Al igual que ayer después de la performance en la Facultad de Ciencias Sociales, cuando en 2012, en la Universidad de la Plata se decidió que los baños no tendrían más género, hubo intensas polémicas periodísticas y en las comunidades académicas: debates en torno a la naturalización de las relaciones sociales y las tensiones entre lo que es público, lo privado y lo íntimo en la vida universitaria. En este ensayo, el doctor en Ciencias sociales y miembro del área de Comunicación, Géneros y sexualidades de la UBA Rafael Blanco reflexiona sobre cómo, desde ayer, esta compleja relación se tramó de nuevo a partir de un significante insistente: el de vergüenza.



Foto texto: Eduardo Carrera

 

Hace cinco años, haciendo entrevistas para una investigación acerca de la cotidianidad universitaria, una estudiante de Psicología me dijo que era necesario -retomando una reflexión de Michel Foucault- “libidinizar el espacio universitario”. Ese comentario me resonó ayer cuando se llevó a cabo una actividad denominada  “Posporno”,  como parte del ciclo denominado “Miércoles de Placer” que se realiza periódicamente desde el año 2012 en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA organizada por el Área de Comunicación, Géneros y Sexualidades. La décima edición de este ciclo contó con dos partes: una performance en espacios de  tránsito de la Facultad a cargo de artistas activistas y del grupo español “PostOp” y posteriormente un debate, de hora y media de duración, entre quienes integran ese colectivo y estudiantes, investigadores/as y docentes de la Facultad.

 

Lo que circuló acerca de los propósitos y del marco en que se realizó la actividad en redes sociales, medios de comunicación y el boca a boca es una versión simplificada. La intervención artística, que como toda manifestación es plausible de ser juzgada en términos de gusto (“eso no es arte”, “me gustó”, “me pareció de más”, “es de mal gusto”, “no me dijo nada”, “me pareció como de los ochentas”, “del Di Tella” y otros juicios que se comentaron en estas vertiginosas horas), dio lugar a debates hasta ahora incipientes de la vida universitaria. Pareciera que ayer la sexualidad entró a la universidad, allí donde no estaba. Pero lo cierto es que la relación entre universidad y sexualidad es estrecha, y no se limita al hecho puntual de ayer como dan cuenta otros acontecimientos similares.

 

En el año 2009 parte de la comunidad académica de la carrera de Sociología de esa misma Facultad junto con un colectivo de artistas realizaron una intervención artístico-política denominada “Baño Revolution”. Esta consistió en modificar los cásicos íconos que indican la identidad femenina o masculina de los baños de una de las sedes de Ciencias Sociales, remplazándolos “por una multiplicidad de coloridas siluetas” diferentes de las conocidas, con el propósito de desnaturalizar “la binariedad impuesta”, y buscando así transformar “los baños en espacios de una universalidad que pretendía incluir todos los cuerpos y todos los géneros” en la facultad (Aguilar et al., 2009: 20). En 2012, por decisión de las autoridades de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata, “dejaron de existir los baños separados” por géneros: el comunicado institucional señala que “a partir de hoy, lunes 4 de junio, no existirán baños separados para varones y mujeres, sino que ahora serán en forma indistinta para varones, mujeres y para lo que cada uno decida y quiera ser”. Ambos hechos dieron lugar a intensas polémicas periodísticas y en las comunidades académicas respectivas, que se desarrollaron en distintos registros: desde el debate de ideas al agravio, en torno a la naturalización de las relaciones sociales y las tensiones entre lo que es público, lo privado y lo íntimo en la vida universitaria.

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Esta compleja relación se tramó de nuevo desde ayer a partir de un significante insistente: el de vergüenza. Fue usado como hashtag (#verguenzaFsoc), en intervenciones en los muros de las redes sociales (“siento vergüenza de estudiar acá”), o en su ajenidad (“da vergüenza que esto suceda en la universidad pública”). Pero la vergüenza es para mí un término muy escuchado en entrevistas a estudiantes: la vergüenza está presente en el modo en que se regula cotidianamente las formas posibles de habitar la vida universitaria. Sólo por tomar un ejemplo entre muchos, un grafiti en una pared del baño de mujeres de Psicología que encontré en 2009 decía: “¿dónde están las lesbianas en esta facultad?”. Otro sostenía: “Levanten las manos las les y bi de Psico, me siento la única acá”. Estas preguntas en las paredes, en una facultad en la que el 81,7% de sus estudiantes son mujeres, era un primer indicio para pensar el umbral de visibilidad que regula las expresiones de género y las identidades sexuales posibles en el espacio universitario. Si luego del año 2001, en la ciudad de Buenos Aires los debates en torno a la modificación de los marcos legales (las leyes de unión civil o matrimonio igualitario, entre otras) forjaron una redefinición de los márgenes de visibilidad de algunas sexualidades no heterosexuales (Hiller, 2010: 86), este proceso parecía presentar una discontinuidad en la vida universitaria.

 

La vergüenza está también presente en las formas desiguales de circulación de la palabra en la vida universitaria, desde en las clases hasta en las asambleas estudiantiles, donde a veces la profusa agenda política en torno a los géneros y sexualidades no redunda en una reflexividad sobre las propias prácticas y espacios de militancia a la hora de tomar la palabra, proponer agendas o modificar dinámicas. Nuestras prácticas docentes e investigativas también suelen esconder u olvidar el cuerpo, cuerpo siempre genérico y sexuado, algo que desde tradiciones feministas se buscó restituir en el espacio académico. Es el hecho de sentir vergüenza,  el llamado a discreción o la autocensura de  algunas  expresiones, prácticas e identidades de género y sexualidad opera en la Universidad  disciplinando lo visible, lo esperable, en el espacio público- político universitario (Blanco, 2014). 

 

Desde ayer, en el interior mismo de la comunidad de la Facultad algunos opinan que quienes organizaron la actividad son “inútiles” que deberían ir a estudiar, que se trató de una muestra de “autoritarismo” sin antecedentes, una banda de “onanistas teóricos”, o una opereta en momento electoral (del que no se salva casi ningún candidato ni espacio político). También circuló el humor: “se terminó el mito de que en Sociales no se coge”, se tematizó el destino de la mesa en que se realizó un momento de la performance, o la del micrófono. Pero más allá del fulgor del acontecimiento, de la inmediatez de la respuesta ante la pregunta amarilla, del gusto personal o del sentido de la oportunidad de la intervención, la actividad de ayer puede ser una provocación en otro sentido: una invitación a repensar las regulaciones cotidianas de las expresiones e identidades de género en la vida universitaria, que hoy no son visibles, o dicho de otro modo: que permita redefinir las alcances de lo público de la universidad pública.

 

Referencias

 

Aguilar, P., Bacci, C., Fernández Cordero, L., Insausti, J., Peller, M., y Oberti, A. (2009). “La sociología en el tocador: apuntes sobre una intervención estético-política”. Ciencias Sociales, N° 74.

Blanco, Rafael (2014) Universidades íntimas y sexualidades públicas. La gestión de la identidad en la experiencia estudiantil. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Hiller, Renata. (2010). “Matrimonio igualitario y espacio público en Argentina”. En: M. Aldao y L. Clérico (coord.), Matrimonio igualitario: Perspectivas sociales, políticas y jurídicas. Buenos Aires: EUDEBA.


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