Pocos lo decían pero en los días previos a este último Ni Una Menos la pregunta se repetía: ¿Este año seremos más? ¿Seremos menos? Cientos de miles de personas marcharon en todo el país. El balance se teje entre la satisfacción y la desesperación. Lucila Schonfeld analiza lo logrado y todo lo que resta por conseguir. ¿Qué queremos para el 3 de junio de 2017?



Fotos: Federico Cosso

 

Mientras escribo estas líneas una mujer es golpeada, violada o asesinada. O podrían ser varias mujeres: una asesinada, otra golpeada o quemada, y otra violada.

¿Cómo serán los 364 días que transcurren entre el último 3 de junio y el próximo? ¿Cuántas horas faltan para que primero las redes sociales y luego los titulares de diarios y noticieros televisivos den la peor noticia? ¿Cuál será el nombre de la próxima víctima? ¿Volveré a sentir náuseas o solo me dejará atontada la consternación?

 

Somos multitudes asqueadas, unidas ante el espanto, contra los femicidios.

Hay miles de razones para celebrar y al mismo tiempo el dolor no cede. La furia y la resistencia llenan la calle; se manifestan contra la violencia hacia las mujeres y sin embargo la violencia persiste.

El 3 de junio ya es de #NiUnaMenos.

#NiUnaMenos no es de nadie, es de todas y todos.

 

En unas cien ciudades del país el último viernes se multiplicaron marchas en rechazo a la violencia de género y contra el machismo en sus diversas manifestaciones.

¿Qué quieren esas mujeres? ¿Qué gritan esas adolescentes? ¿Qué buscan esas parejas maduras? ¿Qué reclaman esos hombres y esas mujeres que llevan el dolor inscripto para siempre en sus rostros?

 

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Quieren igualdad. Gritan “Basta de patriarcado”. Buscan a su hija. Reclaman justicia.

¿Cuánta gente está harta de contar mujeres asesinadas día a día? ¿Somos más que el año pasado? ¿Seremos menos que el año próximo?

 

Es un hecho, la fecha está instalada. Es un logro enorme, que explotó en 2015 de la mano de un potente colectivo de mujeres, amplio, transversal y diverso. Ese estallido fue también posible, sin duda, porque hace décadas se trabaja para desarmar las rígidas estructuras en las que se apoya la desigualdad de género. En un balance publicado aquí, la antropóloga Laura Masson, especialista en género de UNSAM, analiza el camino recorrido por los Encuentros Nacionales de Mujeres, los organismos gubernamentales para la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, la militancia feminista y los grupos de concientización, que también funcionan en las universidades. Agregaría, entre otros, la militancia barrial de mujeres que tejen redes de apoyo y se organizan para proveerse entre pares de aquello que pese a las promesas de la clase política –en campaña o en ejercicio de gobierno– no llega o demora demasiado en llegar.

 

Cientos de miles de mujeres se sintieron interpeladas en la primera convocatoria y se reconocieron en ese grito visceral.

Dejen de matarnos.

Nadie decide sobre mi cuerpo.

No tengo dueño.

Tengo derecho a vestirme como se me dé la gana.

Mi trabajo vale tanto como el de un hombre.

No estoy obligada a ser madre.

 

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El #NiUnaMenos no distingue clases sociales ni edad. Los carteles, más caseros algunos, más elaborados otros, reprodujeron decenas de consignas como estas, más o menos imaginativas, más o menos irreverentes, todas orientadas en un mismo sentido. Vivas nos queremos. Vivas y con derechos. Vivas y libres. Vivas e independientes. Vivas y amadas. Vivas y respetadas. Vivas.

Miles de varones también se identificaron con el reclamo. No es un tema exclusivo de las mujeres. Nos envuelve a todas y a todos.

 

 

¿Cómo?

 

Una vez aquí, es necesario preguntarse: ¿cómo hacer de una sociedad machista una de iguales? ¿Cómo desarmar los estereotipos de género?, ¿cómo mitigar y revertir sus consecuencias?, ¿cómo patear la estantería?, ¿cómo incomodar día a día para que los cambios sean reales? ¿Cómo incorporar la perspectiva de género en el inconsciente colectivo?

