En la UMET se hizo el primer Congreso Latinoamericano de Primera Infancia. Con las tecnologías modernas surgen nuevas preguntas: ¿Qué quiere saber un niño? ¿Qué se le dice sobre su llegada al mundo gracias a la medicina reproductiva? La licenciada en Comunicación María Mansilla y la periodista Eleonora Biaiñ hicieron un documento sobre lo charlado durante las tres jornadas.



Los tópicos estrella de la agenda del Primer Congreso Iberoamericano de Primera Infancia que se realizó en Buenos Aires, convocado por la SAPI (Sociedad Argentina de Primera Infancia), estuvieron vinculados con perspectivas y otros recursos para contener las desazones, inquietudes, angustias y esperanzas que generan las técnicas de reproducción asistida, las migraciones forzadas, el autocuidado profesional, la reivindicación de los pueblos originarios en Latinoamérica.  Se expusieron concepciones novedosas vinculadas con las nuevas realidades sociales y su impacto en los años iniciáticos de la vida. Se abordaron temas estructurales relacionados con nutrición, crianza, educación inicial, autismo, lenguaje, desarrollo y políticas sanitarias.

 

“Nuestra tarea es pensar cómo alojamos lo nuevo y de qué manera estos cambios atraviesan la mente infantil”, resumió la psicóloga Graciela Woloski, expositora en el Congreso. Así, la coyuntura prepotea a los especialistas a poner en crisis las certezas y generar nuevas categorías de análisis ante esta realidad tan caleidoscópica como el mural de Milo Lockett pintado en el patio trasero de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo, donde se hizo el encuentro. ¿Cómo abordar una realidad mestiza, relativa, potenciada por su densidad? “No desconocemos la pobreza –señaló durante su ponencia la antropóloga Carolina Remorini-. Decimos que, a veces, hacer foco en los aspectos negativos no deja ver un montón de factores que son protectores y positivos al desarrollo de los niños.”

 

Muchos agentes de salud son sensibles a la necesidad de un cambio, Y declaman como gesto necesario pausar la inercia cotidiana porque “Es urgente esperar, parar, pensar” para diseñar intersecciones y compartir recursos que fortalezcan las estrategias de atención y que adiestren esa movilización personal que genera transformar la vocación en servicio. Tienen una revolución común: saben que otro sistema de salud es posible. Menos encerrado en sus consultorios y en sus teorías. Menos clasista, más politizado, más territorial, menos dogmático y vertical. Capaz de ofrecer sesiones de reiki y consultas con un especialista en hierbas medicinales en una salita de atención primaria en Villa Soldati (Buenos Aires). Capaz de tomar en serio el relato de las aborígenes del interior de la Argentina que explican que sus bebés “tienen susto”. Y de realizar atenciones clandestinas en Francia con chicos sirios refugiados, a contramano de la letra los programas de salud pública de ese país europeo. Otro sistema de salud es posible, como el que incorpora mascotas para ayudar a los hijos de la clase media a hablar de violencias (mascotas hipoalergénicas incluidas), como el que pone a papá y mamá a cantar a viva voce para mejorar el vínculo con su bebé. Y como el que no sobreanaliza sino que escucha a esa nena de 5 años concebida por fertilización asistida que le cierra la puerta a los fantasmas a la hora de pensar en su origen.

 

Anfibia se coló entre los eruditos -y activistas- del ambiente psi, pediátrico y educativo, y construyó esta memoria de los puntos clave de un Congreso necesario.

 

 

Los primeros 2 mil días

 

Poner el foco en los primeros años de la vida de una persona es una tendencia que se inscribe en el marco del llamado Derecho al Cuidado. Invita a repensar los modelos de crianza, a diseñar estrategias para incidir en las políticas públicas (que todavía no están a la altura del nuevo rol de la mujeres en la sociedad y deberían extender, por ejemplo, su red de escuelas de nivel inicial públicas), a pensar en el impacto que las violencias tienen en los más chicos (en su presente y en su futuro). Y a decodificar las necesidades particulares de los reyes de la casa tanto como las de los bebés que tienen que abdicar de serlo porque el contexto socioeconómico en el que viven no les permite semejante privilegio.

