Hace menos de 10 años la revista Hombre publicaba una prueba multiple choice para sondear cómo y cuánto los lectores golpeaban a su esposa. Hoy, Ni Una Menos mediante, parecería imposible que un medio repitiera un juego de ese estilo. Pero los cambios logrados, dice Mariana Carbajal, siguen conviviendo con expresiones machistas y contenidos que cosifican a las mujeres. Adelanto de Mujeres y varones de la Argentina de hoy, compilado por Eleonor Faur y publicado por Siglo XXI.



Las manifestaciones sociales convocadas por el colectivo Ni Una Menos en los últimos dos años contribuyeron a poner en debate en la Argentina el papel de los medios de comunicación frente a la problemática de la violencia machista y su expresión más extrema, los femicidios. El trabajo casi artesanal de redes de periodistas por una prensa no sexista, la presencia de comunicadoras sensibilizadas con la temática en distintos espacios y la implementación de algunas políticas públicas para incorporar la perspectiva de género en la comunicación nos permiten evaluar ciertas mejoras en la última década, en la forma en que aparecen las mujeres en los medios y en el abordaje periodístico de la violencia de género. A la vez, se observan audiencias cada vez más críticas ante contenidos discriminatorios hacia las mujeres y la población LGBTTTIQ. Pero los cambios conviven con expresiones sexistas, contenidos que siguen cosificando a mujeres en las pantallas –tanto en programas de entretenimiento como publicidades–, estereotipos que las encasillan en roles reproductivos, las invisibilizan como voces expertas o las revictimizan cuando se trata de noticias sobre violencia machista o femicidios. En este capítulo, se analizarán esas tensiones: los discursos e imágenes que perduran, a pesar de los debates instalados en la opinión pública, y los aspectos que se lograron modificar, con la idea de pensar cómo profundizar la incorporación de la mirada de género en los medios, para promover con sus contenidos una sociedad más igualitaria para hombres, mujeres y personas trans.

 

Malas prácticas en el abordaje de las noticias

 

Menos de una década atrás, a comienzos de 2008, las repercusiones que generó un artículo de la revista Hombre (Editorial Perfil) abrieron la discusión sobre cómo ciertas publicaciones –dirigidas a un público masculino– minimizaban el problema de la violencia machista, al punto de burlarse de ese fenómeno social o, incluso, incentivarlo. El artículo se conoció como “Test Tyson” –la volanta lo nombraba así– y apareció en la sección “Happy Hour”, en la edición de papel en febrero de aquel año. Se trataba de un examen tipo multiple choice, para sondear cómo y cuánto los lectores golpeaban a su esposa. “¿Madura el KO?”, planteaba el título. Y en la bajada agregaba: “Si ves a una mina golpeada y pensás ‘algo habrá hecho’, esto es para vos”. Leerlo producía incomodidad. Rompía con todas las reglas de los consensos tácitos sobre lo que se puede escribir en un medio de comunicación.

 

Eran siete preguntas, cada una con cuatro opciones. La primera decía así:

 

¿Qué excusa usás para golpear a tu mujer?

 

a) Los fideos estaban fríos. b) Te miró “con esa cara”. c) Tuviste un mal día de trabajo. d) No hace falta una excusa.

 

La segunda pregunta se refería a “los métodos” de golpiza:

 

a) Un puño envuelto en un repasador no deja marcas. b) El famoso cachetazo de proxeneta; con la cara externa de la mano derecha yendo en sentido diagonal de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha. c) Tirás el plato (el de los fideos fríos, por ejemplo) al suelo y cuando se agacha a limpiar el enchastre la aleccionás con un puntapié en las costillas. d) Te gusta improvisar.

 

El “Test Tyson” decía eso y mucho más. Por ejemplo, la sexta pregunta: “¿Cada cuánto la aleccionás?”. Y la séptima aludía a la du­ración de la “sesión adoctrinante” y, entre las respuestas posibles, figuraban “Le das hasta que quede morado” o “Aflojás cuando se te acalambra la mano”. Se podría suponer que no había sido escrito en serio, que se había pensado como un juego cómplice con los lectores machos.