 

Nos plantamos como sociedad, ya no nos callamos. Cuestionamos las manifestaciones de micromachismo en las publicidades, en los titulares de los diarios, en la conversación cotidiana, en nuestras familias, grupos de amigos, en las escuelas o lugares de trabajo. ¿Cuántos y cuántas que aún no se plantearon estas desiguladades nos escuchan?

Hay un largo camino por delante, y las urgencias son muchas.

 

Sabemos que el cambio cultural lleva tiempo, pero las víctimas no pueden esperar. Mientras somos quienes generamos el cambio cultural, debemos construir sistemas de resistencia y atención para quienes ya sufren la violencia de género y quienes están por padecerla en carne propia. Y también exigir a las distintas instancias del Estado políticas públicas para desarmar la cadena de violencia de la que el femicidio es el último eslabón.

 

Entre la satisfacción y la desesperación se teje el balance. El péndulo oscila entre dos puntos de vista, inevitablemente complementarios. Cada uno de ellos dice algo relevante sobre la actualidad y sobre el futuro. Hay mucho para celebrar y al mismo tiempo puede ganar la desazón.

Esos puntos de vista, ¿son contradictorios? No. ¿Opuestos? Tampoco. ¿Inquietantes? Sí.

Porque nos inquieta haber generado un fenómeno de rebeldía excepcional que solo tendrá sentido si honramos esa lucha al reconocer y reclamar por todo lo que aún no hemos conseguido: cambiar la realidad de la violencia y la desigualdad de género, que si bien atraviesa todas las clases sociales, acentúa las fragilidades entre las más golpeadas y desprotegidas.

 

Celebrar es fundamental, nutre y fortalece. Pero quedarnos solo en el ánimo celebratorio puede resultar perjudicial.

 

 

Los 364 días que siguen

 

Pocos se atrevían a pronunciarla, pero la pregunta se olfateaba en los días previos a este último 3 de junio. ¿Seremos más este año? ¿Seremos menos?

 

Fuimos muchos cientos de miles en todo el país. ¿Qué queremos para el 3 de junio de 2017?

 

Yo no quiero solo otra “gran marcha”, otra “convocatoria exitosa”. Soy más ambiciosa. (No confundir con ansiosa.) Sé que los femicidios no van a desaparecer de la mano de una ley ni del reclamo de miles de personas. Sé que muchas mujeres serán asesinadas en los próximos doce meses por hombres que las conocían, que decían amarlas, que no soportaban su independencia, que se creyeron sus dueños. Sé que en el mismo momento en que escribo esto muchas mujeres miran temblorosas a un tipo que las amenaza con quemarlas o con lastimar a sus hijos, que otras intentan disimular las marcas de los golpes que recibieron ayer o esta mañana porque la comida estaba fría o porque la pollera era muy corta. Sé que mientras alguien lea estas líneas en los próximos días la infancia le será arrebatada a una niña, que será manoseada y tal vez violada por alguien de su entorno familiar, por un conocido del barrio o por un desconocido.

 

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Sé que todas intentarán defenderse. Sé que si tienen suerte, sobrevivirán. (¿Si tienen suerte?)

 

También, mientras esto sucede, muchas víctimas de violencia habrán decidido dejar de callar y buscar ayuda. Algunas, estimuladas por las repercusiones del viernes 3. (El año pasado, después de la marcha, la línea 144, que atiende a las víctimas de violencia de género, tuvo que abrir nuevos puestos laborales porque en 24 horas las llamadas pasaron de 1.500 a 13.700 por día. Otras se habrán animado a hablar sensibilizadas por las preguntas a las que se enfrentaron al ingresar a la encuesta online www.contalaviolenciamachista.com, que recibió 17.000 respuestas en todo el país durante los tres primeros días. Otras siguen esperando que la justicia las proteja de sus agresores, les dé respaldo y las ayude con recursos jurídicos y económicos para enfrentarlos.

Es posible, también en estas horas, que muchas mujeres elijan interrumpir un embarazo que no desearon o no pueden llevar a término. Deberán optar en la clandestinidad. Las más afortunadas, las que puedan pagar, en buenas condiciones de salubridad; las más desprotegidas, poniendo en riesgo tal vez su vida. Y alguna morirá, eso indican las estadísticas.