 

La inquietud es interdisciplinaria y empieza a encontrar “intersecciones”, como le dicen en la jerga sanitarista a esto de tejer redes para acortar la brecha que existe desde desde distintas áreas asistenciales. También le llaman “psicología dialoguista” a este impulso de unir saberes, construir “un back up para la crianza”, como dice Marcela Armus, psiquiatra infanto juvenil, asesora de UNICEF, expositora en la mesa “¿Sufren los bebés? Elogio a la prevención”. Pensar en estos temas es una manera de garantizar la calidad de los cuidados, de profundizar en los enunciados sobre los derechos de los niños, niñas y adolescentes en una época de ampliación y actualización de los derechos humanos.

 

Armus cita al pediatra Florencio Escardó: “Todo lo que un niño necesita para crecer es amor y proteína”. Nada más. Nada menos. “Lo que esa frase tan sencilla y compleja resguarda es que un pibe se hace resiliente si tiene la posibilidad de crecer con las garantías básicas de comer bien y estar alojado en un vínculo”, explica. Su ausencia, la falta de estos cuidados apropiados, “genera huellas psicológicas profundas que marcan para siempre a la persona adulta”, agregó el psiquiatra Martín Maldonado en su conferencia “Los efectos de la disociación en la etapa perinatal”. Maldonado hizo una comparación inquietante: “se considera una forma de maltrato con efectos más negativos que la violencia física y el abuso sexual”.

 

“Hoy el tema se aborda de manera dispersa desde organismos del Estado como son las áreas de salud, derechos humanos, educación, trabajo, desarrollo social. Hablar de políticas de cuidado supone un enfoque más inclusivo. Acciones como éstas generan evidencia para que quienes tomen decisiones lo hagan de manera informada”, explica Raúl Mercer, pediatra, miembro de FOPRIN (Foro para la Primera Infancia).

 

Los especialistas se preguntan cómo contener la realidad y también cómo estas nuevas realidades los interpelan a ellos. Volviendo a la resiliencia, también se reconocen como una generación de profesionales recuperados. “Desde la salud pública pensamos también la resiliencia en términos sociales”, señaló Mercer, que intervino en el plenario “Agenda de las Políticas Públicas: S.O.S. Primera Infancia”. Y explicitó su confianza en nuestra sociedad, la reconoce capaz de haber generado recursos, lazos, para afrontar las presiones políticas y económicas de los tiempos del neoliberalismo, y la violencia que generaron sus códigos.

 

 

El psicólogo y el chamán

 

El prefijo “etno” viene del griego, en nuestro idioma significa “pueblo”. Es la contraseña de mucha gente de las ciencias sociales y médicas para reconocerse como parte de la misma tribu profesional. Comparten la ideología, la misma que algunos académicos se animaron a bautizar “la perspectiva de la sensibilidad”. Ingredientes básicos: abrirse a la lectura que las personas tienen sobre su vida cotidiana, pensar donde los pies pisan; respetar e incorporar sus creencias, sus saberes como materia prima para la curación. Sentar en la misma mesa al psicólogo con el chamán.

 

Esta forma de darle sentido a una intervención social dibuja una rotonda en los intercambios de saberes: tiene en cuenta las costumbres, la sabiduría popular, la lengua y la cosmovisión de las personas y comunidades a las que intenta contener. La receta, dicen, es ser flexibles, dejar de lado (a veces) las teorías, animarse a transgredir la letra fría de las políticas públicas. Para salvar vidas. Para reducir daños.

 

 

Marcela Corín es pediatra. Está al frente del Centro de Atención Primaria CeSAC24 ubicado en Barrio Ramón Carrillo, Villa Soldati, Buenos Aires. El barrio fue creado en 1992 para recibir a los desplazados del viejo Albergue Warnes; hoy es habitado por 25 mil personas, más de la mitad llegadas del noroeste argentino y de Bolivia. La mayoría trabaja en el cartoneo. En su charla “Semana de Las Crianzas en Villa Soldati: una experiencia creativa desde un centro de salud y acción comunitaria”, cuenta que en esa posta pasan cosas extraordinarias. Se ponen vacunas, se toma la presión arterial, se realizan Papanicolaus. Pero también se hacen “apachetas” (ofrendas a la Pachamama), hay una juegoteca que incluye arte chamánico, hay un médico especializado en hierbas naturales del norte argentino y un maestro reikista.

