Effy se extrajo medio litro de sangre para menstruar sin útero ni óvulos frente al Congreso. Susy Shock y Marlene Wayar ya son referentes de la cultura queer argentina. Sus poemarios, bagualas, obras conceptuales y performances celebran y cuestionan la hetero norma y también derechos como el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. El anfibio Matías Máximo sigue a las artistas en sus laberintos y la fotógrafa Nora Lezano despliega una galería de imágenes de Effy para reivindicar el cuerpo queer.



Cada mes, si el óvulo no es fertilizado por un espermatozoide, el útero expulsa el colchón de tejidos preparados para alojar al feto. Effy se extrajo medio litro de sangre -lo que una mujer menstrúa cada año- y la dividió en doce tarritos para performatizar sus menstruaciones, así: se encerró en un círculo frente al Congreso, tomó una copa cargada frente a un calvario, empapó tampones y los colgó en espacios públicos, bañó su pelo y se hizo mascarillas de sangre. Así, sin útero ni óvulos, produjo sus derrames.

 

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El olor de la sangre, coagulándose, bajo el sol, colgando de teléfonos o rejas: un arte de líquidos, maquillaje y abanicos. Un arte queer.

 

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La historia menstrual comenzó días antes de la noche del 31 de diciembre de 2010, cuando una parte de la familia de Effy le había pedido que no fuese a la fiesta de fin de año con ese vestido: un modelo gris ajustado al cuerpo, con manga de un solo lado y tachas bordeando el cuello. El problema no estaba en la tela sino en su tío, que no podía entender que Effy se quisiera vestir de mujer y no pudiese al menos ser un híbrido. La familia comió dividida: los que aceptaban el vestido por un lado y los que no por otro. Tiempo después, se lo volvió a poner y fue al Congreso, sacó uno de los tarros con su sangre, hizo un círculo y se quedó adentro unas horas.
Elizabeth Mía Chorubczyk nació lejos y con otro nombre. En Israel, donde la tierra es tan seca y el agua tan escasa que las plantas se riegan gota por gota, Effy vivió llamándose Mati hasta que la guerra del Golfo fue una realidad o un juego, un azar con el que aprendió a ponerse la máscara antigases y autoevacuarse. Entonces tenía cinco años y fue demasiado para sus padres, que decidieron volver a Argentina con Effy y su hermana.

 

Ciudad de Buenos Aires, ahora. Effy tiene 24 años y hace dos comenzó con un tratamiento hormonal que puso en su organismo los mismos estrógenos que producen las hembras. Aunque sus hormonas vienen en cápsulas, los efectos más notables son los mismos que en una mujer: una voz que se afina, cambios en los rasgos de la cara y acumulación de grasa en los pechos. Lo que naturalmente no se nota son los cambios que tuvo adentro, más allá de las entrañas, en ese territorio que algunos creen que pesa 21 gramos y se llama alma o espíritu.

 

Como una prótesis, en cada uno de esos lugares donde el cuerpo no le alcanza Effy pone arte, eso esEffýmine, la serie, un diario íntimo hormonal costrado de oraciones mortíferas, con párrafos de autoestima suicida: “Vas a terminar haciéndote puta. Vas a drogarte para soportar la penetración de los desconocidos. Vas a ser desgraciada. Vas a deformarte el rostro en busca de una belleza que se pierde. Vas a estar sola, muy sola”.

 

O vas a caminar entre la gente apurada, en horas de luz, y por al menos un segundo ellos van a frenar.

 

Alrededor del lUNA, Instituto Universitario Nacional de Artes, Effy deambuló por las calles con un vestido blanco manchado de sangre en los pechos y el vientre. Después entró, enjuagó el vestido en uno de los baños, se cambió y fue a una de sus clases de Licenciatura en Artes plásticas. Estudia, pero no piensa recibirse, ya que muchas materias no le interesan y no hay especialidad en lo que hace. ¿Qué es lo que hace? ¿Arte queer? Su visión del arte se divide entre el arte que representa y el arte que es:

 

-Al primer grupo pertenece el teatro, la pintura, el dibujo, la escultura. En el segundo están las artes performáticas, las intervenciones y el arte conceptual. Yo creo que un arte queer puede detectarse cuando su finalidad – no importa si representativo o real – problematiza el discurso hegemónico en un tiempo y espacio específico”.

 

 

Los neutrones, partícula y onda a la vez, presentes en cada átomo, en un tiempo curvo están y no están. Einstein y la teoría cuántica. Queer.

 

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Una parte de la casa de Effy está oscura como la sangre que tiene contacto con el aire, es el territorio de su Proyecto visible. Martín Villagarcía -un chico de 25 años que llega al departamento de Palermo y participa-, sale y relata lo que vivió:

 

-Nos metimos en el baño, me hizo cerrar los ojos y prometer que no los iba a abrir. Me hizo sacar la ropa y ponerme un vestido de ella mientras me contaba la historia de ese vestido. Después me puso una peluca y me maquilló (todo como ella, su vestido, su maquillaje, un pelo parecido al suyo) y me dijo que me iba a sacar 3 fotos para hacerse visible a través mío.