 

El segundo volantazo

 

Es la siguiente posta. Ya. Tenemos que dar un segundo volantazo que nos abra camino hacia una sociedad sin machismo ni patriarcado, que nos conduzca al camino de la igualdad de derechos, al de una sociedad que no mire para otro lado cuando una mujer está siendo agredida o denigrada, en público o en privado. Que nos conduzca al camino de la igualdad de oportunidades, al de un mundo en el que los hombres no son sean superiores ni se crean dueños de la vida de las mujeres.

 

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Es posible pensar un mundo en el que las mujeres no seamos consideradas mercancía (se puede ver un agudo relevamiento en la página de Economía Femini(s)ta en Facebook. Un mundo en el que ningún/ninguna trabajador/a de un sitio de noticias de un importante multimedio defienda notas que ranquean culos y lolas porque “tienen muchos clicks”, incluso cuando la decisión de los jefes sea “levantar” la nota. Un mundo en el que no seamos moneda de canje (el mismo viernes 3, ante el repudio en las redes sociales, una importante marca de cerveza local eliminó una publicidad que hablaba de “canjear a tu cuñada” por chapitas). Un mundo en el que nadie, ninguna mujer sea amenazada con la hoguera u otros métodos de persecución política que pertenecen a otras eras geológicas (como la intimidación anónima que sufrió la periodista Silvia Martínez Cassina desde un “ingenuo” recuadro en la edición impresa de Clarín:

 

 

 

Un mundo en el que nadie le diga a la madre o al padre de una niña asesinada por un femicida que no la supo cuidar. Un mundo donde ninguna mujer se sienta culpable por el largo de su falda o la profundidad de su escote. Un mundo en el que se cumpla a rajatabla la regla “a igual trabajo, igual salario” y no exista la brecha salarial entre hombres y mujeres. Un mundo en el que las escuelas no reproduzcan los modelos patriarcales (“cosas de nenes y cosas de nenas”). Un mundo en el que las mujeres, niñas, jóvenes, maduras, ancianas, no nos veamos obligadas a soportar sobre nuestras espaldas la carga del trabajo doméstico en condiciones desiguales.

 

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Es urgente, imprescindible, pensar en un mundo en el que nadie se pregunte si una mujer provocó a su violador, un mundo en el que el “no” de una mujer se entienda y respete, en el que las mujeres –y las parejas– puedan decidir libremente si desean un embarazo (porque recibieron educación sexual integral con perspectiva de género, porque el hospital público les garantizó acceso a métodos anticonceptivos o porque pueden interrumpirlo sin riesgos –con una ley que garantice el aborto legal, seguro y gratuito–), un mundo en el que nadie tenga miedo de recurrir a las fuerzas de seguridad ante un hecho de violencia de género (porque policías y demás servidores públicos fueron sensibilizados y capacitados con perspectiva de género).

 

 

El Estado es responsable

 

Para que #NiUnaMenos sea una realidad es urgente que el Estado intervenga y se comprometa en las diferentes instancias (municipal, provincial, nacional), que se desplieguen políticas públicas con perspectiva de género. Es urgente también contar con estadísticas oficiales y confiables para orientar esas políticas, que se incremente el presupuesto asignado y que se multipliquen las acciones concretas para prevención y protección integral y efectiva para las mujeres víctimas de violencia.

Es urgente que la justicia incorpore la perspectiva de género en todas sus instancias y capacite a todos y todas, de jueces y juezas para abajo, para que cuando una mujer consiga hacerse oír no sea revictimizada por la respuesta del laberinto judicial.

Es urgente garantizar el acceso de las víctimas a la justicia con patrocinio gratuito en ambos fueros, el civil y el penal.

Es urgente la reglamentación e implementación de todas las leyes aprobadas porque ninguna ley es suficiente por sí misma. Solo las acciones concretas le dan vida.

Es urgente la incorporación de los temas de violencia sexista en la currícula de las escuelas en todo el país.

Sabemos que las leyes por sí solas no resuelven nada de esto, pero sin esas leyes (algunas ya aprobadas, otros que esperan tratamiento –mientras las comisiones legislativas que deben trabajar en ellas no se reúnen – no hay #NiUnaMenos. La reglamentación de muchas de esas leyes está pendiente. Y muchas provincias no han adherido a la Ley 26.485 de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, sancionada en marzo de 2009 y promulgada el 1º de abril del mismo año.

