El periodista y escritor Javier Valdez Cárdenas fue asesinado a balazos mientras circulaba por Culiacán, Sinaloa. Es el sexto periodista asesinado en México en 2017. “Él era nuestros ojos y nuestra voz en esas tierras malditas en donde ya no nos es dado caminar sin perder el aliento. Un periodista enorme que supo narrar como pocos los entretelones de esta guerra que ya dura hasta la náusea, aunque los poderes se nieguen a llamarla así”, lo despide Rossana Reguillo.



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De risa contagiosa y hablar bronco, de palabra fácil y generosa, Javier Valdez ejercía la pasión por las historias de la gente, por el periodismo de trinchera, ese que ejerció cada día sin límite. Claro que tenía miedo, lo hablamos muchas veces; me dijo que lo sentía “aquí morra, aquí” y se ponía la mano bajo la nuca y luego se reía. Pero siempre estuve convencida de que Javier estaba a salvo, que era indestructible, que su carcajada era una especie de escudo que lo salvaría a él y a todos nosotros; nadie nunca podría hacerle daño porque él era grande como sus abrazos y era nuestros ojos y nuestra voz en esas tierras malditas en donde ya no nos es dado caminar sin perder el aliento. Y lo mataron.

 

Lo mataron en este mes de mayo de 2017 tan lleno de malos presagios para este país enfermo de muerte, de barbarie, de impunidad. Lo mataron y quedó tendido en la calle, como alguno de los cuerpos que el reporteó con tanto amor y respeto. Y es que Javier decía que para reportear esta “pinche guerra”, hacían falta dos cosas: “Un chingo de amor y unos huevotes”, así era su habla. A Valdez, el autor de esa columna llamada Malayerba, que nos entregaba desde RíoDoce ese periódico de Culiacán del que fue co-fundador, le sobraban ambas cosas: mucho amor y muchísimo valor, pese al miedo que le soplaba en el cuello.

 

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En Balas de Plata, la novela escrita por ese escritor fundamental que es Elmer Mendoza, el personaje principal, el entrañable Detective Mendieta, el “Zurdo Mendieta”, dice a propósito de un fugaz personaje que aparece en el relato, un periodista de Culiacán: “es un chismoso”. Cuando terminé el libro, le dije a Javier, ¡el periodista chismoso de Balas de Plata, eres tú! Y su carcajada no pudo ser más elocuente y su gusto más grande: chismoso me he de morir, morra, dijo. Y es que efectivamente Javier iba y venía, caminaba las calles y sus recovecos, traía noticias y palabras. Un periodista enorme que supo narrar como pocos los entretelones de esta guerra que ya dura hasta la náusea, aunque los poderes se nieguen a llamarla así. Una guerra en la que ya hemos perdido demasiado; hoy perdimos a un cronista de lo que es invisibilizado y callado en los grandes medios y en las esferas de poder. Y ese “chismoso”, tuiteaba apenas en marzo lo siguiente:

 

 

 

Y no te callaste, Javier, el silencio no era lo tuyo.

 

Ignoro si a la hora en la que escribo esto, el presidente de México, Peña Nieto, ha tuiteado algún “sentido” pésame por el asesinato de Javier, como ha hecho en otras ocasiones, cuando caen abatidos por las balas de los sicarios o los personeros de poderes ocultos y a veces no tan ocultos. En una entrevista reciente (octubre de 2016), con motivo de la aparición de su libro “Narcoperiodismo, la prensa en medio del crimen y la denuncia”, Javier decía: “Le tengo más miedo al gobierno que al narco”. Y con mucha razón, añadía: “Si el narco tiene este poderío, es porque el gobierno lo ha permitido, o porque está sometido, porque no está o porque es cómplice”. Y esa es la clave de este golpe brutal al periodismo de investigación en México: un estado ausente y un estado cómplice. El deterioro de las instituciones en México raya en lo absurdo: militares que ejecutan civiles, policías que agreden a ciudadanos desarmados, sicarios que salen de la cárcel a cumplir “encargos” y luego regresan como si cualquier cosa, capos con poder de quitar y poner alcaldes y diputados, feminicidios al alza, secuestros, levantones, amenazas –muchas veces cumplidas-, a periodistas y a defensores de derechos humanos.

 

Que México es uno de los lugares más peligrosos del mundo para las y los periodistas, se ha documentado hasta el cansancio, ya es casi un lugar común y no ha servido de nada denunciarlo, probarlo. Ellas y ellos siguen siendo víctimas. No es que sumar sea bueno; llevamos sumando muertes desde hace muchos años, pero Javier es el quinto periodista –que sepamos- asesinado en lo que va del año y no hay palabras que alcancen para describir el pasmo, el desconcierto y el miedo, de la comunidad de periodistas, su rabia, su impotencia, que es la que compartimos las y los ciudadanos que en este país hemos buscado de mil modos la paz, la cordura, el fin de la impunidad.

 

 

La Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), creada en el 2010 a partir de la evidencia creciente de la vulnerabilidad de las y los periodistas, ha sido hasta ahora ineficaz y omisa; un simulacro gubernamental que no ha logrado frenar la espiral de violencias y agresiones. Una aspirina para el cáncer que carcome desde dentro el sistema y que a estas alturas es ya una metástasis que todo lo infecta. Esta violencia impune alcanzó a Javier la mañana del lunes 15 de mayo, cuando se dirigía a las oficinas de Río Doce; seguro iba tarareando, seguro llevaba ya las notas para su Malayerba y una broma lista para “disparar”.

 

El trabajo de Javier Valdez es un testimonio que encarna lo mejor en medio de lo peor, que llama a la vida en medio de tanta desolación y tanta muerte. Pienso en su compa del alma, el periodista Alejandro Almazán y leo, desde mi propio llanto lo que escribe en su muro de Facebook: “Vamos a vencer a eso hijos de puta, Javier. Te quiero, carnal. Un ch…”, y quiero creer con Alejandro que seremos capaces de vencer al horror, se lo debemos a Javier, a Miroslava, a Gregorio, a Regina, a Rubén, se lo debemos a nuestros hijos.

 

Hay mucha gente que no está reaccionando, le dijo Lolita Bosh a Javier, a propósito de esta guerra y toda esta barbarie, ¿qué les dirías, que quisieras preguntarles? Dijo Javier: “Que volteen a ver ese buen periodismo, más preocupado por el aspecto social, por las personas, que por las balas, los operativos […] Estas expresiones de “a mí no me toca” o “yo me voy” son el saldo de deshumanización a la que nos ha obligado esta guerra. Sería bueno que voltearan a los lados y hacia atrás, el único riesgo es volver a comprometerse y volver a sentir. Javier Valdez en 45 Voces contra la barbarie.

 

Y sí querido amigo, hemos mirado tu buen periodismo. Tu palabra nos ha devuelto un poco de esa humanización que necesitamos para mirar la luz en medio de tanta desesperanza. Hoy contigo, Javier, nos comprometemos y vaya que sentimos, en lo profundo, tu ausencia que ya pesa.


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