Ensayo

Laboratorio de Periodismo Performático


Llámame por mi nombre

Eric nació ciego. Bebé seismesino, las luces de la incubadora le dañaron los ojos. A pesar de que nunca vio, sabía que su apariencia no respondía al género que le fue dado al nacer. Yo elijo mi nombre es una performance musical del Laboratorio de Periodismo Performático donde la contundencia de una voz es el testimonio de que la identidad de género no proviene de una imagen externa sino de un sentimiento íntimo, irrenunciable. La elección del nombre propio como acto de refundación de uno mismo.

¡Conseguí tu entrada de forma gratuita! Nos vemos el 20/8 en el Centro Cultural Conti.

Acá podés escuchar el texto completo, leído por Ivanna Soto.

El bastón busca contra el piso, insistente. Tac, tac, tac, tac. Olfatea. Tac, tac, tac. Explora. Tac, tac. Siente. Tac. Interroga. Tac. Duda. Tac.

Qué es el mundo para Eric, me pregunto, cada vez que lo miro y él no puede verme.

Eric Román Montenegro nació ciego. Bebé seismesino, las luces de la incubadora le dañaron los ojos. Eric nunca vio. ¿Cómo será? ¿Cómo ver con el codo, con la nariz, con un dedo? ¿Cómo será no haber visto jamás? 

Es de noche. Caminamos por una calle angosta, angostísima. No sé nada de él y él no sabe nada de mí, pero hacia ahí vamos. Repito, la calle es angosta, angostísima, y avanzamos casi pegados. Eric se frena. Su bastón -el mástil, el ojo, la herradura- se flexiona, se reduce, se desintegra en cuatro fragmentos laxos. Nos movemos pegados, lo guío, atenta como buen lazarillo. De costado, primero el ruido, luego las luces, anticipan un auto. Esperamos. Cuando hay silencio otra vez, cuando hay oscuridad otra vez, bajo el cordón sin avisarle. Eric trastabilla, suelta un grito, le duele.

En 2019, antes de presentarnos al Laboratorio de Periodismo Performático de Revista Anfibia y Casa Sofía, no nos conocíamos. Debajo del buzo gris que usó la primera vez que lo vi se notaba el pecho plano. Eric, que hacía apenas un año era Eric, acababa de terminar su tercera mastectomía.

La cicatriz ardiente, el dolor intenso que le atravesaba la piel de lado a lado, la delgada protuberancia desde el centro del tórax hacia las costillas, significaban una sola cosa. Para Eric, su cicatriz era una única palabra escrita en braille: felicidad. 

Lo que más me emociona es que lo que no veo sin embargo existe, repetiría Clarice Lispector.

Como si lo hiciera frente a un espejo, Eric se acaricia la cabeza y celebra el pelo corto. Imagino que siente las puntas que impactan sobre las yemas, que se le clavan un poco. Después baja hasta la pera, de donde le brotaron unos pelos finos y enrulados, y se detiene en el bigote que le creció sobre la comisura de los labios gracias a una crema. Con sus manos, sus dedos deslizándose sobre su pelo, su vello facial, Eric verifica, constata, se asegura, que es un hombre.

Invocando al filósofo Wittgenstein: “Alguien puede olvidar el significado de la palabra ‘azul’. ¿Qué ha olvidado?”. Ahora cambiemos "azul" por "hombre".

Eric pregunta: ¿Cómo me veo? ¿Me veo como un hombre? Si me dejo el pelo largo, si me visto de rosa, ¿seguiría pareciendo un hombre?

Pregunto: ¿Y cómo se ve? ¿Cómo se ve un hombre? ¿Y si él no puede verse, si él no necesita de su propia mirada para sentirse un hombre, por qué la imagen suya debe responder a lo que otros, la mayoría quizás, creen, entienden, asumen, que es un hombre?

Pregunto muchas cosas más, por ejemplo: ¿cómo crear, cómo montar, una obra de teatro que nace de la obsesión por la mirada del otro y escapar, a su vez, de ella? ¿Cómo crear, cómo montar, una obra de teatro cuyo lenguaje no excluya a su propio protagonista? 

Eric canta desde que tiene memoria, con su familia y también en la iglesia evangelista a la que iba y luego dejó de ir. Desde 2010 integra el Coro Polifónico Nacional de Ciegos en la cuerda de contraltos. Nunca tomó hormonas para cambiar su registro. Al contrario, le gustaba que, por su voz, lo creyeran un hombre. Todo empezó con un gesto sencillo: contestar el timbre de una casa, jugar a ser otro del otro lado de una puerta.

¿Cómo crear, cómo montar, una obra de teatro que nace de la obsesión por la mirada del otro y escapar, a su vez, de ella? ¿Cómo crear, cómo montar, una obra de teatro cuyo lenguaje no excluya a su propio protagonista? 

Una puerta que es la entrada a la casa de Eric, a la que le siguen un pasillo y escaleras zigzagueantes que desembocan en una puerta más. Del otro lado, un hall, un living pequeño, una cocina, un pasillo, habitaciones. Ahí también viven un papá y una mamá que todavía no se acostumbran al nombre nuevo ni al pronombre masculino, aunque se esfuerzan. Porque Eric se refundó a sí mismo: Eric (por vikingo) Román (por gusto) Montenegro. 