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El problema de los femicidios no era un tema instalado en la prensa, salvo excepciones, como el diario Página/12, que daba cuenta en aquel momento, de que en apenas un mes, enero de 2008, doce mujeres habían sido asesinadas en el país por sus parejas, novios u otro hombre cercano, o alguno de ellos estaba entre los principales sospechosos de haberlas matado.1 Ese mismo año la asociación ci­vil La Casa del Encuentro creaba el Observatorio de Femicidios en Argentina Marisel Zambrano, justamente con el objetivo de instalar ese concepto y alertar sobre la magnitud del problema, ante la ausencia de estadísticas oficiales, que recién se empezaron a producir siete años más tarde, en respuesta a una de las demandas de la primera marcha con la consigna “Ni una menos”, del 3 de junio de 2015. El Observatorio basó sus estadísticas en los casos publicados en medios: el primer conteo, de 2008, relevó 43 medios de comunicación y agencias de noticias; luego, a partir de 2010, se amplió la búsqueda y los informes se realizaron a través del seguimiento de más de 120 diarios y portales de noticias de todo el país. La alianza de La Casa del Encuentro con periodistas sensibilizadas por la temática permitió que poco a poco se comenzaran a visibilizar los asesinatos de mujeres por ser mujeres como problema social y de derechos humanos. Por entonces, solían definirse periodísticamente como crímenes pasionales más que como femicidios, tal como muestra el relevamiento regional de medios “Cuando la violencia tiene prensa” (ELA, 2011).

 

El año en que se difundió el “Test Tyson”, 2008, el Observatorio Marisel Zambrano contabilizó 208 femicidios –publicados en me­dios de comunicación–, lo que daba una frecuencia de uno cada 41 horas, y 11 femicidios vinculados de hombres y niños. La estadística correspondiente a 2016 del mismo Observatorio dio un total de 290 femicidios, uno cada 30 horas, y 42 vinculados.

 

¿Qué habría pasado si la revista Hombre hubiese publicado un test para medir cuán antisemitas eran sus lectores, con un cuestionario que analizara cuándo y cómo le pegaban a una persona judía? Es probable que ninguna editorial de amplia tirada se habría atrevido a publicarlo. Y si lo hubiera hecho, podría suponerse que de inmediato se habrían conocido múltiples denuncias por discriminación. Pero la violencia contra las mujeres en aquel momento estaba tan naturalizada en la sociedad argentina que un artículo como el “Test Tyson” se publicaba y ningún lector levantaba la voz. Fue el Movimiento de Mujeres de Córdoba, varios meses después, en mayo de 2008, el que advirtió sobre su contenido al descubrir la versión digital en la web, denunció a la revista en el Instituto Nacional con­tra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) y difundió el tema con un comunicado de prensa en la Red Informativa de Mujeres de Argentina (RIMA), una lista de distribución por correo electrónico dedicada a la información y el intercambio entre mujeres. En ese espacio feminista, quien escribe estas líneas conoció el “Test Tyson” y lo cuestionó en una columna de opinión publicada en el diario Página/12. Ese artículo amplificó la difusión del texto de la revista Hombre y permitió que se generara una reacción en cadena de repudios por parte de distintos organismos oficiales (como el Inadi, el Consejo Nacional de las Mujeres, la Legislatura porteña) y de diversos referentes y organizaciones del movimiento de mujeres.

 

La revista respondió a las críticas con un editorial y alegó que se la había malinterpretado, que en realidad era una broma, pero que de todas formas pedía disculpas. A pesar de las múltiples expresiones de condena hacia el “Test Tyson”, no dejaron de aparecer en diversas publicaciones diferentes notas con enfoques que banalizaban la violencia machista o la espectacularizaban. Aún persisten en 2017, dos años después de la primera marcha con la consigna “Ni una me­nos”. Pero la denuncia del “Test Tyson” sirvió para poner en acción múltiples mecanismos –que no casualmente fueron promovidos por feministas en diferentes ámbitos, como el Poder Legislativo, el Consejo Nacional de las Mujeres, el Inadi, o algunos medios– para cuestionar la apología de la violencia hacia las mujeres que explicitaba la nota y plantear un límite. Desde entonces, ante contenidos que discriminan a las mujeres en los medios o las estigmatizan en roles estereotipados ha ido creciendo la mirada crítica de las audiencias, de la mano del trabajo de periodistas con perspectiva de género –aunque su presencia en radio y TV se fue reduciendo en el último tiempo como signo de un cambio de época, a partir de los despidos ocurridos en diarios, portales de noticias, radios y canales de noticias–, redes de comunicadoras especializadas, algunos organismos gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil.

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Sin embargo, los medios de comunicación todavía reproducen noticias con un sesgo machista, con más énfasis cuando quien está al frente de un micrófono es un varón –como muestra el Proyecto de Monitoreo Global de Medios de 2015 (GMMP,2 por sus siglas en inglés)–, y se hace cada vez más evidente la ausencia del enfoque de género en la formación de periodistas y la necesidad de incorporar­ lo en las carreras de Comunicación. Del mismo modo, surge como una necesidad la llegada de mujeres con esa perspectiva a lugares de decisión editorial, para que la mirada de género se plasme transversalmente y deje de considerarse como una especialidad. Identificar las malas prácticas resulta útil para desnaturalizar lo dado y construir una comunicación que contribuya a la igualdad.

