Hace tiempo que las redes sociales han dejado de ser objetos para convertirse en entornos donde estamos con los otros: no usamos las redes sino que vivimos en ellas. A través de metáforas urbanas, como ir a un desfile, tomar un café o comprar algo en el kiosco, el Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina propone pensar cómo son esos espacios colectivos que nos apropiamos y donde pasamos nuestras vidas: Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y WhatsApp.



Como bichos de ciudad, como peces en el agua. Así es la experiencia de los jóvenes en las redes sociales. Durante los primeros cinco siglos de existencia de los medios de comunicación, desde la imprenta hasta la televisión, las personas se vincularon con los distintos medios como con objetos que se usan: leer las noticias, escuchar música y ver películas eran actividades discretas y puntuales para las que se requería ir utilizar el diario de papel o los artefactos de radio y televisión. Una vez terminada la actividad, se los dejaba de lado y se pasaba a otra cosa. La irrupción y meteórico crecimiento de las redes sociales en la última década, junto con la altísima penetración de los dispositivos móviles, ha llevado a una progresiva e ininterrumpida mediatización de la existencia íntima, privada y colectiva. Por ejemplo, Agustina, quien tiene 20 años, vive en Caballito y estudia en la universidad, cuando cada viernes abre su Snapchat, se entera dónde y qué están haciendo sus amigos: “porque están en un boliche o porque están en una previa, porque están tipo en un bar, ves todo, porque la gente filma todo lo que hace, y entonces (…) Es estar con el otro todo el tiempo”.

 

En este proceso de transformación, las redes han dejado de ser objetos para convertirse en entornos, donde estamos con los otros: no usamos las redes sino que vivimos en ellas. Entramos y salimos constante y vertiginosamente de las mismas y allí hacemos todo, desde informarnos sobre la actualidad hasta flirtear o mantener vínculos amistosos, pasando por ver videos graciosos de gatitos y conocer novedades de familiares y contactos. Si bien la brecha digital es significativa en el mundo, cuando las redes de conectividad se establecen y los dispositivos se vuelven accesibles, una vida por fuera de los medios es tal vez imaginable, mas ya no fácilmente realizable.

 

¿Qué sienten y cómo interpretan los jóvenes argentinos su vínculo con las plataformas digitales? ¿Cómo presentan allí sus biografías, interactúan, arman estrategias, sostienen, negocian o desafían convenciones sociales, perciben dinámicas temporales, y desarrollan vidas online en un momento histórico en que decir offline será -pronto- obsoleto? Para responder estas y otras preguntas, el Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina, una iniciativa conjunta entre Northwestern University y la Universidad de San Andrés, llevó a cabo 45 entrevistas en profundidad a jóvenes de 18 a 29 años, entre marzo de 2016 y mayo de 2017. La muestra incluyó a estudiantes universitarios o terciarios, deportistas, administrativos, profesionales, y empleados de comercio, entre otros perfiles.

 

Si vivimos en los medios, entonces es posible entender a redes como Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y WhatsApp a través de metáforas urbanas, pensándolos como escenarios en los que transitamos, habitamos y experimentamos. Espacios colectivos que nos apropiamos, donde dibujamos trayectorias que pueden ser compartidas pero también individuales, y cuyo diseño se construye en convenciones sociales que discutimos, abrazamos o negociamos. Como en la ciudad, nos movemos en las redes a nuestro ritmo, y nos cruzamos, continuamente, con otros habitantes. El discurso de los participantes sobre su vínculo con las redes sociales es sutilmente auto-reflexivo, consciente y estratégico. A partir de escuchar sus relatos, proponemos cinco metáforas que intentan condensar la complejidad de cada caso: Facebook como la avenida, Instagram como el desfile, Twitter como el kiosco, Snapchat como el carnaval y WhatsApp como el café.

 

La avenida

 

Para los entrevistados Facebook es como una amplia avenida, en donde interactúan las esferas de lo público y lo privado: los contactos van desde un familiar distante hasta una pareja romántica, pasando por colegas, amigos de la escuela primaria, o flirteos. Ana es una reciente licenciada en Ciencia Política, y siente que “es extremadamente masivo, todo el mundo tiene Facebook, todas las edades, clases sociales” -tal como una poblada avenida.

