A dos años de la irrupción de Ni Una Menos, se fortaleció la agenda feminista y los colectivos de mujeres ampliaron y volvieron transversales sus demandas. De las narrativas de la victimización que signaron las primeras marchas se avanzó hacia nuevas formas de leer el pasado, el presente y cimentar el futuro. Emerge una construcción de la propia memoria que tiene como disparador el duelo colectivo de las pibas asesinadas.



La tercera movilización por Ni Una Menos tuvo su propio himno con letra y música de mujeres feministas y sindicalistas. Esa muestra de la marcha, que podía predecirse multitudinaria de antemano, es una intersección para entender el presente y los horizontes de la identidad de este nuevo feminismo popular. “Ni Una Menos/ Las pibas de ATE vivas nos queremos/Vamos a luchar porque se lo debemos, a todas las pibas que nunca volvieron”, cantaron y tocaron en su entrada por Avenida de Mayo y Saénz Peña un grupo de 40 mujeres que formaron la batucada de la Asociación de Trabajadoras del Estado (ATE). El cantito sonó al ritmo pegadizo y bailable de la canción reggaetonera del momento. No fue un grito consolatorio. Sonó con la potencia de aquello que se desea. Con los bombos, zurdos, redoblantes y repiques calzados, las trabajadoras reclamaron paridad sindical pero también levantaron los carteles de justicia por Ana Barrera. Un día antes de la marcha supieron de su femicidio en Córdoba. De algunos bombos de la banda colgaron fotos de Milagro Sala. También llevaron pegados carteles contra el ajuste y reclamando cupo laboral trans. Los reclamos fueron transversales, recuperando tradiciones e incorporando nuevas demandas.

 

El cantito que inventaron se escuchó una y otra vez en distintos formatos a lo largo de las columnas que se prepararon para marchar de Congreso a Plaza de Mayo. Cada grupo la rearmó según las características de sus espacios. En la columna de Ni Una Menos, las chicas con una especie de tercer ojo feminista magenta pintado en la frente cambiaron “las pibas de ATE” por “todas las mujeres”. Entre 2009 y 2016 fueron, al menos, 2384 las mujeres y niñas que “nunca volvieron” de la forma más extrema de violencia machista.

 

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A dos años de la primera marcha de Ni Una Menos, lo que emerge, más allá de una agenda feminista fortalecida y colectivos de mujeres cada vez más afianzados, es una memoria propia con una identidad en construcción. En 2015, lo primero fue ponerlo en palabras, reclamar el derecho a la aparición. La segunda edición del Ni Una Menos en 2016 sumó la consigna Vivas Nos Queremos. En esta tercera marcha lo que estuvo presente en las asambleas previas, durante y pos marcha fue la posibilidad de pensar en retrospectiva sin dejar de ver la importancia de esa memoria a futuro.

 

El histórico 3 de junio de 2015, que puso por primera vez en las calles de manera masiva una demanda del colectivo de mujeres, lesbianas, travestis y trans de Argentina, estuvo marcado por el hastío, la bronca y signado por las narrativas de victimización. El dolor por los femicidios paralizó pero convocó a reunirse, a poner el cuerpo. Afrontó el trauma del duelo poniéndole palabras, sintentizandolo en tres: Ni Una Menos. Ese modo de significación conjunta y performática entre cuerpos aliados[1] fue un shock de empoderamiento para muchas más y operó para modificar los niveles de tolerancia de la violencia machista. La “agenda de género” quedó instalada de alguna forma en la agenda política y mediática. En estos dos años quedó demostrado que esquivar el tema trae costos. La violencia machista ya no es impune en los ámbitos sociales.

 

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“Hasta hace cinco años era impensado escuchar una canción que diga patriarcado o feminismo en los cantitos sindicales. Se trata de asumir tareas que, en general, en el sindicato son asignadas a los varones: cargar una bandera, armar un cordón de seguridad. Hasta tocar el bombo se volvió revolucionario. Hay un derrame y despliegue después de Ni Una Menos”, dijo Laura Sotelo, responsable del espacio de Géneros de ATE. El lugar que luego ocupan estas mujeres sindicalistas en la marcha también es el signo de la transversalidad impresa en la manifestación. Un carácter comparable a la multitud que el 10 de mayo de 2017 expresó su repudio al fallo del 2×1 de la Corte Suprema. Las trabajadoras de la Corriente Federal de Trabajadores, las dos CTA y la CGT se encolumnaron detrás de la bandera “Ni Una Trabajadora Menos”. Marcharon juntas. Sin cordones de seguridad ni sogas que separaron los grupos para evitar conflictos, como a veces ocurre en otras manifestaciones. “Estamos proponiendo otra forma de hacer política”, dijo Sotelo.