 

Las adolescentes en noticias de violencia sexual y femicidios

 

En la mañana del 10 de setiembre de 1990, operarios de vialidad encontraron el cadáver mutilado de María Soledad Morales, a unos siete kilómetros de la capital de la provincia de Catamarca. Su asesinato –un femicidio, aunque en ese tiempo el concepto todavía no se usaba– tuvo enorme repercusión mediática y política en aquel entonces. María Soledad estaba a punto de cumplir 18 años. Casi la misma edad que Melina Romero, una adolescente del Conurbano bonaerense, cuyo cuerpo, ya sin vida, fue hallado el 22 de setiembre de 2014, en la orilla de un arroyo cercano a la planta de pro­cesamiento de residuos de la Ceamse, cerca del Camino del Buen Ayre. También en una bolsa de residuos llegó el cadáver de Ángeles Rawson a la planta de José León Suárez de la Ceamse un año antes, por cuyo femicidio fue condenado el encargado del edificio en el que vivía la chica de 16 años, en el barrio porteño de Colegiales.

 

María Soledad Morales, Ángeles Rawson, Melina Romero… A la lista se podrían agregar otros nombres, muchos, demasiados, que tal vez resonaron menos en la prensa, de jovencitas cuyas vidas en las últimas décadas corrieron el mismo destino. Adolescentes usadas como objetos sexuales y luego descartadas como basura. En las coberturas periodísticas de los casos, la mayoría de los diarios –con excepción de Página/12– publica las noticias en la sección policiales. “Parecen encasillarse estos hechos como situaciones de inseguridad de la vida cotidiana o hechos aislados en lugar de contextualizar la violencia contra las mujeres como un problema cultural, sostenido por la desigualdad en la sociedad”, deja en evidencia el informe “Adolescentes mediatizadas. Análisis de noticias sobre violencia con­tra las adolescentes en medios gráficos de Argentina”, realizado por ELA, a partir del monitoreo de 149 piezas periodísticas publicadas entre marzo y mayo de 2016, en medios gráficos nacionales y locales seleccionados (Clarín, Crónica, La Nación, Página/12, El Tribuno, de Jujuy, y Norte, de Chaco). Del total analizado, sólo un 3% de las notas enmarcó la violencia contra las adolescentes como una violación de los derechos humanos, es decir, cuatro piezas: tres en Página/12 y una en La Nación.

 

Un hallazgo similar ofrece el “Monitoreo de violencia contra las mujeres en noticieros televisivos”, realizado por el Observatorio de la Discriminación en Radio y TV sobre las ediciones vespertinas de los noticieros de los canales de televisión abierta (Canal 2 América, Canal 7 La TV Pública, Canal 9, Canal 11 Telefé y Canal 13) en las primeras quincenas de los meses de enero, febrero, marzo y abril de 2013. Durante el estudio se visualizaron unas 300 horas de programación y se encontraron 126 unidades informativas que abordaban la temática. El análisis reveló que sólo el 11% de las piezas periodísticas “desarrolló un abordaje que incluyó los elementos necesarios para sostener un enfoque de derechos”. En la mayoría de las notas no había consultas a personas especializadas en violencia de género que podrían dar un marco de interpretación para que el tema fuese tratado como problemática social y no como “casos aislados”. Otro dato que surge del monitoreo es que el 59% de las noticias analiza­das “no incluyó la participación de columnistas, periodistas especializados/as u otros profesionales o expertos/as”. Dentro del 41% de unidades noticiosas en las que se presentó un/a columnista o periodista especializado/a, sólo en el 8% estos/as hicieron intervenciones que aportaron a la perspectiva de género, como contextualizar la situación en tanto problemática social y utilizar las expresiones “violencia de género” o “femicidio”. El informe advierte que “en general” los/as columnistas a cargo de la explicación de las noticias de violencia contra las mujeres, en los noticieros analizados, son especialistas en temas policiales. “De modo que, por su formación, se inclinan a priorizar las fuentes judiciales y policiales y reiteran con mucha frecuencia el estilo informativo de este tipo de fuentes, el cual hace foco en detalles de los hechos violentos y suele desconocer la inclusión de la mirada de género”, destaca el relevamiento. Es decir, los relatos periodísticos de los femicidios en la televisión suelen enfatizar la crueldad con que se realizó la agresión, y describir la escena del crimen con detalles escabrosos, como la cantidad de puñaladas que recibió la víctima. Muchas veces, la espectacularización del tema se expresa en los títulos y en las imágenes de las coberturas periodísticas.