 

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En Facebook la gente socializa; se escuchan -al pasar- noticias, se observa el mundo, se compran objetos y, a veces, se disfruta. Julián trabaja en una productora de cine y tiene Facebook “siempre abierto para hablar con mis amigos o… con mi novia y también como para enterarme o meterme ad hoc a cada uno de los sitios que sigo (…) voy scrolleando todo el día”.

 

En esta red también se intercambian bienes y servicios. Maximiliano, un empleado de Boulogne en una empresa de construcción, lo usa en cambio para seguir a “Adidas, Nike, Dafiti, Netshoes (…) o Frávega, Garbarino, porque son para comprar cosas, o salen promociones o cosas nuevas”.

 

El carácter cuasi-masivo de Facebook y su nivel de registro de información incluido en el perfil de los usuarios lo tornan en un lugar donde los contenidos plausibles a ser compartidos son, en general, aquellos que serán aprobados por el ojo del gran público. Como si se tratara de publicidad en la vía pública, disponible para una multitud potencialmente desconocida, “Facebook es más serio [que otras redes]… Es otro estilo, está menos disperso, entonces tipo, publico más fotos, fotos con filtro. Y no mucho más” dice Juana, de 20 años.

 

El desfile

 

Instagram es un desfile donde el exhibicionista encuentra al voyeur. Como dice Sabrina, una estudiante universitaria, “Instagram es como muy de lo que es uno y lo que hace uno y de cómo es y cómo se ve”. Allí presentamos un relato visual de nuestra vida diaria, a la par que miramos, a veces de manera casi adictiva, las presentaciones ajenas. “Es muy visual, entonces te enganchás mucho con eso, con las fotos y con los videos” revela Alejandra, de 23 años.

 

Su audiencia, percibida como más restringida que la de Facebook, combina un espectro de personajes que van desde un amigo cercano hasta un famoso, y que suelen excluir a familiares cercanos. Ramiro, que se mudó a Buenos Aires hace un tiempo para estudiar arquitectura, toma los recaudos necesarios llegado el caso: “Subo una entrega de la facultad, subo una maqueta que me quedó linda… te digo como ejemplo, y bueno, quiero que lo vea gente que probablemente no tiene Instagram entonces lo comparto en Facebook y ahí veo comentario de mi tía “Ay, qué lindo que estás”.

 

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En cierto sentido, la presentación del yo en Instagram tiene un estilo altamente estetizado y cuidadosamente construido. “Instagram está mucho más premeditado, quizás no son como eventos tan claves en tu vida como Facebook”, dice Sabrina. Y, como contrapartida, observar posteos ajenos puede tener consecuencias psicológicas negativas: “te juro que te bajan la autoestima (…) siempre el Instagram del otro o la vida del otro parece muy copada” explica Estefanía, que trabaja en una ONG, y asocia la vida del otro al Instagram del otro.

 

Sin embargo, el carácter puramente visual de Instagram resulta atractivo y menos demandante que el de Facebook, como propone Lucía, una empleada pública de 24 años: “en Facebook a lo mejor… alguien puso alguna gansada y te lo tenés que comer, en cambio en Instagram es solo fotos”. Y, al mismo tiempo es un entorno menos politizado: “es como mi red social más frívola. Sigo marcas de ropa o giladas así. No la uso ni en pedo para…no sigo a ninguna página de noticias ni nada” dice Ana.

 

El kiosco

 

Twitter adopta el carácter de un kiosco, una experiencia semi-pública donde los contactos establecidos no pertenecen usualmente al espacio privado. Rodrigo tiene 28 años, es empleado de comercio, y tiene en claro la diferencia entre las audiencias de cada red: “no son mis amigos la gente de Twitter, o sea, no tienen nada que ver conmigo. Me van a estar siguiendo personas que no sé quiénes son, que no me conocen, no sé qué hacen”.

 

La función primordial que cumple Twitter para los jóvenes es la de ser un reservorio infinito y constantemente actualizado de noticias en forma de grajeas. Zoraida, una estudiante de economía explica que “Face generalmente lo uso como para saber en realidad lo que hacen mis amigos o gente del exterior (…) en cambio Twitter sí lo uso para saber de qué se está hablando en el mundo … y qué está hablando la gente”. Al contenido noticioso se suman los comentarios y las opiniones, que producen comunidades efímeras y ad-hoc reunidas para discutir la actualidad. Estefanía, que chequea Twitter constantemente, cuenta que “un poco te hace sentir que estás hablando con un grupo grande, que estás compartiendo opiniones, o que alguien vio lo mismo que vos viste, porque alguien lo comentó”.

