La avanzada de la moral religiosa y conservadora en Brasil logró censurar muestras de arte y escrachar a intelectuales feministas y de izquierdas. También funcionó como apoyo a la destitución de Dilma, y esta semana festeja la posible prescripción de Lula. ¿Cómo operan los think tank del gobierno de Temer para organizar a grupos juveniles que enarbolan las viejas banderas de "tradición, familia y propiedad"?



 

Fotos de Mídia Ninja y Agência Brasil Fotografias.

 

Afuera arde un muñeco con cara de mujer, sombrero cónico negro y corpiño rosa que fue encendido al grito de “¡Fuera Butler!”, “¡A quemar a la bruja!”. Adentro del Centro Cultural SESC Pompeia de San Pablo, frente a un auditorio repleto, la filósofa estadounidense inicia su conferencia Los fines de la democracia agradeciendo a sus anfitriones por no haberla suspendido. Por no haber cedido ante el revuelo internacional que generó su visita versus la presión de la clase conservadora del Brasil de Michel Temer, que viene teniendo suerte a la hora de censurar voces disidentes también en territorios artísticos e intelectuales.

 

La concreción de este evento, en noviembre pasado, es una victoria pequeña pero simbólica. Enfoca el impacto que tiene en el territorio del arte y la cultura la tormenta política desatada en el país en los últimos tiempos. Desnuda el poder de las iglesias y de la joven derecha brasileña. Y también la resistencia social que ubica a Lula como favorito para las próximas elecciones presidenciales. En una entrevista emitida por un canal brasileño, Butler lo etiquet​ó​ como “conservadurismo sexual contemporáneo”. Pero garantizó​ que el mundo al que los grupos moralistas se oponen ya es demasiado poderoso como para ser destruido.

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Por eso el gigante de hormigón que alberga al SESC está sitiado, esta mañana, por dos grupos de manifestantes. De un lado, los que llegaron al amanecer con parlante, micrófono y la intención de armar una radio abierta “para defender el debate público y la libertad de expresión” que hoy permiten estas dos instituciones: Butler y el SESC. Entre las 500 personas que siguen la transmisión hay docentes, estudiantes, feministas, negrxs, LGBTQI e indígenas. Coalas, Pompeia Sem Medo, Democracia Corintiana y Além da Sombra son algunos colectivos presentes. El segundo grupo suma a cien personas, miembros de Direita São Paulo, Tradição, Família e Propriedade; también hay referentes de movimientos pro monarquía. Repudian la visita de la autora que reinterpreta, entre otras cosas, las variaciones de la sexualidad. Exhiben biblias, crucifijos y rosarios mientras se declaran en contra de la teoría de género que, suponen, defiende Butler. Levantan un cartel que pide “Bocinazo contra la enseñanza de la ideología homosexual en las escuelas”; otro, “Menos ONU, Más familia”. Son los que la mandan a la hoguera.

 

Sexo al pie de la cruz

 

Un mes antes de la quema del muñeco con la cara de Butler fue el turno de la agenda del centro cultural Palácio das Artes de Belo Horizonte. Un grupo de mayoría evangelista exigió el cierre de la muestra Faça Você Mesmo sua Capela Sistina (Haga usted mismo su Capilla Sixtina), del iconoclasta Pedro Moraleida (1977-1999). Se trataba de más de 130 obras que abordan con irreverencia temas como el poder, la sexualidad y la religión. Según un concejal que salió a los gritos del Palácio, se trataba de puras “escenas de sexo explícito al pie de la cruz”.

 

Esa misma noche, muy cerca de ahí, en la Fundación Nacional de las Artes, un grupo de católicos trató de bloquear el estreno de O Evangelho segundo Jesus, Rainha dos Céus (El evangelio según Jesús, Reina del Cielo), obra de teatro protagonizada por Renata Carvalho, una actriz trans. La semana anterior, esa misma pieza dirigida por la argentina Natalia Mallo, había sido cancelada minutos antes de su estreno en Jundiaí (São Paulo) por decisión de un juez que respondía a un pedido de Tradição, Família e Propriedade.

 

La embestida más impactante fue la que se hizo contra la performance La Bête, del coreógrafo Wagner Schwartz, exhibida en el Museo de Arte Moderno de São Paulo (MAM). Schwartz reinterpretaba una escultura de la serie Jogos, de Lygia Clark, y permitía que el público pudiera tantear su cuerpo desnudo. La polémica explotó cuando en las redes sociales circuló la imagen de una nena que, acompañada de su madre, tocó el pie del artista. El grupo de ultraderecha Movimento Brasil Livre (MBL) viralizó un mensaje: La Bête hace apología de la pedofilia. Realizó un escrache al grito: “Con nuestros niños, ¡no!”, “¡Nuestra bandera jamás será roja! (que juntos suenan al “¡Comunistas come-niños!” del siglo XX)”. Después de eso, el museo levantó una actividad sobre la visibilidad lésbica que ya estaba programada.

