La marcha contra los femicidios de mañana, dice Hinde Pomeraniec, una de las organizadoras, interpela a la sociedad y exige a la clase política un compromiso a futuro. A partir de su relación con la madre de Lola Chomnalez, adolescente asesinada en Uruguay, cuenta la historia, potencial y real, de miles de chicas y sus familias. Es necesario, dice, cambiar el foco hacia los victimarios en vez de revictimizar a las víctimas en un baño de morbo y desprecio.

“Soy la que tiene blazer azul, estoy junto a la ventana”, me escribió cortito por whatsapp ese jueves de marzo, por la tarde. Un detalle femenino, clásico modo de identificarse de una mujer. Recibí el mensaje de Adriana cuando bajaba del colectivo, estábamos a punto de conocernos en el bar de la Biblioteca Nacional. Me había buscado a través de FB con un objetivo: quería venir a leer a la maratón de lectura contra los femicidios que íbamos a hacer por esos días en la Plaza Spivacow, abrumadas por la muerte de Daiana García, de 20 años, cuyos restos habían aparecido en una bolsa de arpillera al costado de una ruta. Había algo sustancial que nos diferenciaba: Adriana no era una más de nosotras, periodistas, escritoras, artistas que nos habíamos buscado para convertir en acción y palabras nuestra perplejidad y nuestro hartazgo por la incesante cadena de muertes de mujeres de todas las edades. Ella era y seguirá siendo la mamá de Lola Chomnalez, la adolescente asesinada en diciembre pasado, en una playa de Uruguay. En la pantalla de mi celular, espío la foto del perfil de WhatsApp de Adriana y no veo allí el rostro de una mujer grande sino la cara de una nena luminosa, feliz; Lola.

 

Adriana es muy bella, elegante por naturaleza, diría. Se parece tanto a las fotos que vimos en los diarios y en la tele durante semanas a partir de la desaparición de Lola, su hija que había partido al Uruguay a pasar unos días en la casa de su madrina y nunca regresó. Se parece tanto, también, a cualquiera de mis amigas. A mí misma, en un punto. La escucho hablar y no la siento una desconocida; en unos minutos ya me parece estar conversando con una mamá cualquiera de la escuela de mis hijos, así de cómoda, así de familiar el clima de confianza. Pedimos café, a las dos frases advertimos que además somos vecinas. Adriana habla suave, muy suave. Dice Lola, dice Lolita, dice Loli; llama a su hija de todas estas maneras cuando cuenta algo sobre ella. Habla en pasado, habla en presente: elige detenerse siempre en cosas lindas, momentos que siguen suspendidos en el tiempo, tan suspendidos como el cuarto de Lola, ese rincón privado adonde su madre aún no volvió a entrar, porque seguramente es ahí, entre sus cosas, donde el dolor duele más.

 

Pasaron apenas cinco meses y a la pesadumbre por la pérdida se suma la perplejidad y por momentos también la furia por la falta de respuestas de la Justicia para saber quién, cómo, por qué. “Me la arrancaron”, eso dice cuando vuelve al momento en que su vida se partió definitivamente. “Me gustaría no ser tan triste”, dice también. Y me doy cuenta, no dice “me gustaría no estar tan triste” sino “no ser tan triste”, y es ahí, en esa sutil diferencia verbal cuando ya no habrá manera de no pensar que su alma se quebró.

 

El relato materno es un relato pequeño, amoroso, armado sobre escenas mínimas y destellos mayores. Es esa construcción doméstica la que nos acerca, compartiendo anécdotas, gustos, experiencias. Pero hubo una muerte inesperada y violenta allí donde había una vida, una familia, un día a día. Y desde entonces, donde mandaba lo natural, irrumpió lo siniestro, aquello que vuelve extraño lo cotidiano. Esa fractura no se suelda ni siquiera durmiendo con las ropas de quien ya no está, en la búsqueda de preservar aquel perfume querido.

 

 A partir de ese día en el bar y de esa lectura colectiva, ella cuenta, manda mails, mensajes de texto, mensajes de voz en donde hasta ríe ligeramente. De chiquita Lola se disfrazaba sin miedo al ridículo y era capaz de aparecerse en un concierto de rock en el cual cantaba su hermano vestida con una bikini, ojotas y un snorkel. Pedía siempre que le “dieran” más música; prefería el sonido metálico antes que los temas lentos. Le gustaba Amelie, le gustaba la Melody heredada de su madre, le encantaba Monsters Inc, sobre todo la primera, claro. Inventaba historias, creaba y dirigía juegos con sus padres, pedía que le leyeran cuentos de María Elena Walsh. Escuchaba a Amy Winehouse, a Pink Floyd, a Perotá Chingó. Usaba un perfume en forma de rosa que lleva su nombre. Tenía particular cariño por los parientes mayores, los más mayores, les hacía dibujos, les escribía cartas amorosas. Disfrutaba las panzadas de panqueques de dulce de leche, las berenjenas napolitanas, la pasta frola; hacía brownies de caja y amaba la delicada mousse de mandarinas de su abuela Beatriz, la gran chef, maestra de generaciones de cocineros argentinos. En etapa algo rebelde, y en contexto familiar de altas recetas, se había vuelto vegana: respetaba “la vida de todo lo que tenía ojos”, como le respondió a su médica la última vez que fue a su consultorio.

