Una chica hace jueguitos en un semáforo y sueña con jugar en un club. Pero el fútbol no es el fútbol que conocemos cuando se trata de una mujer. Un viaje por el microcentro y los suburbios porteños, por los engaños, las pensiones, los representantes falsos, la brecha de género y las goleadas femeninas. Adelanto de “Don Julio”, la publicación de periodismo narrativo que cuenta el fútbol con otra mirada.

FOTO: Victoria Irene

 

— Se le hizo el gato a mi vieja, se le hizo el gato a mi vieja y después se chamuyó a una amiga de mi mamá y le dijo que iba a secuestrar a mi hermana, que iba a secuestrar a mi hermana para llevarla y prostituirla en Paraguay —dice Soledad—. Están los mensajes de texto, le dijo eso el chabón. No sabía que era amiga de mi mamá pero cualquiera, el re mambo, no sé: ¿vas a secuestrar a alguien y lo avisás por mensajito? Una semana estuvo con nosotras, se venía siempre para la peluquería de mi vieja, yo lo había conocido un lunes, me vio haciendo jueguito en el semáforo, me siguió, me dijo que tenía chicas en River, que quería que juegue, me dijo, que él me llevaba a probar; nada, qué sé yo. Soy representante, tengo un departamento en Las Heras, batió, Las Heras o Libertador, no me acuerdo, el tipo me decía y yo le decía que sí, obvio, todo que sí. Un chamuyero; un gato. Le faltaba un diente. Te falta un diente, chabón, si tenés plata no te va a faltar un diente, dejame de joder.

Hay una cuadra cerca del Obelisco, en el centro de la Capital Federal, en la que no existe el sol: dos filas de árboles altos y gordos la encierran hasta hacerla un pasillo, la invisibilizan de la ciudad que explota ahí nomás. Es de día en Buenos Aires, salvo –obviamente– acá. La cuadra –el pasillo– está llena de asientos de cemento. En uno de ellos está sentada Soledad.

 

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Soledad es flaquita, chiquitita. Tiene 18 años, una gorrita, una sonrisa que cada dos o tres oraciones se le enciende y es genial. Mientras charlemos pasará cada tanto un amigo, alguien de quien ella no sabe el nombre pero sí el apodo, alguien que saludará, gritará, chocará un puño y se irá a otro asiento, en la misma cuadra, a estar ahí. Entre las paredes que son los árboles puede verse, allá afuera, el día, la posibilidad del sol.

— La prueba era un viernes, me decía, el viernes. Yo lo había conocido un lunes, el jueves ya no lo vi más. Creo que la prueba existía, no sé, yo no fui.

Soledad había conocido al gato representante chabón porque al gato representante chabón lo agarró un semáforo en una de las esquinas del centro de la Capital Federal. Miles de personas que frenan el auto porque las agarró el semáforo ven, mientras la noche baja, lo que todos los días hace Soledad: malabares, trucos, jueguitos. Uno de los talentos que el país más adora –frente a un ejército de autos– en los pies de una mujer.

— Muchos te paran, te dicen: “Te llevo, tengo contactos en Independiente”, y yo me re emociono, loco, me la hago toda y después es mentira, nada que ver.

Hace dos años, a los 16, cuando empezó a hacer jueguitos, que se cruzó con el gato representante chabón; obviamente, no fue el último. Soledad tiene cuatro hermanos. Su mamá –Nidia– atiende una peluquería en una de las cuadras de Lavalle que es peatonal. Hace años que no vive con ella: con la plata de los malabares se pasea por pensiones, casas de amigas, amigos, dos meses acá, un mes allá. Hace diez años, desde los ocho, que empezó a patear la calle, que la calle la empezó a educar. Salvo cuando duerme, la artista está siempre ahí. La primera vez que hizo un semáforo fue por un favor. Estaba con un pibe y el pibe le dijo que tenía hambre; en la calle, quien dice esa frase, quien avisa que tiene hambre, es porque no tiene plata para comer. Soledad estaba con la pelota, como siempre, y entonces se le ocurrió: le dijo que ya venía, que la bancara ahí. En una de las peatonales del centro se puso a hacer jueguitos. Volvió, al rato: con treinta pesos, ahora, algo iba a poder comer.

— Le compré un sánguche de milanesa —sonríe, eléctrica, Soledad—. Era la primera vez que lo veía. Se fue, re contento, con su sánguche. Nahuel se llamaba, me acuerdo. No lo vi más.