 

En Proyecto visible, Effy alteró la vestimenta de todos los que la visitaron y armó una muestra fotográfica de cuerpos vestidos como ella. Y aunque ninguna persona se transformó por tener puesta su ropa, en abril reforzó la demostración de lo inmediato que resulta parecer otro y ser una corrosión a la regla: tirada en la cama, desnuda, sexy, provocadora y con genitales trocados en los de su ex novia. Así, con Lesbians in Bed, corrió la semiosis de lo que significa lesbiana, trans, mujer y hombre; fue queer. La exposición estuvo exhibida en las paredes de Casa Brandon -un templo de lo friendly declarado Sitio de Interés Cultural de la Ciudad-, y ahí mismo, durante el segundo encuentro de la Temporada Nuclear -un evento de performances poéticas- Effy ofreció sexo oral.

 

La sexualidad es un acto, una performance, una búsqueda: cada cuerpo es una ciencia. Estar sentado tras un biombo, con las piernas abiertas y Effy con su cabeza enterrada en el medio, moviéndola y clavando sus ojos como un gato egipcio y majestuso, puede ser incómodo. Porque en su boca no hay un pene ni una vagina: hay un mp3 que reproduce una situación de absoluta violencia, con su voz contando cómo un hombre le escribió puta en el vientre con un cuchillo, la quemó con un cigarrillo y la golpeó después de tirarla al piso. En Effy el sexo y la violencia pueden chocarse hasta que ninguno sale ganando, porque ella es una posición política y su cuerpo un combate a la heteronorma.

 

Cuando Osvaldo Bossi termina de leer su última poesía dedicada a los chicos malos y el cierre de la Temporada Nuclear es anunciado, aparece Effy con el biombo que la cubrió durante toda la noche:

 

-Hola, soy Effy y les voy a contar una historia, pero primero me voy a cambiar.

 

Entonces, cuando sale tras el biombo con un corpiño como única prenda, Effy está dando otra batalla. Dice que está nerviosa, y cuando empieza a leer la historia que antes reprodujo con su mp3 la voz también dice que está nerviosa, pero después de unos segundos las cosas se ponen claras. Frente a un público mudo, con ojos que van de la cara al pene flacido de la mujer que está leyendo, Effy es una guerrera. Su arte no es la mímesis de nada, es una obra conceptual que recrea la vida de un cuerpo desencajado construyendo un mundo donde sí encaja. El país de las maravillas de Effy. 

 

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Borges en el cuento El jardín de los senderos que se bifurcan escribió que “Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos”. Queer.  

 

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Susy Shock: 1.90 sumando los tacos rojos con plataformas, labios rojos, uñas rojas, pelo castaño con flequillo y un abanico. El abanico es como un remate de tambores o un platillo, cada vez que aparece una de las teorías que le nacen todo el tiempo a Susy, se mueve violento, como un ser de strass convulso. Abanico:

 

-Yo no tengo esta propuesta artístico ética y después me bajo y entro en una casa heteronormal. Obviamente a través del arte hay cosas que se colorean, pero la realidad traspasa todo eso, no sólo la sexualidad, sino el modo de entender la propiedad, la construcción de familia y las instituciones.

 

Una casa heteronormal no es la de Susy, eso queda claro con Eduardo, su pareja de hace 22 años; Mauricio, su pareja desde hace 8 y Anahí, la hija que tuvo hace 22 con Ede, la que fue su compañera y es su familia elegida. Susy está casi al margen de la ley de identidad de género (porque ella no es varón ni mujer, es Trans: transeúnte del devenir), y excluida del matrimonio igualitario, primero por ideología y segundo por poligamia.

 

El Poemario Trans Pirado que organiza Susy es una varieté de canciones, poemas y performances. Doce viernes al año, el silencio de la gente ante el escenario se parece al feligreses ante el altar. La voz de Susy sale como raspada por la tierra seca y dulce de las provincias. Verla sobre sus tacos con un bombo y cantando una baguala es una figura de lo post, post algo, no se sabe bien qué, pero post. Fer -une chique con tatuajes que toca en una banda y atiende en el local-, lleva cervezas, es hermosa y luce pelos en las axilas. Karen Bennet -flaca, larga y con mil tonos por segundo en los dedos- toca la guitarra y tiene los labios más rojos de la noche. Susy canta una copla:

 

-No quiero ser un señor tampoco quiero ser dama, yo quiero ser otra cosa ser lo que me de la gana / El cambio empieza en los niños en la escuela hay que educar, no quiero salita rosa quiero salita de trans.

