Tomar hasta perder la razón, caerse, vomitar y dormirse. Para los adolescentes se vuelve necesario dar el salto exploratorio, sentir el cosquilleo de lo desconocido, un “ensayar en mí mismo”. El alcohol no hace diferencias de clase ni de género pero se hace más visible el consumo de jóvenes de clase media. ¿Por qué el joven clasemediero toma de un modo tan desaforado? ¿Es el consumo un problema público del que la escuela deba ocuparse?



Juan tiene 15 años. Su mamá y su papá son profesionales de clase media. Están separados: ella es diseñadora; él, psicólogo. Un fin de semana, cuando su padre viajó a la costa, Juan le tomó por asalto la bodega. No lo hizo solo: entre él y sus amigos no dejaron ni una sola botella sin abrir. Duró lo que dura una noche de tres días. Porque fueron tres días encerrados, con la persianas bajas y bebiendo. El padre llegó, abrió la puerta de su departamento y encontró en los sillones, en la cama, en el piso y en cualquier otro espacio horizontal, un desparramo de adolescentes durmiendo. Muchos: ocho, doce, no llegó a contarlos. Los echó a todos, a los amigos y también a Juan, su hijo. Pasaron varios meses hasta que el adolescente pudo recuperar la llave de la casa paterna.

 

La casa de los padres es el lugar elegido por excelencia: se trata de experimentar, de acumular mucha cantidad de alcohol. Distintas botellas; poco vino y muchas bebidas blancas y tomar hasta caerse, vomitar y dormirse. Tomar hasta perder la razón. Casi siempre con otros cuando no está la madre o el padre, o la novia del padre o el novio de la madre, o la mucama, que después le cuenta a esos padres ilustrados de clase media con garage, que “el nene” estuvo bebiendo sin parar. La ecuación parece repetirse: padres profesionales, con hábitos ilustrados, vida intelectual y culta, hijos a los empujones con la época, proclives a “tomarse” la casa por asalto. 


 

Según un informe del “Observatorio de Drogas”, realizado en el 2014 sobre el Consumo problemático de Bebidas Alcohólicas en Escolares, casi el 70% de los chicos de 17 años o más ha consumido alcohol en el último mes y, por otro lado, también se registra un alto porcentaje (alrededor del 50%) en el consumo episódico o por atracón en pibes y pibas que rondan los 15. En otras palabras, el alcohol no hace diferencias de clase, ni de género. Sin embargo, en los últimos años -mediante el uso de redes sociales que desvanecieron ciertas coordenadas de lo público y lo privado- se hizo visible el fuerte consumo de jóvenes de clase media, generando la impresión, en la superficie, de que es mayor al de otros sectores sociales.

 

Así también lo interpreta Fernando Roldán, docente de varias escuelas secundarias del tercer cordón del conurbano: “Acá los chicos entran al alcohol cuando son más grandes. Muchos de los adultos que los rodean tienen un vínculo complicado con la bebida y ellos prefieren otros consumos para diferenciarse de su familia. Sí los veo publicar los signos de la resaca en las redes los fines de semana. Pero cuando son más grandes y ya terminaron la escuela”. 

 

¿Por qué el joven clasemediero toma de un modo tan desaforado? “Tomaba rápido porque no me gustaba lo que bebía. Entonces, me apuraba para no sentirle el gusto”, confiesa Victoria, 20 años, sobre sus primeras experiencias etílicas.

 

La misma experiencia de Francesca, 19 años. Su mamá la tuvo que retirar de la fiesta de fin de año, en la coqueta disco situada en la costanera porteña, porque se tomó todo y de todo en el corto viaje del trencito de la alegría, que iba de la escuela al boliche. Andrea, su madre, todavía recuerda el susto por el llamado a la madrugada. Y también la vergüenza y preocupación por retirar a su hija en estado catatónico de la fiesta de graduación.

 

Según el informe antedicho, tanto el vino como la cerveza son las bebidas que menos consumen los adolescentes en la Argentina; ambas asociadas al mundo adulto del que buscan fugar. En sus bocas, el ron, el vodka o el fernet cae todo junto, a ritmo de ansiedad de zapping, de diez clicks por minuto: sensación de montaña rusa, exceso de adrenalina y el mundo en una petaca. Si el ácido lisérgico sin anfetamina y el ácido Zeppelin, en los ’70, mandaba al vuelo, el alcohol de hogar en Caballito, Adrogué o Castelar conduce a una inconsciencia babeante y, en ocasiones, al coma. El coma es la detención de la ansiedad, es la otra cara. La bebida puede irrigar cada músculo del cuerpo hasta que la ansiedad se frene y después dormir. Lo que sigue a la coma, sabemos, es el punto seguido, que no es dormir sino un infarto existencial; y por último, indeseado, el punto y aparte, la muerte, lo irreversible.