 

En otro lugar de la concentración, cerca de la plaza de los Dos Congresos, la abogada Sabrina Cartabia sostuvo de los palos la bandera de Ni Una Menos que sería tapa de los diarios al día siguiente. Coincidió en el efecto derrame organizativo y ante la pregunta sobre cómo seguir dijo: “Se está desperdigado nuestra forma de laburo feminista donde antes no llegaba. El movimiento de mujeres en Argentina tiene mucha experiencia en organizarse para salvarse la vida. Eso simbólica y prácticamente tiene implicancias que no pueden volver atrás”. Cerca de Sabrina, en la plaza de los dos Congresos, el fondo devolvía una imagen de todo lo que hacen las mujeres por estar vivas. Una adolescente con guantes de box y el pañuelo de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito en el cuello cerró los ojos, apretó el puño y probó tirar un golpe en el taller de autodefensa feminista. Un grupo sentado en el piso compartió situaciones de violencia institucional en un taller coordinado por la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR). Y otra ronda de cuerpos se ordenó alrededor de afiches donde compartieron cómo son las jornadas laborales de los varones y las mujeres poniendo la linterna sobre el trabajo doméstico no remunerado.

 

La atmósfera entusiasta siempre contrasta con aquellos que todavía no se sienten interpeladas. Un grupo de adolescentes pasó caminando por el lugar, vio la multitud e intercambió entre ellas.

 

—¿Qué hay?

—Una marcha de Ni Una Menos. Se creen porque hacen marchas van a dejar de matarlas.

 

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En la cabecera de la marcha sobre Avenida de Mayo hubo referentes de todo el arco opositor. La mayoría participó de las tres asambleas abiertas que se hicieron los viernes previos en la Mutual Sentimiento para organizar la convocatoria, discutir las consignas centrales y llegar a un documento unitario que representa las demandas de todas las que son parte del espacio asambleario, otro de los saldos organizativos respecto al primer Ni Una Menos.

 

Victoria Freire, referente de Patria Grande, dijo: “Las movilizaciones nos muestran que juntas somos poderosas. La autoorganización hay que desarrollarla pero sin dejar de decir que el Estado es responsable”, dijo detrás de la bandera de arrastre que encabezó la caravana con esa misma frase. Para ella “hay que seguir trabajando para construir redes de solidaridad pero sin dejar de demandar políticas públicas y recursos suficientes”.

 

En el corralito que rodeó a la cabecera, Florencia Minici integrante de Ni Una Menos, se movía de un lado a otro con un papel en la mano. Buscaba a otras compañeras como ella que se están ocupando de los cuidados y la seguridad. Quería compartirles el papel con los teléfonos de los y las abogados que se pusieron a disposición ante una eventual situación represiva, como ocurrió el 8 de marzo, con la marcha posterior al Paro Internacional de Mujeres.

 

—Que la derecha gane elecciones no quiere decir que el ascenso de los movimientos populares se cerró. El feminismo forma parte de esas resistencias populares. Es una larga marcha la que estamos transitando.

***

Hoy, el feminismo popular ampliado en sus márgenes, robustecido en la disputa de sentidos después de dos paros de mujeres, se entrelaza entre la ética del cuidado entre nosotras y una responsabilidad social con el modo de leer el pasado, el presente y construir el futuro. Una forma de construcción de la propia memoria que tiene como disparador el duelo colectivo de las pibas asesinadas: los casos paradigmáticos de Chiara Páez en 2015, Lucía Pérez en 2016, Micaela García y Araceli Fulles en 2017. Ante cada nombre propio se hace énfasis en el componente estructural. Además de pedir un freno a las muertes, por ellas se pide al Poder Judicial investigaciones integrales y eficientes para que esos castigos sean un mensaje social.

 

El documento que se había leído en aquella primera plaza desbordada de 2015 ya advertía: “Ni una menos es un grito colectivo, es meterse donde antes se miraba para otro lado, es revisar las propias prácticas, es empezar a mirarnos de otro modo unos a otras, es un compromiso social para construir un nuevo Nunca Más”.