 

“El modelo de trabajo que tenemos es rizomático”, señala Corín para presentar esta filosofía que consiste en una circulación del conocimiento que no sabe de jerarquías.

 

En el CeSAC24 encuentran salidas de emergencia para darle contenido propio a los programas de atención primaria de la salud. Hacen alianzas con todos: con el comedor, la capilla, la escuela, también con la universidad; tejen redes comunitarias. Enganchan a la gente del barrio; logran participación. Se resignan a la alta rotación de voluntarios: bienvenidos los equipos heterogéneos. Se automedican con una vitamina de venta libre: la creatividad colectiva “como una forma de entender y transformar el sufrimiento en algo que pueda potenciar los procesos y, a la vez, ser compartido con otros”. A la par, fortalecen las herramientas de planificación y sistematización de estrategias para garantizar el derecho a la salud. Incluso es la primera vez que un centro de estas características cuenta con un Comité de Bioética Intercultural.

 

No paran. Aprenden de todo lo que pasa. Por estos días pintan un mural. “El Mural de Somellera es un juego de la interculturalidad. No se termina nunca, se realiza desde hace 3 años. Es el símbolo de que nada está terminado y que la vida fluye.”

 

Carolina Remorini es antropóloga. Su oficina es la zona rural pegada a Molinos, provincia de Salta (Argentina). La muestra en diapositivas, durante su charla ”La infancia en singular y el desarrollo normal. Aportes desde la etnografía”. El territorio es pura calle de tierra, paredes de adobe, techos de paja, un hospital. Las personas que allí viven dejaron de creerse criollas y hoy se reconocen como pueblos originarios. 

 

Remorini y equipo aplauden los buenos resultados de las acciones sanitarias para reducir la “morbimortalidad” (enfermedades y muertes por causas específicas relacionadas a esa comunidad). Pero ponen en crisis los patrones universales que el sistema de salud, educación y cultura utilizan para tocar la vida de esta gente. Y le faltan el respeto a la jerga que ancla con parámetros como “déficit”, “riesgo”, “ambiente insalubre”; los consideran términos cargados de juicios de valor que justifican intervenciones, estructuran estilos de vida, deciden qué es lo normal.

 

La antropóloga desarma varios prejuicios: 1) afirma que en las comunidades sí tienen flexibilidad para complementar sus terapias ancestrales (que entienden que curan el problema) con la medicina “blanca” (que trata los síntomas). 2) Incluso en la pobreza madres y comadres despliegan recursos positivos y contenedores relacionados con la crianza. 3) Las estadísticas dicen que ser madre soltera es un factor de riesgo para el desarrollo de “las wawas”; sin embargo, “en estas comunidades es frecuente que los padres estén ausentes temporaria o permanentemente. No siempre hay un compromiso formal de cónyuges estables, y no lo viven como un problema”, comprobó.

 

 

El fin de la geografía

 

La ola de refugiados de Africa, Medio Oriente y Asia que hoy sacude a la Comunidad Europea se compara con la diáspora de la Segunda Guerra Mundial, hasta ahora la peor crisis migratoria de la historia. Sin embargo, los estudios demográficos sobre el impacto de esos desplazamientos forzados en los niños que son víctimas de los traslados recién empieza a ser estudiado, sistematizado. Una de las enseñanzas que dejó aquella crisis fue el “etnopsicoanálisis”, arteria del sistema psi surgida durante la posguerra, allá por 1945. Fue creada por los judíos que se instalaron en Estados Unidos escapando del nazismo. Se trata de una perspectiva que considera el impacto de los cambios políticos y sociales en las subjetividades, y que abre el juego a disciplinas como antropología, historia, lingüística, pediatría, psiquiatría, porque la idea es entender a fondo los procesos colectivos y sus traumas.

 

“Nos olvidamos las conclusiones. Olvidamos lo que nos enseñó la historia”, señala con dulzura de tía la francesa Marie Rose Moro, psiquiatra infanto juvenil que trabaja en hospitales de su país. Participa en este Congreso de Primera Infancia junto con su coterránea Miri Keren, también psiquiatra infanto-juvenil, también referente global en la atención intercultural, es decir a migrantes y víctimas de conflictos armados. Keren está radicada en Israel.