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Otro monitoreo del Observatorio de la Discriminación en Radio y TV, de 2015, analizó algunos programas televisivos con proble­mas en el enfoque de la violencia hacia las mujeres. Uno de los episodios de cobertura visualizados fue el programa Argentina despierta, conducido por “Chiche” Gelblung y Amalia Granata, en el Canal 26. Allí se abordó el femicidio de Gabriela Parra, una mujer que fue apuñalada en una confitería de Caballito, el 9 de abril de ese año. El informe destaca que se observan placas o titulares como: “Amores trágicos: crecen los crímenes pasionales”; “Otra historia de amores trágicos. Enloqueció y la apuñaló en un bar de Caballito”; “Amores trágicos: la citó en un bar y la mató”.

 

Ese relevamiento se llevó adelante en mayo de 2015, apenas unos días antes de que miles de personas, en su mayoría mujeres, se volcaran masivamente a las calles en distintas convocatorias con la consigna “Ni una menos”, para expresar su hartazgo contra las violencias machistas y su forma más extrema, los femicidios, así como contra la desigualdad histórica que las afecta en todos los ámbitos de sus relaciones interpersonales. A pesar de esa marcha y las sucesivas que organizaron para volver a decir “Ni una menos”, todavía persisten medios que en vez de contribuir a desarmar ese imaginario de mujeres desechables, arraigado en una cultura patriarcal, suman sus esfuerzos para instalar la idea de que las víctimas finalmente serían culpables de las propias violencias que sufren. En las coberturas periodísticas “predomina un discurso culpabilizador de las víctimas”, advierte el relevamiento de ELA de 2017.

 

Un ejemplo notable de esa mirada fue una nota del diario Clarín publicada el sábado 12 de setiembre de 2014 sobre Melina Romero, cuando la adolescente todavía permanecía desaparecida. Desde el título, el artículo la ubicaba en el lugar del descarte: “Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria”. Y lo reafirmaba desde la primera línea del texto (¿periodístico?): “La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo”. Mientras los buzos de Prefectura seguían buscando su cuerpo, el diario husmeaba en su intimidad –como si esa información aportara algún dato relevante al caso– y decía además que “dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó”; que tiene amigos de su edad, pero también “más grandes”; que en “su casa nadie controló jamás sus horarios”; que hasta su desaparición “se levantaba al mediodía y luego se juntaba con sus amigos en la plaza de Martín Coronado”; que se hizo cuatro piercings; que “le gustan mucho las redes sociales y tiene cinco perfiles de Facebook”.

La construcción del perfil que hizo el diario de mayor tirada en el país instaló la idea de “la chica fácil”, “la trolita”, y favoreció así otro imaginario machista que suele sobrevolar ciertas coberturas periodísticas sobre femicidios de adolescentes: que hay mujeres que nacieron para putas, que se usan –o se matan si se niegan a ser usadas, como presumen sus familiares que habría sucedido con Melina– y se tiran.

 

La nota no sólo violó la intimidad de la chica –como un año antes lo había hecho en su tapa el diario Muy, de la misma editorial, al publicar fotos del hallazgo de Ángeles Rawson en la Ceamse–, violó también distintas normativas. En primer lugar, la Convención Internacional sobre Derechos del Niño, incorporada a la Constitución nacional, que establece “la prohibición de injerencias arbitrarias o ilegales en la vida privada de los niños y a la protección de la ley contra dichas injerencias”. Las malas prácticas son, en sí mismas, violencia. En su art. 6, la Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres, sancionada en 2009, define la violencia mediática contra las mujeres –una de las modalidades de la violencia de género– como aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, así como la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socio­ culturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres.

 

El enfoque que culpabiliza a las víctimas de la violencia que sufren quedó expuesto con evidencia en el caso del doble femicidio de las turistas mendocinas Marina Menegazzo y María José Coni, asesina­das mientras estaban de vacaciones en Ecuador, en febrero de 2016. Tras la consternación por el hallazgo de los cuerpos de las dos amigas en la zona del balneario de Montañita, surgieron en las redes sociales y en los comentarios de los portales de noticias los peores prejuicios y lugares comunes que revictimizan a las víctimas o a su entorno familiar: que la culpa era de los padres que las dejaron viajar por Latinoamérica “solas” –donde el “solas” se interpreta como ausencia de un varón que las acompañe–, o de ellas mismas, por hacer dedo después de haberse quedado sin dinero. Marina y María José eran ya mayores de edad. Y no estaban solas. Viajaban juntas.