 

La bebida en los adolescentes no es un tema local sino del capitalismo contemporáneo. La última borrachera moderna fue el whisky que tomaron los mineros ingleses en la huelga de los años ochenta: Margaret Thatcher, siempre tan erecta, doblegó a los mineros después de un año, y cuando murió Thatcher en 2013, aquellos mismos mineros celebraron con whisky. La última borrachera de la Argentina moderna fue la de Galtieri en 1982, en el balcón de la rosada. El implante de lo digital -de la vida digital- en la boca del capitalismo generó, en los años ochenta, el neoliberalismo. Una máquina de desplazamiento, una pala económica de expulsión. Los nacidos y criados del neoliberalismo argentino son los que nacieron después de la crisis del 2001: los genuinos NyC (Nacidos y Criados), los de las máquinas digitales, de arrastre de dedo o de puro touch y sin perilla de encendido. El modo del alcohol en los adolescentes se inscribe en esa trama. No porque lo digital requiera de bebida. El brebaje es otro, de vaciamiento, de ansiedad al mango. De capitalismo con población sobrante y el alcohol en la mesa como parte de una misma escenografía política. El vértigo alcanza a todos, a los financistas de Wall Street y al repartidor de huevos en La Matanza. Nadie espera. Los adolescentes, que nunca esperan, ahora esperan menos. El vino o el whisky es la tabla de surf que los deja en la playa y al sol por un rato. Sólo por un rato. Quietos de alcohol; a veces rígidos de alcohol hasta entrar en coma.

 

No hay exceso sin un suelo político y social que lo habilite. La autorización para beber no está en manos de los adultos; es la misma dinámica del neoliberalismo digital la que autoriza a beber a los adolescentes.

***

Estamos en el 2010, en Argentina, precisamente en la provincia de Mendoza. La red social Facebook, antes de la ebullición Snapchat, aún es un bastión digital copado por adolescentes. En cada muro de un alumno o alumna de colegio secundario cuyano, escrito sin aerosol dice: “¿Quién se prende a la gran rateada mendocina?”.

 

Hora del encuentro: 8:30 am. Lugar: Plaza Independencia. Motivo: las autoridades educativas no habían decretado el feriado por el día del estudiante. Desde la mañana hasta la tarde-noche, más de dos mil pibes y pibas, ocupan el espacio público por prepotencia festiva. La misma fuerza organizativa y carnavalesca que también se hace visible en el UPD, tal como se denomina al Último primer día de clases, en donde los estudiantes que cursan el último año de la escuela secundaria inauguran el ciclo lectivo con una caravana de alcohol, cantos, sonrisas y banderas. Por un lado, el lado moral de la vida: los vecinos de la escuela se indignan. Por el otro, entorpece el comienzo del año escolar por el tufo a vodka que transpiran los cuerpos en llamas y por la diatriba inconexa de ánimos sobreexcitados.

 

El sociólogo Andrés Fuentes, integrante del colectivo de investigación “Ver qué onda”, marca una diferencia entre la incomodidad como producto de un asombro moral, y la incomodidad como una sorpresa que nos hace dudar de los supuestos que ordenan nuestra existencia. El asombro moral es un impacto por una situación que nos resulta extraña, que no podemos encajar en nuestro modo preconcebido de entender el mundo. En cambio, la sorpresa también manifiesta una incomodidad, pero al mismo tiempo pone en duda la naturalidad de los principios con los cuales codificamos los hechos que mutan. Si la sorpresa hablara, según Fuentes, “nos diría lo siguiente: ‘las cosas no son como antes, pero de alguna manera están siendo; observemos las fuerzas que motorizan ese ser’.”