 

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A Soledad suele pasarle eso: conoce gente que después se evapora, vive o le cuentan historias que se desactivan a la primera o la segunda certeza, no parece haber tiempo para más. En la calle, dirá ella, no hay tiempo para más. Lo único que dice, lo único que repite sin dudar es que le encantaría jugar al fútbol en un club. Cada tanto, mientras hace trucos en una esquina, alguien que se asombra le acerca un papelito con un contacto, le cuenta de un equipo, una prueba, un futuro: una posibilidad. Le hablaron de Racing, de River, de San Telmo, del Club Deportivo UAI Urquiza, de Huracán. Soledad no conoce ese mundo, ya no confía, pero igual quiere jugar.

— Me encanta la calle, soy re callejera; desde chiquita estoy acá —dice. En el pasillo que es la cuadra hay ahora tres amigos, tres amigos de los que no sabe el nombre pero sí el apodo, tres amigos que, sentados enfrente nuestro, se ríen, charlan: simplemente están acá. Otro día, otra tarde, en el mismo asiento de cemento, Soledad dirá:

— Pero no quiero acostumbrarme. No, no quiero acostumbrarme a esto. No quiero. No.

 


 

El primer torneo femenino de la historia del fútbol argentino duró dos meses. Se jugó en 1991, de noviembre a diciembre: ocho equipos se cruzaron en siete fechas en las que River se consagró campeón. Veinticinco años después, los equipos de la Primera División ya no son ocho: son diez. Entre 2010 y 2015 habían sido, sin embargo, 13, 15, 18 la última vez. La Asociación del Fútbol Argentino había permitido que se sumaran clubes que no estaban afiliados, y como en el fútbol femenino no hay Inferiores, no hay Sub 20, no hay Sub 17, no hay torneos paralelos, cualquier equipo que se presentara jugaba, directamente, en la Primera División.

El último campeonato con 18 equipos, en 2015, lo lideraron UAI Urquiza y San Lorenzo. Después jugaron un desempate, que ganó San Lorenzo, pero en las 17 fechas que duró el certamen el subcampeón metió 118 goles: el campeón, quizá cauteloso, 103. En la octava fecha, la UAI había recibido a Defensores del Chaco, un equipo de Moreno, Provincia de Buenos Aires. Ni siquiera el 17 a 0 del local le concedió al fútbol femenino un informe en alguno de los infinitos noticieros de la televisión.

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Almagro, uno de los ocho equipos de Capital Federal, fue el penúltimo del campeonato: convirtió siete goles. A cambio, le metieron 94 más.

Liniers, el último, sufrió 106.

Así que, desde 2016, entonces, en el torneo estelar hay –y habrá– lugar para diez equipos.

El resto de los inscriptos, a la B.

*


 

— Y el chabón me miraba, me miraba —dice Soledad—. Fue en el semáforo del Obelisco. Un día volvió. Lo reconocí. Me dio un papelito con un número. Era el rector de la UAI. Tenía que ir a la universidad. No debe ser chamuyo, pensé, no me dijo vení a mi casa, yo te llevo, todo eso que me suelen decir; una vuelta me preguntaron por una dirección, me asomé a la ventanilla y el tipo se estaba haciendo la paja, yo no sé qué tiene la gente en la cabeza pero es así. En el papelito decía: “Atender a Soledad, de parte del rector”. El nombre ni me lo acuerdo, no sé. Fui, le di el papel a la recepcionista: “Sí, sí, me hablaron de vos”. Después me atendió uno que se llamaba Pinela. Pinela, sí. Me tomó los datos. Ni idea quién era, nunca me lo dijo. Había una prueba. Fui. Llegué. Bocha de pibas. El que armaba todo ni pelota. Me senté en el banco. Esperé. Pasó una hora. Medio que le dije algo, no le grité pero ponele: flaco, ¿voy a jugar? Entré. Faltaban cinco minutos, pero eso me avivé cuando el tipo lo terminó. No toqué dos pelotas. Me estaba yendo, los quería mandar a todos a la mierda; me encaró: “Y, ¿qué te pareció la experiencia?”. ¿Qué te pareció la experiencia, hijo de puta? No le dije nada. Me fui, no volví más. Creo que si quedaba me iban a dar un trabajo, pero no sé, no entendí bien.

 

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La UAI Urquiza, una fusión entre la Universidad Abierta Interamericana y el club Ferrocarril Urquiza, es el único equipo que ofrece un trabajo y/o una beca para estudiar. Yael Oviedo, por ejemplo, una de las mejores jugadoras del país, era delantera de Boca hasta que –beca, viático– se fue a la UAI. Boca, que ganó seis de los últimos diez campeonatos, Boca, que es Boca, ofrece mil pesos de viático, una prepaga y dos pares de botines por año antes de empezar a jugar.

Pero el problema no son los números: nunca son los números. El problema es –siempre– lo que sucede debajo, la realidad que, según los números, se debe aceptar.