Estamos en la cocina. En su mano Eric tiene un lápiz y, por primera vez, dibuja lo que toca. Una línea recta, otra ondulada, uno o dos círculos: una cara. Cuando era chico, tocaba a las personas para saber cómo eran. Ahora dibuja lo que siente con sus manos, retrata el rostro de un padre que se le diluye. Traza líneas y las líneas reconstruyen una cara que nunca vio. Gestos que porta dentro suyo, en sus genes, sus dedos. Mientras tanto, en los azulejos se refleja, distorsionada, la belleza de los dos juntos. Padre e hijo. 

¿Cuánto tiempo tarda un nombre propio, una imagen acústica, en arrancarse de un rostro? ¿Cuánto tiempo tarda un nombre propio, una imagen acústica, en aferrarse a un rostro? 

Cuando habla del cambio de género de Eric, su papá puede ser involuntariamente lacerante. Es su manera de vaciar la ausencia, de invocar aquello que perdió: una hija. Cuando lo mira, por momentos el dolor emerge como tierra seca. Pero cuando cantan juntos se deja llevar por la hermosura de la voz que acompaña a su guitarra, por la hermosura de la guitarra que acompaña a esa voz.

Una voz que es violeta en su punto más alto, naranja cuando es grave. Una voz que alcanza el techo de cualquier habitación sin esfuerzo, que atraviesa las paredes, vibra a través de todas las ventanas. Una voz que sabe frasear, hipnotizar. Una voz potente, es decir, con poder, poderosa, una voz que puede.

Después de un buen tiempo juntos, de las tutorías de Cristian Alarcón, Lorena Vega y Juan Pablo Gómez, las salidas, las conversaciones largas, todos los ensayos, aprendo: apoyo lentamente mi brazo contra el brazo de Eric, espero a que me tome con firmeza, como un gancho que se ancla a mi equilibrio. Cuando caminamos, anticipo, voy narrando. Así oigo y redescubro lo intangible. Frente a él, la materialidad se me vuelve esquiva. Eric me hace reflexionar, me estimula, me conmociona.

Si mirar, se sabe, no significa conocer, aguzo el oído, como si estuviéramos completamente a oscuras. ¿Cuál es la fisicalidad sonora de Eric como performer, las circunstancias imprevisibles de su actuación, la orquestación fortuita de formas, impulsos, ritmos, melodías, pesos, líneas que conforman su identidad?

Así como la etimología de “persona” se refiere a la resonancia del actor a través de la máscara, el teatro proporciona un hábitat único para el ruido, escribió Patrice Pavis: “Es un lugar donde la fricción puede ser tematizada, alegremente explorada, incluso entregada: la fricción entre señal y receptor, entre sonido y significado, entre ojo y oído, entre silencio y expresión, entre audición y escucha”.

Después de un buen tiempo juntos, aprendo. Cuando caminamos, anticipo, voy narrando. Si mirar, se sabe, no significa conocer, aguzo el oído, como si estuviéramos completamente a oscuras.

Entonces probamos en el espacio, nos apropiamos de canciones de otros, las modificamos, las transformamos y creamos las nuestras, a favor de identidades reinventadas. Nos dejamos llevar por las vocales y consonantes del nombre propio que queda vibrando en el aire; los distintos ritmos y tonos; el discurso que traza el bastón sobre el piso de madera en la caja inmensa del Conti, donde se presentará nuestra performance; los pasos puntuando entre los cables expandidos en el escenario; el contacto de la suela con la cinta o el ladrillo, los dedos contra el teclado; el chasquido del botón de la loopera, la respiración en el micrófono, las manos que golpean unas contra otras.

Todos son signos que usamos para comunicarnos a distancia, claves sonoras, temporales, coreográficas, que no expresan más que la complicidad sinestésica entre sentidos que mutuamente se alertan. En escena estoy a su servicio: un lazarillo atento que ensayó cómo leer en un idioma que le era completamente ajeno. Tabula rasa, foja cero, a ciegas: desde el armado de una dramaturgia que luego iba a llegar al protagonista mediante la voz maquinal de su celular hasta la transmisión espacial de gestos, movimientos, desplazamientos, interjecciones. 

Eric, un teclado y una loopera: multiplicadora de voces. Porque la identidad es un loop, una sobreescritura al infinito de uno mismo. Una construcción en capas, un juego coral, una multitud diversa.

La energía que produce la voz involucra al cuerpo vivo con su historia, volvería a escribir Henri Meschonnic.

Eric puede ser todas las voces, las puede encarnar. Puede componer, tocar, escuchar. Con un solo instrumento (su teclado, su cuerpo) puede ser todos ellos (un piano, una guitarra, un bajo, un hombre trans), puede tocar todos los géneros, puede fluir sin cuestionamientos entre canciones que no tienen nada en común, adrede: ni el estilo, ni el origen, ni el autor.

Lo explicó bien Francis Wolff: "La música puede expresar algo más que el mundo interior, puede crear los climas del mundo exterior. Pero hay más, y más extraño: la música puede ser expresiva sin expresar nada. Sin que pueda, ni siquiera se deba, aclarar lo que expresa: expresa... en términos absolutos".

A Eric lo vemos hacerse oír.

Eric el vikingo corre por delante del sentido que lo quiere atrapar. Eric el bueno exorciza todas sus máscaras en un ritual catártico, eufórico y festivo. Uno que honra la complejidad de sus hazañas.  

La voz se alza. Se alza sobre la llanura.

Sobre la llanura, la voz.