“Nuestra clínica es transgresora porque actuamos pensando en hacerles bien a los niños, aunque muchas veces nos salgamos del protocolo”, dice Moro quien, además, lleva la camiseta de Médicos Sin Fronteras y con esa ONG desarrolló programas en más de 20 países, de Pakistán a Perú, de Guatemala a China. A través de su ejemplo, hace una invitación provocadora: “La política pública debería ayudar a que estos programas alcancen a más niños. Cuando el estatus administrativo no acompaña, hay que desobedecer. Si obedezco al Estado francés no hago mi trabajo, y yo he decidido hacer mi trabajo”. Muchos de sus acompañamientos están destinados hacia una parte de los protagonistas de las migraciones del siglo XXI: los 7 mil niños que llegan por año a Francia, de forma ilegal, solos, sin papeles. Moro y su troupe médica eligen hacen otra lectura de esa realidad, más abierta, menos estigmatizada. Eligen pensarlos como chicos activos, incluso aventureros, “pero que han atravesado tantas situaciones límites que cuando llegan muchos han perdido todo deseo de vivir”. En el primer encuentro ya les da un paliativo: antes que una sesión de terapia les prestan un teléfono para que hablen con sus amigos o parientes del país de origen (lo hacen en secreto: si el Estado francés descubre que tienen a alguien en su tierra, los deporta). Confían en que el cambio también puede ser potenciador para empezar una nueva vida.

 

Su colega Miri Keren habla de un programa que tiene la misma ideología: contener a los niños que por alguna razón -problemas de dinero o malas experiencias- se sienten expulsados de los servicios del sistema de salud. Si el chico no va al médico… el médico va al chico. No hay dudas. A ella le pasó de tener que visitar a una familia árabe. Uno de los nenes había sido asesinado, la madre necesitaba apoyo para manejarse con sus otros hijos. De lo único que dudó -cuenta Miri Keren- fue si aceptar o no una taza de café. El padre era sospechoso del crimen y fue él quien le abrió la puerta a ella, que no era una invitada cualquiera sino la que iba a evaluar el cuadro. ¿Y si acaso quisieran envenenarla?

 

Keren también compartió experiencias de su equipo profesional en Israel, del que participan también colegas palestinos. Continuó hablando de autocuidado, y de cómo hacen para que la guerra se cuele lo menos posible en su consultorio y así atender mejor a las víctimas de la guerra. La fórmula: entre ellos no hablar de política pero tampoco olvidar el conflicto. “La idea es encontrar esas pequeñas cosas que te unen, no hablar sólo de trabajo”. Un escalón para alcanzar esa instancia fue compartir la pregunta ¿cómo llegaste hasta acá? En las respuestas apareció, por ejemplo, cómo cada uno vivía la espera en un checkpoint (puestos de control israelíes), los relatos sobre el trato de los soldados, el miedo de equivocarse de camino y ser registrados en territorio fronterizo… “Estas experiencias nos permiten ponernos en el lugar del otro, compartir sensaciones, tenernos más confianza y sentirnos menos expuestos.”

 

 

La familia horizontal       

 

Hay un salvavidas común para los chicos que son protagonistas de estas nuevas coyunturas: así hayan crecido en un país donde no nacieron, así hayan sido gestados en tubo de ensayo o hayan sido paridos en una cínica de salud mental, junto a sus mamás víctimas de trastornos psiquiátricos severos. Lo que les queda es mucho, y es la posibilidad de alojarse en nuevos vínculos y poder editar el relato de su propia historia.

 

El etnopsicoanálisis rompe los límites de los marcos teóricos legitimados, piensa más allá de la herencia de la sangre. “La familia tipo que teníamos los primeros cien años del psicoanálisis viene cambiando. Faltan nombres para designar las nuevas relaciones”, reconoció Graciela Woloski, analista y supervisora del trabajo de sus pares. Por eso empiezan a incluir a sus estrategias terapéuticas la luz que aportan otras relaciones establecidas en términos más horizontales, las que resultan del enredo espontáneo que, al cortar el cordón umbilical con el reparo maternal, se pueden encontrar en la afiliación al grupo de amigos, al barrio, a una religión, a un hogar, al club. Confían en la contención que dan las pertenencias, es donde los chicos se fabrican, se ubican. Frente a situaciones de vida difíciles, las nuevas afiliaciones les permiten reorganizar su mundo.

