Fotos de Chad Davis
Detroit, febrero de 2025. Brightmoor es un barrio donde la nieve no tapa la ruina, la hace más evidente. A cada rato aparece un baldío, una casa con las ventanas tapiadas con chapas, un poste de luz sin cables. En el oeste de la ciudad le dicen "Blight More", juego de palabras con blight, que se usa para nombrar lo marchito o lo deteriorado. Es el monumento involuntario de lo que fue la capital del automóvil, el lugar donde el sueño americano fabricaba autos y clase media. Hoy fabrica nostalgia. Detroit es algo así como nuestro conurbano industrial después de los noventa, con 20 grados bajo cero.
Ahí nos juntamos hace casi dos años unos cincuenta representantes de redes de base y organizaciones de la sociedad civil, a dos semanas de la asunción de Donald Trump. Lejos de las cámaras y de la cibervigilancia, queríamos pensar en el invierno que se venía.
Fue un desastre. Antes de hablar del futuro había cuentas pendientes entre las organizaciones, y se saldaron sin anestesia. Gaza dinamitó la sala: los representantes de sectores propalestinos le reprochaban al resto de la sociedad civil no haber salido con suficiente fuerza a frenar el envío de armas a Israel. Los activistas universitarios recordaron los campamentos desalojados por la policía, los miles de arrestos, las amenazas de revocar visas a estudiantes extranjeros, el doxxing. Los sindicalistas, a su vez, acusaban a otros de haber castigado a Biden en las urnas y haberle regalado la Casa Blanca a Trump.
Volaron las sillas y los vasos de café de Starbucks, y el café nos enchastró a todos. Tuvimos que separar a un par de grandotes. "No pudimos haber tenido una peor idea que juntarnos tan pronto", me dijo una sindicalista, secándose la campera. La reunión terminó sin acuerdos.
Esa es la imagen que quiero tener presente. Porque ahora Washington, en noviembre de 2026, es otra cosa.
Llego a la capital después de una maratón por varios estados durante las elecciones de medio término, lo que acá llaman midterms y en Argentina serían las legislativas, el momento en que a mitad del mandato presidencial el pueblo vota para renovar el Congreso y le pone nota al gobierno. Llego mareado al aeropuerto y me tomo un taxi hasta el Union Pub, en Capitol Hill, el bar de siempre del mundillo político y de la sociedad civil. Está abarrotado, ya bien entrada la madrugada, y todavía sirve el menú especial que bautizaron Midterm Massacre: cócteles inspirados en los estados clave donde los demócratas dieron vuelta la elección. Huele a cerveza, a fritura y a gente que (como yo) no durmió en tres días. Alguien llora en la barra. Alguien más, a los gritos, canta. Llegamos todos los del equipo de respuesta rápida para proteger el derecho al voto (un consorcio formado por más de mil ONGs) para tomar algo y pensar lo que necesitamos hacer el “dia despues”. Nos duele todo: la cabeza, los ojos, los pies. Y olemos peor.
Entre el frío de Brightmoor y esa humedad tibia de bar hay veintiún meses. Lo que pasó en el medio es esta crónica sobre una sociedad civil que, con todas sus contradicciones, jamás renunció ante el avance del techno-autoritarismo ni claudicó frente al relato trumpiano.
Cómo se vuelve a empezar
Hubo que volver a intentarlo. A principios de marzo de 2025 nos juntamos otra vez, esta vez en Escobares, Texas, una ciudad marcada por la pobreza y la crisis migratoria, tras una mediación delicada de varios "abuelos" del movimiento, veteranos de las luchas por los derechos civiles que lograron lo que nadie más: que nos sentáramos a hablar sin tirarnos nada. Muchos no fueron, pero mandaron representantes. Nos obsesionaba una comparación: en 2017, cuando asumió Trump por primera vez, millones salimos a la calle ese mismo fin de semana, en la Marcha de las Mujeres. Ahora llevábamos semanas callados. El miedo, la fatiga y la propaganda constante de las redes nos habían convencido de que estábamos solos y de que la maquinaria MAGA, con sus aliados millonarios y tecno-magnates, no tenía freno.