 

La culpabilización de las víctimas es un discurso recurrente entre famosos formadores de opinión. En 2011, Susana Giménez le preguntó en su programa de televisión a la entonces vedette Victoria Vanucci, que había denunciado a su ex pareja por violencia de género: “¿Vos le hiciste algo para que te pegara?”. El 17 de mayo de 2015, Mirtha Legrand le preguntó a una de sus invitadas, la cantante y actriz Laura Miller, también víctima de violencia de género, qué había hecho ella para merecer que su pareja le pegara. “Chiche” Gelblung y “Baby” Etchecopar volvieron sobre ese enfoque en me­ dio de las repercusiones de uno de los femicidios que causó mayor conmoción social en la primera mitad de 2017: el de la joven mili­tante social Micaela García, de 21 años, ocurrido en abril de ese año. Había sido vista por última vez a la salida de un boliche, en la ciudad de Gualeguay, provincia de Entre Ríos, y su cuerpo fue encontrado asesinado una semana después en un descampado. Gelblung responsabilizó en cierta forma a la joven por andar de madrugada por la calle. “En ninguna parte del mundo a las 5.20 de la mañana una chica puede andar sola por la calle”, afirmó. Sus declaraciones despertaron polémica e indignación en medios y redes sociales al igual que las del conductor “Baby” Etchecopar, que llegó a decir por esos días que el problema de las violaciones son “las nenas de 12 años” que “provocan a los degenerados” mostrando “las tetas con un tatuaje y haciendo trompita” en redes sociales.

 

¿Qué significa periodismo con visión de género y derechos?

 

Con la intención de incorporar la perspectiva de género en los me­dios de comunicación, en 2006 se conformó en el país la organización Periodistas de Argentina en Red por una Comunicación No Sexista (PAR), a partir de la iniciativa de un grupo de comunicado­ras. Actualmente, la red tiene alrededor de un centenar de integran­tes en quince provincias. La mayoría son mujeres, pero también hay algunos varones. Sus miembros se desempeñan en distintos espacios de comunicación, diarios, radios, TV, y también en ONG, organismos oficiales y en ámbitos académicos. El activismo de la Red PAR puso en discusión la idea de “crimen pasional” para nombrar los asesinatos de mujeres por el hecho de ser mujeres y logró que se los empezaran a nombrar como “femicidios” a partir de talleres de formación que sus integrantes comenzaron a dar en distintos espacios (escuelas de periodismo, facultades, ámbitos comunitarios); la intervención en sus lugares de trabajo mediante la explicación del enfoque de género a colegas, jefes y editores; y el hecho, incluso, de contactar personalmente a quienes escribían o emitían mensajes sexistas en distintos medios, para aconsejarles –en tono pedagógico– otras formas de abordar el tema.

 

El trabajo de la Red PAR, en articulación con el movimiento de mujeres y la persistencia de periodistas feministas, logró que se ins­talara en la agenda mediática –en la última década– la violencia machista, la trata de mujeres para explotación sexual, los derechos sexuales y reproductivos y la problemática del aborto.

 

Entre otras acciones, la Red PAR elaboró dos decálogos para el tratamiento periodístico, uno sobre la violencia hacia las mujeres, y otro sobre la trata de mujeres para explotación sexual; participó de los foros de discusión de la Ley de Medios de Comunicación Audiovisual para que se incluyera la perspectiva de género en la normativa, que quedó plasmada en el art. 3, inc. m); realizó campañas contra la violencia mediática en redes sociales y en foros federales, además de capacitaciones y sensibilizaciones en distintos puntos del país con colegas y estudiantes, en ámbitos académicos y comunitarios.

 

En 2014 se conformó la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género Argentina (RIPVG Argentina), que se sumó al trabajo de incidencia con objetivos similares a la red PAR. Tiene, además, un portal de noticias, <www.enperspectiva.com.ar>. Al mismo tiempo, existen organizaciones de la sociedad civil, como Artemisa en su momento y, actualmente, Comunicación para la Igualdad, que trabajan en la agenda de género, y otras ONG que han adoptado como parte de sus líneas de acción la incidencia en medios, aunque no sean sus temas centrales, como el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

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Otro aspecto interesante es que en la última década también se logró sumar conciencia en muchas periodistas que, si bien no se identificaban como feministas, sí entendían que había otro modo de ejercer el periodismo. Marcela Gabioud, cocoordinadora del Proyecto Monitoreo Global de Medios y miembro de la Red PAR, advierte en una entrevista para este capítulo:

 

Comenzar a visibilizar la perspectiva de género como una forma de ejercicio periodístico enmarcado en los derechos vulnerados de las mujeres es uno de los grandes cambios. No es una moda, son años de trabajo incidiendo desde aba­jo y hacia los costados, donde se podía y con las herramien­ tas que había al alcance. Ahora hay muchas más jóvenes periodistas y colegas sensibilizadas, y quienes antes decían que no era necesario pensar en términos de género y sus desigualdades.