“Hay chicas que vienen desde el Interior, se prueban, quedan, pero Boca hizo un acuerdo con un sindicato que le provee de un departamento en el que viven cuatro, cinco chicas, y no hay lugar para más”, intercede Osvaldo Lerner, ex preparador físico en el cuerpo técnico de Marcela Lesich, la entrenadora más ganadora –con siete títulos– de la historia del club. En febrero de 2015, la Comisión Directiva de Boca había decidido dos cosas: que el equipo femenino saliera del Fútbol Amateur y entrara en la órbita del departamento de Educación Física, y que el reemplazante de Lesich fuera Christian Meloni, el (ex) entrenador del equipo de futsal. Se repite, lentamente: Marcela Lesich era –es– la entrenadora más ganadora de la historia del club.

A lo máximo que puede aspirar una futbolista en el país –hace cuentas, Lerner– es a jugar en Boca o la UAI, además de la Selección, y hacerse así de unos tres mil o cuatro mil pesos de viático que equilibren o compensen el tiempo y la energía que se le recorta al trabajo, al estudio, la vida paralela que hay que tener. La vida que, se juegue como se juegue, igual se tendrá. Lo que el hombre vivió en las décadas del 20 o el 30, ahora, en la segunda década del 2000. Sólo hay una diferencia, una sola, y es mortal: mientras que en los 20 o los 30 el futuro era un libro de George Orwell o un radioteatro de Orson Welles, las jugadoras tienen ahora el futuro a su lado, es un mundo paralelo que está dentro del suyo pero no lo pueden tocar. En Casa Amarilla, alguna tarde, las jugadoras de Boca quizá se crucen, después de haberse entrenado, con Cristian Pavón.

 

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“Y son chicas que llegan con historias parecidas a las de los hombres –vuelve Lerner–. Casi todas son así: chicas marginales sin un futuro certero, sin una vocación más allá del fútbol a las que no podés contener, a las que no las podés tentar más que con jugar. Porque no sólo juegan por el pancho y la coca, sino que es por un pancho y una coca que se tienen que pagar ellas, además. Por eso: ¿con qué las tentás? ¿Con qué las tentás? Con nada las tentás.”

Porque el problema no son los números: nunca son los números. El problema es –siempre– lo que sucede debajo: la realidad que, según los números, se debe aceptar.


 

— Y, yo voy a eso de las siete, ocho de la noche, ponele que hasta las once, más o menos, a veces un poquito más —dice Soledad—. En tres horas de semáforo hago quinientos pesos, los fines de semana un toque más, cien, doscientos pesos más. Con cuatro días de semáforo me pagaba la pensión. Digo me pagaba porque me echaron, me había hecho amigo de uno que después se peleó con el dueño, un bardo total; el flaco le pegó un palazo, yo había ido a comprar galletitas para el mate y cuando vuelvo estaba mi novia en la puerta: nos echaron, boluda, me dice, y nos tuvimos que ir. Era una ratonera esa pensión, je. Una noche guardé un taper con ravioles en la cocina, viste que ahí se guarda todo, cada uno lo suyo, lo que va a comer, y yo estaba re contenta porque tenía un taper con ravioles, ravioles con salsa, lo puse ahí, dije chau, mañana me los como, re bien; así que al otro día, nada, fui, saqué el taper, lo abrí: tres ravioles. Son hijos de puta, che. Si te los vas a comer comételos todos, ¿tres ravioles me vas a dejar?

Hace años que Soledad no vive con su mamá.

— Ella me dice que vuelva, que vuelva: no quiere que esté acá.

Sentada en el asiento de cemento, Soledad mira la pared de árboles mientras dice que no, que no puede, que es imposible volver. Su mamá es la sombra literaria, el silencio que cada uno tiene y es fatal. Soledad no la nombra cuando cuenta que se rateaba del colegio porque había quedado en River y como los entrenamientos eran a la misma hora, bueno, había que elegir. Tres veces fue, hasta que todo se supo, y debió dejar; no la nombra cuando San Telmo le cobraba 200 pesos para entrenarse y ella, que ya hacía semáforo, no los tenía, así que no pudo ir más. Soledad no nombra a su mamá cuando la llamaron de Huracán y el entrenamiento era de noche, y era lejos, y a ella le daba miedo ir, y volver, hasta allá.

— Tenía 16 años —dice, y lo dice con el mismo tono, la misma música, de una frase más.