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En septiembre, el Santander Cultural de Porto Alegre canceló la exposición Queermuseu – Cartografias da diferença na arte brasileira (Queermuseo – Cartografías de la diferencia en el arte brasileña) también por presión del MBL y de sus clientes más dinosaurios. Los 270 trabajos de 85 artistas consagrados -como Adriana Varejão, Lygia Clark, Portinari y Volpi-, se bajaron “por faltarles el respeto a símbolos, creencias y personas”.

 

Antes de fin de año, luego de analizar las denuncias, el Ministerio Público Fiscal determinó que la performance mencionada no hacía apología a ningún delito​. Ese organismo comparó la cancelación de estas puestas con la destrucción de obras de arte durante el régimen nazi.

 

Liberar para prohibir

 

No es difícil identificar a qué alianza responden los actores detrás de estos casos de censura a cierto arte político​. Por una parte, están los fundamentalistas religiosos que hoy dominan desde los Concejos Deliberantes municipales, como es el caso de Belo Horizonte, hasta el Congreso Nacional. Por otra parte, las agrupaciones políticas conservadoras que se fortalecieron a partir del golpe de Estado que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff en el 2016, entre las cuales se destaca el ascendiente Movimento Brasil Livre.

 

¿Qué es el Movimiento Brasil Livre (MBL), por qué tiene tanto poder? Financiado por la organización liberal estadounidense Atlas Economic Research Foundation, o Red Atlas, es una de las fuerzas locales que vienen concretando el giro a la derecha en la política latinoamericana. Según una investigación del periodista Lee Fang publicada en The Intercept en agosto pasado, la nueva red de think tanks liberales de Brasil trabaja en equipo para combatir las ideas de izquierda en los medios, las facultades, la calle, los teatros y las galerías. Tienen el apoyo de la clase media alta, que teme que la meritocracia sostenida sobre sus propios privilegios sea desplazada por las políticas de inclusión social. Lo mismo pasa en la Argentina con organizaciones como la Fundación Pensar, responsable de elaborar campañas y estrategias para el PRO.

 

Cuando surge en el 2014, las banderas principales que usa el MBL para ganar popularidad son la lucha contra la corrupción y la renovación política. Aliado a los sectores más conservadores de los poderes Judicial y Legislativo y con el apoyo de los grandes conglomerados de la prensa y el poder financiero, logra calar en la población con el discurso del odio y de la inseguridad. Por entonces Brasil vive un momento de profunda inestabilidad bajo los efectos de la crisis económica y política. El blanco del MBL y de sus aliados es el Partido de los Trabajadores, mejor dicho el sillón presidencial de Dilma Rousseff (que, irónicamente, nunca ha sido​ acusada de delitos de corrupción).

 

El 31 de agosto del 2016, la presidenta es obligada a entregar su puesto a un aliado del MBL, el vicepresidente Michel Temer. Ese año, las elecciones municipales terminan con una derrota en casi todas las provincias para el numeroso Partido de los Trabajadores y una gran victoria para el entonces pequeño MBL. Hoy, el movimiento afirma que está presente en 170 ciudades de Brasil.

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Cumplido su objetivo, al MBL ya no le interesa seguir levantando la bandera anticorrupción. De hecho, es tan insostenible como la del apartidismo o de la renovación. Algunos de sus principales vínculos en la política han sido condenados en la operación de la Policía Federal conocida como “Lava-Jato”, que investiga el esquema de corrupción más grande de la historia de Brasil. Además, es necesario mantener a Temer en la presidencia aun bajo dos denuncias de corrupción activa y una aprobación popular de apenas el 6%, para preparar el país para un gobierno neoliberal a partir de la elección presidencial de octubre de 2018.

 

Sin embargo, a la hora de elegir un proyecto económico para el país, la opinión popular sigue, como en los últimos 15 años, remando contra la corriente neoliberal. Según encuestas hechas por el Instituto Datafolha en diciembre de 2017, el ex presidente Lula lidera la carrera presidencial de 2018 en larga ventaja, con 34 a 37% de las intenciones de voto. Por el momento, la única forma de impedir su victoria pareciera ser inhabilitarlo como candidato.

 

Para las fuerzas de la izquierda que defienden su candidatura, esto es lo que los actores que articularon la caída de Dilma ahora trabajan para concretar. El 24 de enero, Lula enfrentará la segunda instancia de un juicio tramitado en tiempo record e insuflado por la militancia de derecha y las corpos mediáticas. El expresidente es acusado de haber recibido de la constructora OAS reformas en un departamento en la costa de São Paulo a cambio de favores políticos. A través de las redes sociales, el MBL convoca sus seguidores a participar ese día del “CarnaLula”, en alusión a una fiesta de carnaval, para celebrar el encarcelamiento del “más grande criminal de la Historia” y “el inicio de la liberación de Brasil”.

 

Mientras tanto, en el centro de la agenda del gobierno de facto y del eventual candidato liberal que el MBL deberá apoyar en 2018, están proyectos absolutamente impopulares, como la reforma laboral, en vigor desde noviembre de 2017, la reforma jubilatoria, que podrá ser aprobada en febrero, y los ajustes fiscales, también en curso. Es ahí donde entra la relevancia de la cruzada moral del MBL, de políticos conservadores y de fundamentalistas religiosos. El ataque a las obras e instituciones de arte es parte de una ofensiva sistemática contra las minorías cuyos derechos fueron defendidos, de forma más limitada, por las políticas públicas del gobierno anterior y de forma amplia por los movimientos sociales.