 

Desde el Estado, al mismo tiempo, a partir de la creación de la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual, en 2012, se impulsó por primera vez una política pública basada en una pedagogía contra los sexismos en publicidades y programas de radio y televisión. Las reiteradas denuncias de las audiencias por

 

tratos violentos, cosificantes o estigmatizantes hacia las mujeres y la población LGBTTTIQ en los medios llevaron al organismo a impulsar un plan de acción para problematizar la violencia mediática y la discriminación de género, de acuerdo al art. 3, inc. m) de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que promueve “la protección y salvaguarda de la igualdad entre hombres y mujeres y el tratamiento plural, igualitario y no estereotipado, evitando toda discriminación por género u orientación sexual”. En esa línea, pro­movió distintas acciones, como cursos virtuales, talleres, concursos y manuales de buenas prácticas periodísticas.

 

Un caso emblemático en el que intervino la Defensoría del Público fue en relación con una campaña publicitaria en 2013 de la marca de cerveza Andes, que se comercializa en Mendoza, en cuyo comercial se sostenía que los huracanes llevaban nombre femenino por el hecho de que son tan devastadores y arrasado­ res como supuestamente son las mujeres en la vida de sus parejas masculinas.3 Por un lado, la información era falsa: los huracanes no llevan sólo nombre de mujeres. Por el otro, el mensaje publicitario se basaba además en la caracterización descalificadora de las mujeres que se separan. Los spots televisivos generaron numerosas denuncias de televidentes por su tono sexista a través de la página web de la Defensoría. El organismo intervino y abrió un espacio de diálogo. Sus referentes se reunieron en dos oportunidades con representantes de la agencia que había creado la campaña, Del Campo Soatchi & Soatchi, y de la anunciante, la empresa AnheuserBusch InBev, de origen belga­brasileño, la mayor fabricante mundial de cerveza. Finalmente, accedieron a retirar los spots y publicar en los principales diarios mendocinos, Uno y Los Andes, una solicitada en la que pidieron disculpas, bajo el título “El huracán más devastador de la historia se llama Mitch”. En el texto explicaron que

 

durante siglos, el nombre de los huracanes estaba determinado por el santo del día en que manifestaban su poder. En 1953, se decidió identificar a las tormentas con el nombre de mujer, siendo seleccionadas estas bajo estricto orden alfabético. [Pero] esto, sin embargo, no es más así. Desde 1979, la Organización Meteorológica Mundial alterna entre nombres de varón y mujer, para no estigmatizar a las mujeres.

 

Esa información, los publicistas y la empresa cervecera la recibieron en las reuniones que tuvieron en la Defensoría del Público.

 

También desde el Observatorio de la Discriminación en Radio y TV –espacio que articulaban el Consejo Nacional de las Mujeres, el Inadi y la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca), debilitado con el cambio de gestión– les en­viaron a los creativos recomendaciones para evitar las publicidades sexistas. Entre otras sugerencias, figuraban las siguientes:

 

“Cuidar el tratamiento de los temas que involucren a las mujeres. Por ejemplo, una forma de lograr este objetivo es obtener información de referentes en la temática. En este caso, la presión que hace casi cuarenta años ejercieron distintas organizaciones feministas logró que se cambiara la nominación de los huracanes, que era claramente sexista”.

 

“Difundir mensajes que fortalezcan y colaboren con la equidad y el tratamiento igualitario de mujeres y varones”.

 

“No recurrir al uso de estereotipos, mitos o creencias que resulten degradantes y reductoras de la imagen de las mujeres”.


Otro caso que sirve para reflejar la forma de actuación de la Defensoría del Público tuvo como protagonista a uno de los pe­riodistas más famosos del país, Jorge Lanata. En agosto de 2014, en su programa de radio Mitre, el conductor se refirió a la Ley de Identidad de Género, sancionada dos años antes, que garantiza el derecho a las personas trans a cambiar su nombre en el DNI de acuerdo con su identidad de género autopercibida. Tras cuestionar los alcances de la norma, agregó: “Cuando a Flor de la V le dan el documento y dice ‘soy mujer, soy madre’, disculpame: no sos, en todo caso sos padre”, en alusión a la conocida actriz trans.

