Los feminismos incomodan, interpelan y hacen temblar las estructuras que parecían inmutables. Especialmente cuando notamos que las experiencias individuales se vuelven colectivas en el encuentro con otras. Así lo vive la dramaturga Érika Halvorsen. En esta nota relata el camino que une un aborto practicado hace algunos años y el grito por #NiUnaMenos.



Llego hasta Avenida de Mayo y Lima con dos amigas actrices. Allí es la cita de Actrices Argentinas, un grupo de más de seiscientas mujeres que se organizó en minutos con la necesidad de sumarse a la lucha por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Algunas dramaturgas y guionistas nos colamos entre las actrices. Ellas siempre son nuestras aliadas, las que le ponen el cuerpo a nuestras palabras. Y de eso se trata ahora, de poner el cuerpo.

 

Una de las actrices reparte delineador verde, otra nos pega corazoncitos brillantes en la frente. Llueve y cantamos. Nos conocemos de otros escenarios y nos da alegría encontrarnos ahí, reconocernos. Celebrar a la otra ocupando ese mismo espacio. Porque en los espacios habita la memoria. Apropiarse del espacio es luchar contra el olvido y la indiferencia. Marchar hasta el Congreso y llenar la plaza de mujeres, una vez más, es garantizar que cada persona que pise esa plaza nos recuerde juntas, unidas, marchando.

 

El movimiento nació como grito de furia ante los femicidios y se profundizó porque la violencia machista se cuela en el lenguaje, en los salarios, en las oportunidades laborales y en las leyes. La violencia desborda y arrasa intentando no dejar espacio para la resistencia. #NiUnaMenos incomoda, interpela y hace temblar las estructuras que parecían inmutables, impermeables. A partir de NiUnaMenos dejamos de naturalizar gestos, abusos, acosos porque ahora que estamos juntas, ya no callamos. El movimiento colectivo se vuelve amplificador, caja de resonancia.  Somos todas un solo cuerpo. Un cuerpo que patalea y grita. El cuerpo de la mujer siempre ha sido espacio político, territorio de poder y botín de guerra. Nuestra lucha se trata de eso: recuperar la autonomía del cuerpo como primer espacio de libertad. Cuerpo, imaginación y deseo como tridente de nuestra revolución.

 

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El espacio activa la acción de la memoria y desde la plaza de los dos congresos miro hacia la ventana el cuarto piso del anexo del senado. Allí trabajé desde 1999 hasta el trágico diciembre de 2001 en el despacho de un Senador de mi provincia, Santa Cruz. Ya es de noche pero las luces de aquella oficina están prendidas. Desde la plaza me vi a mí misma, casi veinte años atrás, mirando desde aquella ventana. Desde allí había visto la carpa blanca de los docentes, cacerolazos y decenas de protestas. En ese despacho, en ese espacio físico, entre esas paredes del Congreso aprendí todo lo que sé sobre abortos clandestinos.

 

Muy cerca de esa ventana le presté mis ahorros a una amiga, secretaria de otro senador, para que pudiera pagar su aborto. Las dos teníamos mucho miedo de las consecuencias porque otra compañera, novia de un importante funcionario del Senado, había quedado muy mal luego de un aborto traumático al que su pareja la había obligado a someterse. El especialista la había torturado psicológicamente hasta el último segundo del procedimiento.    

 

Mi amiga pasó por mi oficina para buscar la plata. Yo tenía algunos dólares ahorrados porque pensaba irme un tiempo a Venezuela a internarme en una montaña con un grupo de teatro antropológico. Le presté mis ahorros, estábamos temblando. En el despacho no había nadie porque era miércoles de sesión y los senadores estaban en el recinto. Le pregunté a mi amiga si estaba segura, me dijo que sí. Otra compañera le había pasado el dato de este médico que iba a domicilio, te daba pastillas, una inyección y listo. El tipo se iba y vos solita despedías el embrión en algún momento de la noche. Mi amiga se llevó los dólares para cambiar y al otro día concretó el procedimiento. Todo salió bien y no volvimos a hablar del tema. Al tiempo me devolvió el préstamo. Yo viajé a Venezuela y la vida siguió el curso de nuestros deseos.