 

“A mí me encantaría que las chicas vivan del fútbol”, dice uno de los campeones mundiales en México 86. Desde noviembre de 2014 que Julio Olarticoechea es el técnico de la Selección. Algunos nombres, en el caso de las mujeres, deben escribirse como si fueran epígrafes, paréntesis, el enredado estilo de la narración legal: el Vasco es, desde noviembre de 2014, el técnico de la Selección Argentina de fútbol femenino. Al momento de la charla, sin embargo, no era ésa su labor: como no había nadie que entrenara la Sub 20 de hombres, desde la AFA le preguntaron si podía ir ahí. Cuando le ofrecieron el cargo de entrenador de la Argentina había sido algo parecido: “Mirá, Vasco, hay un hueco con las chicas, si vos querés…”, le dijeron. Y el Vasco quiso; el Vasco agarró.

Sin embargo, al momento de la publicación de esta revista, tampoco era ésa su labor: como no había nadie que entrenara la Sub 23 de hombres en los Juegos Olímpicos, el Vasco fue el técnico en Brasil.

“Yo creo que el profesionalismo va a llegar, estoy seguro de eso. Las chicas no son como los pibes, que si triunfan se llenan de plata, pero va a llegar, va a llegar”, le dice a Don Julio. Por ahora, hay dos ideas para eso: que antes de que empiece un partido de Primera –la Primera, la Primera masculina– se juegue media hora de uno de mujeres, es una; la otra, que cada provincia tenga su selección.

Captación, difusión: eso, en el orden interno. En el externo, la FIFA le baja cada año a la AFA alrededor de 350 mil dólares para financiar el futsal, el fútbol playa y el fútbol femenino, actividades obligatorias para la organización.

 

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Y mientras a Olarticoechea las chicas le recuerdan sus inicios, a mediados de los 70, “porque todo es pasión, pura pasión”, hay jugadoras que necesitan algo más. Yael Oviedo, la figura de la UAI, ha jugado seis meses a préstamo en el Foz Cataratas de Brasil; el club le dio una casa, le contrató una mujer para que le cocinara, le facilitó un micro que la llevara y la trajera de los entrenamientos, y le dio, cada mes, mil quinientos reales para gastar. Según la web Diario La Futbolista, alrededor de 20 argentinas peregrinan por Brasil, Chile, Italia, España, Israel. Algunas, como la marplatense Carla Ducó, juegan al futsal. Figura del Isolotto Firenze, Ducó jugó el año pasado para la selección: la selección italiana. La santiagueña Mariela Coronel tenía 26 años cuando, en 2007, se fue a España, al Prainsa de Zaragoza. El equipo se llama ahora Transportes Alcaine, mientras ella, ahora, tiene 35 años y juega en el Atlético de Madrid. En 2016, la volante disputó la Champions League. La primera argentina que disputó la Champions League.

— Porque acá, lo único inevitable es la pasión —la sigue Olarticoechea—. Hay que verlas a las chicas, la fuerza que le ponen; yo tampoco pensaba en el dinero cuando empecé. Va a llegar. El momento va a llegar.

— ¿Y cuándo retoman la actividad en la Selección?

— No, este año no hay actividad.

— ¿No se entrenan, igual?

— Ni idea. Ahora estoy con esto de la Sub 20 y… (piensa) no, ni idea, che.

— ¿Hasta qué año tenés contrato, Vasco?

— Justo ayer renové. Hasta marzo de 2017. Me han llegado a deber cuatro meses, acá. Y cuatro meses, en un sueldo como el mío, te digo que…

— ¿Y a quién reemplazaste? En mujeres, digo.

— ¡Uh, no me acuerdo! ¿A quién reemplacé? Un hombre gordito…

— ¿Gordito?

— Sí, un hombre gordito. ¿Sabés que no me acuerdo? Un hombre pelado, gordito. Pará. ¿Cómo se llamaba, che? No, me mataste. Me mataste. No, la verdad que no.


 

— ¿Ubicás Alsina? —pregunta Soledad.

Entre las paredes que son los árboles puede verse, allá afuera, el anochecer. Todo es sombra, ahora: la calle, acá.

— Estaba en un semáforo de Avellaneda, ahí, me había mudado con una amiga pero fue un toque nomás; una tarde estaba paveando con la pelota, no estaba haciendo jueguito, estaba paveando con la pelota y se me acercó una camioneta. Adentro, una mina, grandota. Me pidió el teléfono. Al mes, mes y medio, mensajito: “Mañana, 19.30, andá a Racing. Está bueno”. Sin nombre, sin nada. Qué sé yo. No tenía nada que hacer, así que fui.

La mina, grandota, era la arquera. Ahora que va seguido a entrenarse, ahora que dice sentirse parte de un grupo, Soledad la conoce bien.

— Tiene 41 años —dice, y no puede creer cómo, a esa edad lejanísima, aún quiera jugar—. Pobrecita, ya no le da. Dejó hace un tiempo. Está grande, ¿viste? —se sonríe la delantera de Racing, mientras dice, mientras repite—: No le da. No le da.

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