 

Organizaciones de la diversidad sexual denunciaron al periodista en la Defensoría del Público. El organismo abrió una actuación por trato discriminatorio hacia la actriz Florencia Trinidad. A propuesta de la radio se acordó, como forma de reparación, la puesta al aire en toda su programación de dos spots en los que se concientizaba sobre la Ley de Identidad de Género hasta el final del año. En la misma in­tervención, la Defensoría realizó un ciclo de capacitación junto con la organización 100% Diversidad y Derechos y la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT).

 

Los spots difundidos contenían el siguiente texto:

 

“La Ley de Identidad de Género garantiza el derecho de cada persona a desarrollarse como es, sea cual sea el sexo que le asignaron al nacer, haya cambiado o no el nombre de su DNI. Tenés derecho a que te respeten todas las instituciones públicas y privadas, así como todas las personas, incluidas las que trabajan en un medio de comunicación, tienen que respetar ese derecho. Así lo establece la Ley de Identidad de Género”

 

“La identidad de género es lo que vos sentís que sos, aunque no coincida con el sexo que te asignaron al nacer. Es lo que vos sentís internamente, es tu derecho y tiene que ser respetado en todas las instituciones públicas y priva­ das y también en los medios de comunicación, así lo dice la Ley de Identidad de Género”.

 

La Defensoría del Público no sólo intervino ante denuncias sobre expresiones sexistas y discriminatorias en programas y publicidades, sino también en relación con otras situaciones comunicacionales. A partir de la denuncia de un grupo de periodistas, abrió una actuación por la falta de mujeres en la conducción del debate presidencial, que se transmitió por televisión en el marco de la campaña electoral de 2015. Como en otras intervenciones, se promovió una instancia de diálogo con referentes de la ONG que organizó el de­ bate. Pero en este caso la mediación no resultó exitosa: los organiza­ dores finalmente no accedieron al reclamo y las mujeres quedaron excluidas de la conducción. Las únicas que se vieron en la pantalla en el segundo debate fueron las esposas de los candidatos, cuando subieron a saludarlos al finalizar la contienda mediática.

 

Perspectivas futuras

 

¿Es posible hacer un periodismo de género sin mujeres? La formación es un punto fundamental y en ese aspecto la Argentina muestra un progreso significativo en comparación con la región. En los últimos seis años se crearon tres posgrados en Comunicación y Género (ningún país del continente los tiene) y se está avanzando, aunque muy lentamente, en la inclusión de materias vinculadas a género en las currículas de grado de Comunicación, según un relevamiento realizado por la periodista y consultora en Comunicación y Género Sandra Chaher (2014). Como experiencia inédita, un grupo de integrantes de la Red PAR de Córdoba está impulsando un ambicioso proyecto para incorporar la perspectiva de género, transversalmente, en la carrera de Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba. Si prospera, será la primera iniciativa de ese tipo en el país.

 

La incorporación de la perspectiva de género en las carreras de Comunicación, Periodismo, Publicidad y otras afines favorecería la formación de profesionales que pudieran trabajar con un enfoque de derechos. La experiencia muestra que son más las mujeres que se interesan en fomentar un periodismo con esa mirada que los varones, aunque los prejuicios, la falta de información y los estereotipos puedan ser reproducidos tanto por unas como por otros en los me­dios de comunicación.

 

Mientras los cambios hacia una comunicación con perspectiva de derechos se producen a paso lento, las audiencias parecen reflejar una mirada cada vez más crítica de los contenidos que discriminan a las mujeres, con reacciones que se difunden en redes sociales, convirtiéndose en un fenómeno de vigilancia colectiva. Un ejemplo es lo que sucedió con la campaña gráfica Perdón, de la cerveza Schneider, en 2013, que incluía frases como “#Perdón por buscar un roce en el bondi” y “#Perdón por creer que un ‘No’ es un ‘Sí’”. Los comentarios adversos en diversas redes forzaron a los fabricantes a levantarla. La página de Facebook “Repudio a la campaña en vía pública de cerveza Schneider” recibió casi cinco mil “Me gusta” en una semana. Incluso hubo quienes considera­ron falsas e hipócritas las disculpas que la firma se vio obligada a dar ante las críticas y animaban a “no tomar cerveza Schneider por un buen tiempo”.