 

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No se trata de memorias que compiten ni se empatan. Reclamar un nuevo Nunca Más y una memoria propia es entender que el linaje de este movimiento viene de la historia de los derechos humanos. Este año la lectura del extenso documento que cerró la jornada estuvo a cargo de la periodista y feminista Liliana Daunes pero también de Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. No es un dato menor. Hay un diálogo con la tradición de Memoria, Verdad y Justicia. Ni Una Menos fue posible por los Encuentros Nacionales de Mujeres y porque existieron las rondas de las Madres y la lucha de las Abuelas por encontrar a sus nietos.

 

Como señala Luisa Passerini[2], las memorias se encadenan unas a otras. Los sujetos pueden elaborar sus memorias narrativas porque hubo otros que lo han hecho antes y han logrado transmitirlas y dialogar sobre ellas. “Una memoria de otra memoria, una memoria que es posible porque evoca otra memoria. Sólo podemos recordar gracias al hecho de que alguien recordó antes que nosotros que en el pasado otra gente fue capaz de desafiar la muerte y el terror sobre la base de sus memorias. Recordar como una relación fuertemente intersubjetiva”.

 

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La ensayista y miembra fundadora del colectivo Ni Una Menos, Vanina Escales, entiende que se trata de una cuestión de responsabilidad.

 

—Responsabilidad, etimológicamente, es poder dar respuesta. Cada vez que salimos a las calles le damos respuesta a las que nos antecedieron, a las que no pueden estar presente porque fueron asesinadas o porque el cuerpo no les da para estar acá. Y también es poder dar respuesta a las generaciones que vienen. Si las futuras generaciones nos preguntaran qué hicimos para evitar nuevas muertes, para evitar que la violencia se siga multiplicando, nuestra respuesta es esta.

 

Ni Una Menos irrumpe para dejar de omitir una historia de la violencia machista no dicha. Combina el poder la palabra y los cuerpos en las calles. “Ya no nos callamos más”, dijeron aquellas víctimas de abusos en el ámbito del rock. Fue después de la primera marcha. Si esa historia pudo empezar a ser hablada y transmitida a otros y otras es por el poder subterfugio que se fue construyendo mucho tiempo antes. Cada mujer organizada con otra en torno a una problemática particular: dar refugio a una víctima, denunciar con otras ante la Justicia, contener, dar asesoramiento judicial, acompañar la interrupción de un embarazo. Ese poder se solidifica cada día en el cotidiano. Hoy hay que hablar de comunidades afectivas reunidas en torno a algo mucho más que exigir que frenen los femicidios. Se propone otra forma de relacionarse: un cuidado mutuo.

 

La memoria colectiva que se está construyendo no tiene monumentos. Se construye de signos múltiples y diversos que son reflejo de la heterogeneidad de los feminismos. Objetos materiales y otros que se vuelven evanescentes después del acontecimiento: los pañuelos verdes de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, las fotos de las que mujeres que faltan en los pechos de sus familiares o en las pancartas, los cuerpos pintados, los cantitos que salen de un megáfono, las pintadas en las calles que sorprenden a los turistas.

 

El paisaje son las marchas. En sus dinámicas está lo fundacional de la memoria propia. El Congreso iluminado de violeta rodeado de multitudes, los paraguas infinitos en la Plaza de Mayo en el primer paro de mujeres, las 15 cuadras de columnas del último 3 de junio, la bandera de Ni Una Menos que cuelga del Cabildo en cada manifestación: son escenas indelebles. “Viva el 3 de Junio, día de lucha del movimiento feminista, en Argentina, en América Latina y en el mundo”, gritó Daunes al cerrar la lectura. Las multitudes vitorearon y llenaron la Plaza de un aplauso de celebración. Esta nueva memoria es también celebrativa: las que marchan están vivas. Son las sobrevivientes.

 

Cada vez que el movimiento de mujeres convoca a movilizar, las calles desbordan. Ya es una certeza predecible. En esta oportunidad también ocurrió a pesar de que los medios masivos le dieron la espalda o tres cuartos de espalda. A pesar de que no hubo un asesinato reciente que empujara la indignación colectiva. El 3 de junio demostró estar instalado en el calendario feminista e instituido. Hace dos años se abrió la puerta para construir memoria, verdad y justicia para las pibas. Para las que nunca volvieron.

 

[1] Judith Butler, Judith Cuerpos aliados y lucha política: Hacia una teoría performativa de la asamblea, Paidόs, 2017.

[2] Passerini, Luisa (1992), en Passerini, Luisa (ed.), Mentory and totalitarism, Oxford : Oxford University


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