Ahí se acordó el primer paso: una marcha el 5 de abril, bajo el lema Hands Off! ("¡Fuera las manos!"). La convocaron más de 150 organizaciones, entre ellas Indivisible, Women's March, MoveOn, Working Families Power y Public Citizen, con más de 1.300 eventos en los cincuenta estados. Pedíamos que no tocaran Medicaid ni la Seguridad Social, y que los multimillonarios dejaran de adueñarse del Estado. Los tweets de Elon Musk y su DOGE, que desguazaba agencias federales a motosierra, eran la banda sonora de esos meses.
Después crecimos todos mientras seguíamos construyendo colectivamente el movimiento No Kings ("Sin reyes"), un nombre que es toda una declaración histórica: Estados Unidos nació en 1776 rechazando a un rey. El 14 de junio de 2025, día del cumpleaños de Trump y de un desfile militar en Washington, salieron unos cinco millones de personas en más de 2.000 localidades. El 18 de octubre, entre seis y siete millones. El 28 de marzo de 2026 salieron más de ocho millones, en unas 3.300 ciudades, en lo que se considera la protesta de un solo día más grande de la historia del país. Marchó el pueblo de los pickups y el de los monopatines, el jubilado y el estudiante, el sindicato de enfermeras y el cura. Y pasó algo que no le pasa a ningún aparato propagandístico: se nos fue el miedo de sentirnos solos.
Una sociedad civil que litiga, protege y sobrevive
Mientras tanto, otro movimiento ocurría lejos de las cámaras. Muchas ONG volcaron sus recursos a los tribunales. Detuvieron en la justicia el uso de la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, una norma pensada para la guerra con Francia que el gobierno quería usar para deportar sin debido proceso. Coordinaron litigios contra el intento de desmantelar la ciudadanía por nacimiento garantizada en la Decimocuarta Enmienda, ese principio por el que todo el que nace en suelo estadounidense es ciudadano, herencia de la abolición de la esclavitud. Frenaron judicialmente órdenes contra la atención médica de afirmación de género para menores. Defendieron el derecho a abortar en emergencias bajo la ley EMTALA, y reclamaron por fondos retenidos a clínicas de planificación familiar. En los estados demócratas empujaron leyes "escudo" para prohibir que la policía local colabore con la agenda federal. Y en las ciudades, junto con programadores voluntarios, los vecinos armaron redes de alerta para avisar en tiempo real de operativos de ICE, la agencia de inmigración y aduanas, equivalente a una policía migratoria con poderes y presupuestos gigantescos.

Todo esto pasó bajo fuego. El gobierno amenazó con retirar exenciones impositivas a universidades y ONGs. En septiembre de 2025, tras el asesinato del activista conservador Charlie Kirk, Trump firmó el memorando NSPM-7, que instruye a distintas agencias a investigar organizaciones, donantes y activistas bajo la lupa del "terrorismo doméstico" y la "violencia política organizada". Estudios de abogados y juristas alertaron que el memo podía usarse para revisar el estatus tributario de organizaciones críticas. Y eso fue lo que sucedió. Para entender la gravedad, hay que saber que en Estados Unidos las ONG viven de donaciones deducibles de impuestos: sin esa exención, mueren. En agosto de 2026, según The New York Post, funcionarios del Tesoro estaban revisando la situación de decenas de organizaciones. Senadores demócratas denunciaron que había apuro por completar "una buena parte" del operativo antes de las elecciones. Al mismo tiempo, los empleados públicos amenazados por el Schedule F, la reclasificación para exigirles lealtad política, empezaron a recibir apoyo legal. Los inmigrantes, los activistas, los científicos: todos tenían miedo, y todos tenían a quién llamar.
Los morochos
Entonces llegaron las elecciones, y con ellas un tipo de candidato que el Partido Demócrata, una fuerza política que desde la era Clinton viró a la derecha, hubiera preferido no tener.
Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York el 4 de noviembre de 2025. Con 34 años, legislador estatal, socialista democrático, musulmán, nacido en Uganda, fue el primer candidato en más de medio siglo en superar el millón de votos. Le había ganado la primaria a Andrew Cuomo, ex gobernador y símbolo del establishment. Cuomo, derrotado, se presentó igual como independiente y la campaña fue brutal, con insinuaciones islamófobas de por medio. Abdul El-Sayed, médico, epidemiólogo, ex director de salud de Detroit, hijo de inmigrantes egipcios, acaba de convertirse en el primer senador musulmán de la historia del país, venciendo a Mike Rogers en Michigan. Melat Kiros, abogada laboralista de 29 años, derrotó en la primaria de Colorado a Diana DeGette, quien llevaba quince mandatos en el cargo, y será la primera mujer negra en representar a ese estado en la Cámara. A esa ola se sumó Minnesota, donde el voto de la enorme diáspora somalí y los jóvenes de Minneapolis blindaron los distritos clave, recordándole al trumpismo que el progresismo del Medio Oeste no se había jubilado, sino que estaba juntando fuerzas.

En todos estos meses, las organizaciones de derechos de migrantes los llamaban con cariño los morochos. Mamdani y El-Sayed son dos changuitos morochos que, puestos a caminar por mi Santiago del Estero natal, no desentonarían en una peña. Son eso: dos changos. Hablan de la tarifa, del alquiler, de la tía enferma, de la mezquita del barrio como otros hablan de la parroquia. Esa lectura, que en la Argentina puede ser afectuosa o clasista, según quién la haga, es exactamente la que hizo el establishment demócrata en Estados Unidos, con otra violencia: los trató como candidatos "no electables", "demasiado radicales", "demasiado diferentes". Hubo prejuicio racial y religioso con corbata y con eufemismo. El caso más obsceno fue Michigan: dos días antes de la elección, la representante demócrata Haley Stevens, quien había perdido la primaria contra El-Sayed, cruzó la línea y apoyó públicamente al republicano Rogers. Esperaban que la deserción lo hundiera. Pasó lo contrario: indignó a las bases y disparó millones de dólares en donaciones de último minuto. En su discurso de victoria en Detroit, El-Sayed dijo que "los malos perdieron".
Pero lo que muestra esta historia no es la excepción de tres candidatos. Es que ninguno ganó solo.
Georgia, la tierra que se negó a olvidar
El 3 de noviembre, Keisha Lance Bottoms, ex alcaldesa de Atlanta, se convirtió en la primera mujer negra elegida gobernadora de un estado de Estados Unidos, derrotando al multimillonario republicano Rick Jackson. Para entender lo que significa, hay que mirar Georgia. Fue fundada como colonia en 1732 y, pese a que al principio prohibió la esclavitud, la legalizó en 1751. Al final de la Guerra Civil, el general Sherman prometió "cuarenta acres y una mula" a las familias liberadas en tierras costeras de Georgia y Carolina; el presidente Andrew Johnson revirtió la medida meses después. Vinieron el trabajo forzado de presos negros, el linchamiento, la masacre racial de Atlanta en 1906, la cuna de Martin Luther King. Más acá en el tiempo, la gobernadora hoy electa heredó el trabajo de décadas de organizadoras negras que registraron votantes puerta a puerta después de la derrota de Stacey Abrams en 2018 y de las leyes que restringieron el voto. En estas elecciones, las mujeres fueron el 56 por ciento de los votos anticipados en Georgia. Es la primera demócrata en ganar la gobernación allí en más de veinte años.
No fue la única historia. Xavier Becerra será el primer gobernador latino elegido de California, y Gina Hinojosa la primera gobernadora latina de Texas, derrotando a Greg Abbott. Deb Haaland, de ascendencia pueblo, será la primera mujer indígena gobernadora del país, en Nuevo México. Y Amy Acton, la médica que condujo la salud pública de Ohio durante la pandemia, venció a Vivek Ramaswamy. A su lado, El-Sayed es otro caso de científico y médico que entró a la política: ya no se trata de gobernar con tecnócratas sino con quienes saben lo que es una sala de guardia.