 

Otro ejemplo interesante fue la reacción que generaron en agosto de 2016 los dichos del ex líder de Bersuit Vergarabat, Gustavo Cordera, en una entrevista con alumnos de periodismo, en el marco de una clase en la Escuela TEA. “Hay mujeres que necesitan ser vio­ladas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente” y “es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te la puedas coger”, dijo Cordera. Sus palabras fueron difundidas a través de Facebook por uno de los jóvenes presentes, indignado por el pensamiento machista del cantante. Las declaraciones se viralizaron, rebotaron incluso en medios extranjeros, y generaron una ola de repudios imparable en redes sociales, así como desde organismos públicos, espacios feministas, y el colectivo Ni Una Menos, entre otras voces. El Consejo Nacional de las Mujeres optó por la vía judicial y lo denunció por apología de la violación. En la misma línea, el Inadi se presentó en la causa como querellante. El Senado repudió el “discurso de odio de género” de Cordera. La radio Rock and Pop decidió dejar de pasar su música, la Municipalidad de Mendoza canceló su recital previsto para el Día del Estudiante, y también se suspendieron otras presentaciones que ya tenía organizadas en diferentes puntos del país.

 

El alumno que difundió los dichos del cantante rompió las reglas impuestas por la escuela de periodismo, que le impedían que trascendiera lo que se decía en clase. Pero el joven interpretó que era tan aberrante lo que Cordera afirmaba que ameritaba la denuncia pública, a modo de escrache. El hecho de que el divulgador haya sido un varón podría estar dando la pauta de que hay nuevas gene­ raciones, nuevas masculinidades, que no comparten el machismo explícito que desplegó el músico. Cordera habló de las violaciones que se denuncian menos, aquellas que ocurren en encuentros acor­dados, pero con formas de sexualidad no consentidas. El episodio puso en primer plano que ya no es gratuito violentar simbólicamente a las mujeres. Hasta hace poco, manifestaciones machistas en pro­gramas de TV, como el de Marcelo Tinelli, no lograban más que repudios del movimiento de mujeres, como también se vio con el “Test Tyson”.

 

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Otro cambio positivo de los últimos años es que se empezó a discutir la cosificación de las mujeres en los medios. Un ejemplo es el comunicado de prensa que las y los trabajadores de la Editorial Atlántida/Televisa (que editan las revistas Para Ti, Gente y Paparazzi) publicaron en el marco de la convocatoria a la segunda marcha con la consigna “Ni una menos”, del 3 de junio de 2016, donde criticaron la decisión empresarial de cosificar a las mujeres y advirtieron que no comparten el modelo femenino que promueve la línea editorial.

 

Son signos de mayor toma de conciencia, pero no de transformaciones profundas en relación con el modo en que aparecen las mujeres en pantallas, diarios y TV. Los últimos resultados del GMMP, difundidos a mediados de 2016, dan cuenta de que las mujeres son sujetos de las noticias apenas en un 29% de los casos, pese a ser más de la mitad de la población. Es decir, se puso en evidencia que casi no hubo avances en comparación con la medición realizada cinco años atrás sobre el sexismo y los estereotipos de género al momento de informar, tanto en diarios como en radio y televisión. Las mismas tendencias, poco alentadoras, se verificaron en las redes sociales, que fueron analizadas por primera vez. A nivel mundial, el porcentaje se reduce al 24%, igual que en 2010.

 

Otros datos significativos muestran que las voces legitimadas como expertas por los medios son mayoritariamente masculinas, mientras que las mujeres hablan como testigos o como opinión popular que no requiere que sean especialistas en un tema. Sólo son mujeres el 15% de las periodistas que firman sus notas en los diarios, contra un 85% de hombres, y en la sección que menos aparecen es en Economía.

 

Algunos de los resultados del monitoreo en la Argentina:

 

Sólo en las secciones de Ciencia y Salud, las mujeres aparecen en paridad con los varones.

 

Política y Gobierno es la sección con menos igualdad de género: sólo en el 15% fueron centrales las mujeres.

 

En el 25% de las noticias en que una mujer aparece, necesariamente la encuadran en su rol familiar, lo cual marca una clara diferencia con respecto al tratamiento que hacen de los hombres, para quienes ese encuadre sólo se da en un 8% de los casos.

 

Está claro que persisten tensiones entre los discursos mediáticos que todavía reflejan estereotipos de género y ubican a las mujeres como objetos sexuales o en roles reproductivos, y otras miradas que buscan incorporar representaciones diversas, contenidos inclusivos, y con perspectiva de derechos. El impulso a las discusiones sobre el papel de las mujeres en la sociedad, a partir de las multitudinarias movilizaciones convocadas por el colectivo Ni Una Menos des­ de 2015, construye un escenario favorable para que los cambios se profundicen. El tema viene siendo eje de talleres en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Sin embargo, la reducción cada vez mayor de los espacios laborales para periodistas capacitadas en ese enfoque –en un contexto de ajuste y despidos en el sector– conspira contra la posibilidad de que los medios asuman un rol fundamental para favorecer la difusión de contenidos que contribuyan a construir una sociedad más igualitaria.


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