 

Estas nuevas efemérides remiten menos a la religión y al fervor patrio y más a la vida con valor de mercado. Cenas, consumos y disfraces. El último primer día marca un final en curso. Más que finales, se festejan permanencias. La identidad de estudiante, por más deshilachada que se encuentre, organiza ciertos sentidos. ¿Qué proyectan ante el fin de la escuela? Una proyección nublada que también se expresa en la demora con la cual terminan el cursado de la escuela secundaria: menos de la mitad de los estudiantes la terminan a la edad esperada. Los jóvenes no tienen en claro qué camino existencial se abre ante el final de la escuela. ¿Será por eso que intentan permanecer en condición de estudiantes y postergan el momento del cierre?

 

En otras palabras, el Último Primer Día, además del festejo, de copar las calles en caravana, pone en evidencia el pánico a que se termine la escuela. Mientras están dentro sus muros -al menos identitariamente-, los pibes son todos iguales, pares en la generación. En cuanto terminan, diploma en mano, empiezan las diferenciaciones, la presión de qué sos, de quién sos. Pasado el último verano ya no sos estudiante secundario, ya no estás en la escuela, ya nadie regula por vos tus horarios de entrada y salida. Ahora sos trabajador o estudiante universitario o NI-NI o “madre adolescente” o  “vago de la esquina”. Aparecen los miedos del mercado laboral, el mandato de la productividad, de la elección de la carrera, de un futuro que la escuela tradicional ya no puede contemplar: es habitual escucharlos rapear “la escuela no me preparó para esto”.

 

En la serie catalana Merli, Pol, uno de los pibes más avispados del curso, quiere seguir en la escuela a pesar de que los últimos años no son obligatorios en el sistema español. Su hermano le dice que deje, que se ponga a trabajar, que haga algo, pero él insiste; incluso en un momento, estipula Merli, el profesor, Pol continúa en la escuela sólo para no abandonar su condición de alumno de secundario.

 

¿Este miedo será miedo “al afuera” existencial? La investigadora Eva Giberti, dice que “ante la intolerancia a la diferencia entre pares”, para los adolescentes se vuelve necesario probar: dar el salto exploratorio, sentir el cosquilleo de lo desconocido, “ensayar en mí mismo”, aunque el escenario sea puertas adentro, para darse un empujón a salir.

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Marzo. En pocos días de empezar el ciclo lectivo 2017 en las escuelas privadas con turnos fordistas, de ocho horas diarias, no avanza el fantasma del “paro docente” ni de “las aulas vacías”. Como dice un mantra moderno, el cliente tiene la razón. Y si el docente para, el ramal salarial cierra. Susana, la directora de la escuela, convoca a las familias de los alumnos a las seis de la tarde, cuando el sol ya no martilla el suelo del Salón de Usos Múltiples (SUM). De un lado se sientan los padres, las madres y dos o tres abuelas; del otro, los profesores y el equipo directivo. Si un dron se posara sobre la escena, la imagen que capturaría es la de dos equipos enfrentados, separados por una red invisible atravesada por la palabra que va y viene. Y, claro, también con los gestos: otra de las formas del verbo.

 

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El objetivo del encuentro es que los docentes les cuenten a las familias lo que van a trabajar en Construcción a la ciudadanía, en Física, en Sociología, en cada una de las materias que cursan sus hijos; los proyectos institucionales, como Escuelas Solidarias o “Clubes de ideas TED”; o las salidas escolares a la Expo Universidad o al Espacio para la Memoria, según el perfil de cada institución. En sí, las familias se acercan -las que lo hacen- para armarse una noción de lo que van a hacer sus hijos con las personas adultas que, desde los dos años hasta los dieciocho, los acompañan la mayor parte del día.

 

Analía, la mamá de Julián, un chico que acaba de pasar a tercer año, levanta la mano cada vez que habla Susana. La palabra circula y, como si fuese una sortija inalcanzable, Analía no la puede detener. Republicana en su paciencia, no abre la boca. Cuando hace contacto visual con la directora, sin presentarse, como si todos los que la rodean conocieran su nombre, apellido y rol en la comunidad reunida, dice:

 

—¿Tienen algún proyecto para trabajar sobre el consumo de alcohol? El año pasado fue terrible, los chicos hicieron lo que quisieron.

 

Marcelo, el profesor de matemáticas, cuenta tras la reunión, en la caminata hasta la estación de Temperley, donde va a tomarse el tren para ir a su casa en Ezeiza, que se mordió los labios para no decirle: “señora, los chicos son sus hijos. Y ustedes, los padres, los dejan ir a las fiestas de egresados los días de semana. Después, sin que peguen un ojo, vienen al colegio en pedo, con olor a escabio, a dormir a nuestras clases”. Luego, imitando la voz de Analía, como si fuese un actor amateur caricaturizando a Mirtha Legrand, agrega: “¿y usted qué proyecto tiene?”.