Detrás de cada una había lo mismo: una multitud organizada. Sindicatos que pusieron voluntarios y plata (juntada centavo por centavo, en las calles). Círculos solidarios de vecinos. Colectivos de inmigrantes que enseñaron a sus hijos a explicarles a sus padres cómo votar. Organizaciones de mujeres, de personas trans y LGBTQ+, de derechos humanos, de pueblos indígenas. Y, sobre todo, jóvenes de barrios marginalizados, golpeando puertas que ningún consultor político hubiera tocado. Se notó en los números: según el Election Lab de la Universidad de Florida, la participación hispana y negra creció, con particular fuerza en comunidades fronterizas de Texas.
El mundo nos enseñó a votar
Hubo, también, un aprendizaje que viajó. Organizadores estadounidenses y jóvenes de las diásporas se sentaron durante estos dos años con activistas de Hungría, donde Viktor Orbán gobernó dieciséis años y construyó un modelo que la derecha norteamericana admira y copia, hasta que perdió. Con estudiantes serbios, cuyas movilizaciones contra el régimen de Vučić llamaron la atención en el mundo. Con brasileños que contaron cómo se derrotó a Bolsonaro en las urnas y cómo se frenó un golpe. Las diásporas, cuando empezaron a llegar las cartas, los mensajes, los talleres, dijeron todas lo mismo: el autoritarismo no se vence sólo con indignación, se vence con logística. Registro de votantes, transporte, mensajes simples, redes de vecinos, y por qué no: bagels y café (la versión de otoño y peroncha del choripan y la coca). Lo que Orbán enseñó al mundo sin querer es que la erosión institucional avanza si la gente cree que ya perdió. Y eso se aprendió en las movilizaciones sociales y electorales en Francia y en Portugal.
Por eso importa esta cifra: más de 57 millones de estadounidenses ya habían votado antes del día de la elección, más que los 46 millones de 2022, un récord para unas legislativas. Nadie sabe todavía cuántos votaron en total. Pero sabemos algo: que cuando la gente siente que su voto es el último muro, vota temprano y vota en masa.
Joyce, Kevin y Juana
Me gusta pensar en la democracia como la suma de cosas pequeñas. Joyce Rudin es una amiga. Fue periodista de televisión, integró la Comisión de Espacios Abiertos de West Orange, Nueva Jersey, y en 2024 sacó más votos que nadie para el concejo municipal. Este año se presentó a la alcaldía, en una elección oficialmente "no partidista", con siete candidatos y con la bandera del ambiente: contra la sobreconstrucción, contra las torres que provocan inundaciones. Enfrente, la alcaldesa en ejercicio, Susan McCartney, demócrata. Yo ayudaba a Joyce en mis ratos libres a tocar puertas (y a que me cierren la puerta en la cara), al igual que otros 70 amigos y voluntarios. La gente te preguntaba si eras voluntario o “empleado pago”. Luego de responder que estaba como voluntario, la conversación comenzaba. Para mi sorpresa, lejos de las teorías sobre el generalizado desencanto social sobre la política, la gente estaba muy interesada: querían saber las propuestas, y cómo esas ideas se llevarían a cabo. Anoche, Joyce ganó las elecciones y aunque está un poco abrumada por lo que se viene, está muy entusiasmada.
Kevin es ingeniero de software y trabaja en una de las grandes tecnológicas en San Francisco. Con otros trabajadores del sector salió a organizarse y a explicarle a la gente por quién votar y por quién no. Contra ellos se jugaba un partido desigual: los gigantes de la inteligencia artificial gastaron cientos de millones de dólares en súper PAC para blindarse de regulación. En ese contexto, los propios empleados del sector empezaron a sindicalizarse o a conversar de hacerlo, por temor a que la IA los reemplace. Brian decía que votar ahora era la última chance de que los tecnomagnates no los dejaran sin trabajo.