También sabemos que las leyes deben ser respaldadas con políticas públicas continuas y con una asignación de presupuesto acorde a las necesidades y a la magnitud de los programas que deben implementarse.

 

La lista sigue. Se ha reproducido en redes sociales y medios de comunicación durante estos días, “la semana del #NiUnaMenos”. Alguien podría confundirse y pensar que el tema “se puso de moda”, que en enero se habla de las vacaciones y en mayo-junio de #NiUnaMenos. De ninguna manera es así. Que lo sepan los oportunistas. No es una ola a la que te podés subir o bajar, no hay lugar para el lavado de conciencias. Seguiremos reclamando todos los días. Hasta el cansancio, mientras sea necesario.

 

La urgencia es extrema. Porque mientras se da este proceso de visibilización, mientras cada día más víctimas de violencia de género se atreven a hablar, a denunciar, a reclamar protección y derechos, esa exposición tiene un doble filo: las puede fortalecer si logran respuestas positivas del Estado, la justicia y demás organismos intervinientes, y de su entorno familiar y social. O puede sumarles fragilidad si la sociedad y el Estado las siguen acusando de ser culpables de las situaciones por las que atraviesan.

 

 

La sociedad también (es responsable)

 

No hay una semana para #NiUnaMenos. Porque en la Argentina los femicidas matan casi todos los días. Cada 30 horas una mujer es asesinada. Y los violentos golpean a toda hora, sin tregua. ¿Quién puede dormir tranquilo sabiendo que todos los días muchos niños y niñas (de todas las edades imaginables) son testigos –y también víctimas– de violencia en sus hogares?¿Quién puede dormir tranquilo sabiendo que a diario una mujer es asesinada por el solo hecho de serlo?

 

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La sociedad también es responsable. Del cambio cultural, de la complicidad, de la culpabilización de las víctimas, de mirar para otro lado. No podemos medir con la misma vara las responsabilidades del Estado y las de la sociedad –ni hay ONG que pueda suplir el rol del Estado–, pero sí destacar la enorme potencia que tiene la sociedad para decidir cómo quiere ser. Sin una sociedad protagonista de su propia transformación no hay #NiUnaMenos. Sin una sociedad que exija a todos los poderes del Estado herramientas y compromiso para terminar con la violencia de género no hay #NiUnaMenos.

 

Entre los grupos organizados que marcharon el viernes 3 se destacaron diversas agrupaciones de jóvenes; muchos adolescentes, otros transitando la veintena. Centros de estudiantes, comisiones de género de colegios secundarios (algo completamente nuevo para quienes militamos en décadas pasadas), agrupaciones barriales, grupos feministas, colectivos artísticos…

Entre los jóvenes que salieron a la calle por #NiUnaMenos fue más pareja la composición varones-mujeres. Les resulta más evidente que el andamiaje que sostiene y reproduce la desigualdad de género nos atraviesa a todos. Les resulta más fácil a los varones jóvenes luchar a la par de sus amigas, hermanas, compañeras; y pensarse también como víctimas, encorsetados en estereotipos que los incomodan.

 

Sin duda, la movilización potenciará los cambios. Nos debemos –y les debemos a las víctimas, a las sobrevivientes y a sus familias– avances reales que potencien la movilización hacia una sociedad de iguales.

Nada ni nadie puede detenernos, nada ni nadie nos debe detener. El objetivo de derribar los estereotipos sexistas y alcanzar una sociedad con igualdad de género está por encima de todo. No hay lugar para el narcisismo ni tiempo para la necedad, no hay afán de protagonismo que pueda limar la fuerza de un movimiento que se desató para no calmarse. No hay dueños ni dueñas, como afirmó aquí la periodista Cecilia González. El dolor por todas y cada una de las víctimas, el dolor de sus familias y amigos, nos involucra a todos. Ellas (y ellos) pusieron y ponen el cuerpo. La sociedad toda debe hacer carne ese dolor y multiplicarlo en acciones concretas. Porque vivas nos queremos.


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