 

Culpabilizar de manera taxativa a una o algunas minorías es, como siempre ha sido, una salida fácil para justificar un estado de crisis y generar confianza alrededor de un proyecto de gobierno. Arriesgando lo poco que le sobra de coherencia, el MBL parece querer fusionar las pautas socioeconómicas de los partidos neoliberales y de la aristocracia financiera con las normas moralizantes de una derecha ultraconservadora. En el parlamento, esa derecha está representada por los frentes agropecuario, evangélico y de seguridad pública: estos gigantes son los responsables de que este Congreso se haya vuelto el más conservador que tuvo Brasil desde la vuelta de la democracia, en 1985. Al aliarse a su pensamiento y a sus pautas, ya sea por convicción o interés, el MBL contradice los valores liberales que lo fundamentan y que lo financian. Al menos tres de los think tanks liberales de Brasil -Milenium, Palavra Aberta y Ludwig Von Mises Brasil-, manifestaron repudio a sus ataques moralistas.

 

 

A mirar gente desnuda

 

La visceralidad del discurso contra lo políticamente correcto se ha demostrado capaz de producir una suerte de efecto de sinceridad, una grieta en la superficie de imágenes ilusorias y discursos disimulados que caracteriza la política institucional. En Brasil, el discurso sirve a una clase media que siente que le fue quitado su derecho a ser violenta y a sostener privilegios. Pero también es capaz de influenciar a las clases bajas, a quien los derechos de ciertas minorías podrían representar una amenaza a sus propias y ya precarias condiciones de vida.

 

Una encuesta de Ibope de septiembre pasado muestra cierta tendencia de los brasileños en simpatizar con el discurso prejuicioso que la ultraderecha viene promoviendo. Según los resultados, los prejuicios más frecuentes son: el machismo (99% ya escucharon o hicieron comentarios machistas), el racismo (97%), la LGBTfobia (97%) y la gordofobia (92%). Otros datos recientes muestran que un joven negro es asesinado cada 23 minutos en Brasil. Una mujer, cada dos horas. Una persona LGBT, cada 25 horas. En trece años, 891 indígenas fueron muertos en Brasil. En los primeros 10 meses de 2017, 17 quilombolas (comunidades rurales de descendientes de africanos esclavizados) fueron asesinados.

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Ese nuevo relato de odio, basado en la vieja moral y las viejas buenas costumbres, busca ser un pararrayos de los miedos de la sociedad. Con la excusa de proteger a los niños, tramita hoy en las instancias municipales y federal el proyecto de ley “Escola sem partido” (“Escuela sin partido”), que quiere “prevenir la práctica de indoctrinación política e ideológica en las escuelas”, según el texto del proyecto. Por el supuesto bien de la infancia se censuran obras de arte que tratan la diversidad sexual sin doble moral o avanzan en el poder Legislativo proyectos como la emenda constitucional 181 (PEC 181), que quiere prohibir el aborto en Brasil en todos los casos (incluso los que son permitidos por la ley actual). A la población gay, a su vez, se la “protege” con una decisión judicial que permite que los psicólogos ofrezcan pseudoterapias de reversión sexual.

 

En la región, este discurso no tiene nada de nuevo. Cuando en 1492 llegaron a nuestras costas los primeros emprendedores y evangelizadores se enfrentaron un intrincado rompecabezas. América era descrita por ellos mismos como un Edén, donde los buenos salvajes caminaban desnudos, sin religión, sin cultura, sin organización política. Cómo justificar la perturbación europea de ese estado de inocencia, cuestiona Carlos Jáuregui en Canibalia (2005). La respuesta era encontrar los malos entre los buenos y aniquilarlos por el bien de los últimos.

 

Los malos eran los caníbales, y estaban por todas partes. Eran salvajes que amenazaban la vida de inocentes, como ese performer del Museo de Arte Moderno de São Paulo. Eran mujeres que se ofrecían sexualmente y a la vez castraban (¿algo parecido a la idea de una “feminazi”?). Eran monstruos que, como los homosexuales y su supuesto plan de instaurar una “dictadura gay” en el país, querían tragar la identidad de los cristianos. Eran la figuración de un apetito ilegítimo que limitaba el apetito colonial, como negrxs reclamando acceso a la universidad. Eran los que no estaban de acuerdo con la toma de sus tierras, como los amerindios que hoy siguen resistiendo. Eran, en fin, en las palabras de Jáuregui, “fantasías paranoicas, en el sentido que les da Melanie Klein, como proyección en el Otro de impulsos de la mismidad”.

 

La retórica de la colonialidad se instala una y otra vez en nuestra región reproduciendo su falso discurso estimulador del odio y de la polarización. Su deconstrucción depende, por eso, de la persistencia en la diversidad, de reconocer identidades impuestas, desnudarse y luego mirar.

 

 


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