la riqueza, empezando por los grandes ausentes en la interpelación del discurso de la responsabilidad y el ahorro: las empresas prestadoras de servicios públicos. Los sacrificios siempre se exigen en los gastos de los asalariados, nunca en las ganancias.

 

Aunque los economistas liberales se empeñen en negarlo, en muchos momentos la economía funciona como un juego de suma cero. El proceso político de Venezuela, pero también el de Brasil y muy particularmente el de Argentina, tuvieron en el consumo, paradójicamente, su límite de construcción de gobernabilidad progresista y su momento de politización cúlmine de la economía cotidiana, esa que los lego comprendemos mucho más que la toma de deuda pública, el dólar futuro y la dinámica inflacionaria. El populismo -como el capitalismo con el proletariado- creó las condiciones para su propia desestabilización: un sujeto colectivo, heterogéneo pero no por ello menos existente, con un nuevo piso de consumos y con un relato desanclado del Estado presente que sostuvo ese nuevo piso. Luego, la historia electoral reciente que conocemos.

 

Lo más interesante y menos previsible sea, quizás, que el mismo consumo se haya vuelto un elemento de corrosión de la legitimidad de gobiernos de derecha que, ocultos y oscilando entre promesas liberales y pedidos cristianos de renuncias materiales, han empujado el consumo popular por debajo de lo que gran parte de la población aprendió como justo y necesario en l0as últimas décadas. Sin embargo, el consumo deprimido no corroe solo: antes de 2015 necesitó de una militancia política aggiornada de la derecha para convertirlo en epicentro del malestar social. En eso las elites se han mostrado más eficaces y hábiles que la actual oposición, que todavía sufre el obstáculo de la dispersión para convertirlo en aglutinador del desencanto que inevitablemente nace en el neoliberalismo realmente existente.

 

[i] Del Cueto, C. y Luzzi, M. (2016). “Salir de compras”. El consumo y la estructura social en la Argentina reciente. En Kessler, G. (comp.). La sociedad argentina hoy. Radiografía de una nueva estructura. Buenos Aires: Siglo XXI. Pp. 209-232.

 


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