 

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Un año más tarde me tocó a mí. Cuando pensaba que tenía todo bajo control, que había tomado los recaudos necesarios, lo inesperado: un atraso de dos semanas y las dos rayitas en un test de embarazo. No hubo lugar a dudas. Un NO gigante me salió de las tripas. Todas mis células me decían NO. No era mi deseo ser madre en ese momento y nunca había estado más segura de una decisión.

 

Ese mismo día llamé a aquella amiga del senado. Era su cumpleaños. La saludé en su día y le dije que necesitaba el dato de aquel médico. Ella me preguntó si era para mí. Le dije que sí.

 

- Yo me ocupo – respondió.

 

Había que hacerlo lo antes posible para no correr mayores riesgos.

 

Ella lo contactó, agendó el turno y le pasó mi dirección. El hombre vino a mi casa. Yo ya no tenía la plata, había gastado mis ahorros en Venezuela. Otra amiga me prestó unos euros que venía juntando para irse a vivir a Barcelona. Eran años de partidas y exilios. El médico cobró 500 €, me dio un montoncito de pastillas, otro tanto de laxantes, me puso una inyección y se fue.

 

Esa noche mi amiga del senado se quedó a dormir conmigo. Fue guardiana de mi aborto. Me daba la mano y me acompañaba al baño.

 

- Mejor no mires – aconsejó.

 

Pero yo quise mirar. Quise estar segura de lo que estaba haciendo hasta el final. Tuve la suerte de tener amigas que me cuidaran, que me prestaran la plata y, casi por azar, de dar con el profesional adecuado. Pensé en las miles de mujeres que habían muerto en esas circunstancias y en los riesgos que yo misma podría haber corrido.  

 

Al médico no lo volví a ver. Nunca supe su nombre, ni conservé sus datos. Jamás sentí culpa ni arrepentimiento. Lo que dolía era el secreto. El miedo a contarlo, a ofender. Como si alguien tuviera derecho a ofenderse frente a mi acto más grande de libertad individual. El silencio enferma y envenena. Al otro día fui a cursar al IUNA donde estudiaba dirección escénica. Sin dormir ensayé una escena de la obra “La Ópera de los dos centavos”, de Brecht (que habla de la hipocresía moral). El estado de vigilia tiñó la escena de mi aborto como si se hubiera tratado de un mal sueño. Pasaron años hasta que empecé a contarlo.

 

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Ayer en la marcha me vi asomada en esa ventana a mis 21 años. Me vi en la plaza abrazada a mis compañeras actrices contando otra historia juntas. Miré al congreso y me pregunté cuántas mujeres en cuántos de esos despachos habrán abortado mientras sus jefes se resisten a la aprobación de la ley, enmascarando un asunto de salud pública con cuestiones morales. A veces es tan literal la hipocresía que parece mal escrita. Imaginé una horda de secretarias imprimiendo el proyecto de ley en carpetas verdes, irrumpiendo en el recinto y escupiéndoles las caras con verdades. El silencio ya se convirtió en grito colectivo, en un mar de pañuelos verdes.

 

Cuando renuncié al senado también renuncié al sueldo fijo y al trabajo de oficina. Me liberé para dedicarme al teatro. Para contar historias de ficción. Y ahí estaba, casi veinte años después, cantando y saltando libre en la plaza, todas libres y verdes. Verdes de rabia. De esa rabia que brota cuando te oprimen, te golpean, te abusan, te encorsetan y deciden sobre tu cuerpo. Ni muertas, ni presas. Brillando verdes por las que vienen y por las que ya no están.

 


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