 

Otra de las secuelas del pasaje de la escuela tradicional-disciplinaria a la escuela contemporánea, es la ruptura de la alianza escuela-familia. Cuando la escuela era esa institución moderna que trabajaba en alianza activa con la familia, los chicos podían ser medidos, pesados, vacunados, sancionados, excursionados, etc., y eso no era un problema para nadie. Disuelta esta alianza, surge la necesidad de advertir que la comunidad no viene hecha sino que debe ser construida cada vez. En la escena anterior, comprobamos que los adultos, en casa o en la escuela, tienen dificultades para construir posiciones de autoridad ante los jóvenes. Tal vez por eso los padres y las madres delegan en el preceptor o el equipo de conducción que dirige la institución donde van sus hijos, la búsqueda de la solución de los problemas que caen en sus propias manos.

 

Analía, como el resto de las madres y padres que alentaron su moción, consideran al consumo como un problema público del que la escuela debe ocuparse. ¿Pensará que la escuela debería hacerse cargo de cómo llegan los chicos y las chicas? ¿Exige de la escuela, en tanto agencia del Estado, un servicio público? ¿O se posiciona a ella misma como integrante de un público que consume servicios educativos y demanda la solución a sus necesidades maternales?

 

En esa misma línea, se observa también al docente que no se detiene sobre su accionar, porque ante un problema público -intuye- debiera ser el Estado como meta institución el que trabaje sobre cuerpo especie (y no cuerpo individuo). Es decir que el Estado es aún considerado como institución moderna y única que tutela todos los planos de la vida (social, económica y cultural), a diferencia de la escuela que funciona como institución de encierro, esa que moldea cada uno de los cuerpos. En esa clave, el docente espera que los problemas que observa como demográficos, generales, epocales, no se solucionen en el trabajo de la escuela sobre el individuo, sino con el accionar del Estado sobre el conjunto de la sociedad. En palabras de Marcelo, “no me voy a hacer cargo de las borracheras de los pibes si ni la familia ni el Estado se ocupan. No voy a padecer la resaca de fiestas que no son mías”.

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Familias y agentes escolares devienen portadoras de una subjetividad demandante. La hegemonía del mercado, ese plano cultural donde nos definimos como consumidores antes que ciudadanos, alienta el pedido de soluciones, (“¿Tienen algún proyecto para trabajar sobre el consumo de alcohol?”) y de cruces de responsabilidades. Pero los adultos -todos los que circulan por las escuelas- prefieren no embarcarse en la construcción de las soluciones que demandan a los otros.

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La investigadora Rita Segato piensa el feminicidio como una antropología por demanda. En sus palabras, “la única manera en la cual se puede trabajar en el campo de las humanidades hoy es poniendo nuestra caja de herramientas a disposición de la sociedad para responder a sus preguntas y necesidades”. La escuela contemporánea, los adolescentes y adultos que la transitan, también cargan en sus ánimos con demandas propias, nuevas, surgidas tras el agotamiento de la modernidad. Nuevas efemérides como el UPD y hábitos como el consumo de alcohol, se sumaron al amplio abanico de preguntas y necesidades que entraron a las aulas de nuestras escuelas.

 

La incertidumbre es el suelo común que compartimos docentes, familias, estudiantes e investigadores. Ese no saber qué hacer con el problema -con los variados problemas que irrumpen en las aulas-, lejos de ser un déficit puede convertirse en el estamento de una posición. Un lugar donde pararse y motorizar el aprendizaje. Y, sobre todo, una oportunidad para decir, en el medio de una reunión donde se cruzan demandas como dardos, “no sé, pensemos juntos, investiguemos”.

 

De este modo, una vez caído el ropaje de los roles tradicionales en la actualidad, los adultos asumiríamos la desnudez con la cual nos movemos. Esa desnudez no es sinónimo de intemperie; por el contrario, nos permite leer las potencias que cargamos y, reconociendo los componentes de ese material sensible, animarnos a probar diferentes formas de explorar lo desconocido, lo que nos da miedo, lo que nos toca; al fin y al cabo, como hacen los chicos y chicas que habitan las escuelas.


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