 

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La actualización constante renueva el flujo de noticias a tal punto que los participantes tienden a asociar Twitter con una dimensión de “siempre encendido / siempre ahora”. Para Leila, una estudiante de periodismo, ahí “lo que las personas dicen es todo como más al instante, mucho más inmediato, o lo que está pasando, ya sea con los Trending Topics, ¿viste los hashtags?”. A ritmo constante, mientras a algunos entrevistados los atrae esta plataforma, a otros les produce rechazo. Romina por ejemplo, una estudiante de 19 años, plantea que “Twitter te lleva a estar todo el tiempo contando lo que estás haciendo y que como que no… no me llama.”

 

Y así como sucede en un kiosco, para muchos participantes, además de ser el lugar de la información, Twitter es el espacio del humor y del posteo no planeado. En ese sentido, opera por momentos como plataforma de presentación del yo en tono lúdico: Sabrina, por ejemplo, lo usa “mucho como para escribir cosas que se me vienen a la mente y son graciosas”. A diferencia de Facebook o Instagram, Twitter es entonces concebido como un entorno donde se depositan comentarios espontáneos sobre el mundo y uno mismo. 

 

El carnaval

 

Snapchat, sobre todo para los más jóvenes que entrevistamos, es como un carnaval. Un lugar donde se va a socializar y disfrutar por momentos breves y efímeros, que no generan compromisos, a través de interacciones visuales, usualmente con el uso de máscaras, que disparan conversaciones. Como explica Laura, “creo que es más para boludear con mis amigas, más como un, nada, ‘te mando una foto’”. Su carácter efímero y el juego que habilita con la imagen lo ubica en un lugar de disfrute que no se observa en otras redes.

 

Contrario a Facebook, Snapchat aparece en el discurso de los entrevistados como una red de público restringido, donde quienes forman parte de la misma son los pertenecientes al grupo más cercano del individuo. Que haya un aspecto altamente lúdico y relajado allí no significa que los vínculos mantenidos sean inocuos. Para Ramiro, Snapchat opera como un lugar de intimidad pública: “Es algo raro, no sé si es la manera de describirlo, pero yo digo, ‘esto te lo cuento por 3 segundos’ y se acabó ahí. No te voy a mandar alguna intimidad mía, pero sí en el sentido de ‘te cuento algo’, se olvidó y se terminó ahí. Se acabó y no vas a estar contándoselo a un millón de personas”.

 

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Snapchat es usado como un espacio para la construcción visual del yo pero, a diferencia de Instagram, uno considerablemente menos planeado. María, una estudiante universitaria de Misiones, siente que ahí puede “subir una foto que capaz sea medio tonta, que capaz no tenga tanto sentido…qué se yo… algo más espontáneo que deja de estar. Entonces… fue algo de ese momento y está bien.” El yo es presentado de manera menos restrictiva -“es más espontáneo del momento, no sé, te mando esto pero en un ratito ya está, qué sé yo, no es relevante todo lo que subís” explica Maribel, una estudiante de arquitectura de Santa Fe. El carácter efímero de Snapchat es clave en la percepción aparentemente menos artificiosa de la presentación de la vida cotidiana.

 

El café

 

WhatsApp, aquella máquina para chatear que se está convirtiendo en un nodo central de las comunicaciones -y neurosis- diarias, cumple las veces del café: un lugar de divertimento y también de trabajo. “Por WhatsApp pasa de todo. O sea pasan desde pavadas de chistes de amigos de lo que sea hasta temas serios” plantea Ramiro. Desde comunicación interpersonal puramente relacional hasta la participación en grupos donde se distribuyen responsabilidades y obligaciones, este servicio de mensajería alberga una intersección de mundos públicos, íntimos y privados que le han dado un carácter de red social cuasi indispensable en la vida de los jóvenes. Julián consiguió un Blackberry exclusivamente “porque tengo que mantenerme comunicado por WhatsApp con gente”.