Juana, por su parte, es una latina hija de indocumentados. Me la encontré en Carolina del Norte, y fue impresionante ver sus habilidades logísticas y tecnológicas. Acompañaba a vecinos a votar para evitar incidentes con ICE, esa policía migratoria que, según medios locales, terminó apareciendo en lugares de votación por motivos no vinculados a las elecciones. Para quien no vive en Estados Unidos: imaginá que ir a votar te dé miedo de que te lleven. No es la única: sacerdotes, trabajadores sociales y activistas locales hacen lo mismo: “Somos el Uber contra la migra, y por ahora todo va en orden, gracias a Dios”, me dice una religiosa.

Todas estas personas, y muchas otras más, aparecen como si estuviera poniéndole play a una película. Cada una de esas personas, y muchas más, son las protagonistas de esta noche histórica. Esta es la victoria de esos changos morochos, de las mujeres negras, de los pueblos originarios, de los jóvenes marginalizados, de los trabajadores informales, de los migrantes y de los millones de excluidos que, lejos del sueño americano y cerca de la pesadilla trumpiana, decidieron que el futuro no está ni debiera estar escrito por las élites políticas ni económicas de Washington, Silicon Valley o Wall Street. Y que el intento siempre, pero siempre, vale la pena. Del otro lado hubo intimidación, acoso y brutalidad. Del lado de la gente, en especial de los más excluidos, hubo paciencia, resistencia, organización, resiliencia y solidaridad. De ellos, y solo de ellos es esta victoria. Ya en la noche de Washington, una periodista de Univision me preguntó cómo me sentía. Me puse a llorar. Y ella también. “Pucha, que difíciles estos años”, solloza ella, quien también fue y es testigo de una democracia en estado de coma. Me cuenta que todavía tiene pesadillas de las redadas que cubrió y de las represiones de la policía a los manifestantes.
Dolores
Hay una persona que debería estar en esta crónica y no está. Dolores Huerta murió de cáncer el 28 de octubre de 2026, a seis días de las elecciones, en su casa de Bakersfield, California. Tenía 96 años. Cofundó con César Chávez el sindicato United Farm Workers, y su grito de batalla, ¡Sí, se puede!, fue el que Barack Obama copió para su campaña de 2008 ("Yes we can"). Su nombre es una parábola: dolores, penas; huerta, jardín de cultivo. Una mujer llamada Dolores que cultivaba un jardín.
Una vez le pregunté cómo hacía para seguir después de décadas. No me habló de resistencia. Me habló de música, de amigos, de familia y de bailar. Golpear puertas es duro, me dijo; entonces celebrá con la gente que tenés al lado, y "si no hay un día para celebrar, inventá uno". Otra vez le dije que era mi tercera abuela. Sin pestañear, levantó la mano como quien arroja una zapatilla: "Pues, si no sales mañana a marchar, te pego una chancla". Nos reímos todos. Ella nunca vio la alegría como un descanso del movimiento, sino como lo que lo hacía durar.
Madrugada
Llego al Union Pub luego de esa entrevista imposible. Alguien levanta un vaso por Dolores. Alguien más brinda por El-Sayed, por Bottoms, por Haaland. La pantalla de CNN muestra el conteo: los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes, y más tarde la derechista Fox News, con sus conductores con cara larga, informa que también el Senado. Una joven con una chapita de No Kings en la campera, que no había nacido cuando Dolores ganaba sus primeras huelgas, me pregunta si esto significa que ganamos.
No sé qué contestarle. Estados Unidos sigue siendo un país donde la desigualdad es obscena, donde la policía mata, donde la salud depende de la billetera y donde los multimillonarios compran elecciones. Donde un presidente al que acaban de castigar todavía gobierna dos años más, con un Tesoro que investiga a sus críticos. Lo que sé es que en Brightmoor, hace veintiún meses, nos tiramos sillas. Y que acá, esta madrugada, ese mismo movimiento hizo lo que nadie creía posible: se organizó, aprendió de otros, perdió el miedo, y votó.
Le digo a la chica lo único cierto que sé a esta hora. Que mañana hay que seguir. Que, como decía Dolores, si no hay un día para celebrar, hay que inventarlo.