 

Lola tenía 15 años, era alumna del Liceo 9, soñaba con ser artista de circo pero también se imaginaba como psicoanalista; diseñaba para sí una vida a caballo de esos oficios y profesiones, entre París y Buenos Aires. Todos los gustos, todas las ambiciones. Sobre este futuro que no fue y quedó detenido para siempre en el deseo, leyó su madre aquella tarde, cuando sentadita en un banco de la plaza de la avenida Las Heras de Buenos Aires, conmovió al universo con un texto escrito por Lola años atrás, cuando la tragedia solo reposaba en los libros y el porvenir todavía era pura luz. Hay un tuit de Lola que Adriana compartió conmigo; un tuit luminoso que una amiga de su hija le envió luego de su muerte, un mensaje positivo tomado de “Gracias a Jah”, el tema de Alikah, la cantante de reggae. “Tengo amistades verdaderas que dan felicidad y una familia me rodea, qué mejor habrá”, decía. “Es hermoso”, fue lo único que atiné a decirle. “Parí a un hada y no lo sabía”, me respondió y se llevó así todas mis palabras.

 

Hace unos días Adriana se sacó la foto con un cartel que es una advertencia colectiva, el mismo que por estos días se ve en todo el país y replicado por famosos y anónimos, hombres y mujeres, chicos y mayores; en casas, en clubes y en escuelas. Pero antes que Adriana fueron Diego, el papá de Lola, y Beatriz, su abuela. Luego lo hicieron sus hermanos, sus tíos, sus primos. La misma foto se sacaron también otros padres y familiares de víctimas de femicidios, apuntando a un futuro que no los contempla y con el dolor latiendo sin descanso.

 

Todos dicen, todos piden “Ni una menos”, algunos desde aquel día en la plaza pero la mayoría desde que el lunes 11 de mayo un nuevo crimen, esta vez el de Chiara Páez, una chica de 14 años y embarazada, asesinada a golpes por su novio de 16 en Rufino, Santa Fe, provocó el estallido virtual que empezó con los tuits desesperados de un grupo de periodistas, se convirtió en segundos en consigna federal y seguramente encuentre el eco real de multitudes este miércoles en la Plaza Congreso y en más de cien localidades de todo el país en las cuales simultáneamente el grito “Basta de femicidios” tomará las calles.

 

Las ambiciones son intensas, los resultados aún inciertos: lo que se busca no es un desahogo comunitario, aunque naturalmente algo de eso vaya a haber en un acto con el que se identificaron todos los sectores, todas las agrupaciones, las diferentes generaciones, géneros y credos. Un acto que interpela a la sociedad civil pero que exige a la clase política un compromiso a futuro. Estadísticas oficiales confiables, puesta en acto de las leyes, presupuestos adecuados, capacitaciones imprescindibles, comunicación apropiada por parte de los medios de los episodios más dramáticos: cada uno sabe qué está haciendo mal y qué se debe cambiar para terminar con el horror de centenares de mujeres muertas año a año por su condición de mujer, en la mayor parte de los casos a manos de sus parejas o ex parejas. Para terminar con esas muertes y con la muerte en vida de los hijos y los padres y los hermanos de las víctimas, que llevan sobre sus espaldas para siempre esa herida que, aunque parezca reposar, no cede.

 

Lo que hay detrás de este encuentro de todo el espectro social bajo la consigna “Basta de femicidios” es un intento serio de cambiar un estado de cosas atroz que se fue naturalizando, correr el eje de la discusión, instaurar un “cambio de mirada” -como dice la mamá de Lola-, un cambio de mirada que haga foco en los victimarios en lugar de seguir cada día victimizando a las víctimas en un baño de morbo y desprecio. Lo que se busca, en definitiva, es un compromiso político y ciudadano, educar en la igualdad y renovar la capacidad de respeto por la vida de todos. ¿Es mucho? Sí, es mucho, es casi todo. Es un programa ambicioso pero posible. Es lo que necesitamos y merecemos; lo único que puede garantizarnos un tiempo mejor. No podemos permitirnos más muertas: nos queremos vivas. Por Chiara, por Lola, por Ángeles, por cada una de las mujeres muertas entre cuatro paredes o en un bar, un jardín de infantes, una calle cualquiera. Por cada uno de los hijos huérfanos y de los padres.

 

Nos lo dijimos: “Ni una menos”.

 

En eso estamos.


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