 

El otro tubo de oxígeno es la manera en la que cada uno pueda relatarse su historia, una historia que tenga sentido, que sea valiosa, positiva, nutritiva. Que edite o resignifique el prejuicio de que ser distinto es algo malo; que si su mamá biológica no pudo criarlo no quiere decir que no valga como persona. El desafío no sólo es para esos chicos y su entorno sino que es una responsabilidad social. Porque en el tono de la mirada -persecutiva o integradora- está el resto; “la perspectiva de la ternura”, así llamaron los filósofos franceses, nunca hace daño.

 

La falta de oportunidades y de acceso a derechos condiciona los destinos. Pero también es cierto que la vida es una película con final abierto. Con ese criterio trabaja Bernard Golse, psiquiatra francés. Lleva adelante un desafío: charlar con adolescentes sobre… bebés. “Muchos de ellos nunca vieron a sus padres ejercer la paternidad con bebés en sus casas, no tienen el modelo”, dice Glose durante su participación en la apertura del Congreso de Primera Infancia. Lo que más sorprende a los jóvenes es descubrir que desde que nacemos somos hipersensibles a todo lo que pasa alrededor. Y que ser respetados durante esa etapa ayuda a prevenir distintas formas de violencias en el futuro. “Les preguntamos si cuando gateaban fueron buenos o malos -retoma Golse-. De 35 participantes, 30 creían haber sido molestos y agresivos.” De esta manera se trabajan sus huellas y recuerdos, se preparan para recibir a sus propios hijos en un futuro, y ayuda a cambiar la mirada sobre la primera infancia.

 

El Lado A del mundo globalizado, cosmopolita, que elogia la diferencia, también permite pensar la afiliación de una manera más mestizada, como un caleidoscopio.

 

Otra realidad que los analistas comienzan a ver en sus consultorios son los hijos de la fertilización asistida que ya tienen 6, 7 años y empiezan a poner en palabras su concepción. “Las madres quieren tener chicos y compran sopa para quedar embarazadas”, dijo una nena, en sesión, mientras dibujaba una fila de mujeres esperando pasar por la caja de un supermercado. Esa nena había nacido por fertilización asistida, su mamá era soltera; ella todavía no lo sabía. “Antes de estar en la panza de mi mamá estuve en un hornito”, expresó otra, al presentarse ante su pediatra. Los ejemplos los presentó Woloski en el marco de su charla “Infancias hoy y diversidad cultural. Diversas versiones en la constitución subjetiva y la intersubjetividad.”

 

Entre tanta información nueva, ¿qué quiere saber un niño? ¿Qué se le dice sobre su llegada al mundo gracias a la medicina reproductiva? ¿Cómo se contiene a los padres, qué apoyo necesitan ellos? “El chico no quiere saber sobre lo físico, su pregunta es metafísica -avisó Woloski-. El motor del conocimiento es esa pregunta infinita que se recrea a sí misma y nunca se agota, y que junto a su vida imaginativa es una forma de darse respuestas.” En este diálogo tan íntimo -y seguro, espontáneo-, a los adultos les toca improvisar argumentos, puntos de vista que desatarán en la mente infantil más interrogantes que certezas. Y está perfecto que así sea, es el modo en el que las generaciones se van pasando la posta y reinterpretan los destinos que les tocan. “Algo muy interesante se que los chicos nos traen que se vinculan mejor con lo nuevo que los adultos -afirmó la psicóloga-. No manifiestan horror a lo extraño.”

 

 

Frente a este tema y a los demás enunciados a lo largo del artículo, hay otra contraseña para reconocerse como agentes de ese otro sistema de salud posible y probable. Es poder pensar con el sombrero de esta época. Superar “la lógica binaria de la modernidad” (que dice que algo es verdadero/falso, hombre/mujer, bueno/malo, igual/diferente) para pensar en términos de “la lógica de la diversidad, propia de lo contemporáneo”. Desde esta última perspectiva la realidad se ve -y acepta- potente, inmensa, compleja. Y es así como los más chicos ya se paran frente al mundo.

 


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