 

EFFY_FluidosTrans_Lezano_CAJA

 

Todos repiten la oración al final y Susy insiste en que la familia es eso, el vínculo entre los que hace años resisten y son lo que les da la gana. “Mamén”. Abanico:

 

-Ahora es fácil ponerse unos tacos y salir a la calle, pero hace años, cuando los golpes y las amenazas hacían que tener una elección no heteronormativa fuera criminal, ahí nos unimos como una familia donde el vínculo o la excusa es el arte.

 

Entre el públicoMarlene Wayar -directora del periódico travesti El teje- está sentada en la misma mesa que la performer tucumana Barby Guaman, y quizá piensa en el color que llevarían los delantales de una salita trans. O quizá no, el color puede no importar y la piel sería una tela auténtica. En mayo Marlene estuvo con Susy festejando en el Congreso cuando se aprobó la ley de identidad de género, pero también escribió una nota en el diario Página 12 donde dijo que contenta pero no conforme, ya que en los DNI está la posiblidad de ser V o M pero no aparece la T: “Todavía hay algo muy radical en lo travesti para defender con orgullo, aunque según esta ley ser eso da vergüenza”. Marlene fue la que una vez dijo “Que otros sean lo normal”, y Susy convirtió la frase en una poesía, un manifiesto trans queer con dildos para la heteronorma: “Reivindico mi derecho a ser un monstruo/ Mi derecho a explorarme, a reinventarme. Hacer de mi mutar mi noble ejercicio”.

 

El mix de personas en el bar no merece presentar un lugar común sobre quiénes son y qué buscan o cómo se visten. ¿Será demasiado existencialista preguntar “qué se busca en un bar”? Quizá el método cuantitativo esté en crisis, tal vez preguntar el sexo no interese, pero saber qué une a este grupo en un bar, como mínimo, intriga.

 

Nombre, edad y por qué venís:

 

Tania, 30. Me siento identificada con su poemario y sus relatos.

 

David, 32. Susy tiene unas raíces muy fuertes que tienen que ver con mi descendencia.

 

Marita, 31. Me encanta y conozco amigas del círculo de ella.

 

Nicolás, 33. Vengo a ver a Susy porque vengo a ver a Susy, la vengo a ver a ella.

 

Leandro, 32. Todo el tiempo me está enseñando.

 

Javier, 35. La amo, no importa si es transgéro, cross o qué, importa que está abriendo un camino desde el arte, desde la creatividad.

 

Nicolás, 28. Interpreta con el alma y el corazón.

 

María José, 21. La conozco desde los 15 y sigo su manifiesto.

 

Gabriela, 41. Me voy menos sola.

 

Ana, 36. Una amiga me dijo que no podía regresar a Lima sin ver a Susy.

 

Graciela, 44. Transmite cosas copadas, como la conexíon con la gente del interior.

 

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Un jardín de plantas que se frotan, como en una orgía sin sexo, todas con todas. Flores, viento. Una naturaleza queer.

 

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Casa Brandon, es jueves y hay un “Club de lectura” donde Martín Villagarcía, licenciado en Letras, poeta, dibujante y escritor , propone un libro de abordaje queer y todos lo leen antes de la juntada. Hoy tocaRosa Prepucio, crónicas de amor, sodomía y bigudí, de Alejandro Modarelli, y en el grupo hay un debate: ¿Sigue siendo Pueyrredón y Santa Fe un punto de encuentro gay?¿Siguen existiendo las teteras y el sexo en los baños de las estaciones de tren? Un estadounidense que participa por primera vez, pregunta qué es tetera. Los demás saben lo que significa pero se preguntan-¿De dónde viene tetera?

 

-Debe ser por la putez de sentarse a tomar el té.

 

-Supongo que es por la idea de estar en un lugar calentito.

 

-Y… Por la tetera llena de leche.

 

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“Si nunca dije qué debe hacerse, no es porque crea que no hay nada para hacer, por el contrario, es porque creo que hay miles de cosas”. San Foucault.

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Tal vez queer suene más cool que decir puto, torta o traba, pero no siempre fue así. La connotación de la palabra nació en los Estados Unidos como un insulto: una traducción literal podría ser “raro”, aunque una aproximación conceptual está más cerca al “sos una mierda”. Ahora en Argentina (y quizá muchos en el mundo), clubes como el de Martín usan el término sin señales de protesta, más bien como un eje de unión entre todas las sexualidades que escapan de lo heteronormativo. El sexo es una política, donde hay política hay cultura y cada cultura tiene su arte.

 

¿Pensás que hay un arte queer, Susy?

Las pestañas son un telón simétrico y arqueado, los ojos una zona donde la pintura jamás llegará. Como una hilera de dominó que cae entre dos espejos, lento, el abanico parece cerrarse de un lado y abrirse del otro, se queda quieto o se mueve, y es la mejor respuesta del universo.  


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