 

A tal punto se ha convertido WhatsApp en una red omnipresente, que Estefanía olvidó la funcionalidad del SMS en su teléfono: “Yo lo interpreto como mi contacto. Para mí… reemplazó al app del teléfono… o sea el app de mensajes de texto me olvido que existe, hoy alguien me mandó un mensaje de texto porque no había señal en el subte y digo, ay, qué es esto? dónde me llegó?”

 

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La presentación del yo en WhatsApp tiene que ver, de forma más privada que pública, con los contenidos que se comparten y los grupos de los que se forma parte. La estructura de la plataforma parece crear un ambiente más interpersonal de comunicación porque, como nota Víctor: “creo que la foto y los mensajes son mucho más… no sé si personales pero como que te acercan más a las personas”. El yo también se expresa a través de los grupos, que se han constituido en una de las instituciones clave de cooperación, trabajo y vinculación de los usuarios. Martina, una docente de zona norte de Buenos Aires, forma parte de un grupo donde “compartimos muchos artículos académicos. No sé, un avance en neurodesarrollo de no sé qué… ‘chicas miren este artículo, está bueno’”.

 

Como si se tratara de un café abierto 24/7, WhatsApp no duerme y esto puede traer consecuencias psicológicas negativas: “me pasa que me llegan WhatsApps a las, no sé, 12 y media y como que me precipito mucho” dice Lucrecia, quien tiene 27 años y tomó la decisión de poner su celular en modo “avión” un rato antes de irse a dormir.

 

Cuando lo virtual se transforma en real

 

En 1959, el sociólogo canadiense Erving Goffman escribió La presentación de la persona en la vida cotidiana, uno de los veinte libros más citados en la historia de las ciencias sociales. Allí propuso una perspectiva dramatúrgica de la construcción de la autobiografía: el sujeto expone, en sus múltiples interacciones, un relato sobre el yo, que construye tras bambalinas, y que difiere de acuerdo a sus expectativas sobre la audiencia y a la impresión que desea formar en ella. La idea, entonces, de que todo encuentro social implica una cuidada performance no es nueva. Las tácticas implícitas que los participantes entrevistados exhiben en su discurso nos hablan justamente de eso: cada red social llama a una construcción de la experiencia de vivir que es propia, y hay determinadas percepciones colectivas sobre cómo operan allí las variables temporales y qué modo de decir es habilitado técnica y socialmente por las funcionalidades en juego.

 

La perspectiva de Goffman fue pensada desde el “cara a cara”. No es extraño: la situación de dos o más hablantes que conversan observándose a los rostros en coalescencia temporal y espacial supo convertirse en el estándar de la comunicación humana. ¿Pero qué pasa cuando vivimos en los medios, y las pantallas son como el agua en la que nadan los peces? ¿Cuando las redes son el concreto que da forma a las calles que transitamos y los edificios en los que pasamos nuestros días? ¿Y qué ocurrirá cuando el estándar de la interacción deje de ser el tête-à-tête, y la coincidencia en tiempo y espacio solo un caso más entre nuestras performances cotidianas?

 

Cruzamos saludos de compromiso en Facebook como cuando nos encontramos al pasar con conocidos en una avenida poblada. Nos permitimos pavadas en Snapchat, porque sabemos que ese registro dura menos que tres días de Carnaval. Posamos en Instagram para ver y ser vistos como en un desfile, y lo hacemos cada vez más obsesionados con presentar una imagen meticulosamente construida, que a veces poco tiene que ver con aquella que nos devuelve el espejo. Comentamos las noticias y miramos en Twitter como en el kiosco de la esquina, donde consumimos información cual caramelos, a veces en clave lúdica. Pasamos más tiempo en el café que es WhatsApp que tomando un cortado con otros humanos en los Varela Varelita que persisten en el espacio urbano. Por ahora seguimos usando la sigla IRL (In Real Life, en la vida real) para diferenciarla de la vida online. Pero tal vez nuestras presencias en Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y WhatsApp sean lo más real que tenemos.

 

Los autores agradecen al equipo de entrevistadores: Victoria Andelsman, Tomás Bombau, Sofía Carcavallo, Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila Giuliano, Belén Guigue, Silvana Leiva, Inés Lovisolo, Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y Marina Weinstein

 


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